Saint-Exupéry (treinta)



TREINTA


Después de varias cuadras de caminata nos detuvimos frente a una casita pequeña de fachada cuarteada por el tiempo. Tenía un jardín logrado con esmero, lleno de geranios, rosales y alguna que otra maceta pequeña esparcida a lo largo de la fachada. Lo bordeaba un ligustro, que a simple vista se sabía que se lo mantenía a conciencia: perfectamente cortado, abonado y regado. Estar parado frente a esa casa se sentía confortable, como si de ella emanaran dos manos gigantes capaces de tomarte entre ellas y protegerte de todo. Era esa misma sensación inexplicable que producen ciertos objetos o lugares, aunque uno jamás los haya visto en la vida. Marina me soltó la mano y se aferró a la reja que separaba la casa de la vereda. Estaba abstraída por aquella construcción que daba la sensación plena de haberse dormido en el paso del tiempo. Las dos ventanas pequeñas del frente estaban abiertas. Dos cortinas blancas colgaban de ellas y ondeaban lentamente al compás de los designios del viento.

- ¿De quién es esta casa tan linda? –preguntó Marina volteándose y mirando directamente a los ojos al anciano.
- Ahora es mía… -respondió el viejo con cierto sosiego en su lengua- Pero antes fue de tú madre –dijo mientras se daba vuelta y clavaba sus ojos en mí.

Aquello me alteró, hizo que me quedara petrificado y que por un lapso de tiempo me mantuviera bloqueado, mirando como ellos seguían comentando cosas que mis oídos no entendían y mi cerebro impensadamente asimilaría.

- ¿De mí madre? –pregunté al rato, un tanto absorto y aún sin poder asimilar con claridad el hecho de que en aquella casa hubiese vivido ella.
- Sí. Verás, ella nació en esta ciudad y a los pocos años sus padres, tus abuelos maternos, lograron comprar la casa. Al principio, y según lo que ella me contó, habían vivido alquilando una habitación en una pensión de la ciudad, pero luego, con algunos ahorros pudieron hacer la primera entrega y tus abuelos finalmente terminaron comprando la casa. A pesar de verla en estas condiciones en sus años mozos fue una linda construcción. El tiempo pasa para todos, hijo… para las edificaciones también…
- Ya lo creo… -respondí mientras observaba las viejas paredes.

Como si un impulso ajeno a mí me hubiera empujado abrí la puerta de reja y seguí el caminito de baldosas que cruzaba el jardín. Los geranios y los rosales viéndolos de cerca parecían más bellos. El césped desprendía una humedad y frescor encantadores y el trinar de los pájaros en un palmar vecino hacía que aquella visión fuera una de las más emocionantes que vi en mi vida. Marina y el anciano caminaban detrás de mí. Al llegar a la puerta de entrada me detuve. Tomé el picaporte y me quedé con él en la mano por unos instantes. Un rayo de imágenes pasaron por mi mente. Una niña sin rostro que jugaba en un jardín y al ser llamada por su madre a comer corría y abría la puerta asiendo ese mismo picaporte. Esa niña sin rostro seguramente había sido mi madre. Dicen que los objetos materiales se impregnan de los seres humanos que los utilizan. Es como si dejáramos nuestra huella espiritual en ellos y pudiese ser redescubierta por otras personas en días futuros. Una triquiñuela del destino sin lugar a dudas.

