Saint-Exupéry (veintitrés)




VEINTITRÉS


Nuevamente anochecía a orilla del río. Lourdes aún continuaba ensimismada y rodeada de pensamientos que le proferían un profundo debate. En aquel anochecer la vieja hostería recibía las últimas luces del sol. Reptaban minuciosa y delicadamente por sobre su fachada, ingresando dentro de las viejas habitaciones –que seguramente en antaño habrían sido exquisitas estancias de disfrute-, dándole a la construcción una imagen de reposo cálido y tranquilo. Mientras la mirada de Lourdes quedaba atrapada por esa visión, el muchacho la esperaba sentado dentro de la camioneta, jugando con las llaves del vehículo y contemplando cómo la luz solar terminaba ahogada en las fauces del río.

Aquella construcción en sus años de resplandeciente juventud seguramente había albergado grandes historias. Tal vez muchas historias de amor, muchos encuentros, y desencuentros también. Ella imaginó por un instante sobre aquellos días que su padre pasó en la hostería «¿Por qué no me dijiste nunca nada, papá?» Así, los pensamientos y las preguntas sin respuestas se volatilizaban en el aire y se mezclaban con los olores y las imágenes del lugar. «No, no lloraré» -se dijo-, y conteniendo las lágrimas en el borde de sus lagrimales apretujó los labios en una mezcla de dolor espiritual y rabia.

El muchacho hizo sonar la bocina de la camioneta, y tras aquel sonido que rompió dramáticamente el silencio del lugar, hizo un gesto de partida. Lourdes asintió. Levantó su mano en ademán de solicitarle solo un minuto más, una pequeña fracción de tiempo para poder despedirse de aquel sitio. Rápidamente las luces del cielo terminaron perdiéndose en la oscuridad y las primeras estrellas se asomaron detrás de los sauces y álamos que bordeaban la costa del río. El muchacho encendió los faros de la camioneta y encendió el motor. El ruido se propagó como un sonido que rompía con la soledad y la tranquilidad del lugar. Finalmente Lourdes caminó hacia la camioneta, abrió la puerta y se sentó en el asiento del acompañante. Él la miró por un instante y entendió que ella aún estaba muy perturbada por lo sucedido. En lo que duró el viaje de regreso al pueblo ninguno de los dos habló ni una palabra. Solo se escuchaba el ronronear del motor y el silbido del viento colarse por las hendijas de las puertas. Lourdes parecía abatida, con una desolación inaudita. Jamás había imaginado que su padre, aquel hombre que era considerado por ella como un héroe, pudiera tener una doble vida, o al menos un affaire con otra mujer ¿Por qué engañar a su madre?, ¿acaso era una mala mujer?, ¡No!, ¡en absoluto! Y sin embargo algo de aquello había sucedido. Sin saber lo que había acontecido ella sintió que aquella falta de su padre lo manchaba para siempre en su inmaculada imagen espiritual. Fue destronado en el acto y el lugar que ocupaba dentro de su corazón ahora estaba cuestionado y cargado de acusaciones de las cuales seguramente no podría defenderse. A medio camino Lourdes miró por la ventanilla y contempló las luces del pueblo a lo lejos. Se preguntó si una noche como aquella su padre también habría viajado por aquella ruta y observado aquellas luces ¿Quién era la mujer de la fotografía? Una gran incógnita para ella, que horadaba en su interior y hacía arder el fuego de su desazón.

Al llegar al pueblo el muchacho se detuvo en la entrada principal, justo debajo del arco de cemento del cual colgaba un cartel con el nombre de la localidad.

- ¿Qué deseas hacer? –preguntó él.
- No lo sé. Aquí no tengo a nadie y me queda poco dinero. Pasaré la noche en algún hotel o hostería y mañana al levantarme decidiré qué hacer.
- ¿Quieres quedarte en mi casa?
- Preferiría que no, gracias.

En pueblos como aquel, las personas temprano dejaban de deambular por las calles y los comercios cerraban apenas los rayos de sol dejaban de calentar. La vida era austera y bastante monótona. Sin embargo era una vida clásica y tranquila para pueblos así, cuyos habitantes la adoptaban sin ningún tipo de contradicción.

