Imperceptible (16)





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Poco a poco, con el pasar de los días, volví a sumergirme en la cotidianidad de mis días. El trabajo ocupaba dramáticamente gran parte, y el resto de las horas que estaba despierto las rellenaba con alguna actividad que despejara por completo mi cabeza de pensamientos que no valían la pena. Extrañaba de algún modo la compañía de Jesús Domínguez. Podría decirse que no fuimos grandes amigos, pero sí fuimos muy compenetrados y nos conocimos en una etapa bisagra de nuestras vidas. En aquellos días la amistad tenía una valoración mucho más especial que en la actualidad. Las pequeñas cosas sellaban un cerrojo invisible que nadie podía romper y así la amistad quedaba resguardada ante cualquiera que le propinase un ataque inescrupuloso.

Me preguntaba si en algún momento Jesús habría declarado sus sentimientos a Rebeca D. A decir verdad después de aquel día no volvió a hablarme de ella. Se sumió en un abismo silencioso del cual solo salía para charlar cosas banales o que atañían a la vida diaria dentro de la casa. Hablábamos de trabajo, de novedades del barrio en el cual vivíamos, sobre cómo organizar los gastos o bien sobre los partidos de fútbol de la última fecha del campeonato. Nunca nos metíamos con la vida sentimental del otro. No sé por qué no lo hacíamos, por lo general todos los hombres y mujeres necesitan contar parte de sus conquistas o desaires, pero él y yo no lo hacíamos. Como si se tratase de un acuerdo tácito entre ambos mateníamos absoluto silencio en ese tema. Sin embargo a mí siempre me quedaba la incertidumbre de si realmente él había llegado a más con Rebeca D.

Uno de los días antes que él no regresara a la pensión y que Rebeca D. se apareciera arrojando piedras a mi ventana intenté abordar el tema de su relación con ella. Merodeé con palabras y preguntas su muralla pero nada pude sacar en limpio. Creo que él sabía lo que yo tramaba. Y aún más, creo que él también percibía que yo sentía cosas por la misma mujer. Algo que era irremediablemente incompatible.

En esa charla que sostuvimos aquel día yo preparaba la cena y el escribía en su computadora portátil. Podría decirse que eran días intrascendentes, cargados de normalidad y enviciados de vientos de agosto. Cortaba ajo y perejil lo más fino que podía con un cuchillo de buen filo. El aroma a la comida casera invadía la cocina. Ambos permanecíamos en silencio después de la charla abocados cada uno a la actividad que estábamos llevando a cabo. De repente él me hizo una pregunta que aún hoy, cada vez que la recuerdo, me llena de escalofrío.
Oye, Maximiliano, ¿te has planteado alguna vez amar a alguien y no ser correspondido? Me refiero a saber que amas a alguien y que nunca antes has percibido algo así, y aún sabiendo eso es imposible que ese alguien te corresponda.
Me lo pensé por un instante. Mientras sostenía el cuchillo en el aire y contemplaba el puñadito de ajo y perejil sobre la tabla de corte repasé una por una mis anteriores relaciones amorosas. Por más que me esforzaba no lograba encontrar alguna que satisfaciera ciento por ciento aquella pregunta. Llegué a la conclusión que nunca había vivido una situación así. De alguna manera siempre había comunicado a mis parejas mis sentimientos y supongo que eso también se daba en la otra parte. O al menos yo quería pensar así. Después de todo destapar la olla de viejos amores no es algo que sea muy agradable para nadie. Por más que las relaciones hayan sido buenas los recuerdos muchas veces suelen ser traicioneros. Se amotinan en lo alto de una cumbre y desde allí, como dispuestos a librarnos un dura batalla, descienden con aire guerrero hacia nuestras sienes intentando generarnos pensamientos que perturben lo que antes permanecía tranquilamente dormido.
No. Creo que siempre he comunicado y me han comunicado lo que sentían por mí -respondí.
Has tenido gran fortuna entonces.
Seguí picando el ajo y el perejil pero ahora con menos ruido y más lentamente, tratando de ubicar alguna reminiscencia de relación que se me haya escapado al rememorar. Me preguntaba el porqué de aquella pregunta de Jesús, y la respuesta fue inmediata: Rebeca D.


