Saint-Exupéry (trece)



TRECE


En el otoño de 1995, a casi dos años de estar trabajando en el nuevo puesto, decidí tomarme vacaciones. Había trabajado bastante duro y necesitaba un poco de relajación para mi cuerpo y mi mente. Fue así que por consejos de Pérez opté por comenzar a analizar posibles destinos turísticos. Algunos en México, otros en Cuba, también en Brasil y Chile, aunque lo que sin lugar a dudas llamaba mi atención era Europa.

Mientras decidía el destino me dediqué a acomodar la casa y a dejar todo en orden para mi ausencia. Pagué impuestos, organicé la cuenta bancaria, contraté a un jardinero para la poda de la parra y la puesta a punto del jardín, planifiqué el trabajo en la redacción para concentrarlo para mi retorno y que fuera liviano durante mi ausencia así de ese modo no se recargarían de trabajo mis compañeros. Marina Fernández colaboró mucho en todo esto. Ella pasó a ser alguien indispensable en mi vida y yo de algún modo me sentía más unido a ella a medida que el tiempo y los años transcurrían. Llegamos a ser tan compenetrados que empezamos a comentarnos cosas de nuestras vidas privadas y de nuestros gustos. Teníamos cosas afines y cuando algo nos separaba tratábamos de buscarle el punto de encuentro, aunque fuese uno remoto y diminuto.

Cierto día, estando con ella a solas en la redacción y antes de irme de vacaciones, le conté sobre aquellos días vividos en relación a Lourdes y el hostel “Roma”. Después de escucharme atentamente cruzó los dedos de ambas manos y apoyó el mentón en ellos, quedándose inmóvil y con su mirada clavada en mí.

- Es increíble que algo así haya quedado congelado en el tiempo. Me refiero a que no avanzó, a que solo lo has atesorado como algo que pasó y punto –dijo.

Y en efecto había sido así. Si debía pensar en aquellos días podría decirse que mi mente los recordaba cómo días soleados de una tibieza extrema que acariciaba mi corazón dándome una sensación sumamente placentera. Como si aquellos días estuvieran intactos y detenidos en un tiempo muerto dentro de una burbuja que se movía a su gusto dentro de mi memoria. A pesar de jamás haber tenido nada más que una fugaz amistad con aquella chica yo sentía que había sido algo especial, tal vez lo más especial que me había pasado en la vida con una mujer. Recordé entonces las palabras de mi madre cuando decía que daría cualquier cosa por verme feliz al lado de alguien, y enseguida me sobrevino una sensación de ahogo. Quiérase o no yo aún estaba solo. Por más que alguna que otra mujer entibiara las sábanas de mi cama en el fondo de mi corazón existía una planicie de soledad inmensa.

Después de la charla con Marina Fernández la invité a cenar. Ella aceptó gustosa. A eso de las siete de la tarde pasé por el edificio donde vivía. Estaba esperándome, como siempre, con su intachable sentido del horario. Vestía un vestido corto, de color gris, llevaba el pelo recogido y sujeto con una hebilla de carey, y un bonito par de zapatos de tacos aguja que permitían que su figura se mostrase estilizada y sensual. Nunca había posado los ojos sobre Marina Fernández fuera del ámbito laboral. Para mí ella era mi compañera de trabajo y solo eso. Así la veía siempre, como una colega o alguien capaz de hacer el día a día más ameno en mis tareas; sin embargo en el instante que avanzaba hacia el edificio y la veía allí parada esperándome sentí la sensación de estar dirigiéndome al encuentro de una mujer hermosa y especial, algo que jamás me había sucedido en su cercanía. Nos dimos un beso como saludo y decidimos caminar un rato antes de ir a cenar.

Caminamos por calles paralelas al río. Cada tanto nos deteníamos a mirar alguna vidriera o a presenciar algún espectáculo callejero que por aquellos días comenzaban a ponerse de moda en las esquinas donde había semáforos. Un saxofonista apenas nos vio cruzar la calle se llegó trotando hasta nuestro lado y comenzó a tocar bellamente el saxo. No recuerdo precisamente qué canción era, pero lo hacía de manera excelente. En la mirada de Marina Fernández se podía notar cuan complacida estaba con ello. Después de tocar la canción el saxofonista hizo una reverencia y tras darse media vuelta volvió a salir corriendo sin siquiera dejar que le diésemos propina.

