Saint-Exupéry (once)



ONCE


La vida es un misterio. Un profundo misterio que inicia desde el primer momento que abrimos los ojos y nos reconocemos vivos. Terminamos teniendo conciencia de ello desde los primeros albores de nuestra capacidad para recordar, y luego, como si fuésemos una caja de recuerdos, avanzamos sin más. La vida despliega ante nosotros un abanico indescifrable de misterios ocultos, y juega con nosotros mostrándonos cuan perspicaz es ella, y cuan incrédulos somos nosotros.

Los ojos entrecerrados de Federico Moccia me hicieron pensar que aprisionaban un mar de lágrimas. Que si los abría de modo normal seguramente brotarían hilos salados empapando por completo su rostro. Tuve esa primera sensación al ver a mi anciano amigo sentado delante de mí. Quise iniciar la conversación pero él me ganó de mano.

- Me han jubilado –dijo lacónicamente- Desde mañana debo dejar la empresa y ya no volver al trabajo.

Aquel acontecimiento no era algo común. Por un lado sentí alegría ante lo que él me estaba contando, y por otro imaginé por el tono de su voz que lo que para mí representaba algo similar a la felicidad para él significaba otra cosa, tal vez la peor hecatombe que se hubiera imaginado sobrevivir.

Fingí que no me daba por aludido a lo que intentaba comunicarme con el tono de su voz. Le hablé de todo lo positivo que representaba aquello para él. Que ahora tendría momentos libres para su propia vida, que podría viajar, leer, ir al club o al bar a la hora que quisiese a juntarse con sus amigos, que hasta podría visitarme más seguido en mi casa, y un puñado de opciones más que no movieron un ápice el rictus de su rostro.

Después de hablar callé y el silencio se asemejaba al filo de una navaja. Entonces un delgado haz de luz solar ingresó por el ventanal tras traspasar el medio de una nube. Recorrió lentamente el escritorio, tocó las manos de Moccia, reptó por su saco y se quedó estático en su mejilla izquierda. Aquella luz amarillo pálido se quedó sobre su rostro dándole un toque de calidez y vida. Pude observar cómo ahora, tras la llegada del haz de luz, sus ojos habían vuelto a la normalidad. Ninguna lágrima afloró. No. El viejo se mantuvo firme y tenso tal como cuando se había sentado. Pero ya no habló. Solo se limitó a mover su cuello y enfocar con su mirada por completo hacia el rayo de luz que ahora inundaba todo su rostro. Me quedé contemplando aquella escena casi con fascinación. Como si aquel rayo, el único rayo que había logrado atravesar las nubes, fuera un mensaje directo a su persona. Creo que él también pensó en algo así. Después de unos minutos cerró los ojos y se entregó por completo a la tibieza de la luz. Seguí observándolo durante todo el rato que duró la escena. Finalmente se levantó de la silla, me dio la mano y se retiró tan silenciosamente como había llegado.

A la mañana siguiente encontraron a Federico Moccia ahorcado en la cocina de su casa. Había atado una sábana a la base del ventilador de techo y tras subirse a una silla la pateó y se dejó caer, muriendo casi instantáneamente según la policía. Recuerdo haber recibido la noticia mientras tomaba un café en la diminuta cocina de la redacción. Cuando el gordo Pérez entró con cara desencajada imaginé lo peor. Casi no hizo falta que dijera nada, su rostro lo expresaba todo con claridad. Apenas pudo balbucear las palabras “Moccia”, “muerte”, “hoy” y me fue suficiente.

Nos quedamos abrazados llorando como dos pequeñines en la cocina. Los demás empleados, todos totalmente compungidos, murmuraban por lo bajo y se pasaban la noticia unos a otros. Marina Fernández apenas se enteró de la noticia corrió a localizarme y al verme me abrazó fuertemente. Su abrazo, cálido y sincero, me llenó de compasión y me sentí contenido y reconfortado. Hacía tanto tiempo que alguien no me abrazaba de aquel modo. No se sentía como el abrazo de mi madre, no, más bien se sentía como un abrazo cargado de un sentimiento extraño y casi imposible de describir con palabras. Todo el momento que duró el abrazó pude sentir como el cuerpo de Marina se acoplaba con el mío.

Esa misma tarde la redacción cerró por duelo.

Todos los empleados fueron al velorio de Federico Moccia, sin la excepción de nadie. Es que de algún modo el viejo se había hecho querer por todo el mundo. A media tarde el gordo Pérez se llegó hasta mi casa para que fuésemos juntos al velorio.

- ¿Estás listo? –preguntó un tanto apesadumbrado.
- En un momento –respondí.
- ¿Así que han vendido el edificio del hostel “Roma”? –preguntó al aire desinteresadamente. Tras escuchar la pregunta dejé la máquina de afeitar sobre el lavatorio, tomé una toalla, me sequé los restos de espuma, y me dirigí al living para quedarme ahí parado, contemplando de manera estúpida a Pérez.
- ¿Lo han vendido?
- Sí –respondió a secas- he pasado y estaban bajando el cartel. Cuando vi eso le pregunté a los empleados qué pasaba y me han respondido que será demolido y que edificarán un nuevo edificio, más moderno y pensado para gente jubilada.

