Saint-Exupéry (seis)




SEIS


En los días sucesivos a la muerte de mi madre comencé a organizar la casa de una manera distinta. Si iba a vivir allí debía de darle un nuevo enfoque, sentirme a gusto, no rodearme en exceso de recuerdos que me hiriesen y por sobre todo tener en claro que ahora ya no era la casa de mi madre sino la mía propia.

Junté toda la ropa que había dentro del armario y el viejo ropero de su habitación. Armé unas cuantas cajas y tras cerrarlas y encintarlas las subí a la camioneta para luego llevarlas a una organización sin fines de lucro que se encargaba de reciclar ropa usada para clases sociales marginales. Hice lo mismo con adornos, zapatos, bisutería. Solo me quedé con sus libros y sus amados cuadros. Recuerdo haber apilado sus cuadros junto a una de las ventanas del frente de la casa y al cabo de un rato verlos iluminados por un grueso rayo de sol que se posaba sobre ellos. Me causó una profunda alegría ver como los coloridos cuadros parecían tomar vida bajo los efectos de aquel sol. Me senté en el piso, crucé las piernas, y mientras una brisa mecía las cortinas de la ventana contemplé con mucha nostalgia aquellos cuadros. Recorrí los marcos con mi vista y rememoré el origen de cada uno de ellos.

Observé con detenimiento los cuadros que ella tenía desde antes de casarse hasta aquellos que le habían sido regalados por sus amistades durante toda su vida. Amaba a todos por igual, pero tenía su corazoncito con unos pocos, tal vez los que a simple vista de otros pasaran desapercibidos pero que para ella tenían la exquisitez de transmitir sensaciones ocultas. Se puede decir que Elena Villalobos tenía un toque sutil y único para observar el arte. Sin embargo yo no había heredado nada de eso. Ni siquiera en todos los años que fui a estudiar dibujo y pintura logré hacer que mis manos dibujaran algo presentable, ni que mi gusto por la pintura se desatara y acrecentara. De algún modo se nace con ciertas aptitudes para el arte, así lo he considerado siempre.

Entre los cuadros de mi madre había un par que ella supo regalarme en mi adolescencia. Los poseía ella, pues yo por aquellos tiempos poca importancia le daba al arte en sí. Tampoco ella había tomado a mal que yo no hiciera uso de ellos, pues creo que de algún modo sabía que yo no había heredado de ella ese amor por la pintura y el dibujo sino que era alguien bien distinto y más bien parecido a mi padre. Decidí quedarme con los dos cuadros que me había obsequiado y al resto los envié por correos a familiares directos e indirectos. Creí que un buen recuerdo de ella sería tenerla presente todos los días en una habitación de sus familiares. Así que tras embalarlos los envíe uno a uno por una empresa de correo privado a sus respectivos destinatarios. Finalmente colgué los cuadros que yo me había dejado. Uno en la cocina, el lugar donde más horas del día pasaba en la casa; y el otro en mi dormitorio.

Cada nuevo día miraba aquellos cuadros como si me los hubiesen regalado ella el día anterior. Bastaba con solo echarles una mirada y automáticamente esbozar una sonrisa. Contemplaba los trazos, los colores, y siempre me parecían que poseían algo distinto al día anterior. Pensé si mi madre vería del mismo modo a sus cuadros. Tal vez sí, y poco a poco iba yo obteniendo algo de aquello que a ella le sobraba dentro de sí.

Los días de sol parecían ser los más ideales para observar las pinturas. Al avanzar las horas los rayos de sol penetraban por las ventanas e iluminaban casi perpendicularmente los cuadros haciéndolos resaltar de un modo muy bello. Finalmente la casa había quedado organizada a mi gusto y solo un pequeño puñado de cosas esparcidas por ella me traían un vivo recuerdo de mi madre.


Por aquellos años, más precisamente en los otoños, bandadas de pájaros solían llegar a la ciudad y posarse sobre los cables de alta tensión. Se posaban uno junto al otro como si estuvieran atentos a algún acontecimiento que prontamente sucedería; y como por arte de magia en un determinado instante todos comenzaban a trinar. Yo los llamaba los “pájaros armónicos”. Me gustaba llamarlos así, pues me parecía que su trinar de algún modo producía eso: un sonido armónico. Cuando los pájaros llegaban uno ya sabía que traían el otoño tras de sí como si fuese una capa o manto que los persiguiera kilómetros y kilómetros en sus migraciones continentales. Al verlos llegar hasta las hojas parecían ya ponerse a amarillear.