Enseguida solté el picaporte y di paso al anciano, el cual introdujo una llave en la cerradura y abrió la puerta. Nos adentramos en la casa. Olía a madera vieja. Las cortinas ondearon con mayor soltura y dejaron pasar el viento cargado de olor a geranios, el cual al mezclarse con el olor a maderas generó uno nuevo, que daba una sensación de antigüedad, de viejas vidas vividas. Adentro la casa era simple: una mesa, un viejo armario, un par de cuadros colgados de las paredes, un viejo tocadiscos, una alfombra amplia que ocupaba casi toda la habitación principal, una silla mecedora, y una pequeña biblioteca repleta de libros. Me dio la impresión que eran libros muy antiguos. A vuelo de pájaro leí algunos lomos: “El conde de Montecristo” de Alejandro Dumas, “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, “Carta al padre” de Franz Kafka. También había una colección de libros en cuyos lomos de cuero resaltaban letras doradas con el título: “Historia de las guerras europeas”. Imaginé por un momento al anciano leyendo aquellos libros en la silla mecedora, concentrado y absorto en la lectura, mientras las cortinas ondeaban al viento y el olor a los geranios y rosales invadían la estancia. Fue una imagen escueta y fugaz, pero cargada de un realismo directo y profundo. Ese mismo anciano dentro de la casa difería mucho del que había conocido hacía un rato mientras afilaba un cuchillo. A veces las personas nos engañan. Tal vez no lo hacen adrede, sino de un modo distraído, enigmático y desconocido, que logra volver invisibles ciertas facetas de su personalidad y mostrar solo lo que nuestros ojos son capaces de captar y nuestro pensamiento capaz de dilucidar. Nos hacen pensar que son de determinada manera y resultan siendo de otra ¿O seremos nosotros mismos los que realizamos un juicio previo y prejuzgamos todo?

Avancé unos pasos y me detuve al lado de una silla mecedora, la cual estaba perfectamente ubicada en medio de la habitación principal, sobre la alfombra, en un claro simbolismo de ser un objeto importante en la casa, el cual seguramente era usado durante mucho tiempo por el anciano. Pasé mi mano por sobre su apoya brazo y sentí la textura de la madera noble y lustrosa. Le di un pequeño golpe con la mano y la silla comenzó a mecerse. Sonreí. Marina se me acercó por detrás y me abrazó en silencio. Apoyó su cabeza en mi espalda como si pudiese de esa forma oír mis pensamientos a través de mis pulmones y llegar a mi corazón.

- Esa silla estaba en la casa cuando la compré. Tal vez perteneció a tú abuelo, o a tú abuela. Me paso horas sentado en ella leyendo libros por las noches. Es una buena compañera. Pero si quieres te la obsequio, después de todo tal vez te estuvo esperando durante todos estos años…

Las palabras del anciano parecían sinceras. Me quedé un rato más tocando la silla con la mano y viendo cómo se mecía.

- ¿Vive solo acá? –pregunté sin mirarlo, aún yo le daba la espalda.
- Sí. Soy soltero. Nunca me casé.
- ¿Y cómo se lleva con la soledad?
- Como todo viejo: después de cierta edad comienzas a entender que la soledad no es un enemigo sino que es parte de tú propio ser. Es como la sombra, nadie puede matar a su sombra y dejarla ahí, muerta y tirada. Bueno, la soledad es igual. Siempre está con uno. Va adonde uno va, escucha y ve lo que uno dice y hace. Sin embargo durante gran parte de nuestra vida nos la pasamos intentando evadirla, alejarla de nuestro camino. Pero es imposible. Ella siempre aprovecha un momento de nuestros días para colarse y dejarse ver. Somos nosotros los que la pensamos y sentimos belicosa, irritante y dañina. Sin embargo, a medida que uno va envejeciendo, comienza lentamente a comprender que ella no es más que una mera muestra de lo grandiosa que es la vida y de lo maravilloso de la obra de Dios. Esa misma soledad que a veces de jóvenes nos resultaba asfixiante luego nos parece la más hermosa dama de compañía, y en ciertos momentos hasta la echamos de menos.

Seguía dándole la espalda al anciano y mientras lo hacía analizaba su respuesta. Por un instante se me hizo la idea de que era un hombre muy sabio. No es fácil encontrar personas sabias en la vida. Hablo de esa sabiduría del vivir, que solamente logran aquellos que han caminado la vida minuto a minuto aprendiendo y experimentando vivencias nuevas. De repente paré el movimiento de la silla con la mano. Ya era suficiente.

- ¿Tiene algo para decirme? –pregunté al anciano ahora sí volviéndome hacia él.
- Algunas cosas… sería mejor que tú preguntaras, en tú rostro veo que hay demasiadas preguntas.
- Pero me imagino que usted estará apurado, me refiero al mercado, lo ha dejado solo.
-- No hay problema por ello. La gente ya me conoce. Además por un rato nadie morirá si no le atiendo.

