Saint-Exupéry (treinta)



TREINTA


Después de varias cuadras de caminata nos detuvimos frente a una casita pequeña de fachada cuarteada por el tiempo. Tenía un jardín logrado con esmero, lleno de geranios, rosales y alguna que otra maceta pequeña esparcida a lo largo de la fachada. Lo bordeaba un ligustro, que a simple vista se sabía que se lo mantenía a conciencia: perfectamente cortado, abonado y regado. Estar parado frente a esa casa se sentía confortable, como si de ella emanaran dos manos gigantes capaces de tomarte entre ellas y protegerte de todo. Era esa misma sensación inexplicable que producen ciertos objetos o lugares, aunque uno jamás los haya visto en la vida. Marina me soltó la mano y se aferró a la reja que separaba la casa de la vereda. Estaba abstraída por aquella construcción que daba la sensación plena de haberse dormido en el paso del tiempo. Las dos ventanas pequeñas del frente estaban abiertas. Dos cortinas blancas colgaban de ellas y ondeaban lentamente al compás de los designios del viento.

- ¿De quién es esta casa tan linda? –preguntó Marina volteándose y mirando directamente a los ojos al anciano.
- Ahora es mía… -respondió el viejo con cierto sosiego en su lengua- Pero antes fue de tú madre –dijo mientras se daba vuelta y clavaba sus ojos en mí.

Aquello me alteró, hizo que me quedara petrificado y que por un lapso de tiempo me mantuviera bloqueado, mirando como ellos seguían comentando cosas que mis oídos no entendían y mi cerebro impensadamente asimilaría.

- ¿De mí madre? –pregunté al rato, un tanto absorto y aún sin poder asimilar con claridad el hecho de que en aquella casa hubiese vivido ella.
- Sí. Verás, ella nació en esta ciudad y a los pocos años sus padres, tus abuelos maternos, lograron comprar la casa. Al principio, y según lo que ella me contó, habían vivido alquilando una habitación en una pensión de la ciudad, pero luego, con algunos ahorros pudieron hacer la primera entrega y tus abuelos finalmente terminaron comprando la casa. A pesar de verla en estas condiciones en sus años mozos fue una linda construcción. El tiempo pasa para todos, hijo… para las edificaciones también…
- Ya lo creo… -respondí mientras observaba las viejas paredes.

Como si un impulso ajeno a mí me hubiera empujado abrí la puerta de reja y seguí el caminito de baldosas que cruzaba el jardín. Los geranios y los rosales viéndolos de cerca parecían más bellos. El césped desprendía una humedad y frescor encantadores y el trinar de los pájaros en un palmar vecino hacía que aquella visión fuera una de las más emocionantes que vi en mi vida. Marina y el anciano caminaban detrás de mí. Al llegar a la puerta de entrada me detuve. Tomé el picaporte y me quedé con él en la mano por unos instantes. Un rayo de imágenes pasaron por mi mente. Una niña sin rostro que jugaba en un jardín y al ser llamada por su madre a comer corría y abría la puerta asiendo ese mismo picaporte. Esa niña sin rostro seguramente había sido mi madre. Dicen que los objetos materiales se impregnan de los seres humanos que los utilizan. Es como si dejáramos nuestra huella espiritual en ellos y pudiese ser redescubierta por otras personas en días futuros. Una triquiñuela del destino sin lugar a dudas.

