Saint-Exupéry (cinco)



CINCO


[...] En la primavera de 1992 mi madre murió. Fue un día normal para casi todo el mundo, pero infeliz para mí. Tal vez ese mismo día otros seres humanos lloraron a sus seres queridos también fallecidos, pero eso a mí no me importaba, no, claro que no, en mi mundo ahora ya no éramos dos sino solo uno y eso lo hacía muy distinto. Todo ahora se había vuelto un mundo unipersonal. Durante el velorio, mientras los familiares pasaban y me daban sus condolencias, no derramé una sola lágrima. Sentía dentro de mí el fuego de mil soles de dolor, pero aun así me mantuve íntegro. Una tristeza inacabable. Y todo confluía en una imagen final: un bosque gris después que es arrasado por un monstruoso incendio.

Después del funeral volví a casa caminando. No deseaba volver en el automóvil de la funeraria. Quería caminar, distraerme, hacerme a la idea de que ahora la soledad y yo formaríamos una pareja casi indivisible e iniciaríamos instantáneamente un proyecto de convivencia. Salí del cementerio cerca del mediodía y llegué al barrio como a la hora y media. Mi paso era lento, distraído. No tenía apuro a llegar a ningún sitio. Aunque abrigaba la idea esperanzadora de que a quien había enterrado no era mi madre, y al llegar a la verja de la casa la vería barriendo las hojas de la parra caídas al piso. Mantener aquella esperanza un tanto tonta dentro de mí durante el viaje de regreso me hizo llorar. Me auto-engañaba como si fuese un chico con problemas mentales. Pero mi interior sabía que tan solo era una actuación escénica y que la verdad ya estaba sellada. Mi madre había muerto.


Al llegar frente al hostel “Roma” me detuve unos minutos y observé el cartel. Me vino a la mente el día que conocí a Lourdes en el colectivo, cuando la acompañé hasta ese sitio, el momento que charlamos en su habitación. Parecía que aquello hubiera sucedido muchos años atrás, tal vez en el siglo pasado. Desde mi punto de vista observé la cortina de la habitación donde ella se alojó por aquellos días. Permanecía cerrada. Sentí unas ganas locas de entrar y hablar con la chica de los piercings. Al entrar ella estaba haciendo lo mismo que el día que la vi por primera vez: garabateando con una birome un papel.

- ¿Señor? –dijo ella al verme entrar.
- ¿No me recuerdas?
- ¡Sí!, ¡perdón!, ¡ahora que lo veo bien sí lo recuerdo!... ¿cómo está?
- Bien. Solo pasaba y de repente quise hacerte una pregunta, aunque no quiero comprometerte, claro, pero me gustaría saber si has visto a Lourdes, la chica del tatuaje y el pelo lacio…
- Hmmmm –dijo la chica de los piercings mientras miraba hacia arriba en un gesto de búsqueda mental- a decir verdad se fue a los pocos días de estar aquí. Pero el día que se despidió dijo algo de que viajaría al norte, creo que a Misiones, ¡sí, Misiones!, porque allí tenía una tarea con un grupo de ecologistas.
- ¿Ecologistas? –pregunté sorprendido.
- Sí, ecologistas ¿No le habló ella de eso?
- No, no me dijo nada sobre ecología.
- Pues sí. A mí me lo contó el último día. Pensé que usted lo sabía, como aquellos días los vi tan juntos.
- No. No me contó nada.
- Dijo que pertenecía a un grupo ecologista que se encargaba de cuidar la flora en regiones selváticas. No era un grupo numeroso, y la mayoría eran mujeres. Así que ella viajaba a diferentes sitios durante el año para ayudar con la ecología de esos lugares.

No supe qué decir. Me quedé mirando perplejo los labios de la chica sin saber qué pensar o qué decir. A veces la gente termina sorprendiéndote y saca de la galera profesiones o gustos de lo más variados y raros ¿Ecologista?, pensé. Jamás me hubiera imaginado que lo fuera. Pero me gustaba aquello. Después de todo las nuevas generaciones parecían empezar a tener una nueva comunión con el planeta, entonces ¿por qué Lourdes no?