Asentí con la cabeza. Tomamos asiento en unas sillas que había diseminadas por la habitación. Una radio se oía a lo lejos y se podía escuchar un tango de Aníbal Troilo. Apoyé mis manos sobre mis piernas, y ordené las ideas dentro de la cabeza.

- Una noche, antes que mi madre muriera, me hizo prometerle algo. Ese algo estaba relacionado con su juventud, más precisamente con el inicio de la relación que mantuvo con mi padre. Ella me contó que cierto día mi padre y ella se habían encontrado en un banco de la plaza frente a la iglesia y que él le había obsequiado algo que ella anhelaba mucho. Ese regalo que mi padre le dio no sé qué era, mi madre no me lo dijo nunca. Ella me hizo prometerle que yo lo buscaría y lo encontraría. No supe nunca por qué no me lo dijo, pero yo le prometí buscarlo, hacer el intento y aquí estoy, tras el rastro de un objeto que no sé si existe aún ni qué es. Finalmente ella me dijo que tal regalo lo había dejado en la iglesia que se encontraba frente a la plaza. Y asociamos, junto a Marina –dije señalandola a mi lado-, que esa iglesia era la Catedral.

Mientras, el anciano me observaba detenidamente, como si tras cada palabra que yo mencionase él supiera exactamente lo que yo diría.

Luego, proseguí:

- ¿Sabe? Cuando lo vi en su comercio, detrás del mostrador afilando el cuchillo, pensé que mi búsqueda había llegado a su fin. No sé el por qué exactamente. Fue una sensación muy real, como si un gran peso se me quitara de los hombros y pudiera yo descansar y relajarme de tanta tensión. Pero ahora que le estoy diciendo esto no sé si es tan así. Al llegar a Posadas he localizado la plaza y la iglesia que supuestamente era el punto donde mis padres se habían encontrado aquel día. He ido a la iglesia, intenté averiguar si sabían algo de aquellos días y solo obtuve como respuesta de una monja que el sacerdote que por aquellos años tenía por encargo la iglesia había fallecido. Era un tal padre Ernesto, y es por eso que tras perder todo tipo de huella posible casi dimos por finalizada la búsqueda. Pero tras esa desorientación repasamos unas fotografías de mi madre y allí asocié su local comercial con la plaza, y ahí nos dimos cuenta que estábamos tras una pista segura. Mi madre debió de haber vivido, o al menos transitado, por estos lares. Fue así como todo nos condujo a usted…
- Sí, entiendo perfectamente todo. Creo que es cosa del destino todo esto que ha pasado. No sé hasta qué punto pueda ayudarte, pero algo podré hacer ¿Cómo te llamas? –preguntó el anciano con un esbozo de simpatía en su rostro.
- Esteban –respondí a secas.
- Bueno Esteban, tal como te dije antes tú madre y yo fuimos novios durante un tiempo. Fue antes de que ella conociese y se enamorara de tú padre, pero aun así siempre seguimos en contacto y siendo buenos amigos. Yo amaba a tú madre. La amé con todo mi corazón, con esa fibra poderosa que un corazón joven puede darle al primer amor. Pero no pudo ser. Tras separarnos ella se enamoró de quien fue tú padre y con el tiempo se casaron y se mudaron de aquí. Sin embargo ella me contaba que no eran todas rosas en su relación con tú padre. Después de partir de la ciudad e instalarse en Córdoba, nos mantuvimos en contacto por correo postal. Nos enviábamos una carta o dos, al mes y así sabíamos el uno del otro. Tú padre nunca se enteró de esas cartas. Esa comunicación se mantuvo por varios años, hasta que un buen día se cortó definitivamente y ya no supe más de ella ni el porqué del silencio y la incomunicación. En las cartas que tú madre me enviaba contaba todo cuanto ella vivía para sí misma y con respecto a la relación con tú padre. Casi no callaba nada. Nos conocíamos tan bien que ella podía explayarse tranquilamente sabiendo que yo sería una tumba. Después de casi dos años de cartearnos ella me envió una carta en donde me contaba un secreto que jamás había contado a nadie. Allí me hablaba de ese regalo de tú padre y cuál había sido el destino del mismo.

