Imperceptible (14)



Días después de haber estado con Rebeca D. poco a poco la vida se fue amoldando a mí. La ebullición que su presencia imprevista me había provocado se había casi disipado por completo y empezaba a formarse tan solo un recuerdo de aquel encuentro. Jesús Domínguez no volvió. Tan solo después de varios meses me llegaron noticias del departamento de policía indicándome que Jesús había sido identificado en una redada en el norte del país, junto a otras varias personas todas integrantes de una red de narcotraficantes procedentes de Bolivia. Era un telegrama simple, escueto, sin nada más que contener que un grupo de palabras comunicando una noticia amarga. Aquello me entristeció. Hubiera dado cualquier cosa por ver feliz a Jesús, por saber que de algún modo su vida se encaminaba y que aquello que lo flagelara durante tanto tiempo había quedado finalmente en el olvido. Pero no era así. Aquel pensamiento y deseo mío no escapaba de eso, un deseo, solo un anhelo. Jesús había caído una vez más en un hondo pozo del cual no le sería fácil salir. Tras leer aquel telegrama policial hice un bollo el papel y lo arrojé al cesto de basura. Encendí la radio y sintonicé un programa melódico que solían dar por las noches, en días laborales, a eso de las 20 hs. Una mujer, cuyo nombre nunca supe, animaba aquel programa. Me gustaba el tono de su voz. Me la imaginaba con suaves labios color rosa pálido y brillante, piel tersa, pelo lacio y negro y facciones duras pero bellas. Como si su belleza facial se librara batalla contra la dureza de rasgos y a su vez se ensalzara con la dulzura de su voz. Hablaba de temas varios, de cosas del corazón, de historias urbanas, de sentimientos. Por lo general los oyentes llamaban exponiendo sus pesares, o sus dichas. Agradecían al amor de su vida o bien llamaban con intenciones de encontrarlo, como si al realizar aquel llamado él o ella estuvieran justamente sintonizando en el dial aquel programa y se percatara de que su otra mitad estaba en su búsqueda. La mujer animadora instaba a que las personas llamaran en busca de amores, o bien que contaran sus dolencias o las razones de soledad que las afligía. A veces los llamados eran muy emotivos y lograban aflorarme lágrimas, tal como si yo, de un modo inexplicable, me pusiera en la piel de esas voces que contaban momentos vividos en sus propias vidas. También me imaginaba que yo era uno de los que llamaban y contaba lo que me sucedía con Rebeca D., pero inmediatamente rechazaba esa idea y me decía que aquello no era para mí, que era un necio en pensar así y que debía sepultar de una vez por todas aquella loca idea de ser “algo más” que un amigo para ella.
Mientras escuchaba la radio hojeaba displicentemente una revista de pesca. Solo observaba las fotografías y alguna que otra palabra de los titulares cuya tipografía fuera lo demasiado grande e importante como para llamarme la atención. Al cabo de un rato sonó el timbre. Abrí la puerta. Un hombre calvo y de rostro enjuto estaba parado delante de mí. Tenía apariencia norteña pero no estaba del todo seguro. Eran pasada las once de la noche. La pensión estaba en silencio. Sin embargo aquel hombre había ingresado al edificio de algún modo. Alguien le había abierto la puerta y ese alguien no era yo.
- ¿Qué desea? –le pregunté.
El hombre procedió a rascarse el mentón y siguió en silencio. Mientras, me escudriñaba con unos ojos perdidos y débiles, casi grises ya por la misma edad. Por un momento una sensación de tristeza me invadió como una ráfaga. No sabría decir por qué pasó eso pero esa sensación me causó una terrible angustia. Volví a preguntarle.
- Señor, ¿qué desea?
- ¿Usted es Maximiliano Puig? –preguntó el hombre calvo.
- Sí, soy yo.
- Señor Maximiliano Puig, disculpe usted el atrevimiento que me he tomado para venir hasta aquí pero necesitaba hablar con usted ¿Podría pasar? Es que estoy algo viejo y mis piernas me juegan una mala pasada con el dolor.
Accedí a la petición del anciano. Tras cerrar la puerta él se desplomó en una silla y yo me pregunté qué diablos estaba haciendo ¿Por qué dejaba pasar a un desconocido a mi casa?, ¿quién era aquel viejo? Me faltaban todas las respuestas y el anciano las tenía en su poder.
- Desea tomar algo?, ¿un café, un té? –pregunté servicialmente.
- Un té estaría bien.

