Saint-Exupéry (diecisiete)

DIECISIETE


En el alféizar de la ventana del dormitorio un par de gorriones irrumpieron con su juego despertándome. Los observé por un instante. Se los veía tan pequeños y libres, disfrutando del placer del poder vivir un nuevo día, que de pronto me entró un profundo deseo de sentir al menos por unos cuantos siglos la inmortalidad. Marina yacía a mí lado, dormida, con la mitad de su cuerpo tapado por la sábana y la otra mitad expuesta, exhibiendo una exquisita desnudez. Me reincorporé y observé por un instante a los gorriones que ahora estaban ambos parados en la esquina del alféizar. De repente levantaron vuelo y se elevaron al cielo como si con aquel gesto indicaran a quien los observase que hay un mundo infinito en el cual se puede volar y ser libre. Seguí sintiendo aquellas ganas de ser inmortal.

Tras vestirme me senté en la cocina a tomar una taza de café. Era un día cálido, un domingo parecido a otros domingos ya vividos, pero sin lugar a dudas era distinto pues había amanecido con una mujer en mi cama y en mi propia casa. Por lo general los domingos son demasiado tranquilos y mucho más en el barrio donde siempre he vivido. Las calles aparecen solitarias de punta a punta, y solo los vecinos que salen a comprar sus mercaderías se dejan ver cerca del mediodía. Mientras sorbía el café pensaba en lo ocurrido la noche anterior. Los besos, las caricias, la desnudez de Marina, el modo de mirarnos y de decirnos las cosas con frases cortas, los besos diminutos sobre la piel, el éxtasis del orgasmo final. Sin dudas sería una noche que jamás olvidaría, pero aún no lograba unir las partes del rompecabezas que estaba desintegrado dentro de mi “yo”. No sabía qué sentía por ella ni tampoco podía expresarlo. Muy pocas cosas pueden expresarse con palabras. Los sentimientos son tal vez los más complicados de expresar para los seres humanos.

Tras terminar la taza de café me vestí y me senté en los escalones de la entrada de la casa. Observé la callé hacia un lado y hacia el otro y seguía estando tan vacía como cuando la observé tras levantarme. Todos dormían aún, me dije. O bien todos estaban dentro de sus hogares desayunando y viviendo con intensidad sus lazos afectivos en familia. Esa imagen me hizo recordar a mi madre y a su vez me hizo extrañarla. Debía tener en claro qué significaba para mí Marina Fernández pues no quería herirla ni herirme yo tampoco. La vida cambia vertiginosamente el destino para nosotros y si no estamos bien aferrados podemos golpearnos duro, y en ese mismo golpe arrastrar y hacer daño a otras personas. Y no quería eso. Al contrario, lo que más deseaba era ser completamente feliz.

Volví al interior de la casa y vi que Marina comenzaba a despertar. Me senté en el costado de la cama que había ocupado yo la noche anterior.

- ¿Ya has vuelto de la luna? –dijo con una sonrisa y desperezándose.
- Sí, hace un par de horas –respondí.
- ¿Tanto?, ¡me hubieras despertado! –exclamó aún con aquella bonita sonrisa en su rostro.

Dejó caer la sábana y su desnudez irrumpió en el aire de la habitación. Su belleza corporal era casi perfecta. Poniéndose de rodillas sobre el colchón me rodeó con sus brazos, apoyó sus pechos en mi espalda y dándome diminutos besos en mi cuello dijo que estaba feliz de estar allí, justo en ese instante, conmigo. Podía sentir la tibieza de sus pechos en mi espalda y eso me hizo tener una erección. Volvía a tener ganas de hacer el amor con ella y de no dejar de sentir esa exquisita sensación, sin embargo sabía dentro de mis fueros interiores que debíamos de hablar para que aquello no se estrellase y sí tomara por un buen camino.

- ¿Qué piensas que es esto? –pregunté.
- ¿Esto?, ¿te refieres a lo de anoche?, ¿a hacer el amor y estar aquí, ahora, despertando en tú casa, besándonos, y todo eso?
- Sí.
- Pues creo que es algo que naturalmente ha surgido –dijo cerca de mi oído izquierdo- Es algo que vengo deseando desde hace tiempo cuando empezaba a sentir que eras distinto a los demás hombres.
- ¿Yo distinto?
- Sí, no olvides que eres mi hombre lunar.
- Hablando en serio –interrumpí- ¿crees que soy distinto? Yo me considero común y corriente, a veces hasta un tipo verdaderamente vulgar y con pocas luces.
- Pues no deberías verte así. A las mujeres no nos gusta que un hombre se menosprecie. No lo hagas. Aunque creo que es un truco que usas adrede, pues sabes perfectamente cuán importante e inteligente eres.
- Nunca había pensado en eso –dije. ¿Crees que lo hago adrede?, me refiero a generar una especie de escudo protector para atraer y a su vez no ser lastimado haciéndome ver como un tipo menos de lo común.
- Sí. Creo que lo haces un poco conscientemente, pero la gran parte de las veces inconscientemente. Es tú modo de seducir. Es tú manera de ingresar la llave en la puerta del corazón de una mujer.

