Imperceptible (3)


Tras dar unas pitadas al cigarrillo éste logró prenderse por completo. Apoyando con suavidad sus labios contra el filtro la mujer desconocida esbozaba satisfacción en esa acción. Tras devolverme mi cigarrillo y agradecerme la gentileza se quedó parada, sin decir palabra alguna. Ahí estaba, rígida, inmóvil, como si fuese una estatua de carne y hueso que parecía no causar ninguna señal llamativa a nadie dentro del bar; sin embargo, a mí, me producía sensaciones huracanadas. De reojo yo observaba a su pareja, quien de manera distante y desinteresada solo se limitaba a observar por la ventana del local el constante pasar de los transeúntes por la vereda. Por un instante pensé que ambos no tenían conexión alguna, o bien a él le desinteresaba por completo el accionar de ella, o viceversa. Me resultaba rara esa escena. Enjugué el sudor de mi frente con un pañuelo y terminé de beber lo que quedaba en el vaso. En un cenicero ovalado, lleno de quemaduras y completamente tiznado, apagué el cigarrillo y me dispuse a marcharme.

- ¿Deseas algo? –le pregunté a la mujer tras levantarme de la silla.
- No, en absoluto –dijo a secas mientras continuaba dando pitadas lentas a su cigarrillo y no dejaba de observarme.
- Pues parece que sí –respondí- porque noto que me miras insistentemente y no te has movido de lugar.
- Tal vez –respondió ella. O mejor dicho, tal vez sí, tal vez no, después de todo ¿tú cómo sabes que yo te estoy observando de ese modo?, ¿acaso no será porque tú también lo haces? Por más que tengamos desarrollado cierto nivel de percepción no podemos nunca estar tan seguros que nos observan si nosotros no observamos también.

No supe que responder. Nuevamente enjugué el sudor de mi frente en el pañuelo. Su respuesta me puso más nervioso aún.

- Pues me ha resultado inevitable no observarte. Creo que ahora que lo mencionas ha sido mutuo. Solo que tú estás acompañada y yo estoy solo. Esa es una gran diferencia –expliqué.

Estaba comprobado: aquella mujer me incomodaba y en demasía. Tomé la mochila que llevaba conmigo y di el primer paso para irme. Afuera el sol achicharraba. Ya casi nadie caminaba por la calle, era hora de la siesta y la humedad hacía cada vez más insoportable el normal respirar. Busqué unas monedas en el bolsillo del pantalón, las necesitaba para tomar el colectivo.

- ¿Ya te vas? –preguntó ella.
- Sí, ¿por qué lo preguntas? –respondí.
- Tal vez porque me pareces alguien interesante. No abundan los tipos interesantes por aquí. Y aún no nos conocemos –sentenció.
- ¿Yo, interesante?, ¿y eso?, supongo que no deberías decirle algo así a un desconocido cuando tú pareja está a metros tuyos.
- No es mi pareja –repuso con holgura. Es solo un cliente y ya terminé con él. Me cansan los tipos aburridos. Tú no pareces aburrido.
- Pues sí lo soy –respondí.
- No lo creo. Más bien creo que eres tranquilo, algo soñador, y también un desgraciado, como muchas veces solemos serlo todos en alguna medida.
- ¿Desgraciado?, bueno, no estás del todo errada, algo de eso hay en mí. Tampoco es para hacerme cargo de toda la amplitud de significado de esa palabra, pero sí, puede decirse que muchas veces me considero un desgraciado.
- Pareces guardar algo –afirmó la mujer.
- No. O sí. En realidad todos tenemos secretos. Fíjate, no te conozco, no me conoces, estamos en este bar con olor a comida barata, lleno de vapores y sudores, y sin embargo mientras tú cliente espera en la mesa tú tienes charla con un desconocido al cual, como sin quererlo directamente, lo escudriñas a modo de arrancarle algún secreto, o encontrarle alguna fisura. Mis secretos no caen por fisuras. Hay algo bastante de hermetismo en mi personalidad como para que eso pase, señorita.
- Pareces más blindado de lo que suponía.
- Puede ser –respondí.
- Mi nombre es Rebeca D. –dijo ella.
- Un gusto, el mío es Maximiliano Puig.
- Eres, hermético y raro, Maximiliano Puig.
- Supongo que no más que tú –respondí cortando finalmente la conversación en seco.

Sus palabras revestían una rudeza única al momento de salir de su boca. Si bien no todo era acertado ella había dado en el blanco a cierta faceta de mi personalidad. Seguía sintiéndome incómodo. A su vez, su presencia captaba más mi atención al punto de percibirla como un gran magneto. Acomodé la mochila en mi hombro y esquivando a Rebeca D. caminé hacia la puerta del bar. Hacía demasiado calor. Los ventiladores de techo no lograban cumplir su función y las personas dentro del local masticaban y bebían en silencio, un tanto abotargados por el verano abrasador.

