Imperceptible (13)




Después del largo abrazo nos recostamos en la cama. Ella mirando hacia el este, yo al oeste, como si dos flechas invisibles indicaran la dirección que los cuerpos debían de tomar para no equivocarse, para que un choque no se produjese. Al poco rato escuché su leve respiración romper el silencio de la habitación. La madrugada, agitada por el viento y las hojas, parecía no hacer caso al momento que sucedía en nuestras vidas ¿Preguntas?, sí, muchas, agolpándose en mi cabeza, no obstante decidí dormirme y así lo hice.

Ya de mañana desperté primero que ella. Eran cerca de las diez. Apenas abrí los ojos pensé en Jesús Rodríguez. Seguramente estará durmiendo, me dije. Pero no. Jesús no había llegado. Realmente era extraño pues él nunca se ausentaba sin antes decírmelo o llamarme al teléfono. Supuse que habría pasado la noche en casa de alguna mujer, o bien en algún sitio donde la pasara bien. No me quitaron más tiempo aquellos pensamientos y me enfoqué en preparar el desayuno. Corté unas rebanadas de pan del día anterior y las puse a tostar, calenté la pava y cebé el mate. Tomé un pote de miel y otro de mermelada de duraznos de la heladera y con todo aquello organicé una bandeja para llevar al dormitorio. El día se mostraba benigno, aunque gris. Nubéculas gris oscuro y alargadas recorrían el cielo displicentemente. La hojarasca se había amontonado en los esquineros de los edificios y casas, y de vez en cuando se eleva jugando con algún resabio de viento que soplaba. Parecía estar fresco. Rebeca D. despertó al rato. Me observó con un dejo de extrañeza a través de los mechones de cabello que le caían sobre sus ojos. Tras reconocerme esbozo una bonita y amplia sonrisa.
- Eres única –le dije al mirarla.
- ¿Sí?, ¿te parece? –me respondió y mientras lo hacía se sonreía nerviosamente haciendo gesticulaciones risueñas.
Haciéndome un gesto caí en la cuenta que yo estaba con el mate en la mano, cebado, y sin convidar. Lo tendí hacia ella y también le ofrecí una tostada untada con mermelada. Mientras tomaba el mate miraba por la ventana. Ella se veía increíblemente bella. La mañana se presentaba irreal, distinta a muchas que yo pueda recordar. Como esas mañanas en la que despiertas y el mundo parece más colorido, más alegre, totalmente dispuesto para nuestro uso a piacere.
Hablamos de cosas mundanas, nada importantes. No se tocó tema alguno que nos comprometiera. Yo sabía que ella conocía a Jesús pero tampoco se lo mencioné. Él seguía sin aparecer. Pasado el mediodía la invité a almorzar y fuimos caminando hasta el restaurante. Aquella caminata fue muy placentera. Me sentía feliz de estar en su compañía y a la vez tenía mucha intriga por el real motivo de su acercamiento a mí. Creo que ni ella misma lo sabía. Sin embargo ninguno era invisible para el otro. No. En esos días ambos nos teníamos muy presentes, aún sin saber el porqué de ello. Mientras caminaba sonreía constantemente. Tal como lo hacen las mujeres cuando gustan de un hombre o están perdidamente enamoradas. Pero nada de eso había. Supuse que ella era así, que su personalidad contaba con aquella bella sonrisa de manera permanente y que bien bonito le sentaba. Como una persona realmente simple y librada de cualquier tapujo me acompañó todo el camino al restaurante haciéndome olvidar día, hora y tiempo ¿No era increíble? Pues sí, lo era.

- ¿A qué sabe hacer el amor cuando no hay amor? –me preguntó apenas faltando un par de cuadras para el restaurante.
- A nada –respondí yo.
- Sí, a nada –dijo ella mientras su rostro se opacaba rápidamente.

Esa pregunta había roto el silencio que nos rodeaba como un cuchillo filoso desgarra la carne al entrar. De repente la bonita sonrisa de su rostro se borró y pensé por un instante que la pregunta estaba asociada a viejos recuerdos, tal vez dolorosos, que por astucia y malicia le habían sobrevenido.

