Imperceptible (21)



21



E
n el peregrinar de aquellos días acaparé un sinfín de recuerdos y vivencias. Solamente los anoté en el cuaderno interior de mi espíritu (del cual jamás se borrarían) y me prometí nunca olvidarlos. Después de casi dos años de deambular de un lado al otro, de conocer a cientos de personas y de disfrutar de paisajes maravillosos desperté un día pensando que ya era suficiente, que ya era hora de regresar. Fue lo más parecido a un llamado silencioso. Como si el ser que habita dentro de mí al despertar aquel día decidió susurrarme sus ansias de volver a mi antigua vida.

No me había deshecho totalmente del vínculo con mi ciudad. Me pareció importante no hacerlo, además sabía que tarde o temprano volvería. Cada tanto solía escribir alguna que otra carta a la mujer de la despensa. Le preguntaba por el jardín de mi casa, por los frutales, por la gente del barrio, por el río y también la calle que tanto me apasionaba. La mujer amablemente me respondía. Luego, yo retiraba sus respuestas en una sucursal del Correo Argentino en una de las ciudades patagónicas. A veces solía telefonear y hablar con ella. Pero era escueto, pues después de un par de minutos al teléfono comenzaba a acrecentarse una profunda congoja que lentamente me arremolinaba las entrañas. Odiaba que eso sucediera y entonces prefería casi no llamar. Ni en las cartas, ni en los llamados, me atreví a preguntarle por Victoria. Nunca la mencioné. No puedo definir con exactitud el porqué, pero creo que si me esmerara y lo intentara tampoco podría, pues supongo que no existe una respuesta exacta de mi parte a ese punto. No obstante, siempre la recordaba: una tarde de sol, un viento norte cálido, la calle surcada de álamos, y ella tan imponente y segura.

Regalé todas mis pertenencias a amigos artesanos. Cargué mi mochila solo con algunas pocas prendas y compré un boleto de regreso a Río Cuarto. Recuerdo verme observar el boleto con detenimiento. Recorrí cada letra de la las palabras «Río Cuarto». Me parecía increíble estar a punto de volver a mi lugar en el mundo. La emoción se sentía extraña. Era semejante a la que sentí el día que decidí marcharme e iniciar mi recorrido por la Patagonia. Es increíble como todo inicia y finaliza del mismo modo casi siempre. Como si fuésemos parte de un ovillo gigante del cual comenzamos a tirar de uno de sus extremos y llegamos al otro, y al haberlo acabado deseamos hacerlo una vez más, y otra, y otra. Siempre otra vez.

Partí una tarde lluviosa en la cual no hacía tanto frío. La terminal de colectivos estaba semivacía. Un par de taxis estacionados y nada más. Nadie me había ido a despedir. Lo prefería así. Después de un tiempo de andar por la vida aprendes que es mejor no aferrarte demasiado a los afectos, de lo contrario puedes salir sumamente herido. El colectivo salió puntual. Los primeros kilómetros los contemplé con la cabeza apoyada en el vidrio observando como las gotas de lluvia impactaban contra la ventanilla y se deslizaba hacia atrás como si se tratase de un melancólico llanto atravesando una mejilla. No me percaté cuando la lluvia cesó. Desperté en una de las paradas a medio camino. Unas cuantas luces de mercurio me cegaron apenas abrí los ojos. Sentí frío y cerré mi campera. Algunos de los pasajeros habían descendido. Otros permanecían dormidos. Decidí bajar y tomar una gaseosa. Tenía la boca reseca y las tripas se quejaban de hambre. La parada duró unos quince minutos. Al termino de ellos un hombre gordo y de pronunciada calvicie subió al volante y aceleró el colectivo indicando que era hora de seguir viaje. Acomodado ya en el asiento me dispuse a dormir. Pero no pude hacerlo. Comencé a divagar en pensamientos y a mirar las estrellas. Las nubes habían desaparecido por completo y de la lluvia casi no quedaban rastros. De vez en cuando se veían grupos de luces perdidas en el horizonte que seguramente pertenecían a algunos pequeños poblados. Me imaginaba a las personas que vivirían en aquellos lugares y que jamás lograría conocer. Personas que vivían sus vidas con la misma convicción que yo lo hacía con la mía. Personas que pisaban la misma tierra que yo pero que, por las reglas de la vida, jamás nos percataríamos de nuestras existencias. De haber tenido papel y lápiz en ese instante hubiese escrito alguna historia referida a las luces del horizonte. Hubiera comenzado con «érase una vez un lugar...» y solas las palabras continuarían contando una historia que seguramente se asemejaría a cualquiera de las vidas que residían en aquellos parajes. Es que las historias de vida son similares, y pueden llegar a serlo en demasía. Otras en cambio pueden ser casi únicas e irrepetibles. Y son esas las que tal vez uno atesora como si se tratase de objetos extraños o piedras preciosas ¿Sería la mía una vida así? Pensé siempre que no, y más en aquel momento. Mi vida me resultaba común, ordinaria, sin ningún tipo de brillo que la hiciera llamativa o importante para los ojos de otro ser humano.
No tenía lápiz ni papel pero sí tenía una mente completamente despejada a la cual no le era imposible imaginar y pensar. Durante un largo trecho de viaje imaginé distintas historias. Algunas de las cuales eran muy parecidas a la mía. Hasta inserté en ellas como protagonistas a Jesús Domínguez, a Rebeca D., a Victoria y también a Linda y su abuelo. Me sentía como un maestro titiritero que manipulaba sus títeres antojadizamente. Pero solo eran eso: historias que aparecían y se desvanecían en mi mente.

