Imperceptible (9)




9


Ser imperceptible suele doler. Es un dolor diminuto, así como la palabra, “imperceptible”, que poco a poco comienza a horadar el capullo que mantiene aislado nuestro rico interior del mundo que nos rodea. Tras perforarse, el interior se vulnerabiliza. Queda expuesto a las radiaciones nocivas que suele emitir la vida. Es un proceso irrefrenable. No hay marcha atrás. Ese dolor lo comencé a notar por aquellos días. Tal vez fuera el hecho de conocer a Rebeca D. lo que lo exponenció. Tampoco me concentré en buscar el epicentro. Como ondas que recorrieran años luz de distancia: la belleza, la inteligencia cauta y nativa, y la presencia de femme fatale de Rebeca D. producían sobre mí un fortísimo embrujo de mujer, evocando así las radiaciones nocivas. Daba resultado. Por más que me negase a su influjo ya había yo quedado prendado.

Al regreso del trabajo esa noche de viernes llegué a la pensión y encontré a Jesús leyendo un libro. Era un libro de Nabokov. Jesús Domínguez leía a Nabokov. Debo admitir que me causó una sana impresión, casi al punto de hacerme esbozar una sonrisa. Me vio llegar y solo atinó a una diminuta mueca en su boca que interpreté como un cordial saludo. Cenamos en silencio esa noche. Las palabras parecían haberse esfumado. La noche oscura como pocas parecía habérselas devorado. Nos acostamos temprano. Él siguió leyendo su libro a la tenue luz de un velador antiguo que reposaba sobre la mesa de luz que ambos compartíamos. Yo miraba el techo ordenando pensamientos, relajando la vista e intentando dormirme de una vez por todas. Afuera se escuchaba cada tanto el chirriar de los neumáticos de algún automóvil. Las luces de la calle parecían también haber sido engullidas por la masa oscura de la noche. Un débil viento del norte movía las ramas del fresno que daban a la ventana. Sus sombras dibujaban figuras geométricas que mantenían un lento oscilar contra la pared blanca del dormitorio. Era un día más, una noche más. Sin embargo, para Jesús no lo era.

- Rebeca D. –dijo Jesús sin siquiera levantar su vista del libro que leía. El solo hecho de escuchar el nombre de esa mujer me causó un recorrido impulsivo de adrenalina por todo el cuerpo.
- ¿Cómo? –pregunté tontamente.
- Rebeca D. He dicho Rebeca D. ¿La conoces?
- No sé de qué me hablas –contesté.
- Nada en particular. Solo he dicho el nombre de una mujer y te he preguntado si la conoces. No tiene nada enigmático, Maximiliano. Es solo una simple pregunta.
- No, no conozco a ninguna Rebeca D. Y ¿puedo saber por qué lo preguntas?
- Porque hoy he ido al bar, a ese bar donde también tú almuerzas, y ahí me he puesto a leer y ha entrado una mujer bellísima irradiando atracción por donde se la mirase. Al principio no llamó mucho mi atención, pero luego se interesó por el libro que leía, mantuvimos una corta charla y de la nada se calló. Ya no volvió a dirigirme la palabra. Solo se limitó a fumar y a mirar por la ventana con una mirada terriblemente melancólica, como si detrás de aquel vidrio hubiese otra vida que ella anhelase o alguien a quien esperase. Se podría decir que en ese instante que la observé me causó mucho ternura. No podía quitar mis ojos de ella. No solo por su belleza sino por ese algo que de ella emanaba.

Jesús Domínguez cerró el libro y lo posó sobre la mesa de luz. Dándose vuelta me miró fijamente.

- Dime Maximiliano, ¿es ella?
- ¿A qué te refieres con “ella”?
- Pues a esa chica, la que te causó profunda impresión, la chica de la cual hablamos anoche.
- No, no es ella –mentí.

No sé por qué mentí. O más bien sí sé. Supongo que en un punto tenía sentimientos encontrados hacia Jesús. Ingenuamente me cerré a pensar que aquel hallazgo, el de Rebeca D. en el bar, era mío y tan solo mío. Que fantásticamente yo podría llegar a ser el único hombre sobre la faz de la tierra en el cual una mujer podría reparar ¡Qué idiota!, ¡terrible necedad la mía! Sin decir una palabra más mi amigo volteó y en poco rato se durmió. Me quedé pensativo mientras el destello de la luz mortecina del velador dibujaba un hongo redondo y amarillo contra las paredes de la habitación.