En ese momento el anciano hizo una pausa clavando su mirada en el ondear de las cortinas. Luego prosiguió.

- El regalo que tú padre le hizo fue algo que tú abuelo le había enseñado a ella de niña. Era un libro. Un viejo libro que ya en aquel entonces tenía sus años y había venido en barco procedente de Europa. Tal vez de alguna vieja librería europea, no lo sé. Tú abuelo tenía el mismo libro pero en edición nacional. Sin embargo, el libro que tú padre le regaló era una primera edición. Ella contaba en la carta que al recibirlo se había emocionado mucho, que aquello era muy especial para ella puesto que era el primer libro que había tenido contacto con ella y la había introducido al mundo de la literatura. Cierta vez le había contado esa anécdota a tú padre y éste finalmente había dado con el mismo libro y una primera edición y se lo regaló. Como verás, Esteban, el objeto que buscas es un libro. Pero no es un libro simple, sino uno especial, uno que tú madre atesoró y quiso mucho.
- ¿Y usted tiene idea dónde está ese libro?
- Una sospecha, pero no una certeza –respondió el anciano mirando al suelo.
- ¿Sospecha?
- Sí. Pero espera, hay más que debo contarte…

Noté en el rostro del anciano cierta tensión. El modo con el cual entrecruzaba los dedos de sus manos y la manera nerviosa de mirar al piso me hizo pensar que eso de más que debía de contarme seguramente no sería algo que me haría feliz. Pero decidí no sacar conclusiones apresuradas y fui todo oído. Mientras, Marina se había sentado en la silla mecedora y se mecía lentamente. Nos observaba a ambos con atención. Cuando se hizo la pausa en el diálogo me quedé mirándola un tanto embobado. Sentía que todo aquello había pasado gracias a esa chica, que ella había hecho posible aquella búsqueda y aquel hallazgo. Como si se tratase de la búsqueda de un tesoro, y ella y yo fuésemos dos piratas desesperados, estábamos allí juntos y llegando casi al fin, a punto de agarrar las palas y desenterrar el tesoro dentro de la gruta.

- Espera un momento –dijo el anciano levantándose de la silla- iré a calentar agua en la pava así tomamos unos mates.

Se dirigió a la cocina y tras perderse detrás de una puerta me levanté y corrí una cortina. Afuera el día era espléndido. El verde del pasto del jardín y el colorido de los geranios creaban una bella sensación visual. Solo se dejaba oír el leve movimiento que hacía la silla mecedora contra el piso. Los pájaros se habían llamado a silencio por un instante y el viento había cesado. En la cocina se escuchaba cómo el anciano cargaba agua en la pava y encendía la hornalla de la cocina. Volvió al rato, tomó asiento y tras cebar un par de mates y beberlos él me extendió su mano pequeña y rugosa con el mate.

