Saint-Exupéry (dos)




DOS



[...] No hicieron falta muchas palabras para decirle a la chica del tatuaje que la acompañaría encantado hasta el hostel “Roma”. Ella asintió con su sonrisa luminosa. Me encuentro parado en la recepción: desprolija, chiquita, con un viejo mostrador, y sobre él una campanilla y un pinche para papeles. Una joven adolescente con varios piercings en su cara nos atiende con modo cansino. A la chica del tatuaje parece no importarle su parsimonia. Al contrario, ella sigue esbozando su sonrisa luminosa. Por algún motivo inexplicable me pierdo en el laberinto de sus dientes y la superficie de sus labios cuando sonríe. Ni siquiera puedo pensar en ese instante. Es como algo magnético que me estupidiza.

La chica firma el formulario, paga un par de días de hospedaje y finalmente entrega su D.N.I. para que la adolescente le haga una fotocopia. Mientras esperamos volvemos a charlar. Hablamos de cosas variadas, como música, cine, de qué lugar es, qué hace en mi ciudad, a qué se dedica. Son frases breves pero muy ricas e informativas. Entre frase y frase sigue desplegando su bonita sonrisa. Al hablar de música se quita los auriculares, busca un tema en su ipod y me lo hace escuchar. Es un tema de Soda Stereo, un viejo tema de ellos, y me gusta volverlo a escuchar. Mientras tengo los auriculares en mis orejas y escucho la canción la miro fijamente como si la música me protegiera de su mirada. Observo su rostro, sus gestos, pero no pienso nada. Solo escucho la música y la observo.
La recepcionista de los piercings finalmente le devuelve su D.N.I. Salimos a la vereda y ya casi con la charla totalmente agotada sabemos que debemos despedirnos. No quiero hacerlo. Me siento como esos chicos que no esperaban una sorpresa y de repente la tienen frente a sus ojos, es un bonito juguete, uno que tal vez ni deseaban, y ahí está justo ahora frente a sus ojos para poder disfrutarlo. Pero no hago nada. Levanto la mano, y la muevo oscilando de izquierda a derecha. “Bueno, un gusto haberte conocido”, le digo. Ella me sonríe y no me habla. De repente se acerca y me besa en la mejilla. Un beso muy sentido. “Gracias, muchas gracias”, me dice.

Me alejo del hostel “Roma” caminando por la misma vereda de mi casa. Cada tanto miro por sobre mi hombro para ver si veo a la chica del tatuaje, pero ya se ha ido. Siento ese vacío en el estómago como cuando las cosas no te salen. Me digo que fui un tonto pues se ha ido y no le he preguntado su nombre. Aunque sé que se hospeda ahí por un par de días. Tengo un punto de referencia. Al llegar a la verja de mi casa veo a mi madre a lo lejos barriendo el patio de la galería. Encorvada, viejita, con sus pasos cortitos, matando el tiempo de la tarde. Me agarra una terrible angustia, y me dan ganas de llorar, pues pienso que esa imagen tal vez algún día solo se dibuje en mi cerebro y quede solo su estela en el patio, como algo que ya fue y ahora es parte del pasado. Abro la puerta de reja despacio, no quiero que mi madre se dé cuenta que he llegado. Es que ama las sorpresas. Cuando la sorprendo se agarra los cachetes de su cara con las manos y a veces ríe hasta llorar. Es increíblemente bonito ver aquello. Desde niño he vivido esos momentos como algo único, como esos tesoros que todo el mundo debería de envidiar y solo yo poseo: la sonrisa de sorpresa de mi madre.

