Imperceptible (11)




11


Cada uno pidió un café casi indicándolo con reverencia al mozo. Se sostenían las miradas sin decir palabra. Sin embargo se entendían por demás. Parecían conocerse desde hacía tiempo y jamás nadie pensaría que lo hacían de solo una vez de haberse visto. Sorbieron lentamente un café aguado, pálido, y bastante azucarado. El viejo regordete ahora estaba sentado al fondo del bar. Acurrucado entre sus hombros contemplaba a la joven pareja. Parecía encogerse y a su vez mover lentamente su cabeza en un gesto de negación, de no compresión. Un gesto imperceptible para todo el mundo pero lleno de significado para sí mismo. Siguió sorbiendo café. Ya no los miró más. No le importaba cuan perdida y desauseada estaba la juventud ¡al diablo aquel vano consejo al joven estúpido!, se dijo.

Se escrutaron con la mirada por largo rato. Los ojos de Rebeca D. mantenían un fulgor especial que irradiaba tibieza. Tras beber los cafés ella encendió un cigarrillo, él le convidó fuego. Las manos, como si de una ceremonia se tratase, se cruzaron en el aire grácilmente, sin romper aquella comunión, tan solo acompañando la escena.

- ¿A qué te dedicas? –preguntó Jesús sin dejar de mirarla ni por un instante.
- He venido en colectivo –comentó ella desviando la conversación- y tras pasar por una plaza he visto a una joven sentada. Sus manos posaban en su falda. Tenía la mirada abstraída. Los gestos rígidos. Sin embargo una sonrisa leve parecía aflorarle. En la parada de la plaza, mientras el motor del colectivo bramaba impaciente mientras los pasajeros descendían, me he puesto a observarla. Por un instante me pareció percibir que asistía a algún evento especial, en un mundo paralelo, sin importarle nada de lo que la rodeaba. Ese equilibrio con todo lo que a su alrededor conformaba el mundo que la mantenía en contacto con la vida me fascinó. Por un instante tuve deseos de bajar corriendo y caer arrodillada delante de ella y observarla. No dejar de observarla. Presenciar cómo sus pupilas dilatadas y perdidas reflejaran algún vestigio de un mundo distinto, incapaz de tener violencia, ausente del egoísmo y la hipocresía, lleno de distensión y paz. Pero no lo hice. Me quedé como atada al asiento. En silencio.
- ¿Y por qué no bajaste del colectivo?
- No lo sé. Por un instante sentí que un enorme atlas me sujetaba de los hombros y me lo impedía. Pero esa es una respuesta fantástica, ya lo sé, pero así se sentía.

Volvieron al silencio por un instante. Ella, Rebeca D., fumaba nerviosamente y arrojaba las cenizas en el cenicero de lata.

- ¿Sabes? Mientras miraba a esa chica sentí un arrebato fugaz de envidia. Deseé por un instante sentirme así, distante, lejana, sin necesidad de nada, tan solo conectada a mi yo interior y elevada a un plano etéreo rodeado por la tibieza del sol. Por un instante me reprendí mentalmente por ese pensamiento, pero inmediatamente lo deshice. Anhelé, tal como nunca antes lo hice, un intervalo de tiempo para mí, viéndome distinta, en otros lugares, siendo otra persona yo misma.
- Sé de que hablas –dijo Jesús tomándole la mano sobre la mesa. Ella no la quitó, jugó con los dedos de él al primer contacto.
- Tuve miedo.
- ¿Miedo a qué? –preguntó él.
- Siempre he pensado que yo pertenecía a la parte fuerte del mundo. A esa mitad, o menor porcentaje, que está del otro lado del muro. Que no teme, que ve más allá, que ayuda, que protege, que ama sin pedir amor, que se esperanza. Pero al ver a esa chica me sentí terriblemente vulnerable, tal como si un agujero se hubiera abierto en el plano de mi consciencia y por él mirase un mundo cargado de errores e incoherencias. Eso me atemorizó. Volví a sentir el mismo tipo de miedo que cuando niña y algo me asustaba. Apenas el colectivo arrancó seguí con la mirada a la mujer. No se había movido ni un instante de aquella posición. Los rayos de sol comenzaban a danzar sobre su vestido y la copa de los árboles parecían formar sobre ella un perfecto domo verde que la protegía de todo.

Jesús tomó la mano de Rebeca D. entre sus dos manos. Recorrió sus dedos, los masajeo con movimientos suaves, tocaba el anillo que ella llevaba en su dedo meñique, lo sacaba y lo volvía a su lugar.

- ¿Alguna vez te has sentido así? –preguntó ella a Jesús.
- Sí –respondió él- hace mucho tiempo, mientras estuve encerrado en una habitación diminuta, aislado. Cerraba los ojos y pensaba en otro mundo, y atravesaba paredes y en esa libertad sentía una inmensa paz que me abordaba, un profundo perfume a flores, una acalorada brisa que me daba de lleno en el rostro. Al principio no sabía que había del otro lado, pero no tenía nada que perder pues el encierro, el silencio y el frío me confinaban a momentos de delirio y principio de locura.
- ¿Dónde fue eso? –preguntó Rebeca D.
- No tiene importancia. Lejos. Tan lejos que mi mente ni corriendo puede casi rescatar aquellos días. Mejor así. Enterrados, quitados de mi vida.

