Imperceptible (12)





12


Era de noche aquel domingo. Me encontraba cansado y decidí dormir temprano. Pocas estrellas en el cielo, un viento fresco, Jesús no se encontraba en la casa, todo se daba para que me desparramara entre las sábanas e invocara el sueño. Pero entonces me despertó el ruido de piedritas que chocaban contra la ventana.
Al principio escuchaba los golpes sin saber desde donde provenían, es más, hasta pensé que sería alguna que otra hoja que el viento impactaba contra la ventana. Pero no, eran piedritas. Al abrir los ojos observé por unos instantes la ventana y efectivamente, pequeñas piedritas golpeaban contra el vidrio. Aquello me hizo recordar mi adolescencia, cuando por las noches tenía deseos de salir y mi madre no lo aprobaba. Entonces era mi padre el que con un gesto me daba la autorización. Eso me ponía feliz, pero no era una felicidad plena. El hecho de que mi madre siempre tuviera una negación para mis actos se había convertido en mi cruz, en algo que dolía y terminaba volviendo opaca cualquier cosa que pudiera dar brillo a la relación primaria que nos vinculaba. Los hombres solemos mimetizarnos más puramente con la figura materna. Es como una lámina delgada y pegajosa de la cual no se puede zafar, de la cual no hay elección posible, es así, se manifiesta así, y estamos de acuerdo que así sea, y lo disfrutamos asintiendo. Ella lo sabía, y tal vez por ello hacía uso abusivo de ese hilo invisible que nos unía. Ella sí sabía cómo hacerlo. Siempre lo hacía. Sabía a la perfección cuales eran mis puntos débiles, donde se doblegaba mi carácter, en que esquina de mi subconsciente yo olvidaba la señalización de parar y entonces, implacable, caía encima de mí, sin contemplaciones, a veces sin piedad, incrustando algo punzante e invisible en la llaga dolorosa que se produce en la personalidad. Siempre presentí que tenía una especial animadversión contra todo aquello que a mí me diera placer y felicidad. Mi padre, en algún punto, supongo que sabía de la existencia de esos modos de mi madre hacia mí; no obstante jamás hizo nada para remediarlo. Siempre estuvo parado en la vereda de enfrente, observando, escudriñando como la vida de los demás seres que conformábamos su familia transcurría ante sus ojos sin casi ser participe en ninguna acción importante.

Me acerqué a la ventana. Tenía frío. Ese sueño liviano, el primero que siempre sobreviene, había bajado mi temperatura corporal.

- ¿Maxi?, ¡¿Maxi?! -decía una voz en la calle. Me costó reconocerla pues solo la había escuchado una sola vez en mi vida.
- ¿Sí? -dije aún dormido.
- ¿Quieres bajar un minuto?, necesito que hablemos -dijo la voz.
- Bajo -respondí.

Vistiéndome casi a tientas, con mi cabeza aún liada y sin entender lo que estaba pasando salí de la habitación. Necesitaba ordenar ideas pero me resultaba casi imposible. Los pocos pasos que me separaban de la puerta de entrada me resultaron por demás abrumadores. Sentía como si me deslizara sobre un manto de niebla y mi cabeza, totalmente perpleja, se mantenía sumida en un murmullo ininteligible que impedía la gestación de pensamientos.

Abajo, en medio de la calle, Rebeca D. estaba parada con sus brazos en jarra arrojando piedritas a la ventana de mi habitación. Su voz era suave, decidida, eso la hacía un tanto especial. Si bien el sonido de su voz me resultaba familiar yo pensaba que hacía años que lo había escuchado. Me llegaba como un recuerdo lejano. Seguía arrojando las piedras a la ventana y pronunciando mi nombre, yo la observaba en silencio. En un punto no me interesaba por qué lo hacía, o cómo me había localizado, no, más bien estaba agradecido a la vida por permitir que aquella mujer estuviese cerca de mí. Al acercarme la vi más bella que como la recordaba. Sus cabellos meciéndose suavemente bajo el viento nocturno, la luminosidad de sus ojos jugando con las luces de la calle y sus facciones que encajaban a la perfección en mis gustos femeninos, le otorgaban un toque especial, refulgente. Me detuve frente a ella, en medio de la calle, ningún automóvil pasaba, nadie caminaba, solo éramos ella y yo. Yo y ella.

