Imperceptible (20)



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D
esde la niñez, pasando por la pubertad y la adolescencia, pensé siempre que ser alguien imperceptible significaba algo como «no existir» o «ser ignorado». Hubo días en esas etapas de mi vida que me decía que yo había nacido para ser imperceptible. Que tal vez era un designio de Dios, o que mi madre haciendo algún conjuro con vaya a saber que demonio, habían logrado que yo pasara desapercibido para el resto de las personas. Pero esas ideas cayeron todas al piso, como si fueran estalactitas en primavera, el día que inicié mi viaje hacia la patagonia. Creí que jamás pasaría algo así, pero poco a poco fue sucediendo. Lentamente las personas fueron cruzándose en mi camino durante el viaje y así comencé a entrelazar las fibras poderosas y fuertes de la amistad. Amigos del camino, amigos de viajes, amigos artesanos, amigos de bares, amigos de la vida misma.

Una tarde sentado en una mesa fuera de un bar pensé en lo que estaba viviendo. Disfrutaba de una cerveza helada y veía cómo un grupo de niños se divertían jugando al fútbol en una plaza vecina. Jugaban ignorandolo todo. Sin interesarles si el mundo giraba, si la luna estaba aún siguiendo al mundo o si una bomba nuclear estaba a punto de caer sobre sus cabezas. Jugaban. Tan solo hacían eso, y lo lograban con tanto empeño que daban sana envidia.
Al contemplarlos pensé en todo lo que iba viviendo en la travesía que me propuse y en cómo había enriquecido mi vida. Sorbía la cerveza lentamente. Dejaba que el líquido se desplazara lentamente por la laringe y refrescara mi cuerpo (o al menos me diera esa sensación). Me dije que ya no era alguien imperceptible. Que había logrado ser visible para muchas personas. Tras decirme una y otra vez aquello sentí una felicidad completa. Casi al punto del llanto. Terminé de beber la botella completa de cerveza, tomé la mochila y me dirigí a la ruta a hacer dedo. Iba rumbo al sureste.

Después de un rato de caminar paralelamente a la ruta decidí parar y descansar. Me senté sobre la mochila y tomé un poco de agua. Ya casi atardecía. Un leve viento sur comenzó a soplar y poco a poco refrescaba. A lo lejos las luces de un vehículo que avanzaba se comenzaron a agigantar. Parecían dos luceros hermanos que se dirigían a toda prisa hacia mi posición. Era una camioneta color beige. Una chica y un anciano venían en ella. Hice dedo. Pararon. Si bien me había embarcado en aquella aventura no era mi predilección hacer dedo en las rutas. No era por algo especial sino que no me sentía cómodo haciéndolo y pensaba que perdía mucho tiempo de mi vida en una acción que dependía pura y exclusivamente de la caridad de algún alma bondadosa al volante.

- ¿Hacia dónde vas, hijo? -me preguntó el anciano.
- Al sureste -respondí- hasta donde pueda llevarme. Ahí me quedaré.
- Sube -dijo haciéndome seña para que me acomodara en la caja de la camioneta.

Subí y me acomodé en un rincón. La chica que iba al lado del anciano solo había desviado su mirada un segundo para observarme y luego volvió a mirar hacia la ruta. Me pareció que no le interesaba en absoluto la conversación que tuvimos con el viejo. Durante un par de horas la camioneta mantuvo un andar cansino por las rectas rutas de la patagonia. Ya era de noche y comenzaba a hacer bastante frío. Me abrigué con una frazada que saqué de la mochila. Arriba, en lo alto del cielo, las primeras estrellas comenzaban a titilar. El frío se hizo sentir más. Finalmente llegamos a una estación de servicio en donde paramos a cargar combustible. El anciano bajó y se dirigió al bar. La chica quedó dentro de la camioneta. Yo bajé, deseaba ir al baño. Al regresar la chica seguía sentada en la misma posición y con la misma pose como la había visto antes ¿Se encontraría bien?, eso me pregunté. Subí nuevamente a la caja de la camioneta y me tapé con la frazada. Fue una gran sorpresa escuchar justo a pocos centímetros de mi cara la voz de aquella chica.

