Saint-Exupéry (dieciocho)

DIECIOCHO


El martes siguiente a la salida de la redacción decidí volver caminando a casa. Aún no anochecía y el cielo, distinto a otros días, aún permanecía bastante claro y el sol emitía sus últimos rayos. Daba la impresión de un cielo cargado de pureza que invitaba a disfrutar de la vida. Puse el saco en mi brazo, y comencé a caminar lentamente observando todo cuanto a mi paso se cruzaba. Las calles se presentaban ante mí como cintas grises que se perdían en un horizonte de cemento. En el andar diario uno casi siempre pierde el enfoque de las cosas simples. Ni siquiera es capaz de observar el cielo, ni los pájaros, ni el verdadero rostro de las personas. Durante la caminata observé todo aquello como si jamás lo hubiera hecho, como si acabara de nacer y todo cuanto me redoeara fuera algo extraño e incomprendido. Marina Fernández se había retirado antes de la empresa, tenía una reunión con ejecutivos de otro multimedio. Por esos días estábamos en tratativas de publicar un nuevo suplemento referido a ecología latinoamericana y si aquello se daba tendríamos muchísimo trabajo y tal vez premios para todos. Marina dejaba horas extras de trabajo en ello con el afan de lograr ese objetivo.
Tras caminar un kilómetro aproximadamente sentí la frenada de unos neumáticos a mi lado. Cerré los ojos y pensé lo peor. Por un instante se me heló el corazón. Sin embargo al volver mi mirada hacia el vehículo vi cómo Marina sonreía.
- ¿Estás loca? -dije con un gesto en mi sién.
- Perdona, no pensé que fuera a molestarte.
Subí al automóvil y tras cerrar los ojos recuperé la calma.
- ¿Qué haces por aquí? -preguntó ella.
- Nada, solo tenía ganas de caminar hasta mi casa. El atardecer está hermoso.
- Sí, la verdad que está hermoso ¿Quieres que te lleve a tú casa, quieres caminar, o quieres que te lleve a un lugar que no conoces?
- ¿Que no conozco?
- Sí, que aún no conoces.
Por un momento pensé si quedaba algún lugar de la ciudad que no conociera. Me respondí que seguramente no, pero tampoco podía asegurarlo. Uno siempre piensa que conoce todo pero suele equivocarse.
- Vayamos a ese lugar desconocido -dije asintiendo.
Tras arrancar el automóvil enfiló hacia la circunvalación. Se veía en el horizonte como el sol ya estaba casi totalmente oculto y la luna se hacía poco a poco más y más visible. El camino era recto, sin ningún contratiempo de baches, lomas de burro o peajes.
- ¿Adónde me llevas? -pregunté.
- Es secreto. Al llegar lo verás.
Condujo más de media hora hasta que finalmente se detuvo frente a la tranquera de un campo. Habíamos hecho un par de kilómetros por tierra antes de llegar allí. Tras detener el automóvil Marina bajó, insertó una llave en el candado de la tranquera, la abrió, y volvió a poner en marcha el automóvil.
- Eres una caja de sorpresa -me salió decirle.
Sin contestarme puso en movimiento el automóvil y se adentró en el campo.
Después de unos setescientos metros siguiendo la huella se dibujó inmediatamente delante nuestro una gran laguna. Era totalmente azul, y el sol poniéndose sobre el horizonte contrastaba magníficamente sobre sus aguas.
- ¡Qué belleza! -exclamé.
- Sí, es muy bello.
Tuve la sensación de estar en otro planeta. Inmediatamente recordé aquella noche que junto a la chica-de-los-piercings estuve en la playa. El brillar de la luna, el fulgor de las estrellas, todo aquello causó en mi una gran admiración, tal como ahora lo causaba esa puesta exquisita del sol.
- Este campo es herencia de mi familia -dijo ella. Aquí suelo venir cada tanto cuando necesito pensar o esparcir mi mente. Nunca he traído a nadie conmigo, eres la primera persona que se llega hasta aquí en mi compañía. El mantenimiento del campo lo hacen empleados que mantengo desde la muerte de mi padre. Yo solo me limito a administrarlo tras una computadora y cuentas bancarias. Pero a veces me da por venir y quedarme aquí, a mirar la laguna y los atardeceres.
- Es muy bello, Marina...