Enseguida solté el picaporte y di paso al anciano, el cual introdujo una llave en la cerradura y abrió la puerta. Nos adentramos en la casa. Olía a madera vieja. Las cortinas ondearon con mayor soltura y dejaron pasar el viento cargado de olor a geranios, el cual al mezclarse con el olor a maderas generó uno nuevo, que daba una sensación de antigüedad, de viejas vidas vividas. Adentro la casa era simple: una mesa, un viejo armario, un par de cuadros colgados de las paredes, un viejo tocadiscos, una alfombra amplia que ocupaba casi toda la habitación principal, una silla mecedora, y una pequeña biblioteca repleta de libros. Me dio la impresión que eran libros muy antiguos. A vuelo de pájaro leí algunos lomos: “El conde de Montecristo” de Alejandro Dumas, “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, “Carta al padre” de Franz Kafka. También había una colección de libros en cuyos lomos de cuero resaltaban letras doradas con el título: “Historia de las guerras europeas”. Imaginé por un momento al anciano leyendo aquellos libros en la silla mecedora, concentrado y absorto en la lectura, mientras las cortinas ondeaban al viento y el olor a los geranios y rosales invadían la estancia. Fue una imagen escueta y fugaz, pero cargada de un realismo directo y profundo. Ese mismo anciano dentro de la casa difería mucho del que había conocido hacía un rato mientras afilaba un cuchillo. A veces las personas nos engañan. Tal vez no lo hacen adrede, sino de un modo distraído, enigmático y desconocido, que logra volver invisibles ciertas facetas de su personalidad y mostrar solo lo que nuestros ojos son capaces de captar y nuestro pensamiento capaz de dilucidar. Nos hacen pensar que son de determinada manera y resultan siendo de otra ¿O seremos nosotros mismos los que realizamos un juicio previo y prejuzgamos todo?

Avancé unos pasos y me detuve al lado de una silla mecedora, la cual estaba perfectamente ubicada en medio de la habitación principal, sobre la alfombra, en un claro simbolismo de ser un objeto importante en la casa, el cual seguramente era usado durante mucho tiempo por el anciano. Pasé mi mano por sobre su apoya brazo y sentí la textura de la madera noble y lustrosa. Le di un pequeño golpe con la mano y la silla comenzó a mecerse. Sonreí. Marina se me acercó por detrás y me abrazó en silencio. Apoyó su cabeza en mi espalda como si pudiese de esa forma oír mis pensamientos a través de mis pulmones y llegar a mi corazón.

- Esa silla estaba en la casa cuando la compré. Tal vez perteneció a tú abuelo, o a tú abuela. Me paso horas sentado en ella leyendo libros por las noches. Es una buena compañera. Pero si quieres te la obsequio, después de todo tal vez te estuvo esperando durante todos estos años…

Las palabras del anciano parecían sinceras. Me quedé un rato más tocando la silla con la mano y viendo cómo se mecía.

- ¿Vive solo acá? –pregunté sin mirarlo, aún yo le daba la espalda.
- Sí. Soy soltero. Nunca me casé.
- ¿Y cómo se lleva con la soledad?
- Como todo viejo: después de cierta edad comienzas a entender que la soledad no es un enemigo sino que es parte de tú propio ser. Es como la sombra, nadie puede matar a su sombra y dejarla ahí, muerta y tirada. Bueno, la soledad es igual. Siempre está con uno. Va adonde uno va, escucha y ve lo que uno dice y hace. Sin embargo durante gran parte de nuestra vida nos la pasamos intentando evadirla, alejarla de nuestro camino. Pero es imposible. Ella siempre aprovecha un momento de nuestros días para colarse y dejarse ver. Somos nosotros los que la pensamos y sentimos belicosa, irritante y dañina. Sin embargo, a medida que uno va envejeciendo, comienza lentamente a comprender que ella no es más que una mera muestra de lo grandiosa que es la vida y de lo maravilloso de la obra de Dios. Esa misma soledad que a veces de jóvenes nos resultaba asfixiante luego nos parece la más hermosa dama de compañía, y en ciertos momentos hasta la echamos de menos.

Seguía dándole la espalda al anciano y mientras lo hacía analizaba su respuesta. Por un instante se me hizo la idea de que era un hombre muy sabio. No es fácil encontrar personas sabias en la vida. Hablo de esa sabiduría del vivir, que solamente logran aquellos que han caminado la vida minuto a minuto aprendiendo y experimentando vivencias nuevas. De repente paré el movimiento de la silla con la mano. Ya era suficiente.