- ¿Realmente hacia dónde vas?
- Hola. Hacia el sur, a cualquier pueblo -respondí.
- ¿Y por qué vas a cualquier pueblo?
- No lo sé. Supongo que me da lo mismo uno que otro.
- ¿Y qué es lo que haces?
- Artesanías -dije secamente.
- ¿Artesanías?, ¡ufff!, el sur está lleno de artesanos. Los hay de toda índole. Jóvenes, adolescentes, viejos, parejas, solteros. Todos buscan fusionar su alma bohemia con el paisaje y de paso hacerse de un poco de dinero.
- Sí, algo por el estilo. Puede ser -acoté.
- ¿Y porqué has decidido ir al sur y no al norte, o a otro país?
- Supongo que algo interiomente me indicó que mi destino era el sur. Tampoco lo sé. Es que hay cosas que uno no se pregunta ni se cuestiona, las toma tal como son o las siente. Yo sentí que deseaba ir hacia el sur y cambiar mi vida. Y así lo hice -le respondí.
- Eres un poco raro -dijo la chica.
- Pues no eres la primera que me lo dice así que no has ganado ningún premio -respondí con una sonrisa.
- Yo nunca me he propuesto algo así.
- ¿A qué te refieres?
- A tomar un decisión como lo has hecho tú. Es decir, tomar mis cosas y echarme a la vida sin mirar hacia atrás. Creo que trae aparejado una toma de decisión bastante fuerte en la vida de uno. Tal vez yo no esté preparada para ello, aunque muchas veces siento la necesidad de hacerlo. Es como un profundo grito que nace dentro de una caverna en mi interior. Como si el ser que habita en ella me lo reclamara a gritos. Pero la caverna es demasiado profunda y mis oídos y me mente se niegan a tomarlo como algo real. Más bien piensan que es producto de mi imaginación y hacen que se generen pensamientos risueños que borran la imagen de la caverna y de su habitante.
- Tal vez deberías escuchar esa voz interior -repuse-. Las voces interiores de nuestra consciencia nos hablan de lo que interiormente necesitamos. Deberías escucharla.
- No lo sé. Calculo que algún día lo haré. Pero por ahora no puedo.
- ¿Y qué te lo impide?
- Tampoco lo sé ¿Has sentido alguna vez que eres presa de una atadura invisible, algo así como estar sentado en una silla con una mordaza en la boca y con las manos por detrás atadas? Bueno, así me siento a veces. Y esa oscuridad me da miedo. Mucho miedo. Pero aunque forcejeo me abandono y me dejo vencer. Me sumerjo en la oscuridad y poco a poco voy sintiendo que ahí estoy bien. Que cualquier cambio me sacará de ese mar de tranquilidad. Entonces me quedo, y aún siendo consciente de ello, no puedo librarme de las ataduras. Es conformidad, supongo.

Por un instante reflexioné.

- Pues yo entonces he roto mis ataduras -dije- he logrado librarme de ellas y me he permitido salir a la vida.
- Envidio eso -respondió ella.

A todo esto el anciano regresó del bar con una bolsa cargada de mercadería y botellas.

- ¿Seguimos viaje chicos? -preguntó.
- Está bien, solo que yo ahora también iré aquí detrás abuelo -le respondió la chica.
- Como quieras -respondió el anciano.

Así fue que reiniciamos viaje y ahora ya no estaba solo sentado en la caja de la camioneta. La chica, nieta del anciano, ahora se sentaba a mi lado y se tapaba también con mi frazada. Ya hacía frío, mucho frío. Las noches en las rutas del sur pueden ser terriblemente gélidas. Aquella había comenzado a serlo.

- Oye, ¿qué hacías antes de decidirte ser un bohemio? -me preguntó-. Tenías otra vida, ¿cierto?
- Trabaja en un comercio. Sí, puede decirse que tenía otra vida.
- ¿Y así como así, de un día para el otro decidiste que debías fabricar artesanías y salir a buscar la vida?
- Algo semejante -respondí-. ¿Sabes?, haces muchas preguntas y yo todavía no te he hecho ninguna?
- Puedes hacerlas. Si quieres, claro.
- Al menos dime como te llamas -dije.
- ¿De verdad te interesa mi nombre?
- Sí. Siempre me interesa saber con quien hablo ¿A tí no?
- No siempre. A veces pienso que no deseo saber quien es mi interlocutor pues no sé si volveré a verle en la vida. Mi modo de pensar me dice que atesore los nombres de aquellas personas a las cuales probablemente se relacionen con el tiempo en mi vida. Las otras solo ocupan espacio en mi mente con sus nombres.
- ¡Woowww!, ¡pareces muy práctica!
- Intento serlo.
- Bueno, a mí sí me interesa saber tú nombre aunque solo compartamos este viaje como punto de unión de nuestras vidas.
- Ok. Linda. Mi nombre es Linda.
- Bonito nombre -dije-. Parece un nombre inglés.
- Lo es. Nací en Estados Unidos y de niña vine a vivir a Argentina. Mis padres vinieron de jóvenes a realizar un curso en la universidad y les gustó este país. Después que yo nací decidieron volver y establecerse aquí. Siempre me dijeron que veían que aquí yo sería más feliz que en Estados Unidos.
- ¿Y lo eres?
- Supongo que sí. Aunque no sé como sería ser feliz en Estados Unidos. Nunca he ido. ¡Mira! -dijo señalándome un grupo de estrellas- ¿Ves ese grupo de estrellas? todas en conjunto forman distintas figuras. Todo depende de cómo las observes. Algunas veces son animales, otras son rostros y hasta objetos. Cada vez que esta constelación se muestra veo distintas figuras en ese grupo de estrellas.
- ¿Y ahora que ves? -pregunté.
- Pues veo...

