Saint-Exupéry (veintiuno)



VEINTIUNO

Mientras Lourdes continuaba la lectura del libro el sol de la siesta se hacía cada vez más intenso. Las calles de aquel pueblo en donde había decidido bajar se habían puesto solitarias y todo el mundo parecía dormir la siesta. Pensó que tal vez el río estaría cerca y decidió caminar y ver si se encontraba con él. Recordaba que de niña sus padres, en sus vacaciones, pasaban por aquel sitio y solían parar a la vera del río a tomar mates o a comer algo. Esos recuerdos enfrascados dentro de su memoria la movilizaban por completo. Comenzó a caminar por una avenida que tenía la apariencia de ser la principal del pueblo. Con su mochila en la espalda, el libro en su mano derecha y unos anteojos de sol caminó lentamente hasta el final de la avenida. Allí, justo en el momento que el pueblo quedaba detrás de ella, una vieja camioneta Ford F-100 se detuvo a pocos metros.

- Hola –dijo un muchacho joven casi de su misma edad- ¿estás perdida?
- No, gracias –respondió Lourdes- solo estoy caminando en busca del río.
- Ahh, sí, sí –dijo él- es por allá –indicó con la mano derecha extendida haciendo señas hacia el sur-. ¿No eres de por acá, cierto?
- No, no lo soy -dijo ella.
- ¿Quieres que te lleve hasta el río?
- Preferiría caminar, está linda la tarde para caminar.
- Bueno, como quieras –respondió el muchacho y consecuentemente aceleró la camioneta y se perdió ruta arriba.

Caminando por la banquina Lourdes avanzó unos dos kilómetros hasta encontrar un cartel que señalizaba el río. Siguió la indicación y tras caminar otros trescientos metros comenzó a escuchar el murmullo del agua corriendo y supo que estaba cerca. Finalmente llegó a la vera del río. Se agachó, puso sus manos en forma de cuenco y se mojó el rostro. Disfrutó del placer del agua fresca recorriendo por su piel. Se sentó luego a descansar y prosiguió con la lectura.

De niña su padre le había inculcado el hábito de leer. “Nunca dejes de leer hija, los libros te abren mundos que jamás podrías ver, ni conocerías, sin ellos”, solía decirle. Aquellos consejos, tan dulcemente inculcados por su padre habían tenido una profunda acogida en ella, a tal punto que siempre un libro iba en su mochila adonde ella estuviese. Leyó un par de páginas más y de repente comenzó a llorar. Aquel libro no era un libro como otros que había leído. No. Era especial. Había sido regalado en su niñez por su padre. Era el vivo recuerdo de aquel hombre que tanto había marcado su vida en muchas facetas y siempre que leía sus páginas era imposible que las lágrimas no sobrevinieran. Se enjugó las lágrimas con un pañuelo diminuto y bordado y acarició con dulzura la tapa del libro. “Papá…”, dijo suavemente. Curiosamente tocó el rostro del personaje que ilustraba la tapa del libro, un niño de pelo dorado y bufanda al viento, montado sobre un asteroide en medio del universo.

Al cabo de un rato se escuchó el motor de un automóvil que prontamente se detuvo. Para sorpresa de Lourdes el joven de la camioneta caminaba hacia ella. En sus manos traía una bolsa de supermercado de la cual se dejaba ver el pico de una botella de gaseosa.

- Disculpa el atrevimiento –dijo el muchacho- pensé que tendrías hambre y sed. Yo tampoco he comido nada, así que pensé que tal vez te encontraría por aquí y podríamos almorzar juntos, un poco tarde pero almuerzo al fin… ¿qué dices?

- Que me encanta –terminó diciendo ella.

Comenzaron a comer y beber. Mientras lo hacían cruzaban algunas preguntas y respuestas, también miradas y sonrisas.

- ¿Qué te trajo a este pueblo? –preguntó el muchacho a Lourdes.
- Aún no lo sé. A veces no suelo pensar demasiado las cosas. Estaba en sentada en un colectivo con destino a otro sitio, de repente paramos aquí a descansar un rato, bajé, me senté a leer un poco y cuando hubo que subir, algo dentro de mí dijo que no, que mejor me quedara aquí. Y así lo hice.
- ¿Así como así? –preguntó un tanto incrédulo el muchacho.
- Sí, así como así. Ya te dije, no suelo pensar demasiado en las cosas; digamos que funciono bastante con la intuición.

Lourdes terminó de comer un sándwich y bebió pequeños sorbos de gaseosa mientas contemplaba el correr del agua del río.

