Saint-Exupéry (quince)



QUINCE



Después de la noche en la playa volví durante dos noches más al mismo lugar sin encontrar a la chica. No había vuelto a pasar por el hotel, no había llamado tampoco, y el mar no acusaba recibo de su visita. Cada una de las noches en que volví solitariamente a la playa me sentaba en la arena a observar el cielo nocturno y el rumor del oleaje. El agua marina llegaba hasta casi alcanzar mis pies y se retiraba rápidamente, como si de ese modo jugara conmigo a un juego que yo no lograba del todo comprender . Comencé de a poco a sentir una sensación placentera estando frente al mar. En cada visita me concentraba y podía sentir el aire puro ingresando a mis pulmones; era entonces que cerraba los ojos y dejaba la mente en blanco, solo sintiendo por un instante aquel hálito de naturaleza dentro de mí que me llenaba de vida. Al cabo de un rato, ya extasiado de ver el mar bajo el brillo lunar, me recostaba sobre la arena y observaba las mismas estrellas que había visto la primera noche. «Es la misma constelación», me decía, e inmediatamente sonreía.

Echaba de menos a aquella chica. Sin quererlo había ingresado lentamente a mi vida y la había recargado de una energía positiva devolviéndole el brillo que tal vez en aquel momento yo había ido a buscar a Colombia, lejos de la ciudad donde vivía. No obstante pensé que tampoco debía sumirme en tan profundos pensamientos por su ausencia. No. Debía de disfrutar mis vacaciones y acomodar mis ideas y mi interior. Una conexión con aquel mar era inevitable. Eso me mantenía abstraído, y casi al punto del divague total. Volví a traer momentos felices y no tan felices a mi memoria.


El tercer día estando en la playa me eché sobre la arena y con la vista clavada en las estrellas vi pasar uno a uno mis recuerdos. Le preguntaba a mi corazón qué deseaba para mí, y éste como si se tratase de una charla tímida y escueta solo latía acompasadamente para mantenerme vivo. Pronto un olor a vegetación fresca y joven había invadido por completo la playa. Se aproximaba rápidamente una tormenta tropical. La brisa comenzó a dar paso a un viento fresco que movía con firmeza las ramas de las palmeras. Entonces deseé que lloviera. Que una lluvia fresca y rejuvenecedora me empapara por completo y limpiara mi alma de todo aquello que la atormentaba. Refucilos que dejaban de día la noche se sucedían casi minuto a minuto. Truenos y el viento cada vez más fuerte avisaban que era inminente la lluvia. Finalmente se desató un terrible y torrencial aguacero. Permanecí inmóvil en el mismo sitio. Las gotas de lluvia caían sobre mi rostro y se deslizaban rápidamente por mi cuello hasta caer sobre mi pecho. En un santiamén estuve empapado. Sin embargo sentía una cálida felicidad en mi interior. Creo que jamás había tenido una sensación de tal magnitud. Ni siquiera en los mejores días de mi juventud. Cerré los ojos y me dejé llevar por las sensaciones que mi propio cuerpo murmuraba a mi cerebro. El mar ahora rugía. El oleaje impactaba contra la saliente de rocas y ese sonido hacía estremecer todo el lugar. Permanecí ahí un largo rato disfrutando.

Volvía caminando por la ruta cuando recordé aquella charla con mi madre y su libro escondido. “¿Qué libro sería aquel?”, me pregunté una vez más. Nació entonces dentro de mí una profunda curiosidad, a tal medida que cada paso que daba debajo de la torrencial lluvia más se acrecentaban las ansias de recuperar aquel tesoro extraviado. Solo que no tenía idea por dónde empezar. Mi madre había sido demasiado escueta en su relato. No había muchos indicios de donde tomarse. Si bien sabía que lo había dejado a un sacerdote en la iglesia del pueblo donde se conocieron tampoco sabía cuál era la iglesia, ni conocía el nombre del sacerdote. Pero eso no me detendría. Eso mismo murmuré al entrar al hotel. El conserje me observó con cara de pánico cosa que minimicé al hacerle un gesto indicándole que todo estaba bien, que a veces es bueno empaparse bajo la lluvia tropical.

La chica de los piercings no volvió a aparecerse por el resto de mi estadía en Colombia. Por más que la esperé en los atardeceres y más aún cuando caía la noche, ella no dio señales de vida. Ese modo de entrar y salir de mi vida se había vuelto algo común para ella. Decidí entonces tomarlo así, sin darle más importancia de la que debía y aprovechando cada uno de nuestros encuentros para disfrutar de su compañía.

