Imperceptible (23)



23


Las cosas más inesperadas pueden pasar en un segundo de vida. En ese segundo la vida puede dar paso a la muerte, la infelicidad a la alegría, y también lo negativo puede darle pase libre a lo positivo, o viceversa. Gran parte del secreto de vivir radica en minúsculos intervalos de tiempo, y en la toma de decisiones que durante ellos realizamos. Cuando uno interpreta el accionar y se permite aceptarlo puede entonces llegar a comprender con más vehemencia el juego de estar vivos. Mientras Rebeca D. me observaba fijamente pensé que un círculo se había cerrado. Un círculo que había comenzado a dibujarse aquel día caluroso en el bar donde yo almorzaba. Un círculo que durante mucho tiempo se había mantenido abierto permitiendo que la vida tomara acciones con los personajes que estaban dentro de él. Ambos sostuvimos la mirada. Sin esfuerzo, sin titubeos. El tiempo de algún modo parecía haberse desacelerado. Tuve la misma sensación que tiene un actor cuando sale por primera vez al escenario de un teatro a representar su primera obra. Un nerviosismo diminuto comenzó a recorrerme la punta de los dedos de mis manos, pasando por mis brazos y llegando a desparramarse por todo el cuerpo como si se tratase de una infección masificada. Ninguno de los dos decía palabra alguna. Solo continuábamos, en silencio absoluto, sosteniéndonos la mirada. Después que ella se presentara educadamente ya no existieron más palabras. Tal como si un par de clavos me tuvieran clavados los pies al piso me quedé inmóvil y sin reacción alguna. Tampoco yo podía hablar. El nerviosismo dio paso a una sudoración en mis manos. Tomé el respaldar de una silla que estaba delante de mí y me apoyé.

- No puedo creerlo –dijo Rebeca D. rompiendo el insoportable silencio que ya nos había envuelto por completo.- ¿Eres tú?
- Sí, soy yo –contesté.
- Después de tantos años la vida nos permite reencontrarnos ¿No es fantástico? Siéntate.
- Sí, es fantástico –respondí.
Me senté en la silla que tenía asida por el respaldar.
- Así que vienes por el aviso de la vacante ¿Quién diría que algo tan simple y vulgar nos uniría nuevamente? ¿Qué ha sido de tú vida?, si puedo saberlo.
- ¿Te interesa? –pregunté en un modo belicoso (aún hoy no sé por qué hice aquello).
- A decir verdad sí, Maximiliano. Me interesa saber que ha sido de tu vida.
- ¿Sabes? Muchas veces después que desapareciste pensé en ti. Algunas veces los mismos pensamientos llegaban a asfixiarme. Te pensaba en demasía, supongo ¿Alguna vez te ha pasado algo así?
- Solo una.
- ¿Una? Bueno, al menos es algo. A mí muchas. Fueron muchas las veces que caí rendido ante esas maneras de pensar. Claro que tú no tienes la culpa, después de todo era mi problema el no manejar correctamente mis modos de pensar.
- Te noto a la defensiva ¿Te ha molestado verme aquí? No todas las sorpresas son buenas en la vida. Si quieres hablamos del empleo y nos concentramos en ese tema. Tú decides.
- No. Está bien. Podemos hablar de nuestras vidas y de lo que pasó en todo este lapso de tiempo. Después de todo, la vida es así. Ninguno puede saber de antemano que es lo que hay a la vuelta de la esquina hasta que sucede ¿no es cierto?
- Es cierto. No obstante creo que soy yo la que te debe una disculpa. Yo fui la que se apareció aquella madrugada en tú casa arrojando piedritas en contra de la ventana. Fui yo la que te buscó cuando te necesitaba. Fui yo la que de algún modo movilizó tú mundo. Y también fui yo la que desapareció sin dejar rastros.
- Ese es el termino justo, Rebeca: «movilizar mi mundo» Fue exactamente eso lo que hiciste. Movilizar mi mundo.

Rebeca D. tomó un pañuelo de papel y lo pasó por debajo de sus párpados. No pude distinguir si corregía algo de su maquillaje o estaba secando alguna lágrima. Sentí que algo comenzaba a estrujar mi pecho. La conversación se había interrumpido bruscamente. Ella giró sobre su silla y quedó dándome la espalda, mientras, observaba el enorme ventanal que abarcaba toda una pared de la habitación. Mis manos no dejaban de sudar. Me sentía más nervioso que al principio. Sin haberlo siquiera pensado yo había usado frases duras en mi conversación hacia ella, y mi tono de voz también había sido áspero y un tanto hosco. Me recriminé aquello. Un sentimiento de culpa se había atorado en mi garganta. Pensé rápido y le hablé.

