Imperceptible (10)


Rebeca D. corría por la vereda. Esquivaba a una que otra persona. Su meta era una: alcanzar el colectivo 74 que la llevaría a su trabajo, el bar de todos los días. A los lejos una nube pálida y estirada se recostaba sobre un cielo enormemente azul y diáfano. El aire era puro y al inhalarlo quemaba los pulmones desacostumbrados a tanta pureza. Apretados, con rostros de sueño, con auriculares en los oídos, bostezos y miradas lánguidas, las personas acompañaban el viaje de Rebeca D. Todos juntos compartían un momento de sus vidas. Cada cual tenía en mente un destino con un único objetivo al que debían de llegar. Rebeca D. tenía el suyo. Desde hacía varios años aquel bar era su “oficina de trabajo”, al menos así solía ella llamarlo. Rebeca D. vendía sueños. No estaba prohibido vender sueños, inclusive ahora tampoco lo está. Es un oficio algo poco frecuente, que parece irreal, sin embargo tiene clientes, y buenos clientes. A lo largo de la historia hubo personas que lo hicieron, vendían sueños. Cual galardonado ilusionista medieval Rebeca D. hacía magia con sus pensamientos, y otorgaba alegría, esperanza y por qué no, felicidad. Sin embargo aquel trabajo no se remuneraba con dinero. El dinero no existía. La paga era la retroalimentación positiva que la persona desesperanzada dejaba como huella en la bella mujer.

Su carrera de vendedora de sueños había comenzado hacía muchos años ya. Una noche de mayo más precisamente, justo cuando ella cuidaba a su hermana en el hospital. Por las noches se paseaba de una a otra habitación observando el rostro enfermo y suplicante de cada paciente, las miradas perdidas en la oscuridad, los sollozos angustiantes que repercutían en los pasillos, los gestos cargados de dolor y soledad. Poco a poco algunos fueron reconociéndola como la muchacha dotada de una increíble sonrisa que calmaba los sufrimientos del alma y la conciencia. La reconocían y le hacían señas para que se acercara. Ella, un tanto tímida y arrebolada, permanecía entonces un rato a su lado escuchando sus penas, dando aliento y contándole historias que transportaban al enfermo a un mundo paralelo en donde su enfermedad se erradicaba y solo se podía vivir de un único modo: feliz. Ella aceptaba complacida. Sentía que aquel accionar estaba hecho a su medida. Le nacía hacerlo y lo disfrutaba. Mientras su hermana descansaba y se reponía Rebeca D. dejaba fluir una parte de su ser, que al principio desconocía pero que poco a poco, a medida que las personas fueron puliéndole, llegó a contemplar con toda su dimensión y poder. Sin embargo, y tras casi setenta noches en aquel hospital, entendió que algo poderoso habitaba dentro de ella. Algo que tal vez todo el mundo tiene dentro pero que no lo sabe encontrar ni explotar. Ella lo había conseguido. Casi sin querer había generado caricias invisibles a aquellas personas afligidas y desesperanzadas. Fue entonces que entendió que ese “algo” era tan poderoso que no debía dejarlo reposar ni en el olvido, y mucho menos desperdiciarlo. Debía protegerlo y perfeccionarlo.


El colectivo vacilaba sobre las calles angostas de la ciudad. Un viento húmedo soplaba y se colaba por las ventanillas abiertas. Daba de lleno en su rostro. Respiraba profundamente, se sentía plena, digna, capacitada para llevar adelante cualquier empresa. Mientras el rumrum del colectivo no cesaba recordó los días del hospital. Los niños con cáncer, las madres primerizas, los abuelos abandonados a la buena de Dios. Esos pensamientos le causaban profunda congoja. Sentía como si ella tuviera una conexión espiritual con la vida, tal como si fuese una rica raíz capaz de absorber lo que los demás sienten y padecen y comentárselo a la vida misma, y ésta en una confesión íntima le respondía con sabiduría para que accionase y pudiera brindar los nutrientes necesarios para seguir viviendo más aliviadamente.

