Saint-Exupéry (veintidos)



VEINTIDOS


Subido a una silla de madera logré rescatar de entre varios bultos una mochila, un bolso de viaje pequeño que poseía rueditas y una valija. Todo estaba en la parte superior del placar en la habitación que había sido de mi madre. Ni bien tuve los accesorios comenzamos a guardar nuestras pertenencias con Marina y nos preparamos para iniciar un viaje, el cual tendría un inicio pero no sabíamos cuando llegaría su fin. En la redacción del multimedios pedimos vacaciones por adelanto y dejamos dicho que si nos demorábamos seguiríamos de vacaciones unos días más sin goce de sueldo. No hubo problemas con ello. A Marina le debían vacaciones atrasadas, y a mí, siendo su pareja, no me presentaron ningún tipo de objeción ante el pedido, después de todo no saldría dinero de sus bolsillos para pagarme el sueldo si entraba en infracción.

Nos dirigíamos al norte del país, al pueblo donde mis padres se conocieron y donde sucedió aquello del libro. Habíamos buscado en internet información referente a la localización del pueblo, a las rutas de acceso, y sobre las iglesias del lugar. Marina se había tomado el trabajo de imprimir toda aquella información y luego organizarla y clasificarla en una carpeta. Ella se había tomado en serio aquello de ayudarme a encontrar el libro. Tal vez yo no estaba con tanta fuerza como ella para lograr el objetivo. Sin embargo, ella no me dejaba titubear. Los días previos al viaje en cada momento libre nos buscábamos en la redacción y nos concentrábamos ambos en recopilar la información necesaria para enfocarnos rápidamente en la búsqueda del libro. Si ella veía que yo me dispersaba en el acto me volvía en sí dándome alguna tarea, tal como buscar localidades en un mapa, ver cuales estaciones de servicio teníamos cerca y en dónde podríamos parar para pasar las noches. Fue una ardua tarea pero finalmente arrojó buenos frutos.

Una vez llenos el bolso de viaje y la valija metí dentro de la mochila la carpeta con toda la información, una linterna, el teléfono celular, un par de libros (novelas negras) y unos cuantos discos compactos con música que nos gustaba a ambos. Iniciamos el viaje un día viernes por la tarde tras salir del multimedios. Al principio, durante los primeros kilómetros recorridos, sentí la misma sensación que cuando salía de vacaciones y me dirigía a la costa argentina o bien a las cálidas playas brasileras. Sin embargo, ese no era un viaje de vacaciones, no; más bien era un viaje hacia el pasado, el cual de algún modo me permitiría conectarme con el comienzo de la historia de mis padres. Por más que me pareciera algo simple y sin complicaciones podía percibir que dentro de mi interior se generaba una especie de remolino que terminaba, tras un tiempo de sentirlo, con un dolor de estómago y mis nervios anudados.

- ¿En qué piensas? –preguntó Marina mientras me miraba de soslayo.
- En esto. En el viaje. En nosotros. En el pasado que deseamos desenterrar.
- ¿Y te sientes bien con ello?
- Supongo –respondí a secas- aunque la verdad que tengo anudados los nervios y me duele el estómago.

La ruta era por demás recta. Aburrida, lánguida, sin nada que causara una distracción para la vista. Marina al poco tiempo de partir comenzó a cabecear y a dormitar, hasta que finalmente cedió y se durmió profundamente. Coloqué un disco compacto de U2 en el aparato reproductor y ubiqué el volumen bien bajo. En los días previos al viaje había realizado una compilación con temas de U2 que me gustaban. Ese mismo disco era el que en ese momento me abstraía por completo del paisaje tan desolador y del viaje tan monótono.

Mientras la música salía de los parlantes me sumí en pensamientos. La delgada línea blanca de la ruta parecía sumergirme aún más en ellos cada vez que fijaba mi vista. Recordé de pronto a la chica de los piercings y me pregunté qué sería de su vida. Hacía mucho tiempo que mi mente no se preguntaba por ella. Seguramente mi memoria había escondido su recuerdo y no deseaba traerlo al presente dado que yo estaba disfrutando de una felicidad plena junto a Marina. También pensé en Lourdes y en los días del hostel “Roma”. Me sentía extraño ante aquellos pensamientos. En realidad sentía que era un espectador sentado en la butaca de un cine viendo a sus recuerdos pasados como si fuesen parte de una película muda, llena de imperfecciones y descolorida. Sentí nostalgia por ello. Y, tras volver a la realidad, miré mis manos sobre el volante y suspiré hondo. La vida de algún modo seguía y en su andar había elegido para esas mujeres y para mí caminos distintos. Tampoco quise pensar en el porqué de aquellas bifurcaciones, como así tampoco lo hice en el momento que la vida misma me había unido a ellas. Recordé el tatuaje del Principito que Lourdes llevaba en su brazo y el momento en que lo visualicé dentro de aquel colectivo en el que ambos viajábamos y éramos unos completos desconocidos. Ese pensamiento lo sentí con demasiada fuerza. Aún hoy, al rememorarlo, pienso cuán importante debió haber sido para mí aquel día esa visión. Seguramente mucho, y más con todo lo que aconteció después.


