Imperceptible (7)





7


Una mañana de otoño encontré a mi madre tirada en el sofá. Su mano tendía al vacío y un cigarrillo se había consumido por completo entre sus dedos, llegando hasta el filtro, sin que las cenizas cayeran por completo. La escena logró impactarme. La mujer de pupilas heladas con el don del mutismo yacía completamente borracha, dormida, expuesta y vulnerable, en el living de la casa. Su mirada de alteridad, de ojos que ven las cosas demasiado lejos, se había esfumado. De fondo sonaba una canción de Sandro que emanaba, a bajo volumen, del tocadiscos. Las cortinas, tapizadas de diminutos círculos verdes, se movían lentamente, como si de algún modo danzaran enamoradas escuchando la canción que invadía todo el lugar. Afuera el día se presentaba con viento y tierra. Ella se veía tan vulnerable. Nunca la había visto de aquel modo. Desde la escalera contemplaba la visión. Sin hacer ningún tipo de ruido observaba su plácida respiración, el equilibrio perfecto del cigarrillo acabado que pendía de su mano, su pelo revuelto. Nada perturbaba ese su sueño. Estaba alejada de todo lo terrenal, tal vez estuviera transitando otros universos –pensé-, paralelos a éste, en dónde ella no fuese mi madre ni yo tampoco su hijo.

Mientras mi madre estaba en casa yo no podía salir sin su permiso. Si su antojo era que no saliera a jugar con los niños del barrio ese día debía quedarme encerrado, en un estado de penitencia sin sentido alguno. Cuando sucedía corría a mi habitación, trepaba a la cama y desde la ventana veía cómo los otros niños jugaban y se divertían en la calle. Me dolía más que ellos me ignoraran que la dureza de la prohibición de mi madre. En cambio, sí obtenía el permiso para ir a jugar detrás venía una enumeración gigantesca de consejos y reproches. Ese día, viéndola borracha y profundamente dormida, no titubeé. Algo movilizó todo mi ser. Era algo grande, semejante a una mano enorme que empuja con fuerza desde la espalda hacia adelante.

Decidí irme de casa sin su autorización.

Tomé una campera y atándola a la cintura me escabullí por detrás del sofá. Al cruzar, las cenizas que pendían del cigarrillo consumido cayeron al suelo. El corazón me galopó fuertemente. Un sonido sordo llenó mi cabeza aturdiéndome. Atiné a gritar, pero en el instante ahogué el grito con la mano derecha. Cerré los ojos. Pensé en cosas bonitas. Finalmente al abrirlos de nuevo vi que solo se había acomodado en el sofá. Ahora roncaba. De vez en cuando balbuceaba alguna que otra palabra ininteligible. Finalmente llegué a la puerta.

Una vez girado el pomo de la puerta la libertad estaba ahí, presente, justo delante de mí. Una ola fervorosa de adrenalina me recorrió las sienes. El viento parecía soplar con más fiereza. En el vecindario no andaba un alma. Miré hacia ambos lados. Nada se veía. De vez en cuando un automóvil cruzaba por la esquina. Las ventanas de las demás casas estaban a medio cerrar y no se veía a nadie que estuviera observándome. Caminé un par de cuadras en dirección este. Hurgando en los bolsillos caí en la cuenta que no tenía dinero. Solo un par de monedas que había encontrado en el bolsillo de la campera. Nada, unos pocos pesos que solo alcanzarían para comprar alguna golosina. Seguí caminando sin pensar en nada. Me sentía feliz de hacerlo. Nunca había vivido una sensación como aquella. Siempre había estado acatando las órdenes de mi madre y jamás la había contrariado.
Ahora, era libre.

Observaba los barrios vecinos, sus calles, los automóviles, los perros que me ladraban desde detrás de las verjas, los comercios. Todo causaba una profunda admiración y curiosidad en mí. Cuando era más pequeño mi padre solía sacarme a pasear. Él sí era bueno conmigo. Me tomaba de la mano y a continuación decía, “¡anda Maxi, vamos a caminar y luego a los juegos de la plaza!”, y yo era feliz. Pero aquellos días se eclipsaron. De pronto sobrevino una oscuridad muda y la casa se volvió gris y con un silencio solemne.