- ¿Por qué desapareciste de mi vida?
- ¿Lo hice verdad? –dijo sin voltear. Ella aún miraba al ventanal.
- Sí, lo hiciste. Un buen día te esfumaste y solo quedó el vacío de tú presencia. A pesar de estar consciente que no éramos nada, me refiero a novios, amantes, pareja, o lo que sea, aquel vacío que dejaste trastocó profundamente mi vida –dije.
- Era necesario que lo hiciera.
- ¿Por qué?, ¿qué lleva a alguien a desaparecer de la vida de otra así, de ese modo? No entiendo a las personas que obran de esa manera. Es más, me parece hasta un acto de cobardía. Yo jamás haría algo por el estilo… y menos contigo.
- Pues no somos todos iguales, Maximiliano. No creas que lo pensé demasiado. Más bien creo que reaccioné hasta primitivamente. Fue como si una alarma se encendiera dentro de mí. Mi yo interior me decía que debía alejarme de ti. Que si seguía con aquella relación yo corría peligro.
¡¿Peligro?!, ¿peligro de qué?, ¿acaso me crees un degenerado, o un asesino?
- No. Nada de eso. Es que hay cosas que son difíciles de explicar.

Cuando escuché aquellas palabras sentí una fuerte presión en las sienes. En los años que habían pasado desde el primer día que nos conocimos siempre había anhelado un romance o una historia de amor con ella. Pero así como pensé muchas veces aquel momento también fueron numerosas las veces que lo destruí y lo pulvericé dentro de mi mente.
Presentía que había algo dentro de ella que deseaba comunicarse pero no lograba su cometido. Algo atrapado en una especie de «cajón de los recuerdos» que debía permanecer así, sin salir a la luz. Pero me molestaba sentir eso. No era clara. Yo estaba muy perturbado. Sin embargo pensé que debía serename. Si ella no exponía sus puntos tal vez sería por un motivo que consideraba importante, o simplemente porque no le era fácil hacerlo. Entonces aquel nerviosismo que sentí al principio se fue convirtiendo en un sentimiento mucho más dulce y sosegado. Como si un haz de luz, que irrumpe furioso en un plano, ahora tendiera a equilibrar su brillo e intensidad. A medida que el tiempo fue transcurriendo yo fui aflojándome. Algo dentro de mí ardía de felicidad a pesar de todo. Era como tener a dos yo interiores luchando. Uno que aún se sentía sorprendido, fastidioso y belicoso, y otro mucho más armónico y feliz. Luchaban, se agredían, pero la contienda quedaba circunscripta a los límites mismos de mi interior. Ya no alteraban mi exterior. Intenté que no afloraran más allá de ese límite.

Me sentía insatisfecho por aquella charla que estábamos manteniendo. Me dije que debía hablar con ella en un lugar distinto sobre aquellos temas. Que no era el ámbito justo para sacar a relucir los momentos vividos en nuestro pasado. Decidí pedirle entonces una cita.

Rebeca, creo que no es el lugar preciso para hablar de estas cosas ¿Quisieras hablarlo otro día en otro sitio?
Sí, me gustaría –dijo mientras volvía a mirarme tras girar sobre la silla. Claro que me gustaría ¿Dónde?, ¿cuándo?
No sé. Piénsalo y me llamas. En mi currículo tienes todos mis datos, te será fácil encontrarme. Ya no necesitarás hablar con mozos o recurrir a la agenda telefónica –dije sonriendo.

Ella también sonrió, aunque sus ojos estaban cargados de lágrimas. Aquella imagen me causó profunda pena. Por un instante tuve deseos de levantarme, tomarla entre mis brazos y besar su pelo con diminutos besos. Pero no pude. Estaba clavado a la silla. Sentía como la ley de gravedad era mucho mayor en aquel momento. Entonces ella se paró de repente, volteó y mirandome fijamente dijo: «el viernes, a la cinco de la tarde, en el bar, frente a la iglesia Catedral».

4 comentarios:

SILVIA dijo...

Su cabeza la advirtió del peligro que corría el corazón.
Purito miedo a enamorarse seriamente. A querer más, a esperar más, a que Él no lo quisiera del mismo modo.... Y escapó.
No busques un porqué a los asuntos del corazón, pues no encontrarás ninguna razón...
Besos mil!!!

SIL dijo...

Vivir radica en esta minúscula partícula de tiempo, Errante.

¨Otro cielo no esperes, ni otro infierno ¨- esto no lo dije yo- lo dijo un escritor que amo.

Rebeca huyó como los animales que presienten las tormentas.
El instinto nos aleja del peligro.
Y enamorarse es un peligro, verdaderamente.
Después,
el destino se encarga de burlarse de nuestras cautelas, y nos pone justo bajo del aguacero.

Un beso atrasado.


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Puede ser, tal vez el personaje pensó eso o bien hay algo más...

Claro, nunca hay respuestas para temas de amor. Jamás.

Besos Silvia.

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Veo por el comentario tuyo y de SILVIA que el personaje femenino les ha dado una idea de cobardía ante el apremio de sentirse querida o enamorada. Cosa curiosa, pues no había reparado en eso jajaja

Aunque de algún modo todos solemos huir de vez en cuando al tratarse de cosas del corazón. Supongo que mientras más te curtís, más entendés los movimientos del juego y querés mover con antelación.

Beso, rubia :)