Al llegar a la puerta tomé el picaporte y tras hacerlo escuché nuevamente su voz. “No lo olvides, mi nombre es Rebeca D. Ya sabes donde puedes encontrarme cuando quieras hablar conmigo… Sé que lo necesitarás…”. Salí del local y no miré hacia atrás. Pero tampoco podía quitarla de mi mente. Pensé en primera instancia que sería una vulgar puta que se encargaba de levantar clientes en aquel bar, pero su apariencia no era la de una mujer de la calle, no, más bien sostenía rasgos refinados, una voz aplacada y dulce, y sus manos mostraban unas uñas esculpidas y delicadas que acompañaban delicadamente cada movimiento de sus dedos al momento de pitar el cigarrillo. Las putas no son así, me dije. O tal vez sí, y yo no había conocido a una tan refinada. Pero bien podría ser una acompañante profesional, de esas que uno puede encontrar a montones en catálogos V.I.P. o bien en listines de agencias de acompañantes que exponen a estudiantes universitarias o profesionales que esclavizan sus cuerpos en busca del dinero fácil para proseguir con sus carreras o vidas de modelo. De cualquier modo Rebeca D. aquel mediodía se encargó de alterarme el día.

Caminé las cuadras que separan el bar de mi trabajo con pasos lentos y largos. El calor era insoportable. Las ideas bullían dentro de mi cabeza. De vez en cuando se cruzaba alguna que otra persona fastidiosa por el calor, con los rostros de agobio y malhumor. Los colectivos deambulaban casi vacíos y casi todo el mundo ya dormía la siesta. Otros, como yo, recién se dirigirían a sus trabajos a comenzar una nueva jornada. De algún modo la alteración de aquel día había creado un eco molesto que repercutía con una molesta latencia en lo más profundo de mí. Esa estructura que edificaba los días de mi vida había sido alterada por una mujer desconocida, y aunque me sentía molesto y descolocado por ello, también debo admitir que me gustaba el viraje, pues me hacía sentir que era posible un cambio, una leve desviación a esa línea recta que modelaba los días de mi vida. Desde siempre tuve pánico al cambio. No es fácil cambiar, solía decirles a mis amigos. Los cambios pueden salir mal, entonces ¿para qué correr el riesgo? Y con esa corta amplitud mental me aferraba a lo que la rutina diaria me ofrecía. Imagino ahora que por aquellos días mi vida estaba sumergida en una especie de sueño placentero, sin alteración alguna, en el cual yo era un espectador más que un protagonista.

Al llegar al trabajo olvidé el encuentro del bar. Intercambié el turno con mi compañero de trabajo controlando el efectivo de caja, el número de facturas emitidas, alguna que otra novedad del día y nada más. Puse en off mi mente y solo me dediqué a vender, tal como lo hacía todos los días de mi vida por aquel entonces. Finalmente me olvidé por completo de Rebeca D., al menos por ese día.

Safe Creative #1007026722021

(Imagen: http://fuckyeahillustration.tumblr.com/post/626165740 )



6 comentarios:

mujer rebelde dijo...

Acabo de leer los tres juntos, es bueno eso porque no tengo que esperar que mandes uno por vez. Bueno veamos que nos trae de diferente lo que por ahora es similar...Los castigos maternos siempre han sido una factura para cobrar a lo largo de los años...el silencio siempre le gana a todos los otros, es el màs cruel de todos y el que nunca se olvida...y todos lo hemos padecido alguna vez, y hasta lo he implementado como madre - solo que me durò poco...no sirvo para tanta crueldad-...En fin eso es argumento màs que suficiente para una novela , la tortura del silencio...lo otro puede ser una secuela...una triste secuela que se convierte paulatinamente en un perfil de asesino serial....Besos "Mujer rebelde"(espero que nuestro protagonista no encierre ese perfil)-.

Flor S dijo...

A veces me pregunto a que conlleva ese tipo de decisiones. Él quiere una mujer pero se cierra mucho... y cualquier persona racional lo nota. Después de ahí están quienes insisten o quienes, como Rebeca, se van dejando una posibilidad. Cualquier cambio duele por el simple hecho de representar un quiebre a nuestra comodidad. Sólo los valientes se animan a ellos... creo.

Besos y te sigo en esta historia ;)

EL ERRANTE dijo...

@MUJER REBELDE:

Gracias por tú comentario y el aporte sobre la tortura del silencio.

Creo que los argumentos de ésta historia son varios. Me ha gustado escribirla.

=)

EL ERRANTE dijo...

@FLOR S:

Es difícil ver una situación con objetiva e imparcialidad si se está inmerso en ella. A todos nos pasa alguna vez ese tipo de situaciones. Juegan muchos factores que hace que esa "ceguera" se produzca. Lo racional cruza el límite y se vuelve un tanto irracional. Nos vulnerabilizamos.

Gracias por comentar, como siempre =)

SIL dijo...

Al menos por ese día...
Esta Rebeca D parecía más que puta, radiógrafa-magnética ;)

Todas las damas que pueblan tus novelas tienen una personalidad arrolladora. Ya te lo había mencionado pero vale en este capítulo volver a resaltarlo.
Vengo atrasada como habrás notado.

Beso y sigo.

SIL

EL ERRANTE dijo...

@SIL:

Bueno, para darle más tenor a tú crítica te diré que no sos la única persona que dice lo mismo de los personajes femeninos de la narrativa que escribo. Supongo que se debe a que el escritor siempre deja algo de su esencia colgando de las letras. Y a mí sí me gustan las mujeres intensas y de personalidad arrolladora. Tal vez sea un dejo del gusto personal más allá que no lo haga adrede.

¡No te hagas problema por el atraso! Pasa y más cuando hay tanto y en una pantalla de computadora para leer. Pero ya te pusiste al día.

Beso, rubia :)