Imperceptible (19)



19

D
el otro lado del río, justo en frente de mi casa, la calle siempre se veía solitaria. Bordeada por álamos altivos y cargada de una melancólica tristeza esa calle siempre lograba hipnotizarme. Solía sentarme a orilla del río a observarla. Recorría con la vista toda su longitud. De vez en cuando algún automóvil descendía del puente y cruzaba por ella. Pero eran las menos de las veces.
Mientras la observaba pensaba en la vida. Imaginaba que ésta era como la calle: con un inicio y un fin definidos. Cada tanto se veían algunos claros luminosos y otros sectores oscuros de sombra, tal como la vida misma. El viento, que solía correr fuerte desde la margen del río, mecía los álamos como si lo hiciera bajo el hechizo de una melodía acompasada. Esa manera de imaginar aquella calle me servía para pensar en mi vida también. Lograba ver los momentos luminosos que había vivido y los carentes de luz. Me veía a mí mismo en distintas situaciones y mientras más tiempo pasaba contemplando la calle más vívidas se volvían mis memorias. Me preguntaba dónde quedaron guardados los recuerdos de Jesús Domínguez, en que lugar de mi cabeza se albergaban las vivencias con él vividas. Y también los tiempos en que Rebeca D. había llegado a ser partícipe de mi existencia ¿Qué sería de ella? No lo sabía. No había vuelto a pensar en ella siquiera. Resultaba raro pero había logrado vencer esa atracción magnética que ella siempre produjo en mí. De algún modo, y sin darme cuenta, me había librado de su embrujo. Ahora, que el tiempo había logrado semejante hazaña, sentado mirando aquella calle recordaba a ambos.

Una de esas primeras tardes en mi nueva casa salí a caminar con Victoria por aquella calle. No tenía nada que hacer y ella tampoco, así que basándonos en la coincidencia la invité a caminar, a lo cual accedió con una bonita sonrisa. Si algo tenía aquella mujer que la diferenciaba del resto era su carisma. Una bonita y franca sonrisa y miradas cargadas de sinceridad eran capaces de hablar y expresar mucho más que su boca y gestos juntos. Se veía humildad y honestidad a través de ella. Podría decir que era transparente. Pasar momentos a su lado resultaba una experiencia conmovedora. Sin embargo, y no sé porqué, yo siempre sentía que entre ambos había una cortina parecida al ule que nos imposibilitaba compenetrarnos un poco más.

- Lo que descubres en la vida, a medida que el tiempo transcurre, no solo es que envejeces sino también que el tiempo y nuestra memoria pueden hacer magia. Sí, es algo que poco a poco vas entendiendo -comenté mientras caminábamos.
- ¿Porqué lo dices? -preguntó ella.
- Pues porque las cosas que hasta hace un tiempo atrás ocupaban mi mente con pensamientos ahora ya no lo hacen. Es como si se hubiesen esfumado. Como si les hubiera llegado el momento de desaparecer y cumpliendo tal regla a la perfección han desaparecido.

Estaba claro para mí que me refería a haberme olvidado de la muerte de Jesús Domínguez y de la existencia de Rebeca D; sin embargo Victoria ignoraba esa etapa de mi vida.

- Yo suelo atarme a los recuerdos -repuso ella. Me angustio, siento como que me falta el aire, y termino bañada en lágrimas. No me ha sido fácil nunca dejar ir las cosas muy rápido. Tú sabes, soy algo complicada en eso. Cuando estuve casada muchas vivencias me impregnaron por completo. Mi esposo era el centro del universo y yo un satélite que giraba en torno a él. A veces me parecía que él me ignoraba por completo. Que en mis vueltas elípticas a su alrededor él jamás se percataba de mí. Eso me entristecía pero no se lo hacía ver. Seguramente fue un error, o no. No es bueno analizar mucho las cosas después que suceden. Es como abrir nuevamente heridas que han cicatrizado como pudieron.
- No sabía que habías estado casada -repuse.
- Sí. Lo estuve.

Por un momento ambos callamos y seguimos caminando a la par escuchando solamente el mecerse de los álamos y el ruido que la arena de la calle producía bajo de nuestras pisadas. Observé a Victoria de soslayo. Parecía volver a revivir parte de sus recuerdos, y estar abstraída vaya a saber en qué espiral de que mundo.

