Imperceptible (6)


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Mientras brotaban lágrimas de sus ojos me fue inevitable no sentir una opresiva angustia ante su relato. El modo en que lo exteriorizaba correspondía a una escena terriblemente dramática, de alto poder de sufrimiento. Quedamos un rato en silencio, tal como si quisiésemos que ese mismo silencio distendiera esa sensación de ahogo que el relato nos había producido. Tomamos unos mates entre sollozos hasta que continuó con su relato:

Una mañana, era invierno ya, sentí morirme. El frío era demasiado cruel. La ropa que tenía puesta no frenaba en lo más mínimo la sensación térmica y poco a poco caí en un principio de hipotermia. Hambre, sed, frío, momentos de locura y pocos de lucidez, todo apuntaba a un desenlace poco feliz. Si hasta pensé en que la solución más rápida sería morir. Una muerte rápida y efectiva –pensaba- que me librara del calvario. Entonces escuché sobrevolar el helicóptero. Un alboroto generalizado se desató en todo el campamento. Comenzaron los disparos y el fuego cruzado. Algunas balas impactaban en las paredes de adobe de la celda y pasaban de lado a lado. Yo mantenía una posición fetal en el suelo, aterrado, casi inconsciente. Y la balacera continuó un buen rato. Algo impactó contra una pared de la celda, se abrió un hueco considerable y un halo de viento helado me recorrió toda la humanidad. La luz natural me cegó. Voces, muchas voces, parecían sentirse a lo lejos y de repente dentro de mí cabeza. Me tomaron de las axilas y me arrastraron fuera de la celda. El aire helado quemaba mis fosas nasales y me impedía respirar. Me sentí nuevamente morir.

Un gendarme me cacheteaba cada tanto para impedirme que me durmiera. Finalmente fui llevado en el helicóptero a un hospital de la capital de Jujuy. Allí me tuvieron cerca de un mes. Siempre en terapia intensiva. Mi cuerpo estaba muy dañado. Mi psiquis aún más. Muchos pensaron que yo era un fantasma que había vuelto de la muerte. Apostaban a que el día de mi desaparición había sido el día de mi muerte también. Otros en cambio se pusieron felices de que estuviera vivo. Aquellos días que estuve en el hospital alucinaba, desvariaba, me sumergía en profundos estados alarmantes de excitación y convulsión. Creía tener sueños reales en donde personas que no conocía se sentaban a mi lado a charlar, a contarme historias, a velar por mí.

Mis padres no faltaron un solo día. Así, con su ayuda y mi propia lucha, finalmente me repuse. Pero mi adicción perduraba. Los médicos lo sabían y se lo ocultaron a mis padres. Yo guardé el secreto. Al salir del hospital renuncié a la policía. Deseaba algo nuevo para mí, un nuevo capítulo en mi vida. Aquello que había vivido era ya demasiado.

Sin trabajo, proveerme de droga no era fácil. Empecé a delinquir. Robos menores: dinero a turistas, relojes, alguna que otra joya que luego cambiaba por droga a los vendedores. Todos me conocían y por eso muchas veces, cuando no tenía dinero, me daban la droga y esperaban el pago. Caí en un abismo infernal, Maximiliano. Fue tan grande la caída que olvidé quien era, cómo era esa vida que me gustaba vivir. Hasta los sueños se diluyeron. Finalmente robé droga a un distribuidor. Mucha. Y me fugué. Comenzaron a buscarme y huí por los caminos vecinales. Hice dedo y me vine para Córdoba. Al llegar intenté hacer dinero la droga pero salió mal, me dieron una terrible golpiza y me dejaron tirado a la vera de la circunvalación. Un camionero me encontró y me llevó al Hospital de Urgencias. Apenas me repuse escapé. Di nombre y direcciones falsos para que no pudieran rastrearme. Y acá estoy, aquí me tienes, sintiéndome un verdadero gusano que ya no puede mirar hacia atrás.


Al terminar de hablar Jesús quedó en silencio mirando por la ventana hacia la nada. Mi boca estaba sellada. No había palabras que acotaran algo al relato. Solo atiné a darle unas palmaditas en su hombro. Otra cosa no me salió en ese momento.

