Imperceptible (5)



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Era difícil encajar aquel rostro lozano y joven del Jesús Domínguez que había conocido en Jujuy con el del hombre que tenía frente a mí. Nos miramos por un minuto en silencio intentando reconocernos. Sus ojos parecían dos pozos de aljibe, abandonados y secos, carentes de todo vestigio de vida. Tiritaba. A duras penas se mantenía en pie. Su estado de excitación era total. Aquel muchacho fornido y recto de principios había sucumbido al embrujo de las drogas. Le di un abrazo. Me respondió con otro débil y casi tirándose sobre mi cuerpo. Lo hice pasar. Tomé su mochila y observé lo sucia que estaba, al igual que toda su vestimenta.

- Casi no te reconozco –le dije.
- Disculpa que haya venido así y sin avisarte, amigo. No tenía a quien recurrir y me acordé de ti.
- Está bien. No hay problema.
- Mira, no quiero ocasionarte problemas. Estoy huyendo. Debo algo de dinero. No mucho, pero lo debo. Creo que no me han seguido hasta acá. Además nadie sabe mi relación contigo. Ni siquiera mis padres saben tú dirección y creo que ya casi ni te recuerdan. Pero no me ha quedado otra que venir hasta tú casa. Gracias a Dios aún vives aquí.
- Vuelvo a decirte que no hay problemas, Jesús. Quédate tranquilo. Puedes quedarte cuanto quieras.

Supongo que dije aquello sin pensarlo. En ese momento me nació decirlo más por el recuerdo que basándome en la realidad que tenía enfrente de mis ojos. Aquel no era el muchacho que había conocido, ni siquiera era su sombra. Era alguien que había caído en un abismo del cual no podía zafar y aún seguía cayendo, en picada libre, sin siquiera poder aferrarse a algo. Me alegraba de verlo nuevamente, pero me apenaba ver en qué había terminado. A veces las personas tomamos caminos demasiados sinuosos que nos llevan a salas oscuras e imprevistas en la vida. Supuse que eso le había pasado a Jesús. Me dije que no debía preguntarle nada, que tan solo lo ayudaría a calmarse y que si de él nacía ya me contaría todo.

Con el transcurrir de los días fue adaptándose. De a poco el frenético tiritar y su mal aspecto fueron dando paso a cierta lozanía. Hablaba poco pero eso no importaba, necesitaba recuperarse. No tenía arranques de locura o excitación en busca de drogas. Supongo que él mismo de algún modo comenzó a luchar en contra de su adicción. No hablábamos tampoco de ello. Al tiempo comenzó a hablar de su vida, de sus cosas. Yo iba a trabajar y lo dejaba en la habitación. Él se encargaba de organizar los trastos, de preparar la comida, de llevar la ropa a la lavandería. No me molestaba su compañía, al contrario, atenuaba de algún modo mi silenciosa soledad.

Cierta tarde Jesús quiso hablar. Yo lo escuché:

Estando en la frontera hacía un patrullaje. Alguien interno me tendió una trampa y caí en manos de distribuidores de coca. Eran tipos siniestros, pesados, de muy mala calaña. Sabía quiénes eran y ellos también me conocían. Me retuvieron casi seis meses en cautiverio. Mis padres pensaron que me habían matado. Sufrieron mucho por ello. Pero no fue así. En aquellos meses de cautiverio estuve dentro de una celda improvisada, con paredes de adobe, de unos dos metros por dos metros de ancho. Solo había una pequeña ventana en una de las paredes que correspondía a la ausencia de un ladrillo. Por ahí se colaba el aire y la luz. Era la única comunicación con el exterior. Me habían hecho ingresar por la parte de abajo de la celda, por un túnel, el cual taparon y sellaron con un montón de adobones y tierra para que no pudiera escapar.
Me daban de comer a través del orificio de la pared. Casi siempre era algo líquido. Nada de carne. Me dejaban una botella de agua por día. La bebía en pocas horas y el resto del día padecía sed hasta el hartazgo y la desesperación, y por más que pidiese el líquido a gritos, nadie me escuchaba, ni atendía mis ruegos, al contrario, me ignoraban. Sí me arrojaban una bolsita con cocaína. Lo hacían casi a diario. En eso eran puntuales. El guardia que cuidaba la celda a unos metros se drogaba. Todos se drogaban en el campamento. A pesar de mi resistencia mental y mi resistencia física cierto día cedí y comencé a drogarme también. Supuse que eso me haría más llevadero el cautiverio, que sería una forma de traspasar los muros aunque más no fuera con la mente. Pero se hizo costumbre, se hizo adicción. Me equivoqué.
El campamento estaba en un pequeño monte hincado entre las montañas de la frontera. Reconocí el monte, era el de “Palma Sola”, fronterizo con la provincia de Salta. Había estado ahí antes haciendo investigaciones. Y sabía que sería difícil de escapar o que alguien me encontrase. Era zona de aluviones y eso me generaba cierto temor. Un aluvión en aquel sitio sería fatal y más si me encontraba encerrado en aquella celda. Al principio contaba los días, después dejé de hacerlo pues perdí la noción del día y la noche. Solo pensaba en luz y oscuridad. Observaba cómo la vida penetraba y se marchaba en tiempos regulares a través del agujero de la pared. Nunca había vivido algo semejante.
Había días que me agarraban accesos de llanto y lloraba como un niño en posición fetal. Pedía por mis padres, por mis amistades, por mi libertad. Nadie oía. Estábamos solo yo y mi conciencia. A veces me parecía escuchar una diminuta vocecita que me arrullaba en medio del dolor y diluía los pensamientos derrotistas que yo mismo generaba. Era entonces cuando dejaba que la voz me tomara de la mano y lentamente me iba adormeciendo. Me sumergía en un estado de inconsciencia y abstracción de mi propia realidad. Aspiraba cocaína y escuchaba esa voz más y más fuerte, tal como si estuviera a mi lado, como si compartiéramos juntos la celda. Por momentos el interior de la celda se pintaba de colores, me parecía ver una pradera, una puesta de sol, el patio de la casa de mis padres, los cerros. Y eso me emocionaba. Súbitamente una felicidad inconmensurable se apoderaba de mí y sentía elevarme a momentos de éxtasis antes jamás sentidos. Sin embargo, así como aquel júbilo había aparecido, también desaparecía rápidamente. Todo se volvía sombrío, con una oscuridad espesa y densa. Y me reconocía en el suelo frío, acurrucado contra una esquina de aquel infernal encierro, todo orinado, a veces defecado, bañado en sudor y lágrimas.
Créeme Maximiliano, por aquellos días pude pisar la puerta del infierno. Por instantes me parecía ver hasta al propio Caronte en su barcaza pidiéndome una moneda de oro, para así poder subirme a su barcaza y cruzarme del otro lado del río Aqueronte, y ya no vagar como una sombra difunta y errante. 
Supongo que por momentos deseé morir.


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(Imagen: http://fuckyeahillustration.tumblr.com/post/559310334/tzaddi-esguerra-wheresburger-tumblr-com )


2 comentarios:

SIL dijo...

Tremendo...
La descripción del cautiverio, las fauces de la mafia de la droga, lo real que resulta.
En cada esquina, hay un calabozo de ésos, que todos sabemos ... pero en teoría, nadie ve.

La mención mitológica de Caronte le viene perfecto a este capítulo.

Veremos como sigue.


PD: entre mi atraso, la moderación de comentarios y la no registración de comentarios que Blogger hace malignamente desde anoche, no sé cual quedó, y cuál no.

Mañana vengo a chequear qué dije y dónde lo dije.
El punto es que leí hasta la entrega nro. 5.-

Besos grandes, Miguel.
Tardíos, pero seguros :)


SIL

EL ERRANTE dijo...

@SIL:

Bueno, como siempre, ante todo agradecerte por siempre estar al pie de cañón no solo como lectora sino como comentadora en todos mis escritos.

Con respecto al relato, a cómo se va tramando, es uno de los cuales más reales y un tanto duros he escrito. También puedo decirte que tiene un toque de surrealismo mezclado con realidad.

La droga, esa temática a veces tan llevada o mirada desde lejos y tan cercana que la tenemos, suele ser un tema casi difícil de tratar. Bueno, intenté insertarla en el relato. Al final veremos que salió de todo.

Gracias, nuevamente, rubia :)

Beso!