Mientras llenaba la pava de agua miraba al anciano por el reflejo del vidrio de la ventana. Se lo veía arrumbado, tal como un viejo mueble sin lustre y abandonado. La intriga me carcomía. Pero debía ser paciente. Tras servirle el té lo abordaría con preguntas certeras. Sin embargo no hizo mucha falta. Tras prender la hornalla de la cocina y colocar sobre ella la pava el viejo habló.
- Veo que escucha el programa de radio de esa chica que es tan famoso. Yo también lo escucho. Me hace compañía de algún modo. A veces uno se aburre de estar siempre acompañado por la soledad. Digamos que pasamos a conocerla en demasía, tanto que ni nosotros ni ella nos sentimos a gusto. Pero ese programa radial es muy lindo. Además uno se imagina que del otro lado está esa chica, y que es hermosa y joven. Bueno, al menos yo pienso eso. Me reconforta pensar en la gente cuando es joven. Uno cuando llega a viejo se olvida muchas veces cual es el verdadero fin de vivir. Cuando se es niño o joven las metas parecen brotar de cualquier sitio y que todos los años que imaginamos nos restan por vivir serán pocos para tantas cosas por hacer. Sin embargo, cuando el ocaso de la vida va llegando, esas metas se van disolviendo, tal como la niebla bajo un nuevo sol, y solo queda la realidad, el día a día, como un hecho tácito y palpable del cual no se puede escapar. La realidad a veces es hereje para con nosotros señor Maximiliano. Míreme a mí. Mi realidad indica que estoy vivo, que puedo caminar, que aún puedo hablar cosas con bastante coherencia, pero no obstante ello me dice que mi cuerpo está demasiado viejo y cansado, que tengo un par de enfermedades que seguramente me llevarán a la tumba y que si tengo suerte podré vivir unos años más movilizándome por mis propios miedos sin caer en algún hospicio o albergue, olvidado por el resto del mundo. Ese espejo que la realidad me muestra no lo imaginé jamás en mi juventud. Todo lo contrario. Imaginaba días gloriosos, una vejez emotiva y cargada de afectos, rodeado de nietos y ¡hasta bisnietos!, ¿por qué no? Pero no ha sido así. En algún lado tomé mal la dirección. Doblé una esquina incorrecta o bien mi brújula se volvió loca y no me percaté de ello. Como los aviones y barcos, ¿vio?, cuando llegan a ese famoso triángulo. O tal vez algo completamente distinto: mi destino era el ser un solterón. Solo me quedaba un sobrino que era como un hijo para mí. Y ahora él tampoco está.
- ¿No?, ¿por qué?, ¿qué ha pasado con él? –pregunté al anciano. Me había causado mucha curiosidad como había terminado de hablar. Tal vez el tono cansino o bien su mirada más que triste.
- Ese es el motivo de mi visita mi querido Maximiliano Puig. Mi apellido es Domínguez, soy el tío de Jesús, que si no estoy errado él era su amigo. Y digo era porque él ha muerto.

Aquella noticia me fulminó como un rayo. En el rostro del anciano había un mar de penas. Un nudo trenzó mi garganta y mi pecho. No podía respirar. No lo podía creer. Si hasta hacía un par de meses Jesús había estado conviviendo conmigo, bajo el mismo techo, inclusive abriéndose y compartiendo sus cosas. El anciano con sus manos temblorosas me escrutaba con la mirada. Sus ojos grises me recorrían lentamente. A través de ellos pude imaginar el paso del tiempo y de la vida, y ver esa aceptación que finalmente uno consigue ante las tragedias de la vida. Seguramente él había sufrido bastante por la muerte de su sobrino. Al menos eso me decía su proceder. Lo confirmaba su mirada y el movimiento nervioso de sus labios. Entristecí. No pude evitarlo. Nos quedamos en silencio por unos minutos. Solamente la radio se escuchaba rellenando todos los rincones de la habitación. El sonido suave y dulce de la voz de aquella misteriosa mujer nos acompañaba en el luto presente.

Con una mano temblorosa el anciano tomó la taza de té y lo sorbió despacio. Él y el tiempo se movilizaban meticulosamente tal como si ambos supieran de antemano que ante los antojos arrojadizos del destino no hay solución humana ni temporal posible.
- Perdóneme Maximiliano por venir a comunicar esta noticia de este modo. Pero no sabía de qué otro modo hacerlo. Usted sepa entender que me ha costado mucho localizar su dirección y hallarlo. No es fácil para mí llegarme desde Jujuy a mi edad. Sin embargo algo me decía que debía de hacerlo. Por algunas cartas de mi sobrino supe cuánto él lo apreciaba. En sus frases, en los remates de los párrafos, en cada rincón de las cartas se esboza un cambio en su vida, un nuevo fluir, algo distinto a esa oscuridad en la que se había sumergido. Y usted, amigo mío, fue quien le tendió una mano para que eso fuera posible. Yo amaba a mi sobrino. Lo vi crecer. Fui partícipe activo de su infancia y prometí a mi hermano que cuidaría de él cuando la muerte lo llamara. Mi hermano murió al poco tiempo que usted volvió de Jujuy. Jesús sufrió mucho por su muerte. Yo intenté hacer que el espacio dejado por mi hermano fuera lo más chico posible sin que todo su esplendor decayera. Algo habré hecho bien me supongo. No obstante al enterarme de la muerte de Jesús sentí que fallé drásticamente y aún hoy me lo sigo reprochando.
- No debería hacerlo. Si usted siente que hizo todo lo posible por su sobrino deje el resto en manos del destino. Ante eso nada puede hacerse –dije- Hoy he recibido un telegrama de la policía donde me decía que Jesús había caído en una redada por narcotráfico. Lo imaginé detenido en alguna comisaría o cárcel, pero jamás muerto.

