Saint-Exupéry (veintisiete)



VEINTISIETE

Esa noche la luna parecía distinta. Un halo verdoso la rodeaba dando la impresión que la cuidaba alejándola de todo aquello que pudiera quitarle belleza u opacarla. “Seguramente es un anillo de humedad”, se dijo Lourdes para sus adentros. Ella estaba sentada en un sillón de metal, en el balcón de un hotel. Habían llegado junto a la mujer gorda al anochecer y habían alquilado una habitación para pasar la noche. El día anterior, cuando Lourdes había decidido ir en busca de la verdad sobre sus orígenes, la mujer gorda sintió súbitamente una necesidad imperiosa de acompañarla.

- No puedes ir sola -dijo la mujer gorda-, yo te acompañaré.

Lourdes asintió. De algún modo ella sentía que aquella mujer que tan desconocida le resultaba en un principio ahora poco a poco se acercaba a ella con sinceridad y cariño. Justo lo que ella estaba necesitando. Tras llegar al hotel y subir a la habitación, Lourdes decidió salir al balcón a tomar un poco de aire fresco y leer un rato. No tenía sueño y no deseaba aún estar acostada. La mujer gorda después de ducharse se entregó por completo a los influjos del sueño. Mientras Lourdes pasaba las hojas del libro escuchaba los ronquidos de la mujer. Después de un rato, ya concentrada en la lectura, dejó de oírlos y comenzó a percibir el aroma dulzón que largaban unas cuantas macetas de flores que estaban situadas justo debajo del balcón. Cerró el libro, y se asomó a mirar. Algo tan simple como aquellas flores la hicieron añorar a sus amigos del grupo ecologista. El perfume embriagó sus sentidos y afloró bonitos recuerdos. Es que su vida había cambiado tanto. Todo era tan vertiginoso por aquellos días. La vida, que antes se presentaba ante ella como una línea recta, se había tornado de repente en un camino sinuoso plagado de curvas y contracurvas. “¿Cuál será mi destino?”-se preguntó-, y no pudo obtener una respuesta que le satisfaciera y la tranquilizara.

Después de leer un buen rato comenzó a sentir sueño. Continuó leyendo hasta quedarse dormida con el libro abierto por la mitad y recostado sobre su pecho. La luna seguía en lo alto custodiada por ese halo verdoso. Entonces tuvo un sueño. En aquel sueño ella despertó en un bote, sola, en medio de un río turbulento. La corriente la llevaba río abajo. El río estaba bordeado por montañas. A ella le pareció que era un cañón, o un par de acantilados que custodiaban el recorrido del río. Era de día. El ruido del agua no la dejaba escuchar nada más. Había un sol espléndido y el cielo estaba celeste, puro, inmaculado. Mientras el bote se desplazaba llevado por la fuerte correntada ella se desesperaba. No tenía remos, ni protección en su cabeza. Estaba semidesnuda, y sentía frío. De repente en el horizonte el río se perdía de improviso. Mas allá solo se veía el cielo. Cayó en la cuenta que allí debía de haber una cascada o, peor aún, una catarata, un gran salto que la despediría al vacío. Sintió como la adrenalina comenzaba a recorrer su cuerpo. El frío que sentía se transformó en el acto en una lava ardiente que recorría sus venas y atravesaba su corazón. Sus sienes le dolían. Un nerviosismo extremo, cargado de miedo, comenzaba lentamente a entumecerle la musculatura.

El bote se aproximaba sin obstáculos al límite con el horizonte. Se podía escuchar el ruido ensordecedor del agua al caer al vacío. El miedo paralizó a Lourdes. Se aferró con ambas manos a los costados del bote y cerró los ojos. No podía pensar en nada. No había imagenes, no había sonidos, solo podía escucharse el fluir de la sangre atravesarle su corazón. El curso del río se enangostaba mucho antes de caer al vacío. Una roca grande bloqueaba casi todo el paso. Con suerte el bote la esquivaría si la corriente lo quería, de lo contrario impactaría contra ella y sería otro fin, también trágico y tal vez el más rápido. Lourdes se mantenía fuertemente asida a los lados del bote. Podía sentir cómo sus dedos le dolían de tan fuerte que asía la madera. Fue entonces que le pareció escuchar una voz. Una voz que era conocida por ella pero que en ese momento no podía identificar. Tampoco podía saber de dónde le llegaba aquella voz. “Debo estar enloqueciendo” pensó en un instante de lucidez.

