
TREINTA y OCHO
Al llegar al hotel Marina se encontraba sentada en el esquinero de la cama. La habitación se encontraba silenciosa, las cortinas corridas, y un leve olor a jazmín se deslizaba en el aire, tal vez procedente de alguna planta cercana o bien de algún puesto de flores de la calle. Los últimos rayos de un sol débil y cansino se colaban por la ventana tiñéndolo todo de un color anaranjado...