Hicimos casi doscientos kilómetros de un tirón y decidí parar a pasar la noche en un hotel. Justamente, y tras revisar el mapa, estábamos cerca de un pequeño pueblo a la salida de la provincia de Santa Fe. El anochecer se había hecho dueño del cielo y los faros del automóvil que conducía se perdían en la lejanía como si más allá, justo donde estaba el horizonte, no existiera más nada, tal vez el fin del mundo. El pueblo era no mayor a diez manzanas. Poseía una estación de combustible (incluido GNC), una iglesia, una terminal de colectivos y una escuela. A la hora que ingresamos en él no se veía casi nadie en sus calles. Solo un par de automóviles recorriéndolo y unas pocas personas caminando por sus veredas. El hotel estaba a la salida del pueblo, por ende lo atravesamos por completo para llegar a él. Marina seguía dormida. No había despertado ni con las luces de mercurio que bañaban su rostro por completo. Cimbroneé su hombro y despertó asustada.

- ¿Qué?, ¿qué pasa?
- Nada. Despierta, ya hemos llegado a un hotel. Pasaremos la noche aquí y mañana, al alba, seguiremos viaje.

Nos tocó una habitación pequeña, con una cama matrimonial de dimensiones reducidas, un televisor y un diminuto cuarto de baño. Marina fue la primera en ducharse. Estuvo bajo el agua caliente casi una hora completa. Yo me había tendido en la cama y mataba el tiempo pasando canales en el televisor. Por la ventana de la habitación se podía observar cómo un fuerte ventarrón azotaba los álamos que demarcaban la entrada al hotel. Me había parecido que aquel hotel estaba vacío, pues esa sensación la terminó de confirmar mi memoria cuando recordó que no había visto ningún automóvil en las cocheras, ni luces encendidas en las demás habitaciones. Mientras escuchaba caer el agua de la ducha lentamente comencé a dormitar. Mis nervios se habían relajado y mi cuerpo pedía un descanso a costa de todo. El control remoto cayó al lado de mi cuerpo y me dejé llevar por el sueño.

Supongo que dormí una media hora hasta que Marina se metió bajo las sábanas y con aquel movimiento logró despertarme. Se acurrucó a mi lado y besó mi mejilla. Yo aún estaba bajo los efectos del sueño, pero aún así su gesto me pareció cálido en aquel momento. Con dificultad y mucho desgano me dirigí al baño a ducharme. Ella quedó en la cama, en silencio, casi dormida. Al abrir la ducha un chorro de agua caliente dio de lleno en mi pecho y terminó por despertarme. Apoyando mis manos sobre los cerámicos de la pared dejé que el agua cayera directamente sobre mi nuca y luego se esparciera por el resto de mi cuerpo. Así me mantuve largo rato, con la mente en blanco, solo sintiendo el calor que desprendía el agua recorriéndome cada milímetro del cuerpo. Me jaboné a conciencia, lavé mi cabeza, y al quererme afeitarme caí en la cuenta que no había comprado una máquina descartable para rasurarme. Finalmente, después de casi una hora –el mismo tiempo que Marina había usado para su ducha-, salí del baño envuelto en un toallón. Me recosté lentamente en la cama y me tapé hasta las orejas. No quería hacer el menor ruido para que ella no despertara. Afuera, una luna enorme, blanca, con ribetes grises, se alzaba sigilosa en el cielo. Su luz se complementaba con las luces de mercurio de la ruta y se colaba por la ventana de la habitación. Parecía una noche magnífica, silenciosa, cargada de paz por donde se la mirase. Atiné a cerrar los ojos y conciliar el sueño, pero no pude. Cualquier cosa me distraía: el ulular del viento, el mecerse de los álamos de la entrada y las sombras que estos proyectaban dentro de la habitación, el sonido de mi propia respiración. En esos minutos en los que el sueño brillaba por su ausencia me pregunté qué me había llevado a estar allí en ese preciso momento de mi vida. Era una pregunta un tanto general, casi sin una respuesta certera que pudiera sofocarla y callarla dentro de mi interior. Sin embargo, era una respuesta bastante interesante la que debía dar para responderla. Intenté quitarla de mis pensamientos y evadirme de ella, pero sentía que era hacerme trampa a mí mismo. Pensé entonces en buscarle un sentido a aquello que me estaba preguntando, un porqué que estuviera arraigado dentro de mi interior y sirviera como fundamento suficiente para contestar la pregunta y dejar tranquila mi conciencia. Subí la frazada hasta tapar mi nariz y sentía cómo mi respiración calentaba la sábana. También podía escuchar la suave respiración de Marina mientras dormía. El silencio que envolvía la habitación parecía estar expectante a la respuesta que mi interior elucubraba. Por fin, algo inició el proceso de responder. Y fue Marina, a quien yo creía dormida y rendida a los brazos de Morfeo, la que se encargó de tenderme una mano y ayudarme a encontrar esa respuesta.

