Imperceptible (24)



24


Un par de manecillas de bronce, pesadas y vetustas, indicaban la hora en el reloj de la iglesia. Las cinco de la tarde. El sol, un poco escondido detrás de las nubes, se hacía notar muy poco. La primavera dejaba pincelazos por doquier y robaba sonrisas a las personas que caminaban por la calle. Esperé a Rebeca D. sentado en un bar que estaba frente a la iglesia. Algo en su fachada, en los colores de las paredes o bien el mobiliario me retrotraía al viejo bar donde solíamos vernos con ella. De pronto, como si emergiera de detrás de mis espaldas, un manto de añoranza me hizo recordar los días en que la conocí. Parecían tan lejanos, tan atemporales, que casi no podía creerlo. Los recuerdos se habían instalado de repente, haciendo jirones los sentimientos dentro de mi interior. Me sentía un ser extremadamente frágil en aquel lugar. Sentía que era el hombre más diminuto del planeta. Nunca olvidaré aquella sensación. Miré el reloj de la iglesia, los minutos pasaban y ella no llegaba. Pedí una cerveza y comencé a tomarla solo. Me hice a la idea que pronto llegaría.

Al cabo de un rato la vi aparecerse a lo lejos. Caminaba distraídamente. Mientras la observaba pensé en su modo tan peculiar de existir. Sorbí otro poco de cerveza y agucé la mirada, dejando que todo el resto de las cosas físicas que rodeaban a Rebeca D. desaparecieran y mis ojos solamente se concentraran en su figura y en sus movimientos. ¡Qué ser más bello! -dije para mis adentros. Después de tantos años volvía a esperarla en un bar. La historia, como tantas otras historias, parecía repetirse una vez más. Al llegar me saludó con un beso en la mejilla. Se la notaba feliz. Bebió cerveza y charlamos como si el tiempo no hubiese transcurrido. Estaba cómoda, lo notaba en su expresividad. Noté que en su mano llevaba un anillo de oro. Era un anillo de matrimonio. En ese momento la sangre ardió por mis venas e hizo arder también a mi corazón. Un fuego horrible pasó por mi cabeza. Me sentí perdido, totalmente aturdido. Empecé a esquivar sus miradas, no escuchaba sus palabras. Observaba el movimiento de sus labios que prontamente pasaron a moverse con lentitud. Me pareció estar sumergido en el mar, cayendo hacia el fondo, sin siquiera poder nadar ni atinar a hacerlo. Tampoco deseaba preguntarle por el anillo. La respuesta sería desbastadora. En un momento me sentí un completo estúpido. Después de todo yo jamás le había blanqueado mis intenciones y ella era una mujer bella y libre.

Terminé el vaso de cerveza y me quedé mirando el fondo. Entonces ella tuvo cierta percepción:
– ¿Qué pasa?, te has quedado callado de repente.
– Nada -dije moviendo la cabeza- no pasa nada.
– Algo pasa Maximiliano. Estábamos hablando lo más bien y de repente, el silencio. Y tú cara. No entiendo ¿Dije algo malo?

Entonces levanté de modo instintivo mi vista y la deposité en sus manos, más precisamente sobre el anillo. Fue ahí que ella tocó el anillo y cayó en la cuenta de qué era lo que a mí me estaba pasando. Jugó un el anillo haciéndolo circular en su dedo. Por un momento se hizo un hondo silencio. Dejé de jugar con el vaso y lo deposité al lado de la botella. Una pareja de adolescentes entraba en ese momento al bar. Iban tomados de la mano. Se besaban. Una ráfaga fugaz de recuerdos me vino a la mente. Yo y Rebeca D. en la noche que arrojó piedras a la ventana de mi habitación. La ráfaga se deshizo como si fuera un manto de niebla agredido por un sol matinal dañino.

