Imperceptible (22)





22


Al llegar a la estación terminal de Río Cuarto yo estaba dormido. No era un sueño demasiado profundo, pero sí para mantenerme aislado del mundo vivo y de los pensamientos. Divaga en sueños cortos y alguna que otra pesadilla. Desperté cuando un movimiento brusco me sobresaltó. Era el chofer, con una minúscula sonrisa en sus labios, que me mecía para despertarme. Al bajar estiré las piernas y alongué como pude todo mi cuerpo. El aire se sentía puro y sublime. Sonreí. Estaba nuevamente en mi ciudad. Una sensación de nerviosismo y desesperación me corría como una centella por todo el cuerpo. Tomé entonces un taxi, el cual cruzó rápidamente la ciudad hasta llegar al barrio.

La primera sensación que tuve al llegar fue que el tiempo se había detenido. La sensación de nerviosismo había desaparecido. Ahora muy lentamente sentía distenderme y poco a poco los recuerdos fueron aflorando en mi mente hasta lograr reaccionar y entender que estaba nuevamente en el sitio que tanto echaba de menos. Pagué al taxista y observé como éste se marchaba a toda prisa atravesando la vieja calle de la alameda. Una nube de polvo lo perseguía. Los álamos, como guardianes atemporales, se mantenían erguidos y altivos tal como siempre los recordaba. Todo el mundo aún dormía. Ni perros se veían deambular. La luna de a poco iba desapareciendo ante la llegada del amanecer. Las estrellas daban paso a destellos anaranjados provenientes del horizonte. La vida comenzaba a insinuarse. A pocos metros de la casa habían empezado a construirse otras casas. El barrio lentamente se iba agrandando. Contemplé la despensa a lo lejos. La casa de Victoria. El frente de mi casa. Nada parecía haber cambiado. Sin embargo yo sentía como que una vida completa me había atravesado. Tomé la mochila, la puse sobre mi hombro, y entré a la casa. El olor del hogar es inconfundible. Lo absorbí por completo, disfrutando cada segundo lo que mis sentidos me comunicaban. Tomé un vaso de agua y me senté a la mesa. Apoyé la barbilla sobre mis manos, y éstas sobre la mesa. Contemplé por un rato la quietud del hogar. El silencio era un silencio distinto al que podía reconocer en cualquier otro sitio. La luz también lo era. Los primeros destellos solares ahora se filtraban dentro de la casa. Lo hacían como finos haces a través de las persianas. El canto de los primeros pájaros comenzaba a escucharse, y el murmullo del río de a poco inundaba toda la estancia. Minúsculas partículas de polvo flotaban en el ambiente. Algunas caían muy despacio sobre la mesa, tal como si tuvieran un paracaídas atadas a ellas. Un brinco de felicidad pareció dar mi corazón. Tomé un baño, me cambié de ropa y decidí visitar a la vecina de la despensa. Al pasar por frente de la casa de Victoria tuve la misma sensación de soledad que antes de marcharme. Era una sensación semejante a la que me producía mi madre cuando la descubría espiándome. Sin embargo nadie me observaba desde la casa de Victoria (al menos eso creí siempre).

La vecina de la despensa se alegró de verme. Me puso al tanto de las noticias barriales y sobre los vecinos. Me hablaba de gente nueva, de cambios en la ciudad y otros menesteres alusivos a la vida en sociedad. No me atrevía a preguntarle por Victoria, pero no hizo falta. Me contó que la había visto venir al barrio un par de meses después que yo me había marchado. Que entraba a la casa y salía al rato y no volvía pasados varios días. No había vuelto a la despensa ni había charlado con ningún otro vecino. Haciendo memoria la mujer recordó que Victoria parecía ensimismada, ajena a todo lo referido a la vida que antes llevaba. Eso le había causado un gran interrogante. Se había preguntado el porqué de aquel cambio pero nunca había logrado averiguarlo. Tampoco quiso meterse, dijo. Después de haberla visto por aquellos días no supo más de ella. La casa había permanecido cerrada desde entonces. Aquellas noticias me impactaron al principio pero luego me hicieron pensar en cuál sería el motivo por el cual Victoria no volvería a vivir en la casa. Se escapaba a todos mis análisis mentales. Tal vez había conocido a algún hombre y viviera con él. O se hubiera mudado de barrio, pero de ser así habría vendido la casa pues no era una mujer adinerada para soportar semejantes costos. O tal vez algo había pasado en su vida y la había llevado a huir de nuestras vidas y del barrio. No quise hacer demasiadas conjeturas. Volví a mi casa y me concentré en arreglar el jardín y el patio. Los frutales necesitaban un poco de mantenimiento y el césped había crecido muchos centímetros por las últimas lluvias. Pasé toda la tarde en esos quehaceres. Pero no podía quitarme de la mente el porqué de la desaparición de Victoria.