Apagué la luz e intenté conciliar el sueño. Un pensamiento me acurrucaba. Me tomaba de la mano y lentamente me inducía al mundo oscuro e impredecible de los sueños. Veía que llegaba a casa de mi madre (ella aún vivía) de la mano de Rebeca D. Mi madre nos abría la puerta, nos sonreía, nos invitaba a pasar. Había cocinado una rica ensalada y carne al horno. La mesa estaba dispuesta perfectamente y ella se mantenía sonriente apoyada en la cabecera, tal como si el solo hecho de la presencia de Rebeca D. fuera el salvoconducto necesario para traspasar la infranqueable puerta de su carácter y personalidad. Estaba aprobada. El aroma a comida despertaba el apetito. Rebeca D. sonreía. Mi madre le sonreía a ella. Se miraban como si se escrutaran a través de sus sonrisas. Por momentos sentía que mi pecho iba a estallar de felicidad. No entendía la escena. Me parecía algo fantástico, fabuloso, como extraído de un libro de Poe.

Las otras, las anteriores, las que yo había intentado llevar a la casa, eran todas putas para ella. Mujeres de mala vida, desvergonzadas, buenas para nada. Sin embargo en aquella visión Rebeca D. había impactado a mi madre. Había logrado hacerla sonreír. El sueño se manifestaba como una turbulencia. Sentía, porque en los sueños también se siente, que las escenas se manifestaban a flor de piel, tal como si la consciencia tuviera una clara lucha con el resto de mi cuerpo, en la cual ella estaba ganando la contienda.

Comíamos en silencio saboreando la exquisita comida. Rebeca D. con mucha educación tomaba los utensilios y masticaba con parsimonia y clase. A mi madre eso le agradaba. No dejaba de sonreírle y observarla. Tras terminar la cena mi madre levantó platos y utensilios. Nosotros ayudamos con el mantel, el pan, los vasos y las botellas de bebida. Era todo perfecto.

Luego de que mi madre fumara un cigarrillo nos acompañó a la puerta para despedirnos. Yo seguía feliz. Lo sentía por todo mi cuerpo. En una especie de lucha entre el mundo de los sueños y el real sentía esa sensación de felicidad atravesarme. Rebeca D. besó en la mejilla a mi madre.

- No vuelvas a hacerlo –dijo mi madre manteniendo su esplendorosa sonrisa- No vuelvas a hacerlo o te juro que no respondo de mí.

Rebeca D. sin quitar su sonrisa escrutó a mi madre con su mirada por un instante.

- ¿Tan desagradable ha sido verme? –preguntó.
- Mucho más de lo que piensas –respondió mi madre mientras que con la punta de su zapato acharolado destruía la colilla de su cigarrillo recién fumado.
- Supuse que era algo así. Difícil mantener tan falsamente una sonrisa. Pero una duda me queda aun flotando por mi cabeza, querida señora… –dijo Rebeca D.
- ¿Qué será, perra? –contestó mi madre.
- ¿Acaso no se conforma con haberle distorsionado la vida a su hijo?, ¿no ha sido suficiente perversidad?, ¿qué quiere?, ¿no está contenta?

Mi madre iluminó aún más su sonrisa. Ciertos destellos parecían irradiar desde sus dientes a través de sus labios.

- Creo que eres la perra más puta de todas las que ha traído a esta casa. Eres tan vulgar que crees poder ahondar y dañar mi persona. Pero no te equivoques, perra. No. Muchas como tú lo han intentado pero todas han fracasado y tú no eres la excepción ¡Míralo!, ahí está, compungido, encorvado, gris, bajo tú ala. Es un pichón caído de su nido. Incapaz de nada, bueno para nada. Ese es mi hijo, el mismo que yo parí. El que jamás fue capaz de hacerme sonreír con espontaneidad, al contrario, ha sido el generador de la farsa de mi risa durante años.