- ¿Tiene algo para decirme? –pregunté al anciano ahora sí volviéndome hacia él.
- Algunas cosas… sería mejor que tú preguntaras, en tú rostro veo que hay demasiadas preguntas.
- Pero me imagino que usted estará apurado, me refiero al mercado, lo ha dejado solo.
-- No hay problema por ello. La gente ya me conoce. Además por un rato nadie morirá si no le atiendo.

Asentí con la cabeza. Tomamos asiento en unas sillas que había diseminadas por la habitación. Una radio se oía a lo lejos y se podía escuchar un tango de Aníbal Troilo. Apoyé mis manos sobre mis piernas, y ordené las ideas dentro de la cabeza.

- Una noche, antes que mi madre muriera, me hizo prometerle algo. Ese algo estaba relacionado con su juventud, más precisamente con el inicio de la relación que mantuvo con mi padre. Ella me contó que cierto día mi padre y ella se habían encontrado en un banco de la plaza frente a la iglesia y que él le había obsequiado algo que ella anhelaba mucho. Ese regalo que mi padre le dio no sé qué era, mi madre no me lo dijo nunca. Ella me hizo prometerle que yo lo buscaría y lo encontraría. No supe nunca por qué no me lo dijo, pero yo le prometí buscarlo, hacer el intento y aquí estoy, tras el rastro de un objeto que no sé si existe aún ni qué es. Finalmente ella me dijo que tal regalo lo había dejado en la iglesia que se encontraba frente a la plaza. Y asociamos, junto a Marina –dije señalandola a mi lado-, que esa iglesia era la Catedral.

Mientras, el anciano me observaba detenidamente, como si tras cada palabra que yo mencionase él supiera exactamente lo que yo diría.

Luego, proseguí:

- ¿Sabe? Cuando lo vi en su comercio, detrás del mostrador afilando el cuchillo, pensé que mi búsqueda había llegado a su fin. No sé el por qué exactamente. Fue una sensación muy real, como si un gran peso se me quitara de los hombros y pudiera yo descansar y relajarme de tanta tensión. Pero ahora que le estoy diciendo esto no sé si es tan así. Al llegar a Posadas he localizado la plaza y la iglesia que supuestamente era el punto donde mis padres se habían encontrado aquel día. He ido a la iglesia, intenté averiguar si sabían algo de aquellos días y solo obtuve como respuesta de una monja que el sacerdote que por aquellos años tenía por encargo la iglesia había fallecido. Era un tal padre Ernesto, y es por eso que tras perder todo tipo de huella posible casi dimos por finalizada la búsqueda. Pero tras esa desorientación repasamos unas fotografías de mi madre y allí asocié su local comercial con la plaza, y ahí nos dimos cuenta que estábamos tras una pista segura. Mi madre debió de haber vivido, o al menos transitado, por estos lares. Fue así como todo nos condujo a usted…
- Sí, entiendo perfectamente todo. Creo que es cosa del destino todo esto que ha pasado. No sé hasta qué punto pueda ayudarte, pero algo podré hacer ¿Cómo te llamas? –preguntó el anciano con un esbozo de simpatía en su rostro.
- Esteban –respondí a secas.
- Bueno Esteban, tal como te dije antes tú madre y yo fuimos novios durante un tiempo. Fue antes de que ella conociese y se enamorara de tú padre, pero aun así siempre seguimos en contacto y siendo buenos amigos. Yo amaba a tú madre. La amé con todo mi corazón, con esa fibra poderosa que un corazón joven puede darle al primer amor. Pero no pudo ser. Tras separarnos ella se enamoró de quien fue tú padre y con el tiempo se casaron y se mudaron de aquí. Sin embargo ella me contaba que no eran todas rosas en su relación con tú padre. Después de partir de la ciudad e instalarse en Córdoba, nos mantuvimos en contacto por correo postal. Nos enviábamos una carta o dos, al mes y así sabíamos el uno del otro. Tú padre nunca se enteró de esas cartas. Esa comunicación se mantuvo por varios años, hasta que un buen día se cortó definitivamente y ya no supe más de ella ni el porqué del silencio y la incomunicación. En las cartas que tú madre me enviaba contaba todo cuanto ella vivía para sí misma y con respecto a la relación con tú padre. Casi no callaba nada. Nos conocíamos tan bien que ella podía explayarse tranquilamente sabiendo que yo sería una tumba. Después de casi dos años de cartearnos ella me envió una carta en donde me contaba un secreto que jamás había contado a nadie. Allí me hablaba de ese regalo de tú padre y cuál había sido el destino del mismo.