- ¿Qué es eso que se ve allá? –pregunto ella señalando al otro lado del río.
- Era una vieja hostería. Antes, cuando el pueblo era mucho más chico que ahora, allí solían recibir a turistas que deseaban parar aquí a descansar o conocer los alrededores. Pero con el pasar del tiempo la ciudad se agrandó y demandó instalaciones edilicias para el turismo que fueran más modernas y confortables, entonces la vieja hostería quedó rezagada y poco a poco comenzó a desmoronarse económicamente. Finalmente su dueño, un tal Cruiff, la terminó vendiendo a una empresa holandesa que jamás inició su remodelación ni su explotación dado que descubrieron que sus cimientos distaban a pocos metros de un afluente subterráneo del río y era muy probable su desmoronamiento. Así que quedó olvidada y abandonada. Mediante un pago insignificante la empresa holandesa vendió la tierra a la municipalidad y ésta última la dejó así, en el olvido.
- Una verdadera lástima –repuso Lourdes.
- Sí, una lástima, pues tiene una bonita arquitectura y era bastante amplia y a los lugareños nos representaba trabajo y movimiento económico. Yo la recuerdo de cuando era niño y solíamos venir a pescar al río. Al anochecer se prendían en su fachada unos bonitos faroles color anaranjado que se reflejaban en el agua y le daban un realce imponente. Pero bueno, como todo, un día las cosas cambian y de repente ya nada es lo que era.
- Sí, así es –dijo ella mientras dejaba su mirada anclada en las ruinas de la hostería y su mente sobrevolando viejos recuerdos.
- A propósito –dijo el muchacho- aún no me has dicho tú nombre ¿Tienes nombre, cierto? –rió.
- Sí, claro. Me llamo Lourdes.
- Lourdes, un bonito nombre. Como la Virgen.
- Así es, como la Virgen.
- ¿Sabes? Si tuviera una hija algún día la llamaría así, Lourdes.
- ¿Y eso?
- Nada en especial, solo me nació contártelo. Es algo que pienso a menudo, y aunque no tengo hijos, pero sí sueños de algún día tener una familia, ese nombre para una hija mujer me gustó siempre.
- Seguramente se lo pondrás a una hija tuya –comentó Lourdes sonriéndole con una bonita sonrisa y aseverándolo.


Tras terminar la comida ambos caminaron por la orilla del río. La tarde caía lentamente y el cielo se cargaba de pincelazos anaranjados, rojizos y ocres. Una vez que estuvieron en frente de las ruinas de la hostería Lourdes se detuvo y contempló la construcción que tenía en frente, justo río de por medio. Había algo en la construcción que le causaba melancolía. No podía saber qué era, ni porqué le sucedía aquello, pero ese sentimiento justo en aquel momento lo sintió a flor de piel.

- ¿Pasa algo? –preguntó el muchacho.
- No, bah, una pavada. No sé. Solo que al estar viendo esa construcción de repente me ha entrado una especie de ahogo y una sensación de melancolía. Mi padre cuando era niña supo venir a este pueblo. Íbamos de vacaciones a la costa o al norte y siempre pasábamos por aquí y nos deteníamos a orilla del río a tomar mates o a comer algo para luego proseguir la marcha. Me ha hecho bien pasar un tiempo aquí. Y lo más curioso es que no recuerdo esa hostería. No está en mi mente. Tal vez sea porque parábamos en otro lugar del río, no lo sé, fue hace mucho tiempo ya, yo era una niña.
- ¿Quieres ir allá?
- ¿Adónde? –dijo Lourdes con sorpresa.
- A las ruinas ¿Quieres conocer la hostería por dentro? Podemos ir si quieres.
- ¿Seguro?, ¿pero no es peligroso?, ¿no es que hay posibilidades de derrumbe y esas cosas?
- Fue apuntalada por dentro toda la construcción antes de abandonarse. Para estar un momento y ver por dentro no creo que se nos caiga en la cabeza –dijo él.
- Entonces me gustaría ir.
- ¿Sí?, ¿segura?
- Segura.

Subieron a la camioneta del muchacho y entraron a la ruta. Avanzaron unos cuantos kilómetros rumbo al sur y finalmente doblaron en una calle de tierra que desembocaba en un pequeño puente precario que cruzaba por sobre el río. Luego retomaron un camino de tierra que iba directamente a la hostería. Tras un rato el rodeo acabó. El motor de la camioneta se detuvo justo en frente de la puerta principal. Estando cerca de aquella construcción Lourdes la presintió más imponente. Si bien era pequeña, de pocas habitaciones, su arquitectura era exquisita, y de ella emanaba esa increíble presencia que solo las grandes construcciones suelen tener y hacer notar a los seres humanos.