Caminé un buen rato. Enseguida comenzó a hacer frío. El otoño era más crudo que otros que yo recordara. Me puse la campera subiendo el cierre hasta el final de la cremallera. No tenía noción del tiempo, solo sabía que estaba atardeciendo ya. Es entonces que cruzo la calle, por error mirando solo en una dirección y justo en ese momento un motociclista me atropella. Caigo de bruces. Un dolor agudo se introduce por mi nariz y me recorre el rostro por completo. No sé dónde estoy. Siento miedo. Lloro. Pido por mi madre. Mi madre no está.

Dos vecinos presenciaron el accidente. Al recomponerme me preguntaron donde vivía, mi nombre, dónde estaban mis padres, y unas cuantas preguntas más. Solo respondí con la dirección de la casa de mi madre. Enseguida en un automóvil me acercaron. Ya estaba bien, solo con un poco de dolor en mis piernas. Al abrir la puerta ella aún seguía en el sofá. Dormida. Babeada. Indiferente a todo lo que ocurría en el mundo. Un profundo olor a alcohol permanecía flotando en aquella habitación. Cerré la puerta de calle con cuidado, sin hacer ruido. Nuevamente pasé detrás del sofá, pero esta vez aguantando el dolor de las raspaduras y moretones en mis piernas. Entonces consigo la escalera. Subo los peldaños y cuando mi pie izquierdo está por abandonar el último volteo y vuelvo a mirar detenidamente a mi madre. En ese instante me sentí imperceptible en su vida. Invisible. Me sentí por primera vez nadie para ella. Esa sensación de invisibilidad me gustaba sentirla, pero a la vez me causaba una profunda desolación. Tal vez así serían los fantasmas, los fantasmas reales, no los de los cuentos de horror, pensé. Ya en la habitación lavé las heridas, las curé con agua oxigenada y una crema, y me tiré a la cama.

La noche entraba agazapada a través de la ventana. Una oscuridad monstruosa poco a poco inundó la habitación. Imaginé que era como un fantasma que se deslizaba subrepticiamente, al acecho de mis movimientos. Entonces me pregunté sobre cuántos fantasmas habría en este mundo. Cuantas personas podríamos ser fantasmas de un momento a otro y comenzar, así, de la nada, a ser imperceptibles para los ojos y vidas de los demás. Me tapé hasta la cabeza. La sombra inundó la estancia por completo, las estrellas se fugaron y yo caí en el abismo de un terrible sueño.

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(Imagen: Sofía González (b. 1985, Argentina) - "Esnif" - Sanguinas)




4 comentarios:

Verónica dijo...

Esa sensación de huida ..... está tan bien narrada que me ha llevado a tiempos del ayer, de ese que ya no es pero que todavía se puede sentir, en cuanto uno cierra los ojos.

Por aquí me quedo ... esperando.

SIL dijo...

Cuántos fantasmas errantes andan por la calle con este pasado.
Cuántas infancias destrozadas miramos cada día.
Cuántos niños muertos dentro de hombres destruídos.

Esta parte de la historia es tremenda, y tan real, que afecta.
Y tan importante, que sospecho puede ser el eje.
Creo que en este capítulo tenemos el quid de la cuestión...
Ya veremos.

Beso grande, Miguel.

SIL

EL ERRANTE dijo...

@VERÓNICA:

A todos nos pasa que al cerrar los ojos no sabemos con qué recuerdo nos sorprenderá la memoria. Abre puertas no imaginadas. A veces con paisajes que nos hacen sonreír, otras con detalles que deseamos siempre olvidar.

Beso!

EL ERRANTE dijo...

@SIL:

Me gustó esa frase que dejaste en tú comentario, rubia: "Cuántos niños muertos dentro de hombres destruídos.", pues creo que es así. Y no solo en hombres, también en mujeres, en el "hombre" como raza.

Un gusto que comentes.

Beso!