- No te alarmes. Creo que me recuerdas. Soy yo, Rebeca D., la chica del bar.
- Sí, sé quién eres -acoté.
- Te preguntarás porqué estoy aquí.
- No. Me pregunto cómo es que has dado con la dirección de mi casa.
- Simple –respondió ella- El mozo del bar me la dio.

Idiota, me dije. Claro, el mozo, era obvio, una respuesta simple, un idiota grandilocuente.

- ¿Qué quieres? –pregunté.
- Es complicado. Intentaré ser lo menos complicada posible y breve.

Tras decir aquello algunas luces de los edificios vecinos se apagaron por completo, solo quedaron las luces de la calle, tal como si al mundo no le interesase escuchar los motivos complicados que Rebeca D. tenía para darme. Acomodaba su pelo detrás de la oreja. Tragaba saliva y una diminuta mueca se dibujaba en la terminación de sus labios. Sus manos, delicadas y de dedos largos y finos, se movían con espasmos de nerviosismo. Aun así era increíblemente delicada, suave, capaz de acaparar la atención de cualquier hombre en cualquier sitio del mundo. La oscuridad de la calle se cernía sobre nosotros. El viento se había vuelto bastante fresco y no cesaba. Las hojas, como cómplices no invitadas a la reunión, se mostraban hostiles volando de un lado al otro, estampándose contra las paredes y ventanas del vecindario.

- Desde el día que te vi en el bar me pareciste un hombre peculiar. Te lo dije ese mismo día. Sin embargo noté que huiste y eso me incomodó. No te vi más por ahí. Comencé a pensar en aquel día y algo, no sé por qué, me decía constantemente que necesitaba acercarme a ti ¿Crees en las percepciones, en las premoniciones?, bueno, sea cual sea tú respuesta o pensamiento al respecto es algo como eso lo que me llevó a preguntarle al mozo el lugar donde vivías y es el motivo que hizo que haya venido hasta aquí esta noche. No puedo decirte a ciencia cierta porqué estoy parada ahora frente a ti como una loca sin demasiados argumentos explicativos. Pero sí puedo decirte que algo muy fuerte dentro de mí me dice que estoy haciendo lo correcto.

Una fuerte oleada de viento arremolinó la hojarasca, la elevó unos centímetros del suelo, y nos causó un terrible escalofrío. Tomé a Rebeca D. de un brazo y entramos a la pensión. No dijo nada, tan solo caminaba a mi lado como un niño que es reprendido por sus padres. Preparé café, coloqué unas cuantas galletitas dulces en una bandeja y le serví. Sorbía despacio, con gracia, hipnotizada por el vapor que emanaba desde la superficie del líquido negro. Todas las acciones se sucedían sin diálogo. Solo alguna que otra onomatopeya suave y miradas, muchas miradas. De vez en cuando diminutas sonrisas salían de sus labios. Me extrañó que Jesús no llegara pues eran más de las tres de la madrugada. Pensé que seguramente estaría en algún pub o con alguna mujer. Agradecí que no encontrara a Rebeca D. en la casa pues seguramente no lo tomaría de la mejor manera. Sintonicé la radio. Un programa con música de los ochenta sonaba y un locutor que arrastraba las palabras recitaba poemas para enamorados.

- Creo que sé por qué estoy aquí –dijo Rebeca D.
- ¿Te has dado cuenta ahora? –pregunté inquieto.
- Sí. Justo en este momento.

Volvió a sorber café e hizo una pausa pronunciada de silencio hasta hablar nuevamente.