Entonces sentí un súbito calor que recorría por dentro de las paredes de mis venas. La sangre, a modo de lava, bullía a través de mí. Un hálito de ira inundó mi consciencia. De un salto me abalancé sobre mi madre haciéndola caer al suelo y tras ello comencé a asestarle golpes duros en su rostro. Pegaba con fuerza. Cada vez más duro. Tras cada envión que mi brazo derecho embestía contra su rostro recordaba algún momento de mi infancia. Mi madre ahora reía a carcajadas. Su rostro comenzaba a desfigurarse. Estaba completamente bañado en sangre. Yo golpeaba más y más fuerte. Y lloraba. Caía saliva de mi boca y se juntaba con mis lágrimas formando así una patética escena de mi ser.

La risa de mi madre se escuchaba cada vez más fuerte. Era ensordecedora. Tal como si estuviera viviendo una historia de horror tuve la sensación que jamás podría lograr acallar aquella risotada fantasmagórica. Me levanté de un salto. Tomé a Rebeca D. de un brazo y me eché a andar. Cruzamos la entrada de la casa. Volteé por última vez y mi madre aún reía en el suelo empapada en sangre. Su cuerpo se convulsionaba y entre cada convulsión continuaba emitiendo aquellos estruendosos bufidos del infierno.

Al caminar un par de cuadras nos detuvimos. Podía sentir la sensación de agitación y tensión aún dormido. Podría jurar que se sentía real. Rebeca D. comenzó a reír también. La miré.

- ¿Crees que así te librarás de ella? –preguntó entre risa y risa- No, no te liberarás así. Ella habita en ti, es parte de ti ¿Acaso no te has dado cuenta?

Y continuó riendo. Tapé mis oídos con la palma de las manos. No quería escuchar aquellas macabras risotadas avenarles. Deseaba un par de manos más para perforar mis sienes y extraer todos aquellos pensamientos que me aturdían. Grité. Grité muy fuerte. Un alarido de horror.

Tras el grito me encontré boca abajo en la cama, con la espalda helada. Jesús encendió la luz del velador y preguntó que me sucedía. Nada, respondo. Nada, ha sido una pesadilla, solo eso. La luz vuelve a apagarse y la oscuridad morbosa de la noche avanza cada milímetro de la habitación hasta absorberla nuevamente por completo. Cierro los ojos e intento dormirme, pero el eco de la risa de mi madre aún perdura en mi mente. Su horrible risa machaca una y otra vez mi cabeza al punto tal de casi hacerla estallar. Finalmente me duermo con la sensación de estar recostado en el mismo infierno.

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(Imagen: http://thegreatgildersleeve.tumblr.com/post/573818181/full-harvest-moon )

4 comentarios:

Verónica dijo...

Si te digo que este capítulo me ha parecido demasiado duro vas a contestarme que así es la vida, de modo que me lo callo.

Hay una cosa cierta: las peores pesadillas son aquellas que se adhieren a la realidad como si de chicle se tratara.

Por aquí me quedo, a la espera.

EL ERRANTE dijo...

@VERONICA:

Se ha tornado una historia dura. O mejor aún: empezó dura.

Lo de las pesadillas es algo de creer o no creer. A veces hay un cierto grado de asimilación con la realidad. Tal vez diálogo de nuestro subconsciente. Tal vez expresividad reprimida, tabúes, miedos, limitaciones.

Un gusto tenerte como lectora fiel...

SIL dijo...

Creo que Rebeca D. marcará a fuego a ambos protagonistas, para bien... para mal ? ...¿?

A Freud se le caería la baba si lee ésto :D

El decía que todos los sueños representan la realización de un deseo por parte del soñador, incluso los sueños tipo pesadilla!
Para él, los sueños son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos.
La teoría de interpretación de los sueños de este famoso señor relaciona en forma directa lo que se sueña y las experiencias de nuestra infancia.

Rebeca D. le ahorrará a nuestro protagonista unos cuántos años de psicoanálisis ???
O lo manda directo al Psiquiátrico.
Una de dos, diría mi abuela :)

Beso y espero la próx...

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Jaja, creo que es una de las dos opciones: o los manda al loquero o les ahorra plata en psicoanálisis jaja

Beso...

ya viene la próxima...

;)