En un punto caí en la cuenta que todos dormían dentro del colectivo. Solo el chofer y yo estábamos despiertos. Afuera la oscuridad era una masa homogénea que lo acaparaba todo. Los árboles que se divisaban parecían convertirse en figuras fantasmagóricas, y las estrellas parecían estar rodeadas de un halo de humedad, tal como si estuviesen detrás de un vidrio empañado. Me pregunté si alguien en el mundo estaría en ese momento pensando en mí. Me resultó gracioso el pensamiento pero tenía cierto peso. Si bien no sabía con certeza la respuesta deseaba que alguien en el mundo estuviera haciéndolo. Anhelaba que eso estuviera pasando, pues me producía una profunda emoción el solo pensar en ese alguien y en la acción de acordarse de mi persona. Podría ser alguien que yo conociese o tal vez alguien desconocido, que aunque yo no conociera sí pensara en mí. Pasé la mano por el vidrio empañado y observé la oscuridad. Al cabo de un rato me quedé dormido.

Tuve varios sueños, y cortos. En la mayoría de los sueños yo no representaba un «papel principal». No. Más bien representaba los ojos de un espectador que observaba y sacaba conclusiones de las escenas que veía. Vi a un hombre recostado a la vera de un río. Era de noche. El hombre miraba las estrellas mientras mantenía su cabeza apoyada sobre sus manos. Su rostro era difuso. No parecía conocerlo. Tenía la sensación que aquel hombre se encontraba tranquilo y sereno en ese momento. De repente con su dedo índice comenzó a dibujar una figura en el cielo. Unía puntos imaginarios que eran representados por distintas estrellas. Primero fue un cuchillo, luego un gato, finalmente un corazón. Tras terminar de dibujar sonreía como si el haber logrado hallar una figura fuera un caso de gran júbilo. Era en ese instante que yo sentía ser ese hombre. Resultaba extraño pero podía entrar y salir de aquel hombre como si fuera a conciencia. De a momentos lo observaba como un ser distante y en otros como si yo mismo estuviese dentro de él tirado en el césped observando las estrellas. De repente ese sueño se desvanece y me veo acostado en el piso de un bote en medio de un lago tranquilo. Es hora de la siesta. Mi madre me observa desde el muelle. Me resulta curiosa la escena pues nunca había ido con mi madre a un lago. Pero me veo allí, me siento allí, soy yo. Un inmenso cielo celeste pende sobre mi cabeza. No hay sonidos. Solo se percibe de vez en cuando el golpe del agua contra los lados del bote. Mi madre, sentada sobre el piso del muelle, lee un libro mientras mece sus piernas al vacío. Una terrible soledad me ahoga. Quiero huir de aquella escena pero me es imposible. Aquella tranquilidad me agobia. No deseo ser alguien en medio de la nada. Grito. Grito más fuerte. Pero todo tipo de grito o gesticulación es en vano, se ahoga en la nada. Mi madre sigue meciendo sus piernas y no quita la vista del libro. El agua sigue mansa y tranquila alrededor del bote. El sol entibia con más fuerza. Entonces ya no deseo más estar allí y me arrojo al agua. Pero no sé nadar. Me siento caer al agua y sentir desesperación. Agua entrándome por la boca, por la nariz, irritándome los ojos. La luz del sol lentamente va desapareciendo. Mis pulmones se llenan de líquido. Siento morir. Ya no hay burbujas que suban a la superficie. Ahora todo se vuelve oscuro. No siento tampoco frío. El sueño se desvanece y la sensación de muerte se disipa. Ahora estoy flotando en el lago. Es de noche y el cielo está lleno de estrellas. No siento frío, tampoco si mi ropa está mojada. Tengo la leve sensación de que estoy muerto pero no lo sé a ciencia cierta. Ya es de noche. En el muelle mi madre lee un libro a la luz de un farol. Sigue concentrada en la lectura. La observo y quiero gritarle pero no tengo voz. Intento mover mis brazos pero no puedo. Deseo nadar pero estoy muerto.

Entonces despierto. Un salto en la ruta hace rebotar mi cabeza contra la ventanilla. Un dolor agudo me concentra los sentidos por un instante. El sueño me parece más que vívido. Aún veo a mi madre leyendo al lado del farol en medio de la oscuridad. Y me siento más invisible que nunca. No se ha percatado jamás de mi existencia. Sigo muerto, sigo siendo el mismo niño que siempre fui para ella. Entonces lloro. Lloro en la oscuridad que invade el interior del colectivo como hacía años que no lo hacía. Lloro como un niño que a pesar de ver la luz que desea jamás llega a ella y se siente solo, aturdido y perdido en medio de un vasto océano. Lloro de impotencia. Lloro por no ver realmente quien soy.

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(Imagen: http://xavivives.blogspot.com/2010/06/una-gota-de-agua.html )

3 comentarios:

SILVIA dijo...

Es tan difícil reconocerse uno mismo, saber quien eres, y sobre todo, admitirlo.
"Solamente los anoté en el cuaderno interior de mi espíritu..."
Es ese cuaderno de tinta invisible que todos guardamos tan dentro...
Un fuerte abrazo!!!

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Así es. Y después de comenzar a reconocerse uno mismo es cuando se fluye mejor. Creo que eso es algo que se propuso el personaje y en los años que divagó lo logró en cierto modo.

Beso!

SIL dijo...

Volver al terruño implica muchas cosas, y entre ellas, enfrentarse con el pasado.
Dicen los que saben que la mirada de nuestros padres hacia nosotros nos marca profundamente, y que es muy difícil resellar esa forma de vernos.
Este errante lo está haciendo con lágrimas.
Es una buena manera de lograr el cambio.

Beso atrasado y sigo

SIL