Saint-Exupéry (diez)

DIEZ


Al volver al piso de la redacción Federico Moccia y el gordo Pérez estaban charlando al lado del expendedor de agua potable. Al verlos me quedé estático como si no supiera qué hacer o qué decirles. Fue entonces que Moccia me vio ahí parado, como si mi cuerpo hubiera entrado en huelga y hubiera abandonado por completo las ganas de movilizarse, y se acercó a mí.

- ¿Qué ha pasado?, ¿qué te han dicho? –me preguntó mientras tomaba pequeños sorbitos de agua de un vaso plástico.
- Pues… me has ascendido y parece que estoy viviendo un sueño, o algo irreal –dije.
- ¡Bravo, hombre!, ¡vamos!, ¡anímate!, ¡deja esa cara de velorio y esta noche festejemos en el bar!

Fue así que esa misma noche festejamos mi ascenso en un bar de la zona. Me sentía aún un poco extraño. No caía del todo en lo de tener un ascenso, más compromisos y a su vez codearme con personas que eran muy profesionales en su ámbito. Sin embargo no me amedrenté. Entonado con varias cervezas me olvidé por completo del ascenso y terminamos a las cinco de la mañana los tres abrazados caminando por la calle. El gordo Pérez apenas abría los ojos. Parecía caminar dormido, o tal vez tirado por un par de hilos invisibles que lo movilizaban como una marioneta humana. En cambio Federico Moccia a pesar de haber bebido a la par nuestra caminaba con pasos firmes y lentos y la mirada totalmente concentrada.

- ¿Crees que seré capaz de apañármelas en el nuevo puesto?, ¿Qué piensas Federico?
- Claro que sí –dijo él sin mirarme-. No pienses en negativo. Te conozco bastante hijo. No quiero que te tornes negativo en esta nueva oportunidad que te da la vida. A veces, no siempre, la vida da buenas oportunidades y es ahí cuando hay que tener los ojos bien abiertos para no dejarlas pasar de largo.
- Fiuuuuuu –suspiré.
- Sí, es así. Si te duermes, si te amedrentas, si tienes miedo o pánico escénico cuando estas cosas suceden el tren sigue viaje y dentro de él la oportunidad te mirará por la ventanilla haciéndote gestos de cuán tonto has sido por dejarla marcharse. Me ha pasado de ver algunas oportunidades irse en el tren, por eso te lo digo.

A esas alturas el gordo Pérez se había tornado demasiado pesado para nuestros hombros. Ya estaba completamente dormido por la borrachera. Así que al llegar a una plaza cercana decidimos hacer un alto y descansar sentados en un banco. A Pérez lo dejamos recostado en un banco al lado del nuestro. Roncaba como si una gran catástrofe estuviera produciéndose en los dominios de su boca. Federico Moccia sacó un cigarrillo del saco, lo encendió con un bonito encendedor a bencina, y dio un par de pitadas arrojando el humo al aire. Me quedé contemplando las volutas de humo ascender hacia el cielo que ya comenzaba a destellar claridad. Un nuevo amanecer, me dije para mis adentros. Así es la vida. Amanece, aparece un nuevo día y la noche vuelve a cobijar todo para terminar una vez más el ciclo. De eso se trata, de ciclos.

- ¿Por qué has desaprovechado esas oportunidades, Federico? –pregunté a Moccia mientras lo observaba degustar con mucho placer su cigarrillo.
- Por diversos motivos. Tal vez la gran mayoría fue por miedo. Sí, miedo. El miedo paraliza, ¿sabes? Es algo que de manera lenta y silenciosa va reptando por tus extremidades y termina apoderándose de tú cabeza y tú mente. No hay forma de huir cuando toma el control. Pareces otro. Te desconoces. Comienzas a pensar como lo hace él y como le apetece a él. Comienzas a parecerte al muñeco de un ventrílocuo y poco a poco pierdes tú esencia. Cuando caes en la cuenta ya es tarde. Eres otro. Un miedoso. Alguien que huye de todo y se ve reflejado ante los demás como un cobarde. Así fui gran parte de mi vida.
- Entonces… lo que algunos murmullan por ahí sobre vos, ¿es cierto?
- Algunas cosas sí, otras no. A la gente le encanta hablar. Y más si se trata de hablar mal de los demás. Hablan de mí, de ti, del vecino, de su mujer, de su esposo, de quienes conocen y no conocen. La cuestión es hablar, sin importar si lo que dicen es verdadero o tergiversado. Pero quiero decirte que más allá de lo que hablen la pura verdad solo la sé yo mismo y mi consciencia. Con ella hablo siempre. Está ahí, agazapada en un lugar en penumbras de mi interior, y solemos tener largas charlas. He estado muy cerca de ella en muchos días feos y buenos de mi vida. Y creo –y fíjate lo que te diré- que ella es mi gran amiga y consejera. Sí. Ahora la escucho más que nunca. Es quien más y mejor me conoce…

