Saint-Exupéry (siete)




SIETE


Hostel “Roma”, siete de la tarde, un viento fresco recorre las calles dando la sensación de un día casi invernal. Aún se está en otoño. La chica de los piercings intercambia su turno, ya es su hora de salida. Su compañera, una morocha un tanto regordeta se apresura a llegar. Es tarde, la chica de los piercings se lo hace saber con un gesto y con el ceño fruncido; no obstante deja su bolso colgado en el perchero y atiende las cosas de importancia que tiene que decirle su compañera. No hay mucha gente en el hostel. Es temporada baja y es tranquilo el trabajo en esa época del año. Pocos turistas visitan la ciudad y los que llegan solo permanecen un par de días, a lo sumo tres o cuatro.

La chica de los piercings sale del hostel media hora después. Ajusta su cazadora y se coloca un pañuelo floreado alrededor de su cuello. Camina lentamente hacia la parada de colectivo y en ese trayecto enciende un cigarrillo y da caladas diminutas, como si saborease cada instante de las pitadas. Al llegar a la parada se apoya en el caño que en su parte superior indica los horarios de los distintos colectivos. El anochecer está a la vuelta de la esquina. Se presenta fría la noche. Mientras espera el colectivo piensa en su trabajo, en las cosas rutinarias que la hartan de él. Se dice que desea algo nuevo, algo con mucho más mundo y movilidad que el ostracismo que la ahoga y agobia en el hostel. De repente recuerda la charla con Lourdes y aquello sobre la ecología, las selvas y el viajar de un lado a otro del país y del mundo. Le parece algo fantástico, se siente feliz con esos pensamientos y un torrente de adrenalina se dispara por su sangre. “Tal vez…”, se dice. Finalmente el colectivo aparece al final de la calle con marcha lenta. Se detiene en la parada y la chica sube, paga al conductor y se sienta en el último asiento. Se coloca unos auriculares y selecciona una carpeta de música en su ipod. El colectivo inicia su marcha y ella apoya la cabeza contra el vidrio y cierra sus ojos.

Tras casi cincuenta minutos de recorrido finalmente el colectivo se detiene en un barrio periférico. Primero baja un hombre calvo, con muletas. Luego desciende la chica de los piercings. El hombre camina muy lentamente por su imposibilidad y ella lo sobrepasa ligeramente. Al hacerlo el hombre murmura un halago y ella lo toma como viene, como si fuera el piropo más bonito que en tiempo le han dicho. Al llegar al monoblock sube las escaleras laterales y de sus oídos se desprende la música que el iPod inyecta incansablemente. Tararea las canciones en un diminuto abrir y cerrar de labios mientras su mirada se mantiene casi perdida y solamente enfocada en los lugares físicos más representativos para su orientación. De un modo rutinario y mecánico llega a la puerta del departamento, inserta la llave, gira el picaporte y finalmente su mundo está ahí, delante de su vista.

No lo duda, arroja la cartera al suelo y de un brinco se tumba en la cama. Se quita lentamente los auriculares, sus zapatillas Pony, su jeans. Así, en bombacha y con una remera de algodón se queda tendida boca arriba observando el blanco pálido del techo. Sus pensamientos siguen sumergidos en cambiar de empleo. Su mente gira como un satélite alrededor de la Tierra. No hay otra cosa que ocupe o invada su mente. Ahora sus ganas se han apoderado totalmente de su cuerpo y de su consciencia y desea que aquello sea una realidad: ya basta del hostel, ya basta de aquella rutina idiota, desea vida.


Afuera, a más de mil kilómetros de distancia del departamento de la chica de los piercings, un grupo de mujeres preparan la cena para aborígenes Wichi. En una gran olla de fundición hierve un gran guiso que desprende un aroma que enloquece las tripas de todos los comensales. El olor abandona la casa precaria y se eleva hacia las estrellas. Aborígenes y mujeres ríen y dialogan en torno al fuego de la cocina. Lentamente la noche a caído y el monte llamado el “Impenetrable”, del Chaco argentino, se ha vuelto oscuro y frío.

Hay un cielo estrellado en Villa Rio Bermejito. Los aborígenes, en su totalidad, están en sus casas a la espera de la cena. Lourdes hecha el arroz y revuelve lentamente el contenido de la olla con una gran cuchara de madera. Su tatuaje en el brazo es motivo de admiración para los aborígenes. Los más viejos, hablando en lengua Qom, cuchichean sobre el niño que ella tiene dibujado en el brazo. Una mujer anciana mientras murmura señala las estrellas. Tal vez sea el asteroide quien ha llamado su atención y lo ha ubicado en medio del cielo nocturno. Lourdes sonríe. Sabe que los tatuajes son llamativos para los aborígenes. Una niña wichi se acerca y con la punta de su dedo corazón toca la cara del Principito en el brazo de Lourdes. Sale corriendo. Ríe. Se asusta. Lourdes hace gestos que solo es un dibujo. Les dice en lengua Qom que aquello es algo irreal, fantástico, un ser imaginario, algo así como los dioses y espíritus en los cuales ellos creen.

Finalmente la cena es servida y todos comen como una gran familia.

Arriba las estrellas titilan e iluminan como un manto de diamantes el impenetrable chaqueño. Los niños son los primeros en ir a dormir, los ancianos le siguen y los adultos y más jóvenes se quedan junto a las mujeres de la misión alrededor del fuego a contarse historias. Sin embargo esa noche Lourdes está cansada. El calor de la cocina y el fresco de la noche le han bajado mucho sueño. Piensa en dormir para levantarse temprano. No se queda a la reunión. Ya en su cama se quita las zapatillas, el sombrero, los pantalones, y se mete en la bolsa de dormir. Afuera los grillos cantan canciones de cuna. Un par de lechuzas seducen a la oscuridad con sus sonidos y el viento con su soplar invita al sueño. Las hojas de los eucaliptos friccionan entre oleada y oleada de viento. Es un ruido demasiado enternecedor para quienes están exhaustos. De a poco Lourdes va perdiendo consciencia, sus párpados se tornan pesados, sus ojos se entrecierran, y comienza a pisar el umbral de los sueños. Finalmente todo es oscuridad.


El iPod cae de la cama y por los auriculares susurra una canción de Nirvana. La mano queda tendida al vacío sobre el costado de la cama. La luz de la habitación está apagada y solo queda encendido un velador. Afuera el cielo se ha cargado de nubes. Lloverá. La chica de los piercings respira suavemente, sueña, anhela otra vida.


(Continuará en un próximo capítulo...)


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(Imagen: http://www.paraver.com.uy/wp-content/uploads/2010/10/principito1.jpg )


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2 comentarios:

SIL dijo...

Todos los caminos conducen a Lourdes, y la chica de los piercings será el instrumento que quizás una a los dos protagonistas de la historia.

Es más facil llegar a la otra vera en una barca que nadando...

Beso grande

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

Un placer verte siempre comentando mis textos. Además me honra que lo hagas.

Veremos qué pasa con la historia y la verdad que me está gustando mucho escribirla.

Besote.