Ya en el aeropuerto, mientras esperaba el vuelo, veía como los aviones llegaban y partían trayendo y llevando vidas. Me pregunté en ese momento si alguien vendría a un lugar como Colombia a descansar y reencontrarse con uno mismo tal como lo había hecho yo. Seguramente que sí. En cualquier lugar del mundo uno puede reencontrarse, solo hay que saber encontrar ese punto y entablar ese diálogo tan profundo y directo consigo mismo. De pronto mientras transcurría la espera el cielo comenzó a nublarse y algunas gotas comenzaron a caer y deslizarse por los grandes ventanales. Era increíble ver cómo un clima puede pasar tan rápidamente de un estado a otro y cuánto influencia ello en cada ser vivo. Me llegué hasta uno de los ventanales y apoyé mi frente en el vidrio mientras observaba la pista. Un avión de Air France levantaba vuelo y se perdía lentamente entre las nubes grises que ahora eran dueñas del cielo. Una sensación nostálgica me sobrevino. Por un momento recordé el primer día que pisé el suelo colombiano, el mar, la arena de la playa bajo mis pies, las estrellas, la luna, la chica de los piercings. Sin embargo debía volver, ya era hora.


Al llegar a Ezeiza me encontré con el gordo Pérez. Estaba ahí, esperándome con una gran sonrisa. Apenas nos vimos nos abrazamos y nos dimos de esas palmadas que solo los amigos conocen y saben de qué se trata. Cruzamos un par de preguntas y respuestas y luego nos dirigimos a embarcarnos nuevamente para viajar a Córdoba. Sobrevolando las ciudades pensaba en lo diminuto que es el ser humano. Pérez miraba por la ventanilla del avión y no dejaba de señalarme los campos, las vacas, los edificios de las ciudades que vistos desde el cielo parecían pertenecientes a una maqueta de un estudiante de arquitectura. Al llegar al aeropuerto decidimos tomarnos un café. Mientras leía el diario y me ponía al corriente de las noticias del país tuve una conversación con Pérez.

- Se ha notado tú ausencia en estos días, amigo. En la redacción no había nadie que no te echara de menos. Marina Fernández ha sido la primera. Creo que le gustas –dijo- pero también creo que es de ese tipo de mujeres que tiene la vida medio resuelta y que en su carácter de independiente no modificará fácilmente su carrera para estar con un hombre.
- Pienso lo mismo –respondí-, aunque no estoy seguro de que ella se fije en mí.
- Pues creo que te equivocas. Mira, en estos días siempre ha habido un momento, o una charla, en la que ella te ha mencionado; y en su expresión facial había un dejo de extrañeza, como de esas personas que tienen sentimientos fuertes por otras y sus rostros no pueden esconderlo. Pero claro, ¡qué va!, ¡ella no será la que se juegue por ti, sino que tú deberías serlo! –dijo Pérez con subido tono de voz.

Me limité a seguir leyendo el diario en silencio, pero no podía quitarme la idea principal de la charla. Tal vez Marina Fernández hubiera posado sus ojos en mí, ¿por qué no?, si al fin y al cabo yo era un tipo común que podía hacer feliz a cualquier mujer.

Sin dar más vueltas cerré el diario, me despedí de Pérez y tomé un taxi a mi casa. Mientras recorría las calles el chofer colocó un disco compacto de música lenta. Hundí mis hombros en el asiento y posé mis ojos perdidamente en el horizonte que lograba verse a través de la ventanilla. El atardecer comenzaba a abrirse paso y para ello teñía de anaranjado nubes y todo lo que encontraba a su paso. Al pasar por una calle un cartero introducía correo en distintos buzones alineados uno al lado de otro, y una chica recibía de él una carta en sus propias manos. La cara de felicidad de la joven al recibir la carta me llamó la atención. Era una alegría descomunal, como si aquel sobre diminuto trajera consigo un secreto muy bien guardado que tal vez alegraría completamente su corazón o bien cambiaría su vida. «Secretos»-dije para mis adentros-«después de todo de eso se trata…»


(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: http://30.media.tumblr.com/tumblr_ljid07ejjg1qa5045o1_500.jpg )

2 comentarios:

SIL dijo...

El ¨libro escondido¨ debiera estar en el corazón de Marina.
Tal vez...

Nada hay más atesorable que un secreto.

Beso, ERRANTE


SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Las cosas escondidas siempre despiertan gran intriga en nosotros. Tal vez sea esa necesidad de desovillar el intríngulis que nos produce lo desconocido, lo que no podemos ver e ignoramos.

El personaje masculino de esta historia vive de vaivenes en vaivenes en su propia vida. Atesora ciertas cosas de una mujer joven con un tatuaje del Principito pero solo eso, lo ve como algo perfecto y también irreal. Sin embargo hay otras mujeres que se cruzan por su vida y poco a poco tienden a convertirse en reales; pero eso, tal como sucede en la vida de todo el mundo, a veces son solo hologramas que al extender la mano esta pasa de largo y se topa con un gran vacío nuevamente. En la "prueba-error" de la vida radica el aprendizaje, y es así como el personaje va sorteando los obstáculos que la vida le va poniendo por delante después de la muerte de su madre.

Un gusto que sigas la lectura...

Besos, rubia.