Aquel día cenamos tarde. Ambos sumidos en un profundo silencio. Ni siquiera la televisión se había encendido. Solo escuchábamos de vez en cuando algún silbido del viento al pasar por entre la copa de los árboles de enfrente. Era una noche apasible, de mucho normalidad. Mientras masticaba cada bocado que me llevaba a la boca repensaba en la pregunta de Jesús y en su relación con Rebeca D. Ella también me gustaba, eso estaba claro, pero nunca me había dado un indicio que sobrepasara el umbral de la amistad. Sin embargo tal vez a él sí. Eso pensé inmediatamente.
¿Porqué me has hecho esa pregunta?, me refiero a la que me hiciste mientras hacía la comida, a la de amar a alguien y que te sea imposible comunicárselo.
Porque creo que me sucede una cosa así -respondió Jesús.
¡Acerté! -pensé para mis adentros.
¿Y porqué no se lo dices?
Porque temo el rechazo. Y el rechazo duele, lo sabes.
Pero tal vez no te rechace. Tal vez ella también sienta lo mismo por vos y no avanza. Algo así como que ambos se están mantiendo a una distancia prudencial y ninguno de los dos tira de la soga para acercarse. Si no lo hacen, ambos se quedarán ahí, tiesos, observándose a la distancia, sin disfrutar, y llenos de incertidumbre por saber si el otro siente o no lo mismo.
Jesús se llevó una mano a la cara. Palpó sus mejillas, cubrió sus ojos y los refregó. Finalmente enfocó su mirada hacia mí y así se quedó por un instante.
No es tan fácil. Creo que también sabes que no es fácil. Es como si una muralla alta en invisible me flanqueara el paso y me impidiera decirle a ella lo que siento. Hasta he pensado si no la he idealizado. Si no he caído en una trampa que mi propia manera de pensar me ha tendido.
Debes animarte -sugerí. Debes arriesgarte, total, tal como dice todo el mundo: “al no ya lo tienes”.

Me sorprendía escucharme hablar de aquella manera. Por un instante pensé que no era yo. Que era alguien que aconsejaba a un amigo y le estaba escuchando desde cierta distancia. Imaginaba la situación que mi amigo describía y me hacía eco de ella pero de una manera ausente, sin inmiscuirme en ese tema de manera personal. Pero claro, él hablaba de la misma mujer que a mí me gustaba y aún así yo podía evadirme de ello ¿Sorpresa para mí?, sí, sorpresa. Entonces tal vez mis sentimientos por ella tan solo eran un espejismo y no algo real y tangible. Podía escuchar y sentir como mi corazón latía, como mis pulmones se llenaban de oxígeno como dos grandes fuelles o como la sangre recorría de manera tibia cada una de mis venas, pero no podía sentir cual era la verdadera profundidad de mis sentimientos hacia esa chica que de algún modo se había introducido en mi vida y en la de mi amigo.

Aquella pregunta que Jesús Domínguez me hizo aquella noche quedó rondándome por la cabeza durante un par de días. Cada vez que me sobrevenía pensaba en porqué no había yo respondido que sí, que también me pasaba una situación así con la misma mujer que a él le gustaba. La respuesta nunca me llegó. Entonces destruí la pregunta y guardé aquel pasaje de mi vida en la memoria. Si algo debía de hacer era no seguir pensando en aquella chica y mucho menos si ella entraba y salía de mi vida como si se tratase de un fantasma. Además tenía mi vida por delante y necesitaba volver a mí.

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(Imagen: http://farm3.static.flickr.com/2349/1678100733_368972bab0_o.png )

5 comentarios:

jordim dijo...

mm huele a literatura de verdad por aquí..

Miguel Aguilera dijo...

@JORDIM:

Bievenido al blog...

Se intenta... se intenta :)

SILVIA dijo...

Una cosa es tener el no.... y otra muy distinta escucharlo.
Jordim, tienes razón: aquí no sólo huele a literatura de verdad, también se saborea.
Un abrazo!!!!

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Jajaja, me gustó la metáfora, amiga, jajja

Abrazo para vos ;)

SIL dijo...

Duele el rechazo.
A veces mata-sin matar...
Es una daga muy dañina.
Soportarlo depende de la fortaleza de la armadura que lleves.

También es mérito de esa armadura ocultar cuántas cicatrices de ese tipo de dagas te labra el pecho.

Buen capítulo, Miguel.

Beso grande

SIL