A todo esto el sol comenzaba a desbordar detrás de los edificios más alejados. Una tonalidad anaranjada comenzaba a trepar por las altas fachadas y teñía todo de un naranja pálido. La ciudad aún dormía y solo nosotros tres estábamos en la plaza contemplando aquel maravilloso amanecer. Moccia siguió fumando. Se silenció un instante y quedó profundamente concentrado vaya a saber en qué pensamientos. Analicé en ese momento sus palabras y el significado que le había dado al miedo. Si algo positivo había resultado de su vida era que ahora se lo veía un hombre seguro de sí mismo y sin miedos. Le tenía mucho aprecio y su compañía se asemejaba para mí a la de un padre, uno al cual yo hacía muchísimos años había perdido.

Ese amanecer después de dejar al gordo Pérez en su edificio y despedirme de Federico Moccia en la puerta de su casa volví caminando lentamente a la mía. No tenía prisa. Era ya sábado y no trabajaba. Nadie me estaba esperando así que no tenía que rendirle cuentas a nadie. Al llegar a la esquina de la cuadra donde vivía me encontré con una mujer durmiendo en la vereda. Estaba tapada con una frazada vieja y llena de agujeros y recostada sobre un pedazo de viejo colchón todo manchado y con olor a orina. Fue una escena impactante, aún lo recuerdo. Al pasar junto a ella abrió los ojos y se quedó mirándome fijamente, como si tuviera temor de mí persona.

- No le haré daño –le dije.
- Lo sé –me respondió con suavidad- ¿qué podrías robarle a ésta pobre vieja?... nada, ya no me queda nada.

Sus palabras parecían estar cargadas de tristeza y resentimiento a la vez. Podía extraerse de aquella voz cierta pena que quedaba flotando en el aire y le costaba irse. Me apené entonces. Sentí un escalofrío recorrerme por completo. Me puse en cuclillas a su lado y me quedé observándola. Así mantuvimos nuestras miradas por un rato.

- ¿Qué te apena de esta vida? –preguntó la anciana sin quitarme de encima sus ojos que parecían la entrada a un profundo pozo sin fondo.
- Tal vez muchas cosas –respondí.
- Pues tendrás que librarte de ello sino pasarás como un triste pasajero por la vida ¿Sabes cuál es uno de los mayores problemas de la gente? Pensar demasiado. La gente lo piensa todo y a la vez lo complica todo. A todo le buscan un sentido y a todo quieren manipularlo y acomodarlo a su gusto y necesidad. Nunca están conformes. Todo les parece mal o de poca monta. Si me ven durmiendo aquí dicen “pobre vieja loca” y yo les miro diciéndoles en pensamientos, “pobres infelices” El mundo se torna del color que lo quieras mirar, muchacho. Si lo miras de manera turbia seguramente todo tomará un color opaco, triste. Si lo miras de modo cálido verás lo fácil que es entender el pasaje por esta vida.

Me quedé sopesando por un momento las palabras de la anciana. Mientras lo hacía ella acomodaba la cobija en sus pies y un pañuelo que cubría por completo su cabeza. Me senté a su lado. Pronto el sol nos iluminó a ambos. Finalmente la mujer se durmió. La contemplé por última vez y retomé camino a casa. Al llegar las vecinas barrían las veredas y el barrio había comenzado a desplegar su frufrú diario. Tuve ganas de sentarme debajo de la parra y percibir el fresco de la mañana. Aún rondaban por mi cabeza las palabras de Federico Moccia y de la anciana. Dos personas que habían transitado largos años de vida me aleccionaron en una misma noche. Como si de repente, en mi destino, aquello hubiera estado marcado para que así fuese. Valoré aquello. Al rato un viento suave comenzó a mecer las hojas de la parra y las flores del jardín. Recordé a mi madre en ese instante y cuánto quería su jardín, sus flores, su parra. Me entraron unas terribles ganas de llorar y desahogar toda esa opresión que tenía guardada en algún lugar de mi pecho. Finalmente lo hice. Lloré amargamente.