En ese momento el anciano hizo una pausa clavando su mirada en el ondear de las cortinas. Luego prosiguió.

- El regalo que tú padre le hizo fue algo que tú abuelo le había enseñado a ella de niña. Era un libro. Un viejo libro que ya en aquel entonces tenía sus años y había venido en barco procedente de Europa. Tal vez de alguna vieja librería europea, no lo sé. Tú abuelo tenía el mismo libro pero en edición nacional. Sin embargo, el libro que tú padre le regaló era una primera edición. Ella contaba en la carta que al recibirlo se había emocionado mucho, que aquello era muy especial para ella puesto que era el primer libro que había tenido contacto con ella y la había introducido al mundo de la literatura. Cierta vez le había contado esa anécdota a tú padre y éste finalmente había dado con el mismo libro y una primera edición y se lo regaló. Como verás, Esteban, el objeto que buscas es un libro. Pero no es un libro simple, sino uno especial, uno que tú madre atesoró y quiso mucho.
- ¿Y usted tiene idea dónde está ese libro?
- Una sospecha, pero no una certeza –respondió el anciano mirando al suelo.
- ¿Sospecha?
- Sí. Pero espera, hay más que debo contarte…

Noté en el rostro del anciano cierta tensión. El modo con el cual entrecruzaba los dedos de sus manos y la manera nerviosa de mirar al piso me hizo pensar que eso de más que debía de contarme seguramente no sería algo que me haría feliz. Pero decidí no sacar conclusiones apresuradas y fui todo oído. Mientras, Marina se había sentado en la silla mecedora y se mecía lentamente. Nos observaba a ambos con atención. Cuando se hizo la pausa en el diálogo me quedé mirándola un tanto embobado. Sentía que todo aquello había pasado gracias a esa chica, que ella había hecho posible aquella búsqueda y aquel hallazgo. Como si se tratase de la búsqueda de un tesoro, y ella y yo fuésemos dos piratas desesperados, estábamos allí juntos y llegando casi al fin, a punto de agarrar las palas y desenterrar el tesoro dentro de la gruta.

- Espera un momento –dijo el anciano levantándose de la silla- iré a calentar agua en la pava así tomamos unos mates.

Se dirigió a la cocina y tras perderse detrás de una puerta me levanté y corrí una cortina. Afuera el día era espléndido. El verde del pasto del jardín y el colorido de los geranios creaban una bella sensación visual. Solo se dejaba oír el leve movimiento que hacía la silla mecedora contra el piso. Los pájaros se habían llamado a silencio por un instante y el viento había cesado. En la cocina se escuchaba cómo el anciano cargaba agua en la pava y encendía la hornalla de la cocina. Volvió al rato, tomó asiento y tras cebar un par de mates y beberlos él me extendió su mano pequeña y rugosa con el mate.