Mientras me concentraba en las tareas del jardín reflexioné sobre las personas que habían sido importantes en mi vida y en cómo ellas tarde o temprano terminaban desapareciendo o esfumándose. Parecía ser una regla inevitable en mi vida. Jesús, mi amigo, había muerto. Rebeca D. había desaparecido sin dejar rastro. Y ahora Victoria de un momento a otro parecía haber cambiado completamente, ausentándose definitivamente de mi vida. Me imaginé ser una especie de ser al cual nadie podía arrimársele por demasiado tiempo. Como si el mismo hecho de acercárseme trajera aparejada otra regla que rezara «no puedes permanecer más de X tiempo a su lado, ¡tómalo o déjalo!», en donde la X era la variable que inevitablemente me conducía a la infelicidad. Algunos acataban la regla y se compenetraban conmigo. Eran los menos. Tal vez los más selectos por la misma vida. Otros en cambio preferían pasar de largo y solo mezclarse de manera informal o superflua intentando, inconscientemente, no profundizar. Supongo que a todo el mundo debe pasarle algo similar. Que son los gajes del oficio del destino. Pero para mí era muy especial dado que se trató siempre de mi vida.


Yo no amaba a Victoria. De eso estaba más que seguro. O al menos eso siempre había pensado. Siempre me decía para mis adentros que no podría enamorarme de una mujer que me llevara tanta edad. Aunque supongo que apuntaba a la edad como punto más débil y no como el ojo del huracán. Usaba a la edad como la mecha detonante para salir huyendo y no como el problema en sí. Sin embargo dentro de mí no sentía ese amor nativo y poderoso que debía sentir un hombre enamorado. Después de pensarlo un tiempo reflexioné y caí en la cuenta que jamás antes había estado enamorado. Que Rebeca D. había sido para mí un oasis en medio del desierto, una ilusión sentimental que jamás había llegado a compenetrarse con mis sentidos. Me había preguntado muchas veces si estaba enamorado de ella, y me había respondido que sí, pero ahora pensaba que todo era fruto de una grandiosa obnubilación y que ello me había producido una profunda ceguera. Sí la había querido. También la había deseado. Pero solo eso. Sin embargo con Victoria había encontrado el placer sexual y la armonía espiritual que uno desea hallar en una mujer. Pero no así el amor. Por aquellos días creí que el amor no era algo para mí. Porque algunos vienen a este mundo a ser amados por muchas personas y otros, solo por unas pocas o por ninguna.


Me amoldé rápidamente a la vida en el barrio. En pocos días conocí a los nuevos vecinos y los demás, los más viejos, estaban felices de verme nuevamente viviendo allí. Había logrado reencontrarme con mi anterior vida, pero yo ya no era el mismo. Me parecía haber vivido muchos años fuera de aquel sitio y haber retornado con otro espíritu y una nueva manera de ver la vida. Me sorprendía a mí mismo al pensar y sentir aquello, pero era así. Todo el ovillo de problemas y negatividades que me habían impulsado a vivir otro estilo de vida se había esfumado, y ahora tan solo quedaba un vacío enorme cargado de serenidad en el cual podía ir reacomodando mis días según se me antojase. Sin embargo, la soledad no se había ausentado. Comenzaba a percibirla reptando a través de las paredes de la casa en las noches o en los ratos de mucho silencio. Decidí entonces que debía trabajar. Ocupar mi tiempo era una salida airosa para ganar la contienda. Compré el diario local durante varios días y sentado sobre el sofá remarcaba con bolígrafo distintos empleos que se ajustaban más o menos a mí perfil. No era que había dejado de atraerme la artesanía, pero lo tomé como una etapa ya superada en mi vida la cual se había cumplido más que a la perfección. Ahora era momento de otra cosa. Eso se desprendía de mis entrañas. Tal vez era hora de un trabajo más tranquilo y que se adecuase más a mis afinidades.

