Saint-Exupéry (uno)



UNO



Saint-Exupéry. Pienso ese apellido y lo repito un par de veces dentro de mi cabeza. La vocecita que habita allí lo dice aplicadamente como si fuese una de esas lecciones que tenés que memorizar en la escuela. No pienso en el escritor francés, tampoco en su vida, mucho menos en el legado de su obra y lo que representa para millones de personas. No. Pienso en el tatuaje del Principito que lleva la chica que va dentro del colectivo, agarrada del pasamano, con auriculares en sus orejas y mirada perdida. Una perfecta extraña que capta toda mi atención. Yo soy un extraño más dentro del colectivo, del cual ella ni se percata de su existencia. Sin embargo desde que vi el tatuaje en su brazo no dejo de pensar en que es alguien particular. No todas las mujeres piensan en tatuarse el principito en el antebrazo. Mucho menos si está parado sobre su asteroide. Ocupa mucho lugar, abarca mucho de vos. Ella sí, y eso me atrapó considerablemente la atención.

En lo que dura el viaje pienso muchas cosas. Miro por la ventana y observo gente en bicicletas, en motocicletas, caminando. Cada uno con una meta a la cual llegar. Me imagino que algunos estarán felices y otros tristes. Algunos tal vez sin siquiera saber su verdadero estado emotivo. Todos, sin excepción, emiten algún síntoma que delata su estado. Miro a la chica y sigue ahí, parada, sin moverse, sin gesticular, con la mirada perdida y su brazo tan llamativo exhibiendo el tatuaje. Tengo ganas de levantarme del asiento y decirle que su tatuaje me encanta, que El Principito era un libro que mi abuelo tenía olvidado en un viejo cuarto de su casa y ahí fue que lo descubrí. Pero no me animo. Me quedo clavado en el asiento sin hacer nada. Siempre el mismo quedado, incapaz de arriesgarse a algo más en su vida.

Después de unos quince minutos el colectivo enfila por la avenida San Martin. Es hora de bajarme así que dejo el asiento y me paro en la puerta de atrás, toco el timbre y espero a que se detenga. Desciendo, y al pisar el suelo me acomodo la mochila en mi espalda. La chica ha bajado. No me di cuenta. Está parada a mi lado y en ese instante despliega un mapa de mi ciudad. Razono que no debe ser de aquí, tal vez una turista o alguien que vino a buscar un determinado objetivo. Le hablo. No me escucha. Vuelvo a hablarle y esta vez se percata de mí. Achica un poco los ojos por el sol, me observa unas milésimas de segundo y se toca curiosamente la oreja. Sonrío y ella me devuelve la sonrisa con otra, muy luminosa, simple, de esas que rara vez uno puede encontrar en los desconocidos.

- ¿Estás perdida? –pregunto.
- Algo así. Busco el hostel “Roma”, creo que es por este barrio.
- Sí –digo sin pensar- es allá, en aquella esquina. Respondí mecánicamente, algo raro en mí.

Entonces ambos nos quedamos mirando la fachada de un viejo edificio que tiene un cartel grande que dice “Roma”. Me siento raro al lado de ella. Como si desprendiese algo que me incomoda. Pero no es una incomodidad fea, todo lo contrario, es una sensación incómoda pero agradable, como que me pone nervioso y feliz a la vez. Nos miramos de nuevo y nos reímos como dos tontos. Ya dejé atrás mi timidez, me siento como un pez en el agua ahora.

- Me gusta tú tatuaje –le digo mirando su brazo.
- Hace poco me lo hice. Amo el libro del Principito y decidí tatuármelo con asteroide y todo ¿A vos también te gusta?
- ¿El tatuaje o el libro? –pregunto como un tonto.
- Ambos.
- Sí, ambos me gustan…

En ese momento dos cosas agradecí a la vida. La primera fue conocer a Saint-Exupéry gracias a mi abuelo, y la segunda que justo aquel día haya subido a ese colectivo. Después de todo la vida es así, deja cabos sueltos y un buen día termina por fin atándolos.


(continuará en un próximo capítulo...)


Safe Creative #1102088456379

2 comentarios:

SIL dijo...

Un tatuaje, aunque bien visible, también fue esencial a tus ojos.

Todos los caminos conducen a Roma.

Beso y sigo


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Hay cosas, como el tatuaje, que para muchos pueden parecer vulgares o carecer de interés; sin embargo para otros pueden ser el puntapié inicial para parecer sorprendentes.

Beso.