La primera semana de trabajo en la nueva sección comenzó con mucho trabajo. Los nuevos compañeros a simple vista parecían personas amenas, profesionales con gran ética. Me hacían sentir bien acompañado y me sacaban de cualquier duda no bien quedaba empantanado. Marina Fernández, la gerente de la sección, me tuvo muchísima paciencia por aquellos días. Logramos entablar una relación cordial y discreta en el ámbito laboral. Ella siempre llegaba media hora antes que todos y desayunaba a solas, en su oficina, leyendo los diarios y sorbiendo lentamente un capuccino. Lloviera, granizara, nevara, o un increíble tsunami envolviera el edificio por completo, ella siempre llegaba media hora antes, depositaba el maletín en su escritorio, extraía de él los diarios y se sentaba a tomar un capuccino que traía previamente comprado de un McDonalds.

Si yo llegaba temprano solía sentarme en mi oficina y a través del vidrio observaba con que displicencia Marina Fernández comenzaba su día. Envidiaba por momentos su soltura y el estilo, tan profesional, con el cual ella llevaba adelante su cargo. Poco a poco entendí que para ser como ella no bastaba ser buena en su profesión solamente, sino que también existía un equilibrio entre el ser humano y su trabajo. Lo más difícil, claro. Jamás hablaba de trabajo antes de las 8:00 en punto de la mañana. Si tocabas a la puerta de su oficina te sonreía de un modo distinto al de las horas de trabajo. Podías preguntarle cualquier cosa, inclusive si había visto algún programa de televisión o qué había cenado la noche anterior, que ella contestaría con su mejor buena voluntad. Sin embargo, al momento que las agujas del reloj marcaran las 8:00 de la mañana su rictus cambiaba y se disponía por completo al servicio del multimedios y su labor. Entendí observándola a ella que la diferenciación entre su vida y su trabajo lograban el equilibrio adecuado para que uno no se volviese loco.

Decidí que yo también quería llegar a un equilibrio. Que si bien debía rendir cada vez más en el puesto que me habían colocado también debía acompañar ese cambio con un equilibrio que acomodara cada cosa en su lugar dentro de mi propia vida.

Los días pasaron y me sentí cada vez más a gusto con el nuevo puesto. Pronto comencé a trabajar con una computadora y fui recibiendo trabajos más complicados, que demandaban mucho más de mi capacidad que hasta ese momento se mostraba escondida e invisible.

Federico Moccia cada tanto solía llegarse hasta el tercer piso. Apenas se abría la puerta metálica del ascensor el viejo daba un paso y se quedaba parado mirando a todo el mundo. Era gracioso ver aquella actitud. Parecía bloquearse de una manera extraña ante una sala llena de personal joven que trabajaba frenéticamente. Luego comenzaba a caminar despacio con una sonrisa resplandeciente mientras saludaba a todo el mundo gesticulando. Al llegar a mi oficina tocaba la puerta y se quedaba parado como si fuese una estatua de yeso hasta que yo le abriese. Aquello me ofendía. Más de una vez se lo había dicho pero no había manera que le entraran balas. Me complacía de sobremanera que mi amigo más querido me visitara en mi oficina. Esos momentos de sus visitas eran impagables para mí. Lograban rememorar mi ingreso al multimedios y mi paso por él, como así también cada cosa aprendida y valorada.

Cierto día Moccia llegó y me sorprendió pasando directamente a la oficina sin tocar la puerta ni quedarse estático frente a ella. No me había percatado de su llegada en el ascensor, entonces el verlo ahí parado frente mío me causó una alegría mayor a la habitual. Sin embargo su semblante no era como el de todos los días. Algo había en su rostro que dejaba entrever que traía alguna noticia poco feliz. Sin mediar palabras hice un gesto y lo invité a sentarse. Agradecido se sentó, cruzó sus piernas y se quedó mirándome con sus ojos casi cerrados y de manera penetrante. Sin siquiera yo sospecharlo aquel día sería el último que vería a Federico Moccia en mi vida.


(Continuará en un próximo capítulo...)


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2 comentarios:

SIL dijo...

Una teoría dice que las personas que se nos acercan tienen la misión de enriquecernos, y que hay una lección en cada uno de ellos, para arengarnos en el camino.
Este texto parece avalar esa tesis.

BESO, ERRANTE

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Sin embargo pocos nos detenemos en la vida a pensar en ello. Y me incluyo en esta respuesta, porque no puedo excluirme, porque soy humano y porque en esa humanidad también suelo tener vendados los ojos al vivir.

Sí, es un capítulo donde el personaje principal absorbe lecciones de seres que jamás imaginó. Tal como sucede en la vida misma. Esas lecciones son tal vez las más importantes.

Beso.