Mientras remarcaba los trabajos uno me llamó la atención. Era una vacante de empleo administrativo en una editorial de libros que había llegado con una nueva sucursal a la ciudad. Me pareció algo muy atractivo. Me hice a la idea que sería un gran trabajo. Algo completamente distinto a lo que había hecho en toda mi vida y que podría darme una rica oportunidad para inmiscuirme en el mundo de los libros. Tracé un par de círculos con la lapicera alrededor del aviso y guardé la página en el bolsillo del jeans. Esa tarde no hice nada en la casa y decidí caminar por la calle de la alameda. Caminé despacio reencontrándome con el lugar. Escuchaba el trinar de los pájaros, el susurro del viento, el murmullo incesante del agua del río corriente abajo. Me detuve un instante y me senté sobre un montículo de tierra prominente. Observé el curso de agua. Los rayos de sol se reflejaban sobre él y arrojaban destellos, tal como si fueran estrellitas doradas que nacieran desde las profundidades. Me sumergí en una especie de éxtasis y así permanecí hasta que el sol cayó y dio paso al anochecer.


Una pared de vidrio separaba un minúsculo escritorio y una bonita chica sentada detrás de él, de mi persona. Toqué el portero eléctrico y observé cómo la chica tomaba el teléfono.
- Editorial «Alianza», buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo?
- Hola –respondí- venía por el aviso del diario sobre la vacante laboral.
- Bien. Espere un minuto por favor.
Un ruido seco, similar a un timbre, desactivó la traba de la puerta de vidrio y me dejó ingresar.
- Tome asiento señor. En un momento se lo hará pasar para tomarle sus datos. Tiene algunas revistas en el revistero que puede leer, o bien mirar nuestro video institucional en aquel televisor.
- Gracias –respondí.
La chica volvió a sumergirse en su computadora y yo me quedé relajado y en silencio. El ambiente era grande y espacioso. La luz natural entraba como si se tratase de un manantial que no presentaba obstáculos, y el silencio que reinaba en aquel sitio parecía de a ratos ensordecedor. Las paredes, prolijamente pintadas de color marfil, armonizaban con todo lo demás. Mientras estuve sentado me decía si estaba en lo correcto. Si realmente quería trabajar en un sitio así. Claro que solo era una entrevista de trabajo y que nada estaba asegurado, pero siempre en la vida existe una posibilidad que puedas tener suerte y lograr emplearte en un buen sitio. Tal vez ésta sería esa oportunidad. Al cabo de un rato la chica me habló.
- Señor, ya puede pasar. Suba por el ascensor a su derecha hasta el tercer piso. Al abrirse la puerta una señorita estará en un escritorio esperándolo. Con ella debe tener la entrevista.
- Muchas gracias –dije a la chica y enfilé hacia el ascensor.

Una vez que la puerta se cerró detrás de mí sentí un poco de claustrofobia en aquella caja metálica. Las manos me sudaban, la corbata parecía asemejarse a una horca y la cabeza me bullía. Estaba a punto de entrevistarme con alguien que me preguntaría las cosas clásicas de una entrevista laboral y que tal vez, si no tenía suerte, archivaría para siempre datos de mi vida en algún legajo digital de computadora. Me miré en el espejo del ascensor. Acomodé el nudo de la corbata, repasé mi cabello con las manos y me di un par de palmaditas en las mejillas. Logré serenarme. Otra vez un ruido seco, similar esta vez a una campanilla, anunciaba que había llegado a destino, el tercer piso. Lentamente la puerta metálica se abrió.
- Buenos días señor –dijo una chica de espaldas a mí.
- Buenos días –respondí.
Fue en ese instante, justo cuando la chica volteó y me miró a los ojos, que creía en el destino de las vidas. Justo cuando Rebeca D. fijaba su mirada en mí creí aquello.


(Imagen: http://www.flickr.com/photos/concrete4/4452982093/][img]http://farm5.static.flickr.com/4004/4452982093_a775619d36.jpg)

2 comentarios:

SIL dijo...

El círculo se está cerrando.
Como lo dije en algún comentario anterior, en Rebeca D. debe estar guardado el código para sanar la herida materna que sangra y sangra.

Beso atrasado


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

¿Será? :)