- El padre Ernesto y yo éramos buenos vecinos y a la vez buenos amigos. Era común que él comprara en mi mercado y que yo me diese una vuelta a diario por la iglesia a darle una mano en las cosas que necesitaba. A veces debía apañárselas solo y era mucho trabajo para un hombre solo. Los monaguillos de la misa del domingo solían ir a barrer y lavar los pisos, pero no siempre lo hacían. No había monjas que frecuentaran la iglesia por aquellos tiempos, y el dinero que enviaba el obispado tampoco era abundante para pagar servicios de limpieza o de lo que se necesitase. Así que opté por ayudar yo mismo. El padre siempre fue un agradecido conmigo por ello, y entre tanto tiempo que supimos compartir cierto día me contó sobre el regalo que tú padre le había hecho a tú madre: “Mira, te contaré algo -dijo aquel día-, y lo haré porque sé que el tiempo ha pasado ya y las cicatrices de dolor que hubieran quedado por tú separación de Elena Villalobos han cicatrizado en su totalidad. Ella antes de irse me ha depositado en mis manos un regalo, un objeto. Me ha pedido que lo guarde aquí, que en un futuro alguien vendría a buscarlo, y que a ese alguien debía entregárselo. Era un libro, un viejo libro. Pero algo ha pasado hace unos meses atrás, y ha sido que se ha presentado su esposo con una niña y ella, la niña, me ha pedido el libro. Enseguida me puse feliz por ese hecho. Se había cumplido lo que Elena me había dicho aquel día. Pero sucedió algo inesperado. Tras darle el libro a la niña y verla fascinada por el libro, mientras ella con su padre se iban caminando de la iglesia, en voz alta pregunté por su madre, Elena, y fue entonces mi sorpresa. La niña volteó y me respondió que su mamá no se llamaba Elena. Entonces vi en los ojos del padre la mirada del error. Esa mirada que tienen las personas que admiten tener un gran error en sus vidas. La niña siguió caminando junto a su padre, salieron de la iglesia y se perdieron calle arriba. Me quedé pensando si había hecho bien en entregarle el libro pero en ese momento me encontraba muy aturdido por ese acontecimiento. Con el pasar de los días analicé la posibilidad de haber cometido yo un error. Sin embargo tampoco estoy seguro de ello. No sé si esa niña era quien debiera tener aquel libro en sus manos y eso hace que haya momentos que me sienta en ascuas. Solo sé que la mirada de aquel padre aún permanece fresca en mi memoria. Como si él, de un modo reflejo, quisiera haberme silenciado y que aquel nombre, Elena, no hubiera salido jamás de mi boca...”
- ¿Una niña?, ¿con mi padre? -pregunté de manera aturdida una vez más.
- Supuestamente era tú padre. No puedo asegurártelo ¿Tú tienes una hermana?
- No, que yo sepa no.
- Pues no sé entonces, hijo. Aquello fue lo que el padre Ernesto me contó aquel día y jamás volvimos a hablar del tema. Ahora que te he conocido aquello se ve más confuso y revuelto. En mi cabeza he tejido algunas suposiciones, pero son solo eso: solo supuestos...

Me quedé con la mirada detenida en los ojos del anciano. Solo supuestos. Sí, seguramente. Pero tal vez alguno de esos supuestos que él o yo podríamos formularnos fueran realmente la realidad.

- ¿Qué piensa usted? -pregunté con firmeza al anciano.
- Pues... la hipótesis que más peso tiene dentro de mis pensamientos es que tú padre tenía una hija con otra mujer y que tú madre nunca lo supo.
- ¿Y cómo sabía mi padre que el libro se había entregado al padre Ernesto?
- Pues porque tal vez Elena se lo había contado. Tal vez en algún momento en sus charlas íntimas ella contó cual fue el destino de aquel libro.

Medité por un rato aquella posible suposición. No me parecía descabellada, es más, hasta me parecía muy posible. Marina se levantó de la silla y se nos acercó. Nos mirábamos los tres como si tuviésemos que encontrar una llave extraviada para abrir el cofre encontrado por piratas y sin embargo ninguno tenía dicha llave.