“¡¡Lourdes, Lourdes!!” decía la voz que parecía provenir al principio desde dentro de su cabeza. Ella abrió los ojos tras escuchar su nombre. El horizonte estaba a su frente. Un cielo diáfano y puro se presentaba como el telón de fondo en un escenario teatral. Atinó a mirar a su izquierda y solo se veía el final del acantilado morir en la nada, en el abismo. Giró rápidamente la cabeza y observó la gran roca que a su derecha obstaculizaba el paso, y allí, justo encima de la roca, estaba aquel hombre que ella había conocido en la gran ciudad. “¡El hombre del hostel “Roma”!”, exclamó en ese instante. “¡Aquí, ayúdame por favor!”, gritó Lourdes con desesperación. El hombre se arrodilló sobre la gran roca y extendió su mano derecha hacia ella. Lourdes tomó la mano del hombre y se aferró con fuerza. Él pegó un tirón y levantó a la chica en el aire, mientras el bote caía al vacío perdiéndose en la bruma que formaba la gigantesca cascada.

Lourdes exhausta logró abrir los ojos y mirar al cielo. Sentía frío de repente. La roca helada la hacía estremecerse. El hombre a su lado le acarició el rostro y esbozó una sonrisa. Esa sonrisa le daba paz, hacía que ella se sintiera protegida, entre algodones.

- Ya todo pasó -dijo el hombre.
- ¿Quién eres? -preguntó Lourdes con desesperación-, ¡dime por favor quien eres!

Pero el hombre no respondió. Solo continuaba con esa sonrisa a flor de labios que mantenía a Lourdes tranquila y con la sensación que nada en el mundo podía dañarla.

- ¿Quién eres? -volvió a preguntar ella.
- Tú sabes quien soy -respondió él a su pregunta.

En ese instante y aún con el eco de aquellas palabras en su mente Lourdes despertó asustada. Al abrir los ojos lo primero que vio fue la gran luna rodeada por el halo verdoso de humedad. Los ronquidos de la mujer gorda seguían llegando desde dentro de la habitación y todo parecía estar sumido en una extrema serenidad y normalidad. Rompió a sollozar poniendo su cara entre sus manos. Aquel sueño había movilizado sus emociones. Hizo que aquel hombre que ella buscaba apareciera en el sueño y la salvara de caer a un precipicio, la salvara de morir. Aparecía como un salvador, como alguien que le generaba una sensación de paz y tranquilidad, mientras que a la vez se sentía protegida. Era el mismo hombre del hostel, el mismo que había conocido años atrás en la ciudad.

Tras un rato de sollozos entró a la habitación y de la mochila sacó una petaca con coñac. Se sentó nuevamente en el balcón y dio unos tragos a la petaca mientras se secaba las lágrimas de sus ojos y mejillas con un pañuelo. El aire fresco de la noche ahora había potenciado el perfume dulzón de las flores. A lo lejos se escuchaba el murmullo de una radio y una música melódica de los años ochenta se dejaba oír. En ese instante pensó que la vida le tenía preparada más sorpresas. Que el sueño tal vez había sido un presagio de la vorágine en la que estaba plantada. El río y su corriente caudalosa parecía asociarse directamente con los días que últimamente había vivido. El hombre que al principio era desconocido en el sueño lentamente se acercaba al hombre que ella conocía en la vida real. Pero la gran pregunta que se formulaba mientras bebía era ¿porqué?, ¿quién era para ella ese hombre que tan enigmáticamente ahora aparecía en su vida?

Tras beber un poco se recostó al lado de la mujer gorda. Ya no escuchaba los ronquidos. Apoyó la cabeza en la almohada y contempló la luna. El halo de humedad lentamente había desaparecido y con él los efectos de aquel sueño.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: Fotografía pertenecienta a Ana Cabaleiro (http://cargocollective.com/anacabaleiro) - Montaje propio del blog)

2 comentarios:

SIL dijo...

¿Para salvarle la vida?
De algún otro abismo.

Los sueños a veces son espejos que develan el futuro y desentrañan el pasado.

Un beso, Errante.


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Rubia, a veces a los sueños le tengo miedo... pero es un miedo raro, tal vez a lo desconocido... no sé.

Ando medio lerdo para las respuestas, igual que para subir los capítulos... ¡ya me acomodaré!

Beso y gracias por siempre la buena onda con tú lectura ;)