Mientras la escuchaba decir aquello puse mi mentón entre mis manos y en una perfecta pose de “El Pensador” me quedé sopesando sus palabras. Había algo de cierto en todo lo que decía. Ella había logrado desmenuzar mi personalidad y organizar parte del rompecabezas de mi propio ego.

- Creo que estoy enamorada de ti.

Tras escuchar aquello sentí un impulso terrible de besarla.

Hicimos el amor durante toda la mañana poniéndole un broche de oro a aquel día domingo de una manera espléndida. Recién salimos de la cama al atardecer, cuando los últimos rayos de sol se iban escondiendo detrás de la parra y ya no tenían fuerza para traspasarla. Nos vestimos y tras tomar un vaso de gaseosa quedé de acompañarla a su casa. Ahora la calle ya estaba habitada. Se veía a familias paseando, a algunos vecinos sentados en las verjas de sus casas observando a la gente pasar. Una paz y tranquilidad podía observarse por donde se mirase.

Apenas hicimos un par de metros ella me tomó de la mano y entrelazó sus dedos con los míos. Me sentí increíblemente bien. Algo había cambiado y de manera drástica. Cuando hizo aquello la miré de soslayo y ella se veía sonriente, feliz, dejando que el viento golpease de lleno en su rostro y su pelo, desordenando sus hermosos bucles.

Al caminar unas cuadras cruzamos por enfrente del viejo edificio del hostel “Roma”. Ya casi estaba el ciento por ciento demolido y un cartel gigante explicaba aquello que Pérez me había dicho: sería un edificio con departamentos únicamente para gente de la tercera edad. Sin embargo no sentí nada en especial al pasar por allí. Eso me causó una increíble extrañeza. Era la primera vez después de mucho tiempo que aquel sitio no accionaba silenciosamente sobre mi subconsciente. Marina seguía tomada de mi mano y caminaba con una sonrisa a flor de labios. El anochecer ya estaba presente y las primeras estrellas se plasmaban en el cielo. Las marquesinas y los carteles de neón comenzaban a encenderse y así el día dejaba paso a la noche.

Tomamos un colectivo que nos depositó casi enfrente del edificio donde Marina Fernández vivía.

- ¿Quieres subir? –me preguntó.
- Hoy no, prefiero volver a casa y descansar. Ha sido un día muy atípico –dije sonriéndome.
- Sí, lo sé –dijo ella.

Nos despedimos con un beso en los labios y esperé a que entrara al edificio. Cuando perdí su silueta de vista di media vuelta y comencé a caminar en dirección a la parada de colectivo. Al llegar, una anciana esperaba sentada mientras tejía algo con agujas y lana. Me descubrí sonriendo. Estaba apoyado en el caño que sostenía el cartel indicador de la parada y no podía dejar de sonreír. En ese instante caí en la cuenta que hacía mucho tiempo que no sonreía, y se sentía exquisitamente bien.

- ¿Está feliz, hijo? –dijo la anciana irrumpiendo en medio del silencio.
- Sí, señora… muy feliz –respondí.
- Hmmmmm ¿amor?
- Tal vez… tal vez…


Ese lunes al llegar a la redacción Marina Fernández ya estaba allí como siempre, leyendo sus diarios y tomando un café. Pero esta vez fue distinto. Apenas me vio llegar me hizo una seña que me llegara a su oficina. Al entrar, y sin miedo a que nos viera nadie, me besó en los labios. Pude sentir la mirada de toda la redacción en mi nuca. Sin embargo no me interesó. Al salir a prepararme un café Pérez fue el primero en abordarme.

- ¡No lo puedo creer! –dijo con una sonrisa- ¡¿viste?!, ¡yo tenía razón, amigo!... ¡te felicito!
- Sí, tenías razón –respondí.


Esos días fueron los más felices de mi vida. Mi relación con Marina Fernández comenzó a acrecentarse y poco a poco empecé a notar que la semilla del enamoramiento había calado hondo en mi corazón. No concebía un solo día sin estar junto a ella, y pasaba la mayor parte del día con su presencia. Fui descubriendo poco a poco lo hermosa mujer que era y su belleza exterior fue quedándose relegada y dándole paso a su belleza interior. No podía entender como no logré nunca ver en ella todo aquello que ahora se posaba frente a mis ojos. Desde la calidez de sus gestos hasta la dulzura de sus palabras. El modo de mirarme, la manera de tratarme, la necesidad de estar a mi lado, el deseo de hacerme suyo, todo era nuevo y emocionante. Lograba introducirme día tras día en aquel maravilloso laberinto del enamoramiento del cual no quería salir por nada del mundo.