- El padre Ernesto y yo éramos buenos vecinos y a la vez buenos amigos. Era común que él comprara en mi mercado y que yo me diese una vuelta a diario por la iglesia a darle una mano en las cosas que necesitaba. A veces debía apañárselas solo y era mucho trabajo para un hombre solo. Los monaguillos de la misa del domingo solían ir a barrer y lavar los pisos, pero no siempre lo hacían. No había monjas que frecuentaran la iglesia por aquellos tiempos, y el dinero que enviaba el obispado tampoco era abundante para pagar servicios de limpieza o de lo que se necesitase. Así que opté por ayudar yo mismo. El padre siempre fue un agradecido conmigo por ello, y entre tanto tiempo que supimos compartir cierto día me contó sobre el regalo que tú padre le había hecho a tú madre: “Mira, te contaré algo -dijo aquel día-, y lo haré porque sé que el tiempo ha pasado ya y las cicatrices de dolor que hubieran quedado por tú separación de Elena Villalobos han cicatrizado en su totalidad. Ella antes de irse me ha depositado en mis manos un regalo, un objeto. Me ha pedido que lo guarde aquí, que en un futuro alguien vendría a buscarlo, y que a ese alguien debía entregárselo. Era un libro, un viejo libro. Pero algo ha pasado hace unos meses atrás, y ha sido que se ha presentado su esposo con una niña y ella, la niña, me ha pedido el libro. Enseguida me puse feliz por ese hecho. Se había cumplido lo que Elena me había dicho aquel día. Pero sucedió algo inesperado. Tras darle el libro a la niña y verla fascinada por el libro, mientras ella con su padre se iban caminando de la iglesia, en voz alta pregunté por su madre, Elena, y fue entonces mi sorpresa. La niña volteó y me respondió que su mamá no se llamaba Elena. Entonces vi en los ojos del padre la mirada del error. Esa mirada que tienen las personas que admiten tener un gran error en sus vidas. La niña siguió caminando junto a su padre, salieron de la iglesia y se perdieron calle arriba. Me quedé pensando si había hecho bien en entregarle el libro pero en ese momento me encontraba muy aturdido por ese acontecimiento. Con el pasar de los días analicé la posibilidad de haber cometido yo un error. Sin embargo tampoco estoy seguro de ello. No sé si esa niña era quien debiera tener aquel libro en sus manos y eso hace que haya momentos que me sienta en ascuas. Solo sé que la mirada de aquel padre aún permanece fresca en mi memoria. Como si él, de un modo reflejo, quisiera haberme silenciado y que aquel nombre, Elena, no hubiera salido jamás de mi boca...”
- ¿Una niña?, ¿con mi padre? -pregunté de manera aturdida una vez más.
- Supuestamente era tú padre. No puedo asegurártelo ¿Tú tienes una hermana?
- No, que yo sepa no.
- Pues no sé entonces, hijo. Aquello fue lo que el padre Ernesto me contó aquel día y jamás volvimos a hablar del tema. Ahora que te he conocido aquello se ve más confuso y revuelto. En mi cabeza he tejido algunas suposiciones, pero son solo eso: solo supuestos...

Me quedé con la mirada detenida en los ojos del anciano. Solo supuestos. Sí, seguramente. Pero tal vez alguno de esos supuestos que él o yo podríamos formularnos fueran realmente la realidad.

- ¿Qué piensa usted? -pregunté con firmeza al anciano.
- Pues... la hipótesis que más peso tiene dentro de mis pensamientos es que tú padre tenía una hija con otra mujer y que tú madre nunca lo supo.
- ¿Y cómo sabía mi padre que el libro se había entregado al padre Ernesto?
- Pues porque tal vez Elena se lo había contado. Tal vez en algún momento en sus charlas íntimas ella contó cual fue el destino de aquel libro.

Medité por un rato aquella posible suposición. No me parecía descabellada, es más, hasta me parecía muy posible. Marina se levantó de la silla y se nos acercó. Nos mirábamos los tres como si tuviésemos que encontrar una llave extraviada para abrir el cofre encontrado por piratas y sin embargo ninguno tenía dicha llave.

- ¿Por qué el libro a la niña y no a tí? -preguntó Marina- ¿por qué elegiría tú padre obsequiarle el libro a tú supuesta hermana y no a ti?, ¿acaso de ese modo no estaría traicionando a tú madre?
- No lo sé... -respondí
- Yo creo que si tú padre ha tenido una hija, una media hermana tuya -dijo mirándose sus manos-, es ahí donde debería proseguir tú búsqueda. El libro ya no está en la iglesia y nadie que tenga vinculación con ella lo posee. El libro ahora lo tiene una chica, que cierto día llegó a la iglesia con un hombre, que se presentaron solicitándole el libro al padre Ernesto y que éste, ante aquella petición de tú madre tan secretamente guardada, asintió concluyendo que tú madre los había enviado. Pero sin embargo eso no debió de ser así, y creo que tú padre fue quien tomó las riendas y decidió modificar y echar por tierra los deseos de tú madre. No obstante, Esteban, si lo analizas bien y en frío, tal vez esta sea una oportunidad única en tú vida.
- ¿Oportunidad?
- Sí, hijo. Una oportunidad para desenterrar algo escondido dentro del pasado de tus padres. Algo que tal vez has ignorado siempre y te conduzca a cierta verdad. Si fuera el caso que la niña que se presentó con tú padre aque día fuera hija de él entonces tú tienes una hermana, y eso es algo maravilloso si lo piensas. Un hermano ya no habla de unicidad en la vida de un hijo único, habla de compartir las alegrías y tristezas de este mundo con otra persona que lleva nuestra misma sangre, alguien que Dios puso en esta tierra como un compañero físico y espiritual para nosotros.