- Sí. Me hace recordar mucho a mi padre. Él solía traerme de niña aquí. Caminábamos por la costa y hablábamos de cualquier cosa que yo quisiera. A veces me traía con una pequeña caña y nos sentábamos largo rato a pescar. Cuando pescaba algo él hacía bromas. Me decía que había sacado el pez más pequeño de la laguna y que seguramente él sacaría el mayor. Hecho de menos su compañía. Es difícil haber sido hija única y sentir que aquella compañía emblemática de tú padre de un día para el otro desaparece.
Mientras observaba el movimiento de las aguas de la laguna pensaba en las palabras que Marina me decía. Tenían un dejo de tristeza en su entonación, como si del agua saliera un halo que lo envolviera todo y trajera el espíritu de su padre a hacernos compañía. Tomé una piedra del suelo y la arrojé al agua. Volví a hacerlo un par de veces más.
- ¿Te ha molestado que me fuera así el otro día? Me refiero a dejarte la nota y no haberte saludado.
- Un poco -respondí sin mirarla. Me quedé un poco perplejo ante esa reacción tuya, pero también entendí lo que me decías en la nota.
- ¿Has pensado en ello?
- Sí.
- ¿Y puedo saber que has resuelto?
- Sigo sosteniendo que me gustaría hallar el libro.
- Me refiero a si deseas que te ayude.
Asentí en silencio. Un soplo de viento encrespó la superficie de la laguna. El sol se había terminado de ocultar y las primeras estrellas estuvieron sobre nuestras cabezas casi desdibujadas aún entre el atardecer y el anochecer. Ahora había humedad y el aire se había tornado fresco. Apenas divisábamos nuestras siluetas.
- Es hora de ir volviendo -dije.
- Espera un poco más. Veamos cómo la luna y las estrellas se quedan perfectamente colgadas del cielo.
Cruzó sus brazos por mi cintura y apoyó su cabeza en mi hombro. El anochecer poco a poco fue ganando espacio y acaparó por completo todo el cielo. Se podía observar el titilar de las estrellas y el brillo inmaculado de la luna.
- ¿No es hermoso? -dijo ella.
- Sí, lo es -suspiré.
Volvimos por la ruta en silencio. Ella extendió la mano y pulsó el botón de encendido del reproductor de música. Una canción de U2, “One”, comenzó a sonar. Me sumí en pensamientos neblinosos mientras escuchaba aquella canción. La noche se cerraba más y más y a lo lejos se podían ver las luces de la ciudad. Me gustaba ir sentado en aquel automóvil, al lado de ella, y haber estado en aquella laguna compartiendo uno de sus secretos ¿Cuántos secretos más tendría ella? Las cosas más inesperadas son las que escriben más fijamente nuestra vida y memoria, y aquello que había sucedido lo era. Mientras sonaba la canción me imaginaba a Bono sentado en el asiento posterior cantándonos suavemente al oído. Muchos pensamientos curiosos se suceden cuando la mente comienza a divagar por derroteros inciertos.
Al llegar a la circunvalación ella extendió la mano y puso otra de sus canciones favoritas, “Beautiful Girl” de INXS. Entramos a la ciudad con ese bonito tema sonando por los parlantes. Tuve la sensación de estar completamente enamorado. Sí. Justo en ese momento miré a Marina y sentí el profundo convencimiento que estaba enamorado de aquella chica.
Llegamos casi a las diez de la noche a mi casa. Encendí las luces y preparé dos vasos con gaseosa y hielo. Ella se sentó a la mesa en una punta y yo en la otra. Desde allí nos contemplamos como si en medio hubiése un vasto océano.
- Quiero que me acompañes en esta búsqueda que iniciaré del libro, pero no quiero que se transforme en algo demasiado personal. Podemos encontrarlo o no -dije- y aún si no lo encontramos me quedaré con la satisfacción de haber hecho lo posible por ello,
- Está bien, lo comprendo -dijo Marina. Prométeme, hombre lunar, que algún día me sorprenderás con algo así, como ese regalo que tú padre le hizo a tú madre. Es que esas cosas son maravillosas para una mujer. Nos emocionan y nos hacen que el amor por ese hombre sea mucho más maravilloso aún.
- Prometo que lo intentaré -respondí.