Meneando levemente la cabeza y volviendo su mirada al piso aquel hombre se dejó caer finalmente. Unas minúsculas lágrimas comenzaban a aflorar de sus lagrimales y su rostro se volvía duro y gris. Quise comenzar a hablar, cambiar de tema, el aire a cada instante se tensaba más y se volvía irrespirable. Pero no pude. No tenía palabras. Finalmente él secó sus lágrimas con un pañuelo y habló.
- No lo sé amigo mío –dijo el anciano mirando el piso- no sé cuál es el límite que nos dice de qué lado queda lo que hacemos bien y lo que hacemos mal. Mientras más se acerca la hora de mi partida de este mundo menos comprendo muchas cosas. Es como si volviera a la niñez aceleradamente, tal como el cuento de Scott Fitzgerald, el de Benjamin Button, ¿lo ha leído?
- Sí, lo he leído.
- Pues así me siento a veces.
- Entiendo el punto –sostuve- no obstante no creo que sea justo para usted acarrear semejante culpa sobre sus espaldas en estos años de vida.
El anciano hizo un silencio y quedó pensante, tal como si mis últimas palabras estuvieran siendo evaluadas en un juicio, ante un tribunal invisible, capaz de dar en cualquier momento un veredicto final al que se le debía acatar sin cuestionamientos. Recogí la taza de té y la llevé a la cocina. Abrí el grifo, enjuagué la taza, arrojé el saquito usado a la basura. En la radio aún se escuchaba música y la voz dulce de aquella mujer. La imaginé por un instante a mi lado, mirándome tiernamente, acariciándome y ensortijando la terminación de mi cabello entre sus dedos. En silencio, ambos parados al lado de la mesada de la cocina, nos mirábamos como sabiendo que estas cosas pasan, que la vida es un misterio constante, que las personas que amamos o queremos hoy están y mañana tal vez no. En aquella imagen me sobrevenían ganas de besar a la mujer. De tomarla por la cintura y atraerla fuertemente hacia mi cuerpo. Apoyar unos grandes senos que mi mente dibujó en contra de mi pecho y percibir su aliento, fresco como la menta, adentrándose en mi boca. Mientras, yo la observaba. Recorría el brillo de sus labios y el destello fugaz de sus ojos. Increíblemente aquella visión me hacía sentir en otro mundo, totalmente distante del que yo habitaba. Libre de dolor y de penas, libre de ausencias y pérdidas. Un mundo en donde yo era importante y nada se tornaba gris. Donde la música y las palabras eran adornos hechos a medida que decoraban a la perfección las vidas de los seres humanos. En ese mundo imaginario me encontraba junto a la mujer de la voz dulce, la mujer que habitaba dentro de una radio a transistores y contagiaba de vida mis noches.

Al volver en mí me dirigí al comedor. El anciano se había dormido. Una respiración débil y entrecortada se escuchaba trabajosamente salir desde el recorrido largo y penumbroso que ofrecían sus pulmones. Tomé una manta y lo tapé. No se despertó. Cerré la ventana y al hacerlo observé cómo de fondo unas nubes grises comenzaban a tapar estrellas y luna. La noche, como cómplice de todas las historias que se viven debajo de ella, parecía guardar luto también. Tal vez en algún lugar del infinito cosmos Jesús Domínguez estaría sentado, observándonos y pensando cuando sería el momento para que su tío y yo estuviésemos a su lado. Pronto Jesús, pensé. Pronto será el día –volví a pensar- porque aquí los días pasan lentamente pero en tú cielo pasan tan veloz como el rayo, tan rápido como la luz de la luna sobre todos los seres vivientes.


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(Imagen: http://26.media.tumblr.com/tumblr_l7chdrgNFo1qbj9lto1_500.jpg)

4 comentarios:

SILVIA dijo...

Tiempo y anciano se mueven al compás perfectamente compenetrados. En el fondo sabemos que llegará el día en que también nosotros nos mimeticemos con él.
Un abrazo!!!

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Tal cual Silvia. El anciano aprende del tiempo y el tiempo es un maestro casual. El personaje principal de la historia, Maximiliano Puig, aprende de ambos.

Beso!

SIL dijo...

El tiempo del dolor pasa muy lento.
Ojalá en ese deseado cielo, todo sea más fácil.


Un beso


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Esa es una de las cosas mas difíciles de aprender a interpretar en esta vida: la transición y asimilación del dolor.

Beso, rubia :)