Después de escucharlo volví al baño. Abrí el grifo, dejé que corriera el agua, metí debajo del chorro la máquina de afeitar y comencé a lavarla. Luego puse espuma en mi rostro y volví a seguir con el ritual de la afeitada. Al terminar contemplé la suavidad de la piel de mí cara. Me miré al espejo y vi algo distinto, pero no por la carencia de barba, sino como si un vacío se hubiera instalado en los límites de mi vida y se manifestaba alrededor de mí cuerpo. En poco tiempo había perdido a mi madre, a mi mejor amigo y ahora el más preciado de mis recuerdos. Caí en la cuenta que así como nadie nos avisa que venimos a la vida tampoco nadie nos da señales de cuando se parte de ella. Me sequé el rostro con la toalla y me cambié la ropa. Me puse una camisa blanca, una corbata gris, y un traje negro. Una vez listo me paré frente al espejo dentro de mi habitación y me contemplé por un instante. Mientras lo hacía observé el cuadro que mi madre me había regalado siendo un adolescente y esbocé una mueca de sonrisa, como si con el solo hecho de mirar el cuadro la presencia de mí madre se hubiera materializado. Respiré hondo y me dirigí al living. Pérez miraba por la ventana hacia el jardín. Afuera el sol iluminaba la tarde de manera espléndida.


Llegamos casi a las seis de la tarde al velorio de Federico Moccia. Afuera un grupo de compañeros de trabajo fumaban y charlaban en voz baja. Apenas nos vieron llegar nos saludaron muy apesadumbrados. Nos dimos todos unos fuertes y penosos abrazos, y cruzamos miradas de dolor. De algún modo el viejo se había hecho querer y mucho. Si estuviera en ese preciso instante tal vez se sonreiría de ver a todos tan compenetrados por su ausencia. Al entrar nos encontramos con más compañeros y el ataúd ya cerrado. El gordo Pérez se consternó y se sentó alejado, solo, como si necesitara de aquella soledad para despedir finalmente los restos de su amigo. Yo en cambio comencé a saludar una por una a las personas que estaban dentro de la sala. Después de un rato, ya cuando quedaba poco menos de la mitad de la sala con gente, salí a fumar un cigarrillo al patio. El atardecer estaba por dejarle paso a la noche. Una luna débil y casi difusa comenzaba a hacerse dueña del cielo, y unas tonalidades rojizas se dejaban ver tras las fachadas de los edificios linderos. Abrí una etiqueta de Marlboro, saqué un cigarrillo, golpeé su filtro en el borde de una ventana y lo puse entre mis labios. Lo encendí y di un par de pitadas. Después que el humo llenó mis pulmones lo exhalé lentamente. Tan lentamente que parecía que parte de mi espíritu saliese confundido con el humo ascendiendo lentamente hacia el cielo del anochecer. Fumaba en silencio, con la mente en blanco, sin siquiera reparar en el fresco del clima. Al terminar el cigarrillo arrojé la colilla al suelo y la pisé con el zapato. Alcé la vista nuevamente al cielo y ya contemplé una noche nueva, joven, aún virgen. Me imaginé a Federico Moccia vagando sobre alguna de las estrellas que el cielo mostraba. Hablándome, o tal vez gritándome lo feliz que estaba de estar allá arriba. Ya no habría soledad para él. Seguramente ahora que su cuerpo ya no le pesaba y sus pecados tampoco, habría encontrado paz para su alma. Encerré aquel pensamiento y con él dentro de mi mente entré a la sala. En el pasillo estaba Marina Fernández. Sola, con la mirada clavada en el piso. Apenas nos vimos nos abrazamos mutuamente. Volví a sentir la misma sensación del abrazo que nos dimos anteriormente en el multimedios. Una sensación mezcla de extraña con agradable. Al cabo de un instante nos separamos y nos quedamos mirándonos fijamente como si quisiéramos decirnos muchas cosas y nuestras lenguas estuvieran anudadas. Finalmente la abracé y caminamos juntos a la par hacia la sala velatoria.


Después del entierro de Federico Moccia los días se sucedieron con un luto solemne. Todo el mundo en la redacción echaba de menos a Federico. Algo se había extinguido junto con él, y ese algo era muy difícil de explicar.

La muerte de un amigo es algo inexplicable y sumamente doloroso. Algo que uno no se espera jamás y de pronto la tiene frente a sus narices. El trago amargo de aquella muerte me hizo replantearme muchas cosas en mi vida. Principalmente mi vida tan apegada a la soledad y el ostracismo que encontraba en los rincones de mi casa natal. Comencé poco a poco a salir y a divertirme con amigos y compañeros del trabajo. Los lunes íbamos a tomar algo a algún bar de moda, los martes jugábamos al póker en casa de algún compañero y los jueves y viernes nos reuníamos en un bowling y así pasábamos horas y horas entre los bolos. La vida comenzaba a iluminarse para mí.

Fue una noche de esas mientras jugábamos en el bowling que entre la multitud me pareció ver un rostro conocido. Y sí, efectivamente así fue. Era la chica de los piercings que se encontraba jugando a los bolos con un grupo de chicas. La divisé entre la multitud y ya no le quité la vista de encima. Apenas la vi la memoria me trajo al presente todos aquellos momentos vividos: el hostel “Roma”, Lourdes, la charla en la habitación del hostel, la lluvia. Dudé qué hacer. Pero respiré hondo, saqué fuerzas, pausé los recuerdos y fui a su encuentro.


(Continuará en un próximo capítulo...)


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(Imagen: http://30.media.tumblr.com/tumblr_lid9rt8EN21qdu86yo1_500.jpg )

2 comentarios:

SIL dijo...

La rueda de la vida no giraría con sentido si la muerte no existiera para completar el círculo.
Perdemos y ganamos
y perdemos y ganamos
y ... //
personas y recuerdos en ese misterioso giro.

Beso, Errante

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Coincido. Sí, coincido en eso de la vuelta al mundo mágica. Es tan asombroso darse cuenta cómo funciona en parte el mecanismo de la vida que ante tal majestuosidad uno se queda boquiabierto.

Los personajes de esta historia viven cosas particulares y a su vez "nuevas" en sus vidas. El personaje principal se abre paso haciendo cierta catársis, intentando tomar el timón de una vida ya en su cuarentena.

Besos, rubia.