Todas las noches de esa semana hicimos el amor. Ella se quedaba a dormir en mi casa e íbamos juntos a trabajar. Después de hacer el amor al apagar la luz planeábamos cómo sería nuestra búsqueda del libro. Hablábamos sobre las cosas que sabíamos, le contaba yo el relato de mi madre detenidamente, y ubicábamos lugares y posibles destinos para el viaje. Estando una de las noches charlando le conté sobre la chica de los piercings y sobre aquello sucedido en la playa. En lo maravilloso que había sido esa experiencia. Ella enmudeció por un rato. Pensé que se había dormido, pero no. En un movimiento de cortinas se filtró la luz lunar y vi el brillo de sus ojos resplandecer en medio de la oscuridad. Estaba pensando mientras mantenía sus ojos observando el techo. Terminé durmiéndome y sumiéndome en sueños que evocaban a la luna, el mar y las estrellas.
A la mañana siguiente, tras despertar, Marina estaba desnuda apoyada en el alféizar de la ventana. Me causó un impacto visual verla así, desnuda, del otro lado de la ventana recibiendo el sol de la mañana. No hacía frío, era más bien una mañana húmeda. Acercándome a ella en silencio la tomé por su cintura y la besé en el cuello.
- Buen día -dije- ¿qué haces desnuda aquí?
- Me gusta hacerlo. Me siento libre y fantástica así ¿Nunca has probado de caminar desnudo por la casa o el patio? Es algo liberador, créeme.
Sí, había caminado desnudo por mi casa muchas veces en mi vida, pero jamás lo había hecho en el patio.
- ¿Te sientes bien? -pregunté.
- Sí. Solo que me he quedado pensando en eso que anoche me contabas sobre la chica, esa, la de los piercings.
- ¿Y qué con ello?
- Nada. Solo pensaba...
Al rato entró a la casa y se puso una campera por encima de los hombros. Seguía caminado desnuda sin intención alguna de vestirse. Preparó dos tazas de café y puso unas galletitas azucaradas en una cesta. Desayunamos en silencio. Por la radio sintonizábamos un programa mañanero en el cual se daban noticias actuales y se contaban chistes. Cada tanto, tras escuchar algún chiste, ella sonreía. Yo observaba su sonrisa y la forma en que lo hacía. Hay personas que tienen en su sonrisa el espejo de su alma y tras verla sientes que son maravillosas, así era la sonrisa de ella.
- Hoy es el séptimo día, del séptimo mes de nuestro noviazgo -dijo.
Aquella frase irrumpió en medio de la habitación acribillando el silencio. “El séptimo del séptimo”, dije en voz baja mientras sorbía café. Había pasado el tiempo y de una manera que jamás pensé que lo haría. Arrastré mi mano derecha por la mesa y toqué la suya. Entrelazamos los dedos y nos quedamos mirándonos con cierto aire extasiado através del vapor de las tazas de café. Afuera el sol comenzaba a remontar el día como si se tratara de un barrilete deseando subir al cielo. Adentro el amor remontaba más amor como sucede siempre cuando dos seres humanos se encuentran enamorados.

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2 comentarios:

SIL dijo...

Cuando el amor se vuelve un barrilete - queda muy a merced del viento, che...

:/

Me gusta el paraíso descripto en este capítulo- afectivo y visual-

Me quedo a la expectativa del próximo.
Tarde o temprano, morderán la manzana de la discordia.

Otro beso.

Me voy a TU otro blog, por sugerencia de la REINA DE BUENOS AIRES

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Es cierto eso y se dan ¡con mucha frecuencia en la vida contemporánea!

Creo que hoy se autosube el otro capítulo...

Beso.