Tras estacionar la camioneta caminaron un par de cuadras hasta el hotel. Al llegar tocaron la puerta y una mujer gorda, con un gran rodete sobre su cabeza, les abrió.

- Hola Enrique –dijo la mujer- ¿Qué desean?

El muchacho saludó con una sonrisa a la mujer y quedó mirando a Lourdes.

- ¿Enrique te llamas? –preguntó Lourdes.
- Sí, Enrique es mi nombre. No me has dado tiempo a que te lo diga.
- Sí, es curioso. Hemos estado casi un día juntos y no te he preguntado tú nombre –dijo ella.

Mientras ambos se miraban y mantenían la charla la mujer gorda los observaba de manera perpleja. No entendía de qué hablaban pero sospechó que seguramente cierta atracción entre ellos estaba presente.

- Pasen chicos, hace frío ya.

Lourdes pidió habitación por una noche. Tras llenar un formulario colocando sus datos pagó y cargó al hombro su mochila.

- Gracias, Enrique.
- ¿Seguro que estarás bien?
- Seguro.

El muchacho tomó las llaves de la camioneta, se despidió de la mujer gorda y tras darle un beso en la mejilla a Lourdes partió.

- ¿De dónde eres? –preguntó la mujer gorda.
- De Córdoba, dijo Lourdes.
- ¿Capital?
- Sí.
- ¿Y qué haces por acá?
- Solo de paso. Es que he venido viajando y he decidido quedarme aquí por un día. Deseaba conocer el pueblo. Ya sabe, simple curiosidad…
- No tienes cara de que hayas descubierto algo bonito en nuestro pueblo. Es una lástima… -dijo la mujer.
- Pues… sucedió algo que me ha afectado mucho. Algo relacionado con mi pasado.
- ¿Quieres contarme?

Lourdes titubeó por un instante y se mordió el labio inferior de manera sutil ¿Por qué debería contarle a una desconocida lo que había sucedido?, ¿acaso ella se metería en su pellejo sintiendo lo que le pasaba por dentro?, no, seguramente no, pero interiormente sentía la necesidad del desahogo, de quitarse el pesado lastre que la mantenía hundida en aquel sentir gris y frío en el que se había sumergido tempranamente.

- Es algo relacionado con mi padre. He ido a la vieja hostería, la que está a la orilla del río, y en una de las habitaciones he visto una fotografía en donde aparece mi padre junto a una mujer y una niña.
- Ahhh, la vieja hostería. Sí. Fue abandonada hace muchos años. Luego vendida y vuelta a abandonar, hasta que la municipalidad la compró y la dejó abandona una vez más. Suelen ir las parejas jóvenes a profundizar sus amoríos. También los cazadores de palomas, dicen que en su interior hay muchas palomas. También he entrado alguna que otra vez cuando era más joven y sé a qué fotografías te refieres. Nadie las ha tocado, ¿has visto?, es como si fuera un pequeño santuario con los recuerdos de las personas que pasaron por allí alguna vez. Los dueños de la hostería eran un matrimonio de ancianos, el señor Cruiff y su esposa, Anastasia, sin hijos, que tras venderla se marcharon a Santa Fe. Nunca más supimos de ellos. Al irse solo se llevaron lo puesto y una valija. Se subieron al automóvil y jamás regresaron. Quedó todo como estaba. La empresa que luego compró la hostería empezó a demoler una parte y cuando el municipio le puso trabas dejaron todo como estaba, retiraron la maquinaria y partieron. Desde entonces, niña, aquella construcción es el claro ejemplo de la burocracia y el olvido.
- ¿Quiénes eran las personas de las fotografías?, ¿usted las reconoce? –preguntó Lourdes.
- A algunas sí. No a todas.
- Si viera la fotografía, ¿me diría sí reconoce a alguien en ella?
- Claro –dijo la mujer gorda- ¿eso te ayudaría en algo?
- Sí, claro, ¡por supuesto!
- Pues entonces si lo deseas mañana por la mañana iremos a la hostería, me muestras a qué fotografías te refieres y veo si recuerdo quien es.
- ¡Magnífico! –exclamó Lourdes.