- Bien, aquí estamos –dijo el muchacho.
- Sí, gracias ¿Sabes una cosa? –dijo ella- Una vez conocí un lugar así. Era un hostel, en una ciudad grande. Se llamaba “Roma”. Ahora que estoy aquí y miro esta construcción siento lo mismo que sentía en aquel entonces cuando conocí el hostel ¿No te ha pasado de ver sitios en tú vida que te hacen recordar a otros?
- Creo que un par de veces me pasó. No son muchas, pero sí sé de qué me hablas.
- Bueno, era eso lo que sentía cuando del otro lado del río miraba esta construcción. Me hace recordar a aquel hostel y eso me ha causado melancolía.
- ¿Es importante para ti ese recuerdo del hostel?
- Mucho. Ahí conocí a alguien que nunca más volví a ver.
- ¿Un enamorado?
- No. No fue eso. Fue alguien que apareció en mi vida, nos comunicamos, entablamos una relación de amistad, nos afianzamos, y de repente, por este modo de vivir tan mío y tan alocado, yo me fui y no volví a verlo. Sin embargo hace unos días volví a recordar todo aquello y me entraron unas ganas enormes de saber de ese hombre, y no sé por qué. Las ganas están, existen, pero no sé por qué se generan. En busca de ello voy.

El muchacho se quedó observando a Lourdes y sopesando cada una de las palabras que esta le decía. Si bien lograba hilvanar un poco lo que ella le contaba no tenía suficiente información para enhebrar una historia completa. La chica comenzó a caminar en dirección a la entrada de la hostería y al llegar a la puerta principal se paró y pasó suavemente la palma de su mano sobre la madera corroída. Como si aquella acción transmitiera información desde la vieja ruina a su piel. Luego entró. Caminó despacio por los pasillos, subió con cuidado las viejas escaleras, palpó algunas paredes, y se quedó observando viejos cuadros que aún colgaban de las paredes. En el suelo había adornos tirados, pedazos de mampostería rota, y hasta ropa que seguramente habría pertenecido al personal de limpieza del lugar. Todavía quedaban algunas camas con sus elásticos dañados. Algunas paredes tenían escrituras en aerosol y otras grafitis seguramente hechos por los chicos del pueblo.

- Algunas parejas suelen venir aquí –dijo el muchacho.
- Lo imagino. Al estar abandonado es un lugar ideal para la intimidad y el sexo, aunque no por ello menos peligroso.

Tras recorrer un rato el interior de la hostería de repente se detuvo en una habitación que le llamó la atención. No tenía mucho de distinto a las otras, solo que ésta poseía una estufa hogar en su interior. Sobre la estufa hogar, había muchos portarretratos pequeños con fotografías de personas. A simple vista parecían visitantes de la hostería. Comenzó a repasar uno a uno los portarretratos. Primero los tomaba, luego les quitaba el polvo, y finalmente observaba cada fotografía con tanta minuciosidad que parecía buscar algo en ellas.

- Seguramente esta habitación ha pertenecido al conserje o al dueño de la hostería –dijo el muchacho.
- Sí. Parece que cada tanto fotografiaban a los huéspedes como recuerdo. Me pregunto qué será de la vida de todas estas personas ¿Vivirán aún?, ¿recordarán esta vieja hostería?
- Seguramente algunos sí, otros habrán muerto. Vaya a saber –dijo él.
Tras un rato de observar las fotografías tomó la última y tras limpiar el vidrio con el revés de la manga de su campera y mirar detenidamente se sobresaltó arrojando el portarretrato al piso. Éste cayó e inmediatamente el vidrio se rompió en pedazos.
- ¿Qué pasa? –preguntó asustado el muchacho- ¿Te sientes bien?, ¿qué pasa?
- La fotografía –dijo Lourdes señalando el portarretratos en el piso y tapándose la boca con una mano. Sus ojos parecían un tanto desorbitados y su rostro delataba claramente el rostro de una persona con pánico.

El muchacho se agachó, quitó los vidrios con cuidado y alzó el portarretratos. Sacó la fotografía y le echó una mirada que no le dijo mucho. A sus ojos era simplemente una fotografía más como todas las otras, con personas desconocidas para él.

- ¿Qué tiene? –preguntó.
- El hombre de la fotografía.
- Sí, ¿qué tiene el hombre? Es una familia. Parecen padre, esposa e hijo.
- Sí. El hombre, ese hombre… es mi padre –dijo ella con lágrimas en sus ojos.
- ¿Tú padre?, ¡que coincidencia! –exclamó el muchacho. Y tú madre es muy bonita –concluyó.
- No, no, ella no es mi madre.

(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: http://s3.amazonaws.com/data.tumblr.com/tumblr_llap4sRzYq1qb155to1_1280.jpg?AWSAccessKeyId=AKIAJ6IHWSU3BX3X7X3Q&Expires=1305897719&Signature=MVl%2B6zeM8g97s4ohfKRJg6lS7Yw%3D )

2 comentarios:

SIL dijo...

El destino nos atrae con su carnada exquisita.
Hay círculos que no se cierran hasta andar por todos los puntos pre-determinados.
Lourdes va a cerrar uno en breve.

Un beso atrasado, pero seguro, Miguel.

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Gracias Sil, siempre estás al pie del cañón con tus comentarios.

El destino es algo que siempre sorprende, y lo bueno es que nunca sabemos que nos depara (aunque a veces lo pensemos como algo fatídico)

Beso.