- No solo estuve casada sino que también tuve un hijo.
- ¿Y dónde está él? -pregunté.
- Murió. Pasó hace mucho tiempo. Fue a causa de leucemia. Lentamente la enfermedad avanzó y no pudimos hacer nada más. Cuando aquello pasó nuestro matrimonio sufrió un profundo deterioro. Mi esposo se abocó a su trabajo y el diálogo en la pareja se esfumó. Yo me encerraba en mi habitación y permanecía allí por horas. Por las tardes salía a caminar por esta calle y a lo largo de la costa del río durante horas. A veces me sorprendía la noche y recién ahí caía en la cuenta de que debía volver. Fueron meses muy duros. Hasta pensé varias veces en el suicidio, o en irme lejos, a algún sitio en donde nadie me conociera. Pero no pude. Además sería huir, y nadie huye de los pensamientos. Entonces intenté acercarme a mi esposo, recomponer la relación. Pero no fue posible. Él se había vuelto otra persona. Hasta su modo de mirarme me indicaba que dentro de aquel hombre ya no existía ese ser humano del cual yo me había enamorado. Claro que es una apreciación. Me refiero a que aquello que nos había unido y que yo siempre notaba que existía dentro de él ahora se había ido, se había apagado.
- ¿Y entonces?
- Entonces nos separamos. Un día él cargó todas sus pertenencias en el automóvil y se marchó. Al poco tiempo me llegaron los papeles de divorcio por correo. Arreglé con un abogado para firmarlos y no ver a mi esposo, pues pensaba y sentía que ya estaba todo claro y bien así. Ese algo que un día nos había unido se había esfumado tal cual lo había hecho la vida de mi propio hijo.
- Imagino que fue muy duro -dije mirándola a los ojos.
- Demasiado. Pero no te das una idea de cuánto uno es capaz de tolerar en la vida, Maximiliano. Mucho. Increíblemente mucho.

Después de la caminata aprendí que la mujer con la que solía acostarme tenía un doble fondo, así, como algunos cajones. Algo que ocultaba y guardaba para ella. Tal vez eran momentos dolorosos, o simplemente recuerdos que no quería volver a vivenciar. No lo sabía. Tampoco me interesaba escudriñar y sacar a relucir aquello que ella, por algún motivo, deseaba mantener en el fondo.

En primavera de aquel año dejé mi trabajo. Me concentré en pensar qué quería hacer con mi vida, qué destino darle, o al menos hacia qué camino bifurcar. Me pasé un par de días encerrado en la casa. Me levantaba temprano por la mañana y regaba las plantas del patio. Luego hacía las compras y me ponía a cocinar. No desayunaba, pues siempre he pertenecido a ese grupo de personas que no toman el desayuno como algo importante para sus vidas. Mientras cocinaba casi siempre escuchaba algún nuevo disco de rock o blues. Subía el volúmen del reproductor hasta casi el máximo y dejaba que la música fluyese hasta el punto de hacer vibrar los vidrios de las ventanas. Después de almorzar dormía una siesta. El murmullo del río era tan acogedor que me sentía como en una cuna la cual era mecida por una mano gigante e invisible hasta que me dormía. Después de la siesta lavaba algo de ropa o me sentaba en el jardín a leer algún libro. Recuerdo haber leído mi primer libro de Haruki Murakami por aquellos días, «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo». Tal vez hubiera un pájaro así por aquellos días viviendo en lo alto de los álamos, y que con su cric-cric giraba la cuerda necesaria que empujaba a mi vida a seguir hacia delante. Me ha gustado siempre pensar que esas cosas surrealistas pueden ser ciertas. De hecho en eso radica gran parte de la magia del vivir: en creer que las cosas imposibles pueden llegar a ser posibles.

Si bien ya no me acostaba con Victoria aún mantenía deseos de tener sexo con ella. Mientras estuve aquellos días encerrado en la casa no salía a ningún lado salvo a la despensa en busca de mercadería. Durante esos días nunca me crucé a Victoria. Después de unos días caí en la cuenta que cada vez que pasaba camino a la despensa su casa tenía las ventanas cerradas. Al principio pensé que tal vez era porque dormía, pero con el paso de los días comencé a pensar si estaría bien o le pasaría algo. Decidí entonces ir a visitarla, después de todo un poco de sociales no me venía nada mal. Toqué un par de veces su puerta y no me atendió. Cada golpe de mis nudillos sobre la madera retumbaba en el interior como si golpeara un tambor vacío. Después de insistir durante un buen rato volví a mi casa y me puse a leer un libro en el patio a la sombra de un frutal. Al anochecer las estrellas se presentaron como rubíes arrojados al azar en el cielo. Hacía calor. Era una hermosa noche de primavera. Aún pensaba en la ausencia de Victoria. Decidí entonces ir hasta su casa. Fui por detrás del patio. Al llegar golpeé reiteradamente las manos para ver si así me escuchaba. Me apoyé en el alambre que hacía de tapia, y golpeé más fuertemente las manos. Nada. Era evidente que la casa estaba vacía. Una completa oscuridad inundaba toda la estancia. Invadido por la curiosidad y la incertidumbre salté el alambrado y miré a través de las ventanas hacia el interior. Nada. Se lograban ver las sillas dispuestas alrededor de la mesa. La mesada de la cocina limpia y los utensilios organizados. Un jarrón en el centro de la mesa con algunas flores marchitas y la cama dentro de la habitación tendida. Victoria no estaba. Volví a mi casa aturdido. Pensaba que si ella se ausentaría por varios días al menos me hubiera avisado. Pero claro, no todos piensan como uno lo desea.

Después de dos semanas la casa aún permanecía vacía. Cada tarde saltaba la alambrada y miraba a través de los vidrios. Nada. Victoria seguía sin aparecer. Decidí entonces no preocuparme y dedicarme a mis cosas personales. Seguramente ella estaría de viaje o visitando algún pariente. No sabía dónde trabajaba, ni su número de teléfono. Me era imposible ubicarla así que tras desistir me concentré en pensar otra vez en mis propias cosas.