El anciano tenía razón. Si existía la posibilidad que mi padre hubiera tenido una doble vida y en ella una hija entonces debía encontrarla, pues al fin y al cabo era mi hermana. Sin dudas, sin titubeos, simplemente era mi hermana. Pero ¿por dónde buscar? Nuevamente sentí que estaba en el inicio de otro ciclo. Que un gran ciclo que parecía llegar a su fin y con él la meta de nuestra búsqueda solo nos había conducido a uno nuevo, tal vez un tanto más complejo, cargado de un tinte emotivo y misterioso que ahora me llevaba no solo a la búsqueda de un simple libro, sino también al encuentro de una supuesta mujer que probablemente fuera mi hermana. Recordé entonces fugazmente aquel día de vacaciones en Colombia que pasé tirado en la playa junto a la-chica-de-los-piercings. Ella y yo mirábamos las estrellas y nos maravillábamos con ello. Nos preguntábamos cuantas historias abría escondidas detrás de las estrellas y cuántas historias humanas las estrellas habrían visto desde su lugar en el universo. Me parecía aún escuchar el murmullo de las olas al llegar a la playa ¿Qué sería de aquella chica? La vida sin lugar a dudas había dado muchos vuelcos en tan poco tiempo para mí.


Me acerqué a Marina y tomé sus manos. Nos miramos por un instante sin decirnos nada. Vi en sus ojos esa olada de fuerza interior que me empujaba a seguir adelante. Ese modo de mirar tan suyo invitándome a no quedarme, a seguir adelante y desentrañar aún más el ovillo. Ya hacía tiempo que estábamos ausente de la redacción pero no sería problema continuar unos días más fuera.

- Sigamos -dije.
- Sí, hay que hacerlo -dijo ella.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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Saint-Exupéry (veintinueve)



VEINTINUEVE


Llegando a Misiones la ruta se encontraba solitaria. Lourdes dormía y reposaba su cabeza sobre su lado derecho, con sus miembros contraídos, en posición fetal que despertaba cierta ternura. La mujer gorda mantenía las manos firmes al volante, y con la mirada concentrada en la línea punteada de la ruta cavilaba distintos pensamientos que la mantenían abstraída del mundo real y circundante. Pensaba en su propia vida, en su soledad, en el descontento que por momentos le sobrevenía al visualizar su vida como si fuera un observador lejano. Su infancia no había sido de las mejores. Había nacido en aquel pueblo perdido entre los cerros, en una casa de familia humilde y trabajadora. Su padre había fallecido siendo ella pequeña. Solo le quedaban aislados recuerdos arraigados con fuerza desde los confines de su memoria. Hubiese querido tenerlo más tiempo junto a ella, tal vez, aunque más no sea, un par de años, pero no, la vida, mezquina y egoísta como muchas veces ella la sentía, había decidido que su tiempo había llegado a su fin, y así como un día al abrir sus ojos a horas de nacer lo había visto por primera vez, así también vio como aquellos ojos oscuros y profundos dejaban de mirarla y se iban rápidamente de esta vida.