En aquel primer otoño que me tocó vivir solo en la casa comencé a dedicarme a leer todo libro cuanto caía en mis manos. Me asocié a la biblioteca del barrio y compraba quincenalmente uno o dos libros en las librerías del centro. Leía de todo, algo que a cualquiera hubiera llamado la atención. Parecía que aquella locura se había despertado de repente en mí tras la llegada del otoño, y tal vez fuera cierto. Sentía la necesidad imperiosa de leer y pasar abstraído la mayor cantidad de horas posibles mientras tuviera en la casa. Leía debajo de la parra, en el comedor, en el baño, en la cama. Cualquier hora era buena para una lectura. Hasta desperté pensamientos como que algún día tendría las suficientes cualidades y capacidades para considerarme un escritor o poeta (cosa que jamás sucedió).

En una de las visitas a la librería “El librero del centro” ubicada en pleno centro de la ciudad sucedió de encontrarme a Lourdes. Estaba allí, removiendo libros en los estantes y leyendo párrafos de ellos. Apenas la vi sentí una gran emoción y un racconto fugaz de nuestro primer encuentro pasó por mi cabeza. Sin embargo al rato me serené y pensé que tal vez ella ya ni se acordaría de mí, pues sucede a menudo en la vida que las personas van y vienen y muchas veces ni de las caras te acuerdas ¿Sería ese aquel caso? Tal vez. Pero tampoco me apetecía mucho averiguarlo. Creo que cargarme de una desilusión no era lo más apropiado en aquel momento. Lo que menos necesitaba eran cosas negativas para mi vida. Así que me quedé ahí entre libros y estanterías observándola a lo lejos, con el especial cuidado de que no me viera, así como los “pájaros armónicos” observaban el barrio desde los cables de alta tensión.

“El librero del centro” es una librería de lujo, de gran renombre y con una exquisita ambientación para el lector ocasional o empedernido. Allí uno puede sentarse y hojear libros por horas, o simplemente tomarse un café, o también pasear entre las estanterías observando portadas de libros mientras escucha la agradable música ambiente. En el momento que vi a Lourdes se escuchaba como música de fondo una canción de Vangelis. Era “Carrozas de fuego”. Inmediatamente me sentí compenetrado por la música. Casi extasiado. Observando los movimientos de Lourdes me abstraía más y más insertándome en una especie de túnel atemporal en el cual solo podía verla a ella, escuchar la música y sentir la sensación de que la vida por un instante se había detenido y que ahora, justo en ese preciso momento, un gran acontecimiento se estaba llevando a cabo.

Así transcurrí más de tres cuartos de hora. Finalmente el túnel se disipó, la canción de Vangelis dejó de hacer eco en mi mente y volvió el silencio a los pasillos de la librería. Lourdes acomodó el bolso que llevaba en su hombro y salió por la puerta principal.

Me quedé parado un rato largo sin saber qué hacer. Analicé si seguirla o dejar todo como estaba. No deseaba decepcionarme si ella ya no me recordaba. Me vino a la mente el tatuaje del Principito y otra vez Saint-Exupéry flotaba como un fantasma presente dentro de una librería. Decidí quedarme un rato más. Tomé un libro de un estante y leí:

[Es un mundo circense,
falso de principio a fin,
pero todo sería real
si creyeses en mí.]

«It’s Only a Paper Moon»,
E.Y. Harburg & Harold Arlen


Y pensé en Lourdes y en cuánto me gustaba a pesar de nuestra diferencia de edad. Deseaba decirle que me interesaba, que me parecía una chica con muchas cualidades, que poseía una bonita sonrisa luminosa y un gran encanto. Pero tal vez ella solo viera en mí a un tipo adulto, maduro, con poco atractivo. Y no sería malo pensar así. Entonces me dije que estuve en lo correcto de no haber avanzado y tan solo haberla observado desde lejos. Cuando decidí irme en la librería ponían una vez más la misma canción de Vangelis y entonces me sonreí, aunque con tristeza.

(Continuará en un próximo capítulo...)


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(Imagen: "DESAMOR" de Raquel Marín http://raquelmarin.blogspot.com/ )

2 comentarios:

SIL dijo...

Esas carrozas de fuego sirven para enardecer y sublimar todo texto.
Hay canciones que traspasan tiempos y espacios.

La historia continúa y ahí voy por el capítulo que sigue.

Debo confesar que hay una escena de este capítulo que me ha fascinado:
Yo imagino-todo el tiempo- a mis cuatro hijos- en especial a las dos nenas, embolsando mi ropa y mis baratijas para donar, y atesorando para siempre en sus cajones y sus corazones, mis libros.

GRACIAS, es una imagen que me devuelve la esperanza de no ser olvidada.

Beso

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

No lo serás, ni por ellos (tus hijos) ni por mucha gente. Creeme...

Besote.