- Creo que para ti no soy imperceptible –dijo.
- ¿Imperceptible?
- Sí, imperceptible.
- Pero… yo no creo que seas imperceptible para nadie, al contrario, eres bella, atractiva, con aire de persona inteligente, con modales femeninos bien marcados, no creo que seas imperceptible ni a hombres ni a mujeres –respondí.
- Ya lo sé. Sé que me miran por todo eso que has detallado, sin embargo nadie me ha mirado como tú lo hiciste en el bar. Así, como si vieras más allá de todo eso. Esa mirada tuya fue más allá de mis barreras, atravesó todos los muros de contención que forjo desde que comienzo el día hasta que me acuesto y los derribo. Tal vez para ti no sea nada de otro mundo, o ni siquiera te percataste de ello, pero tú modo de mirarme me hizo sentir observada de un modo único, Maximiliano.

Su sonrisa se acentuó por un instante y luego volvió a suavizarse. Yo la observaba sin decir una palabra. Acomodaba aquellas palabras suyas en mi cabeza y las intentaba procesar. Después de todo yo también sabía lo que era sentirse imperceptible para el resto del mundo e imaginaba lo glorioso que debía ser sentir que para alguien eres distinto, tal vez único, totalmente visible e importante. En la radio ahora sonaban canciones melódicas, con notas tristes y alargadas. Caminé hacia Rebeca D. y la abracé. Ella también me abrazó fuertemente.

- La imperfección de este mundo hace que la música suene –dijo ella. En un mundo imperfecto como este las cosas pueden volverse perfectas. La música. Lo que la música genera en nosotros. En un mundo perfecto el aire no vibra, se mantiene perfectamente estable. Sin embargo prefiero la imperfección aunque haya veces que la odie.
Todas aquellas palabras me las había dicho al oído mientras estábamos abrazados. La tibieza de su cuerpo me serenaba, me transmitía una paz única. Con la música de fondo observaba el mecerse de la copa de los árboles a través de la ventana. Afuera las hojas sin destino iban de un lado a otro sin importarles donde caerían. Adentro, aún fundidos en un abrazo, Rebeca D. y yo tampoco sabíamos nuestros destinos, y menos donde caeríamos.



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(Imagen: http://drawgabbydraw.tumblr.com/photo/1280/198008220/1/tumblr_kqkbo9AR781qzww4v )

3 comentarios:

SIL dijo...

Aún sin saber los destinos de ambos, poco cuesta imaginar dónde caerían...
La llegada de Jesús podría llegar a arruinar esa intuición mía.

El hallazgo de Rebeca D fue haber sido mirada de otra manera, y en algún punto, por fin descubierta.

Todavía no logro encastrar la historia eje con el trauma de la infancia y esa relación tortuosa madre-hijo, ese Edipo negativo y sangrante que no logra cicatrizar la herida del protagonista.

Insisto en que el azúcar para curar esa herida se podría llamar Rebeca D...

Supongo que se develará con los capítulos que siguen.

beso grande, Miguel.

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Ser imperceptibles es algo que supongo le sucede a todos en algún momento de su vida. A veces sucede a conciencia y otras veces no. Los personajes de esta historia lo sufren en determinados momentos, Maximiliano lo ha sufrido en su infancia, en una relación un tanto tortuosa con su madre e indiferente con su padre, Jesús lo comienza a padecer después de un fracaso abrupto que cambia radicalmente su vida y se ve sumergido en un pozo al cual jamás pensó caer y Rebeca D., la protagonista mujer de la historia, que a pesar de tener una exposición social muy grande y jamás estar sola se percata que nadie la "ve" como ella nunca imaginó que se podía "ver" y eso la moviliza en su interior a un plano nuevo y desconocido haciendo que ella misma descubra cosas que jamás imaginó.

Me parece que ese hecho de sentirnos invisibles e imperceptibles modifica parte de nuestra personalidad. Para algunos puede ser un trauma, para otros (los que buscan ser invisibles o impereceptibles), una solución y un alivio. En definitiva creo que nadie escapa a ser imperceptible en algún momento de su vida.

Sigue la historia...

Besos, rubia :)

SILVIA dijo...

La imperfección de este mundo hace que la música suene...
Creo que la magia reside precisamente en no saber nunca lo que el destino nos depara.
Seguiremos la historia.
Un abrazo!!!