Mi madre se llama Elena Villalobos, y nació aquí, en ésta ciudad. Cuando conoció a mi padre era apenas una niña que estaba entrando a la adolescencia y el amor la tomó por sorpresa. Ella dice que fue amor a primera vista. Que eso existe y que solo hay que saber reconocerlo. Que la juventud ha perdido la patita de la brújula, que amor era el de antes, y un sinfín de dichos más que solo hacen que el pasado parezca mil veces mejor que el presente. Cuando se enamoró de mi padre era virgen. Siempre me dice que fue mujer de un solo hombre y que así debería ser. Cuando dice esas cosas me mira fijamente como si en esas miradas me reprochara el que yo me acueste con una u otra mujer. “Hay hijo, búsquese una chica seria, de su casa, y deje de salir con tanta atorranta” Esas frases se han grabado a fuego en mi mente. Sin embargo cuando me las dice me sonrío y le hago bromas, y ella afloja. En seguida se hace mi cómplice y reímos.

Mi madre dice que mi padre debía haber sido en parte como yo. Dice que así hubiera sido el hombre perfecto para ella. Y tras decirme cosas como aquellas casi siempre alguna lágrima se le escapa. Como todo el mundo han tenido un matrimonio con sus complicaciones. Mi padre era un tipo recto, que bebía mucho y en esos momentos solía volverse tosco e irreconocible. Tanto ella como yo sufríamos mucho las noches de borrachera de mi padre. “Pobre doña Elena” solían decir algunas vecinas tras escuchar las peleas que mi madre sostenía con mi padre en esos días. Sí, mi madre ha tenido días malos en su vida.


Tras entrar la sorprendí barriendo e inmediatamente se agarró sus cachetes y se puso a reír. Me abraza, me da muchos besos y me pregunta que tal estuvo mi día en el trabajo. Ahí, parados bajo la galería del patio, le comento rápidamente las cosas que me han pasado en el día. Cuento todo menos lo de haber conocido la chica del tatuaje del Principito. Pero claro, una madre siempre percibe cuando su hijo no vacía todos sus bolsillos de verdades; así que cuando termino de hablar y me quedo en silencio se queda mirándome y me pregunta “¿qué más?...” Y le cuento: una chica, bonita, con un tatuaje, el colectivo, el hostel de acá a tres cuadras, su sonrisa, y todo eso. Me toma de las mejillas y me mira con una sonrisa.

- Te ha gustado, ¡¿eh?! –dice sin dejar de agarrarme de las mejillas.
- Sí. Bastante.
- ¿No será otra atorranta, no?
- No vieja, no. Es una chica que ni conozco, solo nos cruzamos. Ni sé su nombre.
- ¡¿Pero cómo?!, ¿te gustó, charlaste con ella, y no le preguntaste su nombre?
- No, se me pasó.
- Hijo, hijo… esas cosas no se dejan pasar… aunque ahora que lo pienso debe haberte gustado mucho y mientras la mirabas tal vez volabas vaya a saber por qué mundos…

No me gusta hablar de mi vida privada. Tampoco con mi madre. Ser hijo único me ha llevado a siempre arreglármelas por mi cuenta y a no depender de nadie, salvo de mí mismo. Es como desde niño construir un escudo, como hacían los vikingos, y con él protegerme de todo. Sin embargo hay cosas que dejo filtrar y las cuento. Mi madre ha sido en eso una de mis confidentes más cercanas. Otras veces algunas de mis parejas lo ha sido. Pero aquel día no tuve reparos en contarle a mi madre sobre la chica del tatuaje; todo lo contrario, algo en mí deseaba que lo hiciera.

(continuará en un próximo capítulo...)

Safe Creative #1102118477732

(Imagen: http://arkaitz77.blogspot.com/2010/04/roma.html )

4 comentarios:

SIL dijo...

Una especie de Principito contándole sus cuitas a su madre.

Hay un un punto de unión entre el emblemático personaje solitario y este hijo único.

Ya veremos cuál es.

BESO, ERRANTE

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

¿Será el desierto? :)

andreaa dijo...

preciosa historia, precioso tatuaje :)

Miguel Aguilera dijo...

@ANDREAA:

Gracias. Y me alegro te guste y de verte por mi blog :)