- ¿Por qué el libro a la niña y no a tí? -preguntó Marina- ¿por qué elegiría tú padre obsequiarle el libro a tú supuesta hermana y no a ti?, ¿acaso de ese modo no estaría traicionando a tú madre?
- No lo sé... -respondí
- Yo creo que si tú padre ha tenido una hija, una media hermana tuya -dijo mirándose sus manos-, es ahí donde debería proseguir tú búsqueda. El libro ya no está en la iglesia y nadie que tenga vinculación con ella lo posee. El libro ahora lo tiene una chica, que cierto día llegó a la iglesia con un hombre, que se presentaron solicitándole el libro al padre Ernesto y que éste, ante aquella petición de tú madre tan secretamente guardada, asintió concluyendo que tú madre los había enviado. Pero sin embargo eso no debió de ser así, y creo que tú padre fue quien tomó las riendas y decidió modificar y echar por tierra los deseos de tú madre. No obstante, Esteban, si lo analizas bien y en frío, tal vez esta sea una oportunidad única en tú vida.
- ¿Oportunidad?
- Sí, hijo. Una oportunidad para desenterrar algo escondido dentro del pasado de tus padres. Algo que tal vez has ignorado siempre y te conduzca a cierta verdad. Si fuera el caso que la niña que se presentó con tú padre aque día fuera hija de él entonces tú tienes una hermana, y eso es algo maravilloso si lo piensas. Un hermano ya no habla de unicidad en la vida de un hijo único, habla de compartir las alegrías y tristezas de este mundo con otra persona que lleva nuestra misma sangre, alguien que Dios puso en esta tierra como un compañero físico y espiritual para nosotros.

El anciano tenía razón. Si existía la posibilidad que mi padre hubiera tenido una doble vida y en ella una hija entonces debía encontrarla, pues al fin y al cabo era mi hermana. Sin dudas, sin titubeos, simplemente era mi hermana. Pero ¿por dónde buscar? Nuevamente sentí que estaba en el inicio de otro ciclo. Que un gran ciclo que parecía llegar a su fin y con él la meta de nuestra búsqueda solo nos había conducido a uno nuevo, tal vez un tanto más complejo, cargado de un tinte emotivo y misterioso que ahora me llevaba no solo a la búsqueda de un simple libro, sino también al encuentro de una supuesta mujer que probablemente fuera mi hermana. Recordé entonces fugazmente aquel día de vacaciones en Colombia que pasé tirado en la playa junto a la-chica-de-los-piercings. Ella y yo mirábamos las estrellas y nos maravillábamos con ello. Nos preguntábamos cuantas historias abría escondidas detrás de las estrellas y cuántas historias humanas las estrellas habrían visto desde su lugar en el universo. Me parecía aún escuchar el murmullo de las olas al llegar a la playa ¿Qué sería de aquella chica? La vida sin lugar a dudas había dado muchos vuelcos en tan poco tiempo para mí.


Me acerqué a Marina y tomé sus manos. Nos miramos por un instante sin decirnos nada. Vi en sus ojos esa olada de fuerza interior que me empujaba a seguir adelante. Ese modo de mirar tan suyo invitándome a no quedarme, a seguir adelante y desentrañar aún más el ovillo. Ya hacía tiempo que estábamos ausente de la redacción pero no sería problema continuar unos días más fuera.

- Sigamos -dije.
- Sí, hay que hacerlo -dijo ella.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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1 comentario:

Miguel Aguilera dijo...

SILVINA dejó este comentario en mi mail para que lo transcriba aquí:


CON RESPECTO AL CAPÍTULO 30

Esa niña sin rostro seguramente había sido mi madre. Dicen que los objetos materiales se impregnan de los seres humanos que los utilizan. Es como si dejáramos nuestra huella espiritual en ellos y pudiese ser redescubierta por otras personas en días futuros. Una triquiñuela del destino sin lugar a dudas.

Yo voto por un favor y no una triquiñuela del destino.
Siempre creí que el alma de las personas permanece en sus cosas y por eso, no es tan intagible como dicen, en realidad es borgeana la idea, y vos la plasmás en todo lo que escribís.

Te digo que sospecho que Lourdes y el protagonista son hermanos, por esa no consumación de la relación y paradójica atracción y destinos paralelos. La búsqueda como denominador común, que me parece los lleva al otro, en fin.
No me aventuro.

La mujer gorda es el nexo entre estos dos istmos.

Vale coment por ambos capítulos, 30 y 31, perdón por este atajo, pero no logré dejar el coment.

Beso

Silvina