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Aquella mujer avanzó lo suficientemente como para ponerse en frente de mí y solicitarme fuego para su cigarrillo. Atónito, casi inexpresivo, sin poder dejar de maravillarme por su belleza de rasgos trigueños y delicados, extendí mi mano con el cigarrillo y solamente atiné a deslizar una mueca de sonrisa como si con ello respondiera afirmativamente a su pedido. Ella tomó el cigarrillo...