- ¿No puedes dormirte? –preguntó ella.
- ¡¿Estabas despierta?! –exclamé con sorpresa.
- Sí. No puedo dormirme. Difícilmente logre conciliar un sueño profundo en un lugar que resulta extraño y ajeno a mis costumbres. Principalmente la cama, algo que es sagrado para mí, es lo que encuentro más extraño.
- Sí. Es algo que le pasa a todo el mundo. Pero bueno, debemos dormir. Vamos, dale, intentemoslo.
- No se trata de intentarlo, se trata de lograr atraer el sueño y decirle a nuestro cuerpo y nuestra mente que nos rendimos ante él.
- Lo sé –dije convencido por su respuesta-, pero al menos si lo intentamos llamar podremos caer rendidos ante él.


Marina calló por un instante. Luego se dio vuelta y quedó observando el techo. Finalmente volvió a voltearse y apoyando sus senos en mi torso besó suavemente mi cuello.

- Dime, ¿qué es lo que no te deja dormir? –preguntó casi en susurros.
- Mis pensamientos –respondí.
- ¿Y qué pensamientos son esos?
- Me he estado preguntando el porqué de este viaje y cual es el fin de ahondar en el pasado. Porqué estoy aquí, ahora, en este preciso momento de mi vida.

Noté que hablaba sin entonación. Aquello que debía de ser una pregunta parecía no serlo y se asemejaba a un lenguaje casi carente de simbología.

- ¿Crees que el pasado es importante, Marina?
- Pienso que sí. Supongo que lo es para todos. Sin pasado difícilmente eres alguien.
- ¿Sabes que yo no pienso lo mismo? Me he preguntado muchas veces porqué desentrañamos las cosas que el pasado tapa con el polvo del tiempo y no encuentro mucho sentido a las respuestas que me doy. Si ese polvo invisible tapa las cosas en nuestra memoria por algo ha de ser –dije.
- Supongo que no estás convencido de lo que estamos haciendo aquí, del viaje, de la finalidad de toda esta travesía.
- No lo sé. Siento la sensación que cuando movilizamos el pasado es como mover una de esas bolas de nieve que son adornos. Al hacerlo el papel brillante que simula la nieve comienza a movilizarse y de repente todo el líquido se mezcla con él dibujando una escena nueva en su interior… Tengo miedo que el pasado no sea algo esperado y feliz, una escena inesperada, ¿entiendes? Tengo miedo a que me sorprenda con cosas que no debería saber o haber desenterrado.
- Aún estamos a tiempo para volver –dijo ella mientras volvía a besar suavemente mi cuello. Si quieres mañana por la mañana nos regresamos y listo, hacemos de cuenta que esto no pasó y nuestra vida vuelve a su cauce, ¿qué dices?

Quedamos en silencio. Ahora la luz de la luna y de los faroles de mercurio reptaban por sobre la frazada y se detenían justo delante de nuestro cuello. Sentí que la respiración de Marina cesaba. Su cuerpo tibio se había acoplado al mío y podía sentir cómo mi deseo sexual quería despertar. Pero lo controlé y me quedé mirando aquella inmensa luna mientras la madrugada comenzaba.

- Creo que seguiré –dije en respuesta a la pregunta de Marina. Si no sigo siento que le habré fallado a mi madre y no quiero sentir eso el resto de mi vida. Ella me lo pidió de un modo tan dulce y con tanta expectativa. No romperé mi promesa.

Marina no respondió. Estaba ya dormida.

Al amanecer despertamos y tras acomodar la valija nos subimos al automóvil y partimos. La luna lentamente se extinguía en el cielo y un sol bermellón se hacía dueño del día. Sin volverme a preguntar si estaba en lo cierto aceleré el automóvil y me concentré en el camino que debíamos de seguir. Marina apoyó dulcemente su cabeza en mi hombro y pude sentir la sensación que había entendido, en silencio, mi respuesta.


(Continuará en un próximo capítulo...)

Safe Creative #1105279314731

Capítulos anteriores: 1 - 2 - 3 - 4 - 5 - 6 - 7 - 8 - 9 - 10 - 11 - 12 - 13 - 14 - 15 - 16 - 17 - 18 - 19 - 20 - 21

(Imagen: http://goo.gl/BcQXe )

2 comentarios:

SIL dijo...

El eje de la historia es la causalidad.
En aparente halo de dulzura y anécdota, hay una gran carga metafísica en todo ésto.
El pasado es importante.
Es el que nos traza el presente.

Beso, Errante.

Sumo y sigo

(vengo más atrasada que carcajada de sordo después de un chiste)

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

La casualidad es cómplice casi directa en la historia, sí, le aporta poco a poco, a medida que el final se acerca, cierta incertidumbre y abrirá nuevos caminos y sorpresas.

No es fácil escribir concentrado algo cada tanto. Es un buen ejercicio. Si bien ahora (ya publicado el capítulo 24) tengo tres capítulos más escritos puedo decirte que cuesta seguir el hilo (como una novela, supongo jajaja)

El destino y el modo de influir sobre nosotros siempre ha sido algo impresionantemente atractivo para usar en mis escritos. Acá no se escapa y queda inmerso en la vida y las peripecias de los personajes.

No hay apuro, yo también vengo atrasado con respuestas.

Beso.