- ¿Has visto qué hermosa canción? –dijo ella.
- Hermosa… -respondí.

Terminamos al anochecer caminando a orilla del río, sobre la avenida costanera. Del otro lado podía verse cómo la ciudad lentamente se preparaba para recibir la noche. Las luces de los edificios comenzaban a encenderse una a una como si fuesen luces de arbolitos navideños. Pensé en ese momento cuántas vidas e historias habitarían en cada luz, e imaginé ese estupendo relato de Eduardo Galeano que habla sobre la ciudad de los fueguitos.

Encontramos un restaurante con un amplio patio de comidas que daba al río. Nos encantó el sitio y decidimos almorzar allí. Pedimos la comida, cenamos casi en silencio y cada tanto, cuando las palabras eran innecesarias, cruzábamos nuestras miradas, y como si estuviésemos confundidos por la situación, inmediatamente mirábamos hacia otro lado. Creo que tanto ella como yo comenzamos a confundirnos esa misma noche.

Tras pagar e irnos del restaurante comenzamos a caminar rumbo a la ciudad por la costanera. El reflejo de la luna sobre el agua me retrotraía en pensamientos a mi niñez y a esas noches de verano en las cuales la luna era tan redonda y brillante que se asemejaba a un botón de plata pendiendo del cielo.

- ¿Sabés? –dijo Marina Fernández- me he quedado pensando en lo que me has contado sobre la chica del tatuaje y cuánto has atesorado ese recuerdo.
- ¿Y qué has pensado?
- En que porqué si sentías aquello que sentías nunca se lo expresaste o dijiste a ella.
- Pues porque no estaba seguro de nada. La inseguridad es algo que te bloquea. Además, nos llevábamos casi la mitad de años. Era real que me atraía y mucho, pero seguramente era algo que me pasaba solo a mí y no a ella.
- Pues a eso no lo sabes, tan solo es una conjetura…
- Sí, tienes razón –respondí.- No lo sé y me he quedado con la espina clavada. A veces me he preguntado qué hubiera pasado si le expresaba mis sentimientos y eran correspondidos. Pero todo vuelve al mundo de las conjeturas y las posibles respuestas, y nada es algo real. Tal vez me quedé entumecido y no supe qué hacer… sí, eso debe ser.

Entonces ella se volvió hacia mí, y se quedó ahí suspendida, mirándome, como si con su mirada quisiera decir miles de cosas que con el diálogo que manteníamos fueran imposibles de comunicar. En el fondo de sus ojos existía cierto fulgor que lo asemejaba a una llama de vida cuya expresividad era sumamente contenedora y suave. Quedé por un instante extasiado observando aquel fulgor, intentando adivinar qué había de secreto en él. Supuse que tal vez sería la representación viva y física de su interior, de su alma o espíritu, sí, tal vez nuestro interior se materialice de ese modo, como si fuese un llama contenedora y acogedora que al momento de observarla haga sentir que ya nada importa, que el mundo y la vida son un mero escalón para ascender a algo más superior y fantástico.

Al volver en mí el silencio se había instalado entre ambos. Era casi la medianoche y ya debíamos de volver. Cuando intenté avanzar y volver a caminar ella me detuvo tomándome del brazo derecho.

- Espera –dijo- aún no…

Entonces me besó.


A mediados de mayo de 1995 ya tenía destino para mis vacaciones: Colombia. Me había decidido por sus playas caribeñas. El vuelo saldría un viernes y llegaría el sábado apenas pasada la medianoche. No llevaba mucho equipaje, tan solo el justo y necesario para que la aerolínea no me hiciese problema ni me cobrara sobrepeso. Cuando estuve embarcándome y mientras contemplaba un panel digital que anunciaba los distintos horarios de vuelos y destinos pensé que era la primera vez que saldría del país hacia un sitio tan lejano. De repente me había sumergido en una realidad aterradora: mi vida, mirándola desde donde se la mirase, se había vuelto rutinaria y sin ninguna arista que sobresaliera y la hiciera ver como una vida digna de ser vivida. La voz de mi madre diciéndome cuan preocupada estaba porque mi vida pasara y yo fuese un simple espectador parecía oírse aún en ecos dentro de mi cabeza. No era solo por el hecho de no salir del país y viajar a otro sitio, sino que jamás había experimentado la sensación de hacer algo distinto y totalmente nuevo, que colocara un extra de riquezas a mi vida. Tras pensar por un momento aquello me sentí apesadumbrado. Subí al avión y dejé que una azafata me indicara el sitio donde debía de sentarme.