– Parte de la charla que quería mantener contigo era para contarte que mi vida ha cambiado –dijo Rebeca D. mientras seguía tocando el anillo- Quería contarte que conocí a un hombre bueno hace un par de años y que, al poco tiempo, me propuso matrimonio. No lo dudé. Me sentí enamorada de él desde el primer día. Me hacía feliz. Me siento feliz a su lado. Nos enamoramos. Ambos vimos en el otro esas cosas invisibles que solo pocos pueden verse y cuando nos dimos cuenta ya no podíamos frenarnos. Tampoco es que lo quisiéramos. Lo dejamos crecer y finalmente decidimos casarnos. Estas cosas no pasan siempre Maximiliano. De hecho yo era una mujer que siempre pensó que el casamiento y el amor no eran para mí. Si recuerdas yo siempre estaba a disposición de todo el mundo. De aquellos a los que llamaba mis «clientes» y que en realidad eran personas que carecían de amor. De aquellos quienes estaban heridos por alguna pena o desamor o sufrimiento y anhelaban una voz compasiva que les acariciara el alma y les tomara de la mano en el mal momento. Pero nunca nadie reparaba en mí. Si lo hacían, y eso te lo he contado, era por mi exterior, por mi físico o por mis facciones, pero nunca se atrevían a pasar más allá. Sin embargo apareció este hombre y de repente todo cambió. Fue algo inesperado, a veces pienso que hasta insólito. Tampoco fue un amor a primera vista. Simplemente fue algo que sucedió y que cuando quisimos darnos cuenta de la realidad en la que nos encontrábamos ya era tarde, ya nos habíamos enamorado.
– ¿Sientes que es el hombre de tú vida? -pregunté abatido.
– Sí. Lo pienso y lo siento.
– Entonces no tengo muchas chances -dije mientras jugaba nuevamente con el vaso y perdía mi mirada en él.
– Me siento mal por todo esto, Maximiliano. No me hace feliz que esté pasando esto. Creo que la vida nos ha demostrado que nuestros caminos no debían de fusionarse. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. El tiempo es un borrador gigantesco, pero también es un buen maestro. Es sabio y es consejero. Permite que uno abra los ojos, que ponga sus sentidos en profunda captación y que se permita corregir errores o tomar el timón de su vida para llevar hacia el puerto que mejor le plazca ¿Crees que es simple adivinar el destino? No. El destino no se adivina. El destino nos observa y nos tiende señales que muchas veces no vemos y pasamos por sobre ellas una y otra vez como personas ciegas. Sin embargo, en estos años yo entendí que también merecía ser querida, ser amada, ser feliz con alguien. Y apareció él. Y las cosas sucedieron de este modo. Así desencadenaron. Ahora, si no te parece mal, quisiera irme...
– No te vayas -dije mientras tomaba su mano- No te vayas. He sido un idiota. Quisiera que sigamos charlando un rato más.
– ¿Sabes? Un día, al poco tiempo de conocernos, te hice una pregunta. Te pregunté: ¿a qué sabe el amor cuando no hay amor?, y tú te quedaste ensimismado. La respuesta era la realidad que teníamos delante de nosotros. Tú estabas enamorado de mí, pero yo no de ti. Y percibir eso me era doloroso. Duele no ser correspondido y también duele no poder corresponder cuando se observa que del otro emanan sentimientos que son incompatibles con los de uno. Fue entonces que decidí desaparecer. Me pareció lo más atinado, lo más justo para ambos.
- ¿Justo?, ¿crees que desaparecer de ese modo es justo?... ¡uff!, ¡si hasta me suena a cobardía!
- No Maximiliano, no ha sido cobardía. Ha sido no dejar crecer una hierba que pronto sería mala. Que nos dañaría. Sé que ahora no me entiendes y que todo esto debe de haberte turbado, pero tampoco tengo la solución. He querido verte, he querido contarte toda la verdad y estoy feliz de haberlo hecho y de poder tenerte cerca. Pero no puedo ser de otro modo. No espero que me comprendas pero al menos que entiendas mis razones.

Asentí en silencio. El reloj de la iglesia ya marcaba las seis y media de la tarde. Poco a poco las calles se iban poblando de gente que retornaba de sus trabajos. Los automóviles pasaban a toda prisa. El sol anunciaba que el atardecer ya estaba presente y que pronto el anochecer reinaría. Miré por un instante a Rebeca D. y recorrí cada una de sus facciones. La comisura de sus labios, sus pestañas, los lóbulos de sus perfectas orejas, la delicadeza y brillo de sus cabellos. Nada desencajaba en aquella mujer, todo parecía ser perfecto, solo que nada de aquello era para mí. Ahora su ser físico y su ser interior pertenecían a otro hombre, uno al cual yo envidié por un instante, al que odié por otro y al que felicité finalmente para mis adentros.

Así estuvimos un rato largo. Unas campanadas anunciaron las siete de la tarde. Debo irme, dijo. Entonces se levantó, dio un beso en mi mejilla y me observó fijamente por un momento. Fue el momento más difícil que recuerdo haber vivido frente a una mujer. Sus ojos parecían dos fuentes de las cuales emanaban agua pura y cristalina que yo deseaba beber. Pero claro, se me era prohibido. Su mirada (aún hoy la mantengo viva en mi mente) se fijó dentro de mis recuerdos para jamás borrarse. Tras erguirse acomodó la cartera debajo del brazo y comenzó a caminar hacia el mismo lado de la calle de donde había venido. La vi irse hasta que finalmente desapareció entre las personas y la lejanía. Sin darme cuenta cerré los ojos, inhalé aire puro y escuché todos los sonidos que me rodeaban. Por un momento había logrado no ser yo mismo.


Safe Creative #1010227631702

4 comentarios:

SILVIA dijo...

Verse desde otro lado, conseguir no ser uno mismo, aprender a des-conocerse reconociéndose...
Un abrazo!!1

SIL dijo...

Te pido perdón, me comí esta entrada... me tragué la curva virtual :DD vengo atrasada.


Es duro este capítulo, pero creo que le va a servir al protagonista para el borrón y la cuenta nueva.
Rebeca D. lo marcó para mal, y sin embargo, mi querido Miguel, no hay mal que por bien no venga.

La idea de las historias que se repiten todo el tiempo era una obsesión borgeana misteriosa y mágica.

Beso atrasado y retroactivo.

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Un poco de aprendizaje, sí.
Un poco de verse de otro modo, de superar los límites invisibles que muchas veces nos aíslan en una burbuja impidiéndonos ser felices.

Gracias por seguir y leer toda esta blog novela.

Besos, Silvia.

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Jajaja, ¡la curva virtual! jajaja, no hay problemas Sil; además sos una de mis lectoras más fieles desde hace muuuuucho tiempo.

Es un constante aprendizaje, de eso no hay duda. Pienso mientras te respondo este comentario que el personaje masculino de esta historia tuvo que luchar mucho, tuvo que librar batallas contra sus recuerdos de infancia, contra un amor no correspondido, contra la invisibilidad en la sociedad y contra el dolor de la pérdida de amigos, tal como la muerte de Jesús Domínguez.

Creo que esta historia ha sido, en partes, una historia con pincelazos demasiado reales y contemporáneos. Con momentos que se viven en vidas actuales. Con miradas que a veces se pierden y se vuelven a encontrar solamente con profundas introspecciones.

Gracias por seguir y leer cada capítulo de esta blog novela, Sil.

Un beso enorme.