- Es que yo no siento nada si lo hago sin amor –volví a decirle retomando el tema. Es como hacer un trabajo repetitivo, un accionar mecánico, o algo por el estilo. No me deja nada. Trato de que jamás pase pero tampoco puedo escaparle a algo que suele tendernos una trampa. Algunas veces podemos ser el sujeto y otras el predicado. Depende de la posición y de la acumulación de amor en la pareja. Creo que es más doloroso para quien lo acciona sin sentir y miente en la situación. Salvo que ambos estén en común acuerdo y de antemano coincidan en acostarse y copular sin importarles el sentimiento.
- Yo no haría el amor sin amor –dijo ella aún con su mirada perdida.
- Pues eso habla bien de ti y del respeto por tus principios e ideales. Si para ti es lo correcto, si tú visión del amor y el sexo apunta a esa postura me parece correcto que no lo hagas. De lo contrario te sentirías traicionada por ti misma.
- Es que ese es el punto, Maximiliano.
- ¿A qué te refieres?
- Hace unos meses conocí a alguien. Fue un flechazo, un impacto certero, algo que a ambos nos atrapó en una vorágine cargada de vértigo de la cual era imposible escapar. Lo conocí en una reunión de amigos. Nos presentó una amiga en común. Al principio fueron cruces de miradas cargadas de charlas, sonrisas frenéticas y halagos. En pocos días nos acostamos. Comenzamos a acostarnos varias veces en el día. Yo lo deseaba. Él me deseaba. Teníamos un sexo rico, exquisito. Me sentía una verdadera mujer. Con solo verlo mi sexo se enloquecía y mi cabeza revolucionaba. Me enamoré en tiempo record. Estaba atolondradamente perdida por aquel hombre. De repente me sentía el centro del universo para alguien y notaba que todo mi cuerpo también enfilaba a sentirse así. Pero un día tras hacer el amor se levantó de la cama, se vistió y diciendo solo un corta frase hizo explotar todo aquel universo que yo había construido en torno a él.
- ¿Qué fue lo que te dijo? –pregunté.
- Dijo: “hoy es el último día que te veré” y tras cambiarse cerró la puerta y nunca más volví a verlo. Yo estaba desnuda, recostada de lado mirando hacia la ventana observando como la luz del día comenzaba a entibiar la habitación. Cuando escuché aquella frase me sonreí, pensé que me lo decía en broma, jamás imaginé que aquellas palabras fueran ciertas. Además no tenía por qué ser así. Al escuchar que la puerta se cerró un sobresalto me avasalló. Me incorporé en la cama y caí en la cuenta que no se había despedido. Siempre al irse me daba un diminuto beso en la cintura, pero aquel día no lo hizo. Entonces la frase se apoderó de mi cabeza. Al principio luchaba en contra del pensamiento pero pasando las horas se volvía más y más tedioso. Y sucedió. Las horas pasaron, los días pasaron, y de él no tuve noticias. Sentí una absoluta desesperación. Yo, la mujer que era muy solicitada por los hombres, ahora estaba sola y abandonada. La palabra abandono y soledad encajaban a la perfección para describir aquel momento. Pero no en mi cabeza. Me deprimí. Iba al bar, tomaba café, charlaba con mis clientes, trabajaba, pero todo lo hacía mecánicamente. Nada me llenaba. Era como una taza de café caliente que abruptamente la chocaban y derramaba todo el calor contenido por doquier, sin miramientos, quedándose casi vacía.
- ¿Y qué pasó?, ¿lograste salir de eso?
- Sí. Al principio me sentí el ser más vacío e invisible que existía. Los días se pasaban como se los arranca de un taco calendario. No lo exteriorizaba, al contrario, ocultaba como me sentía. Aunque supongo que quienes me querían de verdad podían observar que algo en mí no brillaba. Creo que él era mi arquitecto. Que me había construido a su manera. Era como una obra perfecta que a punto de ser inaugurada de repente fue abandonada. La obra, ahora llena de malezas y abandonada, solo era habitada por la soledad y el recuerdo de lo que podría haber sido. Sentí por primera vez en mi vida que había una nueva manera de ser imperceptible y era una muy dolorosa. Me encontraba con un interior dolido, abandonado, usado, ultrajado, y con un puñado de planes e ideas echados por el piso. Pero claro, yo pensaba eso. Él, no.