Ya en su habitación y rodeada de la soledad de la noche Lourdes se tapó con una manta y quedó así, en posición fetal, contemplando la luz del velador. Solo se oía el constante silbar del viento y el ruido de las hojas de los árboles moverse gracias a él. Sentía una sensación extraña, como si delante de ella, en el camino de su vida, una puerta apareciera de repente y la invitara a pasar, a conocer cosas inimaginadas que sucedieron hace mucho tiempo, en aquel tiempo en que ella había vivido y construido una imagen de su vida que no era tal como lo pensaba. Sumida en aquellas cavilaciones subió la manta hasta tapar sus orejas. Solo sus ojos quedaron al descubierto para seguir observando los objetos de la habitación que poco a poco fueron difuminándose. Finalmente, tras un largo rato, se durmió.


Al alba los gallos del vecindario comenzaron a cantar. Aquel sonido campestre la despertó de golpe causándole un susto. Todo su cuerpo se puso tenso, recordó de golpe todo lo sucedido el día anterior. Pensó si la mujer gorda ya estaría despierta. Tal vez sí, se dijo. Había dormido vestida durante toda la noche. La cama estaba casi intacta y la habitación fría. Abrió la mochila y sacó el libro que venía leyendo. Acarició su tapa y frunció sus labios. Aquella sensación que se producía en ella al tocar el libro era única. El libro había sido un regalo de su padre. Lo leía cada vez que en su vida sentía necesidad de estar en contacto con él y su recuerdo. Recordó en ese instante el momento en que su padre se lo había regalado. Ella era pequeña y habían ido a jugar en la hamaca de la plaza de juegos del barrio donde vivían. Era primavera, día soleado, brisa estival, sol pleno. Mientras ella se hamacaba su padre la observaba desde un banco a pocos metros. La sonrisa de él parecía inmaculada, con destellos en sus dientes que eran propinados por los rayos del sol. Cada vez que la hamaca iba hacia delante ella observaba la sonrisa de su padre, luego el cielo celeste, el vacío, y la nada. Al volver, su estómago se estremecía, y asía con fuerza las cadena de la hamaca; sin embargo, si caía, por más que se lastimase, su padre estaría allí. Él era su héroe. Él la socorrería, quitaría las impurezas y suciedad de las heridas, limpiaría la sangre, le haría una nana, y la acunaría entre sus fuertes brazos cantándole una canción que la abstraería del mundo de los vivos, del dolor, y la depositaría en el mundo de los sueños. Después de un rato de hamacarse, ya cansada, bajó y corrió a los brazos de su padre. Lourdes se sentía feliz. Aquel recuerdo había quedado impregnado en su memoria como un recuerdo feliz. Podía aún sentir la tibieza del sol sobre sus mejillas, la sensación en el estómago al hamacarse y ver la sonrisa de su padre resaltar entre todas las cosas. Jamás olvidaría aquel momento. Tras correr a los brazos de él, ambos se abrazaron y quedaron así por un corto rato. Él le acariciaba sus cabellos mientras ella mantenía los ojos cerrados y se rendía ante aquella ternura. La sensación de suavidad le recorría todo el cuerpecito. Su padre era el rey sol en el sistema solar donde ella vivía y deseaba estar. Al cabo de un instante su padre le habló:

- Quiero darte algo, hija. Es un regalo.
- ¿Para mí, papá?, ¿un regalo para mí?
- Sí, para ti.

Él sacó de su portafolios un regalo envuelto en un papel brillante con dibujo de ositos de peluche y un moño rosa enorme. Lo puso en las manos de ella y le besó la frente. La niña observó el regalo por un instante y pasó la palma de su pequeña mano por sobre el papel. Tocó el moño, sus curvas, palpó la textura del mismo.

- Gracias papá.
- ¿No lo abrirás? –preguntó él.
- Sí. Lo abriré. Pero, ¿me dirías tú qué es?
- No, pues dejaría de ser un regalo, Lourdes.