Había aprendido a mimetizarse con las personas. Veía lo que no se ve. Sentía lo que pocos sienten. Extraía lo que casi nadie extrae de un ser. Sin haberlo deseado, y mucho menos proponérselo, esos días en el hospital habían abierto una puerta en su vida que la conectó con un mundo de sentimientos y de sensibilidades. Aprendió a acariciar, a escuchar, a entender, a llorar, a mirar con paz y cariño, a pronunciar el número indicado de palabras en el momento justo. Sentía que por ella corría un verdadero flujo rico de comunicación hacia quienes más lo necesitaban.

Entonces llegó al bar. Abrió la puerta como todas las mañanas, se sentó en la mesa que siempre solía hacerlo y esperó. Esperó paciente que la vida le indicara cuál sería su próximo “cliente”. Fumó un cigarrillo, dos, tres. No tenía apuro. Solo esperaba.
De a poco se fue conociendo quien era ella. Algunos la confundían, la tomaban por una vulgar mujerzuela. Otros le temían, pensaban que sus palabras gozaban de cierto embrujo traicionero. Solo los más desesperanzados y desesperados acudían a ella aconsejados por otros o bien por el rumor del boca en boca que se corría por las calles aledañas al bar. Nunca faltaban clientes. Siempre existía alguien que necesitase de su don.

Pero ese “don” no servía para con todos. Solo para con hombres. No sabía por qué, pero el influjo que ella ejercía sobre los hombres terminaba siempre trayendo resultados positivos. Con las mujeres aquella sabiduría invisible no tenía el mismo efecto que con los varones. Al comienzo, cuando un nuevo cliente se le presenta, siempre lucha para desviarlo de la idea de parecerle una mujer interesante. Es que los hombres tienen esa terrible idea fija, sabía comentar. Hablaba con parsimonia, mirando fijamente a su cliente, intentando que éste se dé cuenta que ella no es una mujer, sino un canal, un medio por el cual fluye esperanza. La mayoría lo entendían. Solo unos pocos se resistían a ello y caían obsesionados por su belleza e influjo, efecto que la alejaba totalmente del cliente. Jesús Domínguez era uno de ellos. Ignorando el “oficio” de Rebeca D. Jesús se sentía terriblemente atraído por sus encantos. Sin embargo la segunda vez que lograron coincidir en el bar Jesús noto algo distinto en ella, tal vez algún destello fugaz en sus ojos, la manera de mirar o simplemente el modo de gesticular. No sabía explicárselo en su mente pero algo distinto envolvía la presencia de aquella mujer aquel día en el bar.

Esta vez no lo dudó. Acercándose a la mesa saludó a Rebeca D. y preguntó si podía sentarse. Ella con una sonrisa accedió. Jesús Domínguez corrió la silla y como si fuese un temblor casi imperceptible supo que aquella acción iniciaría un cambio drástico en su vida.

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3 comentarios:

SIL dijo...

Te lo digo como sentados en la plaza compartiendo un picnic: Jesús está al horno con papas...
Sinónimo canyengue de enamorado.

:D

Ahora,en serio, con tu venia, debo decir aquí que terminás de describir con sublime belleza, el Oficio del poeta,

a saber:


/// vendía sueños. No estaba prohibido vender sueños, inclusive ahora tampoco lo está. Es un oficio algo poco frecuente, que parece irreal, sin embargo tiene clientes, y buenos clientes. A lo largo de la historia hubo personas que lo hicieron, vendían sueños. /// hacía magia con sus pensamientos, y otorgaba alegría, esperanza y por qué no, felicidad. Sin embargo aquel trabajo no se remuneraba con dinero. El dinero no existía. La paga era la retroalimentación positiva que la persona desesperanzada dejaba como huella en ... ¿ el poeta?


Gracias.
Es un capítulo que me ha fascinado.

Beso grande, Miguel

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Jajaja, "al horno con papas", jajaja
Sí, puede ser, pero es una historia con muchos vericuetos, ya te habrás dado cuenta, ¿no?

Beso Sil, y gracias :)

Verónica dijo...

He estado algo ocupada .... Retomo ahora el relato.

Vendedora de sueños .... Ummmm. Desde hace un mes estoy en paro, tras veintiún años sin parar, y, ya ves, es la primera vez, en todo este tiempo de buscar e indagar, que encuentro un trabajo que me parece interesante ....

Sigo con el siguiente capítulo.