El murmullo dentro del bar había ido in crescendo. El humo de los cigarrillos se había estancado al metro de altura y ya la luz solar era dueña de gran parte de las sillas y mesas. Entonces Jesús, en un acto de arrojo, se acercó a la mujer e intentó besarla. Ella, con destreza, cruzó su mano derecha sobre los labios de Jesús y dijo: ¡no!

Solo esa palabra cortó el aire dentro del bar como si de una filosa daga se tratara. Jesús retornó a la silla y con su cara de un rosa pálido hizo un gesto de perdón. Ella asintió. Nerviosamente le sonrió.


Caminando por la calle, ya lejos del bar, Rebeca D. ajustó el cinturón de su cazadora y acomodó la bufanda al cuello. Un viento frío recorría las calles agazapándose en cualquier recoveco que le quedara a mano. El sol, ahora altivo pero pálido como durante todo el día, no daba el calor necesario. En su mente aún revivía la escena de la chica en la plaza. La mirada penetrante. La visión ilusoria. Caminó hasta la plaza pero no la encontró. El banco estaba vacío. Decidió sentarse en él. Sin embargo nada especial parecía tener. Era un banco de plaza como cualquier otro, sin nada especial, que no producía ningún efecto en la visión ni creaba agujeros en la nada para atravesar a otro plano paralelo en el universo. Pero sí había un grupo de encantadoras palomas que caminaban tambaleándose al sol. Comían cada tanto pequeñas migajas del suelo y restos de semillas de los árboles que habían caído. Se movían asíncronas, sin temor, relajadas, inmiscuidas en su propio mundo. Entonces revivió la visión. Las palomas al igual que aquella mujer podían abstraerse y ser auténticas en un mundo que tal vez distaba años luz de este. Y se las veía bien, llenas de vida, ocupadas en lo que podían ver y hacer.
Acariciada por el sol de la tarde Rebeca D. cerró los ojos. Respiró una bocanada de aire frío y lo dejó recorrer sus pulmones. El aire, como conductor de vida, penetró en su cuerpo y lo revitalizó. Ella lo expulsó finalmente con una sonrisa. Sonreía como una niña que puede ceder su muñeca a una amiga y solo disfrutar del eco que esa acción le brinda para regodearse. Se sintió viva. Llena de una exquisita alegría, la misma alegría tal vez que muchos podían ver en ella y la cual ella ignoraba, porque le resultaba simplemente casi imperceptible.

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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/39984035@N04/4827836683/in/set-72157621686623355/ )

6 comentarios:

ave de estinfalo dijo...

Hola!!!

Ah la imagencita del camion esta bien bonita, muy tierna

oie, la historia es buena, me tengo que leer todas las partes anteriores

:D

Cuidate mucho

byE

Miguel Aguilera dijo...

@AVE DE ESTÍNFALO:

Bueno, gracias. Ahí tienes todos los enlaces a capítulos anteriores.

Saludos.

SIL dijo...

Siempre sentí envidia de los pájaros.
De su desparpajo y de su libertad.

Pero sé con certeza, que si tuviera alas, las cortaría sin piedad aunque me doliera (quizás las embalsamaría, como recuerdo de familia),las pondría de adorno en el living... y así me aseguraría de no despegar jamás mis pies de la tierra.

La barrera de Rebeca no fácil de franquear. Pero su dureza tampoco es tan inquebrantable.

Creo que el otro caballero (no éste) y la dama y su infancia de dolor, podrían cifrar un presente en común que valiera la pena.

Esperamos la prox.

Beso grande.

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Despegar los pies de la tierra tiene como dos caras, sí, una es que no tienes límites, vuelas, divagas, nadie te ataja y no hay murallas. Pero por el otro lado ese divague, esa sensación de omnipotencia mental y espiritual muchas veces te aleja de la realidad de manera tal que cuando caes duele, lastima mucho más.

Las personas bohemias sabemos de eso. Cuando pensaba cómo responderte este comentario me identifique un poco. No me consideré bohemio hasta que alguien me lo decía a menudo, y aunque compartíamos un sentimiento mutuo, esa sensación de que me vean así no me gustaba mucho. Con el tiempo lo procesé y aprendí que es parte de mi filosofía de vida, parte de cómo yo veo este mundo.

Los personajes de esta historia tienen lados peculiares. En determinadas ocasiones se sienten invisibles al resto del mundo y en otros momentos no. Esa ambiguedad está muy en boga hoy por hoy. Las personas tienen esos altibajos en la sociedad en donde estamos inmersos.

Veremos qué pasa...

Besos, rubia.

p.d. Con respecto al otro temita jajaja es queeeeee en la adolescencia las cosas se ven como en un caleidoscopio, ¿vio? y el pluralismo es libre en los blogs :)

SILVIA dijo...

Perdona mi demora...demasiadas cosas que hacer...
A veces pienso que me iría mejor siendo un pajarillo, otras en cambio, me agarro bien fuerte a la tierra. sería bueno tener alas de quita y pon ¿No crees? Besos mil!!!

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Sí, sería bueno, aunque está OK que te deslices y puedas hacer hasta donde llegues.

Para mí es un placer que tenga lectores como vos que siempre están al pie del cañón leyendo las cosas que escribo. Es una linda sensación.

Gracias y besos, Silvia.