Una de las mañanas al despertar ella me atrapó con sus brazos y me retuvo en la cama.

- Espera, no te levantes, quiero preguntarte algo ¿Puedo?
- Claro –respondí aún con los ojos cerrados.
- ¿Hay cosas que te guardas y no me cuentas?, me refiero a si guardas secretos o vivencias en tú interior que te son difíciles de contarme.
- Todos lo hacemos –dije- y supongo que es sano que suceda, después de todo es parte de nuestra intimidad.
- ¿Me contarías algún secreto esta mañana?

Y se me ocurrió.

- Tal vez…
- ¿Tal vez?

Mientras comenzaba a vestirme tuve unas ganas irresistibles de contarle sobre el libro que mi padre había regalado a mi madre el día que se conocieron. Surgió así, de repente, como un rayo dentro de mí cabeza, que decía “cuéntaselo… cuéntaselo”.

- Hay algo que no te he contado nunca –comencé diciendo- y es referido a mi madre y mi padre. Me enteré de ello poco tiempo antes de la muerte de mi madre. Se trata de un libro…
- ¿Un libro?, interesante…
- Sí, un libro que mi padre le regaló a mi madre el día que se conocieron.
- ¿Y qué libro es?, ¿cuál es su título, cuál su autor?
- Bueno, esas respuestas son parte del misterio. Verás, el día que mi padre se lo regaló a mi madre ésta no se lo quedó, lo dejó a un sacerdote en una iglesia.
- ¿Y por qué haría aquello tú madre?
- No lo sé. La gente hace cosas alocadas a veces –respondí dándome vuelta y mirándola.
- ¿Y nunca te han entrado ganas de saber qué libro es o su autor?
- Pues a veces sí. Desde que lo supe el bichito de la curiosidad me suele visitar. Pero eso no es todo.
- ¿Hay más?
- Sí. Yo prometí a mi madre que buscaría el libro y me lo quedaría. Que encontraría la iglesia y localizaría el libro. Siempre y cuando el sacerdote aún viva o bien le haya dejado el libro a alguien si no está vivo.

Ella entonces se sentó en la cama sujetando sus piernas con sus brazos. Su desnudez seguía siendo exquisita. Por un momento quedó en aquella pose, dubitativa, pensante. Seguí vistiéndome. Al salir de la habitación tuve el presentimiento que aquel pensamiento que a ella la mantenía atrapada era muy importante en sí. Pocas veces había visto aquella manera de mirar en ella. No quise interrumpirla. Decidí regar las plantas del jardín y acomodarlo un poco, quitando las malas hierbas y podando las ramas de la parra que caían casi medio metro en dirección al suelo. Estuve trabajando en el jardín cerca de una hora y Marina no aparecía. Pensé que se había dormido, entonces entré despacio y me dirigí a la habitación. Encontré la cama revuelta, y una nota sobre las sábanas:

“Ante todo discúlpame por irme sin despedirme. No sé qué me pasa pero tengo necesidad de salir ya y tomar un poco de aire fresco.
La historia que me has contado sobre tus padres, el libro y la promesa de encontrarlo me ha vulnerabilizado demasiado ¿Aún existen historias de amor así? Creo que me he vuelto demasiado escéptica con los años. Quisiera ayudarte, si me lo permites, claro, a encontrar ese libro. Pero es ahí donde me he quedado varada en mis pensamientos: ¿aceptarías que te ayude aun sabiendo que yo anhelaría tener algo como lo de tus padres contigo? Me parece justo decírtelo de antemano. Me interesas, y mucho. Y el hecho de ofrecerme a ayudarte no quiero que sea una presión para ti, ni mucho menos.

Piénsalo.

Ya sabes dónde encontrarme…

Marina.”


Volví al jardín y terminé de arrancar la mala hierba. Arrojé todo en una bolsa y lo deposité en la vereda para que el camión de la basura lo recogiera. Corté unas margaritas y las coloqué en un jarrón con agua limpia sobre la mesa de la cocina. Luego me senté a la mesa y me sumí en pensamientos. Debía tomar una decisión: buscar o no aquel libro.

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2 comentarios:

SIL dijo...

Hay mujeres que son tsunamis...

:)

AMOR y LABERINTO debieran ser sinónimos en el DRAE.

Beso, ERRANTE

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Sí, e influencian mucho en los hombres dejando verdaderos desastres.

¡Voto por eso, Sil!, ¡Amor y laberinto sinónimos ya!... ¡pues es así!

Beso ;)