Cuando era niño jugábamos a un juego en la escuela primaria. Consistía en que dos niños formaban un aro con sus brazos y un tercero pasaba por él pidiendo un deseo. La sensación de atravesar el aro y pensar en el deseo era única. Me gustaba aquel juego. Solía desear cosas imposibles y otras veces cosas que para otros niños serían tontas o banales. Pero para mí eran importantes. Muchos de esos deseos apuntaban a la relación con mi madre. ¡Vamos, Maximiliano!, ¡pide un deseo!, gritaban mis compañeros. Entonces yo imaginaba que del otro lado del aro estaba mi madre, con sus brazos extendidos hacia mí, esperándome con una bonita sonrisa y sus brazos extendidos dispuestos a abrazarme fuerte y hacerme sentir que nada en el mundo me dañaría. Pero al otro lado del aro solo había un cielo enorme y en él un gran vacío. Mi madre no estaba allí. Tampoco lo estuvo nunca. No obstante me gustaba esa sensación de atravesar el aro, de pensar que cosas bonitas también podían sucederme a mí. Esa tarde mientras observaba a Jesús Domínguez, imaginé que con mis brazos podía crear un gran aro para que él pudiese atravesarlo, y justo en el momento que lo atravesase yo le gritaría, ¡Anda Jesús, pídele un deseo a la vida!


Al llegar a la casa Jesús cocinaba unos bifes con cebollas salteadas. El olor despertaba el apetito a cualquiera. Dejé la mochila y me senté callado a la mesa. Jesús me observó.

- Hoy ocurrió algo importante –dije.
- ¿Sí?, pues parece –respondió- ¿qué será?
- Conocí a alguien en el bar donde almuerzo todos los mediodías. Una chica. Una extraña chica.
- ¿Por qué extraña?
- Supongo que por todo. Un conjunto. Todo. No sé. A veces no es fácil explicar con palabras las cosas extrañas.
- ¿La conocías?
- No. Nunca la había visto en mi vida.
- Sin embargo te atrapó –dijo Jesús.
- No, solo que no he podido sacármela de la cabeza desde que salí del bar.
- Entonces te atrapó –volvió a repetir.

No contesté nada.
Seguí contemplando a Jesús Domínguez mientras continuaba cocinando y me perdí en pensamientos.
Con un poco de suerte, me dije, tal vez sueñe con un gran aro esta noche, y quizá lo atraviese, y del otro lado, con una bonita sonrisa y su mirada penetrante, Rebeca D. me esté esperando.

Esa noche Jesús y yo cenamos en silencio.

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(Imagen: Rafael Azofeifa (b. 1971, Costa Rica) - "Sin Título" - Mixto (naipes pintados con aerosol) )

6 comentarios:

SIL dijo...

Nadie dice que ese aro debe circunscribirse a un sólo deseo.
Se puede soñar dos cosas.
Y ambos protagonistas verse favorecidos por éso.
Y que los deseos se extrapolen a los sueños.
Y que los sueños, se hagan realidad...

Beso grande, Miguel

SIL

EL ERRANTE dijo...

@SIL:

Y pensar que a veces uno se aferra a un solo deseo posible, ¿no?

Besos, Rubia :)

Flor S dijo...

Me gustó eso del aro y el deseo. Después de todo, se hace el difícil pero le gusta ;).

Por otra parte, me quedé pensando en Jesús y la droga. Es increíble como en determinadas situaciones, somos capaces de sucumbir y quebrar nuestros propios mandamientos. Lo que hace la crueldad humana...

Besos y buen domingo!

Ornela Muti dijo...

Los deseos nos mantienen activos. Aferrarse a un deseo posible, parafraseándote, es imposible.


Besos.

SILVIA dijo...

Regresando de las vacaciones, disculpa mi ausencia. Prometo ponerme al día poquito a poquito. Besos!!

EL ERRANTE dijo...

@SILVIA:

Espero que hayas disfrutado de lo lindo y en familia.

Cuando quieras pasá, ya sabés que acá siempre hay algo para leer.

Besote =)