Llegamos al bar y nos sentamos en la mesa que ella solía sentarse. El mozo nos reconoció y con una sonrisa nos dejó la carta. Solo pedimos café. Creo que con un pequeño gesto agradecí que le haya dado la dirección de mi domicilio a Rebeca D.
- Creo que para los hombres solo soy un lindo cuerpo y una cara bonita –dijo.
- Creo que te subestimas –respondí. Además de eso que dices, y que es cierto a simple vista, hay una mujer inteligente y de principios que lo sostiene.
- Entonces será que la otra parte de mí aún está en letargo –comentó incrédulamente. No logro que despierte. Está sumida en un sueño invernal.
- No creo que sea así. Más bien diría que está expectante. Y tampoco diría que eres imperceptible. Para mí no lo eres. Me resultas atractiva y no solo físicamente, también tú personalidad me atrae.
- No me acostaría contigo –me dijo con melancolía y cortando mí comentario.
- Ya lo sé –respondí. No estás enamorada de mí.
- No. No te veo con esos ojos.
Aquella frase me perforó el pecho.
- Tampoco yo –mentí.

Salimos caminando despacio del bar y al llegar a la esquina nos despedimos con un breve abrazo.
- Sabía que por algo debía buscarte. Me hizo bien hablar contigo. Siempre todo el mundo me busca para contarme sus cosas, sus males, sus amarguras, todo lo que la vida les hace para que no sonrían, mientras que yo jamás contaba nada a nadie. Siempre me he guardado lo que me hace mal o me duele. Supongo que algo hizo clic interiormente y como por arte de magia apareciste ¿Será que estaba escrito en nuestro destino?
- Seguramente –respondí.
- Me parece lo mismo.
Volvimos a un intervalo de breve de silencio.
- El primer día que te vi en el bar te dije que me parecías un tipo interesante, ¿lo recuerdas?
- Sí.
- Bueno, sigo pensando lo mismo. No eres invisible para mí. No. Eres importante. Sí, esa palabra es bien usada en ti. Importante. Es lindo ser importante para alguien, ¿no crees, Maxi?
- Lo es –dije entre dientes.

Con la sonrisa a flor de labios, se acomodó la cabellera, sus cabellos brillaron al sol y su blusa se ondeó al viento. Su pecho, firme y abultado, dejaba escapar sensualidad ante los dos botones que no sujetaban la parte superior de la blusa. Una oleada de sensualidad y seducción me abordó. Sonreí tontamente. Un pensamiento de hombre crédulo me recorrió rápidamente. Con un beso en la mejilla se despidió y se alejó calle arriba. Aquella tarde, en las postrimerías del otoño, decidí no ir a trabajar. Volví a la pensión y me encerré en la habitación. Solo e invisible.


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(Imagen: http://treeinabox.blogspot.com/2010/02/i-think-youre-crazy.html )

2 comentarios:

SIL dijo...

Invisible hasta que ella lo vea con otra mirada.
O hasta que él se recupere de la puñalada de sinceridad de esta dama.

PD- no siempre es necesario el amor para tener sexo, no lo dije yo, lo dijeron García y Sabina

ES MENTIRA
QUE SEPAN A VINAGRE,
LOS BESOS SIN AMOR.

Pero, son criterios.

Un beso grande


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Tal como lo decís, no hace falto amor para el sexo. Sin embargo el resabio a gusto vinagroso queda, mas que todo en el interior de las personas (más allá que no lo reconozcan)

Besote, rubia :)