Aquellas palabras tenían razón. La esencia del regalo se perdería, la magia del mismo acto se perdería, por ello Lourdes no insistió. Tras terminar de palpar la cubierta del regalo y su moño comenzó a quitar uno a uno los diminutos trozos de cinta adhesiva que sujetaban el papel. Así lo hizo hasta que el último zafó y el papel cayó al suelo junto al moño. Ahora en sus manos había un libro, que no era nuevo, sino usado, con la puntas de sus hojas ajadas, su tapa un tanto descolorida y en ella, en medio de la tapa, el dibujo de un príncipe con capa roja montado sobre un asteroide.

- Es un libro viejo, Papá –comentó Lourdes un tanto desmotivada y sin magia.
- Sí, lo sé, hija. Ese libro lo tuve yo cuando era niño. Me lo dio tú abuelo. Fue un regalo que me hizo él cuando yo tenía tú misma edad. Y ahora yo te lo regalo a ti. Es tuyo. Quiero que lo leas y que te maravilles con su historia ¿Has escuchado hablar de este libro?, del ¿“Principito”?

Lourdes negó lentamente con su cabeza mientras seguía observando el dibujo de la tapa del libro.

- Entonces verás que es un libro mágico y que las enseñanzas que hay dentro de él te servirán siempre en la vida, hija.

Su padre la estrujó entre sus brazos fuertemente mientras ella sostenía en una mano el libro casi a punto de caérsele al suelo. Mientras él la oprimía ella aún sentía la desazón de no tener un libro nuevo. Era un libro viejo, ya usado, sin la magia que tienen los libros nuevos. Sintió a su vez que su padre al no regalarle un libro nuevo no la quería tanto como ella pensaba y eso la angustió; sin embargo no lloró ni dejó que su sonrisa se borrara de sus labios.

Esa tarde al regresar a su casa Lourdes guardó el libro dentro de su armario y lo cerró con dos vueltas de llave. Luego, cerca de los quince años de edad, cuando su padre ya había fallecido, mientras limpiaba y organizaba aquel armario se había vuelto a encontrar con el libro. Lo leyó entonces por primera vez y tras llegar a su fin pudo suspirar y decirse a sí misma cuanto debía de agradecerle por aquel libro a su padre; pero eso no iba a poder ser posible. Aquella sensación de cosa no acabada la persiguió siempre. Cada vez que recordaba el libro o lo sostenía en sus manos recordaba aquel día en la plaza de juegos y la sonrisa de su padre anhelando que en su lectura encontrara tal vez muchos de los mensajes que él mismo no sabría darle o no llegaría a darle nunca.


Fueron tres los golpes que sonaron en la puerta. Diminutos, casi inaudibles, pero tres golpes al fin. Lourdes abrió la puerta y frente a ella estaba la mujer gorda, con su rodete en medio de la cabeza y su cara hinchada aún por el sueño nocturno.

- ¿Estás lista? –preguntó la mujer.
- Lo estoy –respondió Lourdes esbozando por primera vez una leve sonrisa después de tanto tiempo.

(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: http://is.gd/dwDq4H )

2 comentarios:

SIL dijo...

Los libros: ese legado mágico, eterno, incorruptible.
No tan incorruptible como las figuras idealizadas de nuestros antecesores, que se pueden destrozar en un segundo, y que se reinvindican cuando nos pasa (siendo ya padres) lo mismo que a ellos.

Beso, Miguel

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

En este capítulo el libro es parte del legado del padre. Es parte de esa conexión que aún Lourdes, el personaje femenino, mantiene con su padre fallecido. Eso, ese modo de conectarse, es algo que las personas logran de distinto modo con sus seres queridos que han pasado a otra vida.

En el relato el libro es parte importante de la vida de Lourdes, y hace que su misma vida comience a enrarecerse. A veces los objetos más simples y que pasan más desapercibidos logran contener una carga poderosa para desestabilizar el eje de nuestra vida.

La aparición del personaje de una mujer regordeta en un rol casi de auxilio y aire fresco en la vida de Lourdes es muy típico en la vida de casi todos. Siempre existirá alguien que se cruce, al menos unos minutos, en nuestra vida y que produzca con tal evento una energía y onda que nos ayude o desestabilice.

Beso, rubia.