Por un instante quedó con la mirada fija en el grupo de estrellas sin decir palabras. Yo también observaba las estrellas intentando encontrar alguna figura reconocible entre ellas. Pero ahí murió esa conversación. Como si hubiese sido atrapada dentro de una burbuja sin tiempo la chica enmudeció y se abstrajo a un mutismo impenetrable. El viento silvaba y enfriaba el alma. El anciano conducía con parsimonia y enfocado en las líneas punteadas de la ruta. Éramos tres almas independientes viajando en una tierra del fin del mundo en medio de la noche. Almas incompletas llenas de vacíos y esperanzas. Así, cargados de nuestros propios pesares, llevando la mochila repleta de pensamientos y silencios, no volvimos a hablarnos hasta el final del viaje. Al llegar a un pueblo pequeño al borde de la cordillera de los Andes el anciano paró el motor de la camioneta y haciendo señas me indicó que hasta ahí llegaba. Era madrugada cerrada. El viento era intensamente frío y calaba los huesos. La chica dormía acurrucada en la frazada. Aún me parece verla dormir, tan displicentemente y despojada de cualquier presión bajo aquellas estrellas australes. Me puse la mochila, di la mano al anciano y agradecí el aventón. Volví a la ruta.

Caminé durante buen rato. No deseaba quedarme en aquel pueblo. Tampoco tenía sueño. Me había amigado con las noches y las madrugadas y distanciado de la brillantez del día. No obstante, al momento de trabajar y vender las artesanías, siempre mantenía un equilibrio para no trastocar mi reloj biológico. A medida que avanzaba por el costado de la ruta la noche parecía engullirme. No dejaba de pensar en el plácido sueño de Linda y en los ojos demasiados grises del anciano. La gente es extraña, pensé ¿O tal vez el extraño soy yo? -me dije. Los árboles dejaban de ser árboles, los arbustos de ser arbustos, y la misma ruta desaparecía en una oscuridad que parecía desprenderse del horizonte. Las estrellas y su titilar eran lo único reconocible. Lo demás eran todas formas que se generaban en la profunda oscuridad nocturna. La luna estaba ausente. Froté mis manos y eché aire caliente entre ellas mientras las mantenía unidas. No recuerdo cuanto caminé ni en qué dirección pero finalmente llegué a una estación de servicio. Tenía un pequeño bar en el cual solo había un hombre haciendo la vez de mozo y despachante de combustible. Tomé un café caliente y apoyándome contra el frío vidrio de la ventana esperé los primeros colores del amanecer.

Nunca más volví a ver a Linda ni a su abuelo. Sin saberlo aparecerían y desaparecerían de mi vida como quien inhala y exhala oxígeno por un instante. Tampoco es claro porqué las personas aparecen y desaparecen de nuestras vidas ¿Quién es uno realmente para ellos?, ¿por qué yo?, ¿cuál era el fin de conocernos? Nunca dejo de hacerme ese tipo de preguntas. También me las hacía mientras caminaba por la ruta esa madrugada, o mientras mi cabeza, un tanto adormilada, descansaba apoyada en el frío vidrio de la ventana del bar. Hay algo de vulgaridad común en nuestras vidas. Un algo que nos es vedado pero que para la vida en sí es poderoso y disftura jugando con ello. Ese algo nos define, nos hace distinto al resto, y está visible solo para algunas personas y por breves momentos de tiempo. Por más que para algunos sea vulgar, para otros no lo es, al contrario, les resulta por demás llamativo. Así como los enamorados cuando ven ese aura que los identifica a miles de kilómetros de distancia. Me he preguntado muchas veces qué sería de la vida de aquellas dos personas que compartieron un rato de sus vidas conmigo y no he obtenido respuestas significantes a ello. Tampoco las había obtenido en aquellos días. Lo tomé como algo natural. Como algo que debía pasar así, como algo perteneciente a la bitácora del caminante que recorre los caminos de la vida.


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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/writingthelight/4443270971/ )

2 comentarios:

SIL dijo...

Tampoco es claro porqué las personas aparecen y desaparecen de nuestras vidas ¿Quién es uno realmente para ellos?, ¿por qué yo?, ¿cuál era el fin de conocernos? Nunca dejo de hacerme ese tipo de preguntas.

YO TAMPOCO!!!!!!!!!!!!!!!!

Esto se convirtió en la bitácora de UN ERRANTE, Errante...

Seguiremos atentos.

Beso atrasado

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Creo que uno nunca deja de hacerse esas preguntas. Y hacérselas es parte de darse cuenta que estamos vivos y vivimos. Lo malo sería no hacernoslas nunca, ¿no te parece?

La bitácora de un Errante... no había pensado de tal modo, pero me gusta.

Besos y un placer que me sigas ;)