Al llegar a casa me senté debajo de la parra a tomar un vaso de agua. Estaba sentado en la silla mecedora que por más de cincuenta años había acunado y mecido a mi madre. Ahora, como si fuera una herencia que automáticamente aquel día se había hecho realidad, la silla pasaba a ser parte de mis cosas personales, como si de alguna manera el sentarme y mecerme en ella me conectará las fibras más íntimas de mi ser con el recuerdo vivo de ella.

Después de un rato de estar allí sentado sin hacer nada, solamente mirando la nada y con la mirada roma, pensé que las dos cosas que mi madre había deseado no las había cumplido aún. Me encontraba soltero, como primera medida, y no había encontrado el regalo que mi padre le había obsequiado en su adolescencia. Un sabor amargo me sobrevino a la boca. Seguramente fue el nerviosismo cargado de dolor y pena por todo lo sucedido aquel día. Pero no lloré. Decidí que mi madre me hubiera querido ver fuerte, entero, sin lágrimas en los ojos por su ausencia.

El resto de aquel día la casa me pareció distinta. Los objetos parecían totalmente ajenos a lo que yo recordaba. Como si de repente alguien hubiera dejado caer un manto que al quitarlo logró un cambio radical en el espacio y tiempo. Quizá fuera culpa de la luz, o de las sombras de la noche. Hasta pensé que podía estar empezando a volverme loco entre aquellas paredes a las pocas horas de haber enterrado a mi madre. Para no llegar a ese punto decidí ponerme a leer un libro hasta que el sueño me doblegara. Tomé el libro de Kafka, “El proceso” y seguí leyéndolo desde la marca que había dejado en él la última vez. Al instante recordé que había dejado de leerlo el mismo día que conocí a Lourdes, y eso me hizo sonreír. No por haber dejado la lectura sino porque de algún modo aquel recuerdo me hizo pensar en ella y su bonita sonrisa luminosa.

Envuelto en el recuerdo agucé el oído y escuché los latidos de mi corazón. Parecía cansado, extenuado por el dolor sufrido durante el día. Me pareció que podía entablar una charla con él y explicarle que así era la vida, que cuando los sufrimientos se presentan él, como órgano principal y símbolo de vida, se sentiría así, abatido y extenuado. Llegada la medianoche cerré el libro y apagué la luz del velador. El silencio de la casa parecía sepulcral. Recé un padrenuestro por el alma de mi madre y fue aquella noche la primera vez que caí en la cuenta de estar hablando con ella en pensamientos. Finalmente los objetos de la habitación fueron tornándose borrosos bajo la luz lunar y terminé durmiéndome.


(Continuará en un próximo capítulo...)


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(Imagen: http://www.flickr.com/photos/lesec/21990619/ )


Capítulos anteriores: 1 - 2 - 3 - 4

6 comentarios:

jordim dijo...

sigue escribiendo, tienes puntería, se lee fluido..

Miguel Aguilera dijo...

@JORDIM:

Claro, la historia sigue... gracias por el elogio :)

SIL dijo...

La imagen de la mecedora es divina, dijo alguien que no nombro :P que ¨ el alma de las personas está en las cosas¨ , y que ahí los reencontramos cuando mueren.

La dama ecologista se encargará quizás de hacer que los baobabs no invadan el corazón del protagonista y de lograr el cultivo de una rosa- sin espinas-

Un beso

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Las mecedoras tienen ese encanto, ¿no? Recuerdo que desde niño traigo una imagen muy apegada a ellas puesto que tuve un tío que tenía una y yo solía usarla y me encantaba.

Creo que es una de esas historias en que hay personajes que parecen una cosa y no lo son tanto. Veremos...

:)

Beso, rubia.

claudia dijo...

me llegó muy mucho al alma

Miguel Aguilera dijo...

@CLAUDIA:

Pues entonces yo feliz...