La torre de control de vuelo se veía como un pequeño adorno que se erigía sobre las demás construcciones en la enormidad del aeropuerto. Al poco tiempo de estar sentado una voz en off anunciaba el despegue y que debíamos de asegurarnos los cinturones de seguridad. Inmediatamente una melodía suave comenzó a escucharse a través de los parlantes del avión. Imaginé que sería para aquellos que en el despegue se sintieran nerviosos. Tras carretear el avión tomó altura y abandonó el piso alzándose más y más con destino a las nubes. Desde allí, desde la altura que ganaba, todo comenzaba a empequeñecerse: las construcciones, los automóviles, la pista de despegue, los árboles, todo. Daba la sensación de que el ascenso permitía despegarse de todo lo conocido e ir minimizándolo para que luego solo se lo viera como una maqueta a lo lejos y finalmente desapareciera. Lo relacioné inmediatamente con los recuerdos. Pues tal vez así pasa con ellos. A medida que el tiempo transcurre van empequeñeciéndose, van perdiendo su forma y se van volviendo erosionados y descoloridos hasta verse tan difusos que el próximo paso es su extinción. Solo cuando algo importante sucede la vida se encarga de traerlos en un santiamén a nuestra realidad, darle forma y colores automáticamente y mostrarnos aquello que había quedado esfumado en la carretera del tiempo.

A lo lejos, desde la ventanilla del avión, contemplaba la ciudad. Parecía un pedazo de hoja cuadriculada de un cuaderno. Imaginé cuantas personas allí, en esa ciudad que sentía tan mía, extrañarían mi ausencia. Pensé en Marina Fernández, en Pérez, y ahí mi cuenta se detuvo de repente. Sí, mi mundo era demasiado reducido, drásticamente limitado.

El avión tocó tierra cerca de la una de la madrugada en suelo colombiano. Apenas bajé por la escalerilla sentí un calor húmedo que me abordó de repente. Sin duda aquel sitio era caribeño. A lo lejos, en medio de la oscuridad, podía sentirse el sonido de chicharras jugar con el viento. Apenas recogí el equipaje me dispuse a tomar un taxi. Al llegar a la parada de taxis la cola era interminable, tal vez cuarenta o cincuenta personas esperaban embarcarse en uno.

- ¿Vienes en mi automóvil? –dijo una voz femenina a mis espaldas.

Tras darme vuelta pensé cuan diminuto es el mundo pero no logré aún comprender en lo más mínimo porqué suceden a veces ciertas cosas.

Asentí.

Caminé hacia la-chica-de-los-piercings aún demasiado sorprendido por el encuentro. Ella, como siempre, seguía esbozando esa sonrisa de conejo un tanto tímido y asustadizo. Señaló un automóvil de alquiler e inmediatamente nos subimos en él y tomamos la avenida que sale del aeropuerto para perdernos en la costa caribeña en medio de la noche.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: http://30.media.tumblr.com/tumblr_li6nvulXKB1qzhl9eo1_r1_500.jpg )

2 comentarios:

SIL dijo...

Ey, insisto: todos los caminos conducen a la chica de los piercings...

ME guardo en el alma aquello de que hay vivencias que no avanzan, que no evolucionan, que nacieron para ser algo atesorado, vivido y punto.

Gracias Miguel, me ayuda con algunos recuerdos.

Beso

SIL

Miguel Aguilera dijo...

@SIL:

¿Será?... puede ser, no sé, a veces los personajes se encuentran y desencuentran, viste como es esto... :)

Gracias a vos por siempre pasar, leer y opinar.

Beso.