En el cambio radical que quise darle a mi vida un punto importante era hacer algo que jamás me hubiera imaginado hacer. Algo así como embarcarme en alguna misión humanitaria, o colaborar en comedores comunitarios, o bien dedicarme a diseñar artesanías y vivir un tiempo prudencial vagando y recorriendo el país. Esa necesidad de cambio se sentía como algo imperioso para mí.
En los atardeceres alrededor de la plaza central de la ciudad se juntaban artesanos. Algunos eran oriundos de la ciudad y otros venían de otras provincias o inclusive de Brasil o Bolivia. Me gustaba caminar por los puestos y observar. Los trabajos de orfebrería eran los que más acaparaban mi atención. En uno de los puestos conocí a un hombre norteño. Nos hicimos conocidos y cada vez que yo iba a la feria charlábamos y hablábamos de orfebrería y de artesanías en general. Eran buenos tiempos. Yo sentía que había encontrado mucha paz para mi vida. No obstante debía trabajar pues mis ahorros ya escaseaban y de no conseguir dinero me las vería en figurillas para comer y pagar los impuestos. Pedí entonces a aquel hombre que me enseñara los secretos de la orfebrería. Accedió con gusto. Nuestra amistad fue forjándose de a poco. Él era un orfebre platero. Sus manos parecían tener magia para manipular la plata. Me enseño a manipular el material en bruto, a fusionarlo, cortarlo, soldarlo, moldearlo, y llegar a realizar bonitas técnicas decorativas. Después de un corto tiempo ya me sentía capaz de lanzarme por mi cuenta. Le expliqué al hombre que deseaba recorrer el país y vender mis propias artesanías en plata. Él me dio algunos consejos y me regaló un par de herramientas de su propiedad que atesoraba. Compré plata con lo último que me quedaba de mis ahorros y me encerré unos cuantos días en mi casa a fabricar anillos, pulseras, medallas y otros objetos. Por las noches después del trabajo me sentaba a la orilla del río y en plena oscuridad me concentraba en escuchar el murmullo del agua. Me preparaba así para lanzarme a divagar por distintos lugares del país. Buscaba, muy dentro mío, esa porción de mi ser que sería capaz de llevar a cabo aquella proeza. Sabía que estaba ahí, durmiendo, aletargada, y que debía despertarla.
Ya no pensaba ni sentía que el trabajo era una labor mecánica y aburrida. Ahora lo disfrutaba. Había llegado a conectarme con algo que me gustaba. Me abrí paso por las tinieblas que en los últimos años habían oscurecido parte de mi vida y me encontraba frente a un claro que me permitía ver lo que yo deseaba y quería hacer.

Victoria no apareció. Como si hubiese decidido ser absorbida por el centro de la Tierra ella había desaparecido. La casa, sumida en la más profunda de las tranquilidades, permanecía solitaria. Todo seguía igual. Cada tanto saltaba el alambrado y husmeaba a través de los vidrios, pero nada. Absolutamente nada. No había rastros de ella. Pensé en denunciar el hecho a la policía, pero luego me dije que no, que tal vez ella había querido irse y olvidarse por un tiempo de todo lo que conocía. Algo así como lo que yo tenía planeado hacer. Preparé una mochila de unos ochenta litros con bastante platería, ropa y dos frazadas de dormir. Hablé con la dueña de la despensa y dije que me ausentaría por un tiempo y que hiciese el favor de regarme las plantas del patio. Antes de irme le dejé la llave de la casa por cualquier inconveniente. Finalmente, en la mañana de un día jueves de diciembre, compré un boleto de colectivo hacia la patagonia y así empecé una nueva etapa en mi vida.


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(Imagen: http://24.media.tumblr.com/tumblr_l5j4v1KPUS1qb0p52o1_500.jpg )

5 comentarios:

Pipina dijo...

Aquí estoy !!! alejada un poco del blog pero feliz que me recuerdes como yo a vos. Estoy estudiando y a mi edad requiere mucho tiempo, jajaja,pero siempre con el mejor de los cariños para vos Te espío a veces pero paso calladamente, fascinada con tus relatos Besos Pilar

Miguel Aguilera dijo...

@PILAR:

Me alegra verte por acá de nuevo y saber que estás bien. Entiendo a la perfección los tiempos y cuándo uno debe concentrarse en otros lados. Además este mundo virtual es así, tal como la vida, vamos y venimos.

Te mando un beso enorme.

SIL dijo...

Victoria murió...?
Me falta el 20.
Ahí voy...

LA FRASE QUE ME ROBO ACÁ ;)
De hecho en eso radica gran parte de la magia del vivir: en creer que las cosas imposibles pueden llegar a ser posibles.

Sin es magia, creo que la vida sería INTOLERABLE.

Beso y sigo.

SIL

SIL dijo...

Sin esa magia- hablemos correctamente :=)

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Jaja, sí, entendí, no problem :)

No. Victoria no murió... por ahí anda ;)

Sin magia nada es posible, claro que sí.

Besotes, rubia :)