Para la mujer gorda la ausencia de su padre había marcado una zona oscura en muchos años de su vida. Una franja de tiempo que ella nunca quería recordar, y si lo hacía sabía que se sometía a una experiencia angustiante, cargada de preguntas sin respuestas, de sentimientos encontrados y de dolor. Se volcó por completo al cuidado de su madre, enferma y postrada. En la veintena había trabajado en el Municipio del pueblo y en distintos comercios, hasta que un buen día, tras el fallecimiento de su madre, decidió vender la casa natal y un par de propiedades que su padre había adquirido en los buenos tiempos y se decidió por un nuevo emprendimiento a nivel laboral y comercial: la compra de un hotel. Así, año tras año y poniendo mucho empeño logró adentrarse más y más en el mundo de la hotelería. Asistía a cursos sobre administración hotelera y administración empresarial, se mantenía al corriente de las leyes tributarias y de personal, y cada tanto realizaba algún que otro curso acelerado sobre manejo de personal y psicología laboral. Todo ello le servía para llevar adelante, casi sola, el hotel que había comprado. No era una tarea fácil. Desde el momento previo a la compra, justo cuando analizaba aquel nuevo desafío en su vida, sentía que semejante empresa para una mujer joven respondía a las características de los más altos desafíos. Aun así, fue muy breve el titubeo y la indecisión se esfumó junto los pensamientos negativos. Una mañana de noviembre de 1998 se dirigió al banco local, sacó todo el dinero que había en las cuentas, tomó las escrituras de las propiedades que había heredado y realizó la operación de compra del hotel. No hubo dudas, no hubo ningún arrepentimiento final a la hora de estampar la firma en el contrato. Los empleados, desde las sirvientas, pasando por los dos jardineros, el chico que se encargaba de la cocina y el sereno, la adoraban. Si en época de vacaciones el hotel se llenaba al máximo entonces contrataba mano de obra local, preferentemente adolescentes estudiantes de escuela secundaria o jóvenes que cursaban la carrera de hotelería en la capital provincial. Aquella manera de brindar trabajo lograba que toda persona en el pueblo la sintiera una persona especial, muy bondadosa y de buen corazón. Sin embargo, más allá de todo el éxito cosechado con tal esfuerzo y esmero, la mujer gorda sentía que una parte de su vida estaba incompleta.

A veces, por las noches, solía sentarse en una silla de descanso a la entrada de la administración. Desde allí contemplaba las estrellas en el cielo. Cada vez que quería adivinar a qué constelación pertenecían caía en la cuenta que no las conocía, que tan solo sabía sus nombres de haberlas escuchado pronunciar o bien por verlos escritos en algún diario o libro. En el vasto cielo nocturno, mientras miraba en silencio las estrellas, solía sentir que la soledad le oprimía el pecho. Era una sensación angustiante, que dejaba un dolor punzante en su pecho y un sabor amargo en su boca. Sin embargo no lloraba. Ni una lágrima recorría sus mejillas. Llorar es de débiles, se decía a sí misma, y abriendo los ojos como platos para evitar lagrimear clavaba su mirada con más intensidad en el cielo. Esa templanza y ese modo de auto inducirse a la firmeza psicológica le había servido durante años para seguir adelante y no bajar los brazos.


Solo había tenido un único y gran amor. Un muchacho de la capital, que por aquel tiempo en que se conocieron él trabajaba como maestro rural en una escuela del pueblo. Había llegado de la capital y se encargaba de impartir clases en primer y segundo grado de primaria. Se conocieron por casualidad una tarde en que el muchacho llegó al hotel y pidió una habitación simple. Llevaba un portafolio de cuero negro, un saco colgando del brazo, el cuello de la camisa desprendido y el nudo de la corbata flojo, y unos anteojos de montura de carey que casi ocupaban la mitad de su rostro. No fue por su belleza que se sintió atraída sino por el modo en que el muchacho la miraba y por la docilidad y suavidad de sus gestos que se sumaban a una amabilidad y bondad casi inexistentes en los hombres de su edad en todo el pueblo. En el acto dedujo que estaba frente a un hombre amable y respetuoso. Se sintió atraída instantáneamente. Alguien que la miraba como un igual y no como si fuera una persona extraña a la sociedad (la gordura había sido siempre causal de sufrimiento para ella, tanto a nivel físico como psicológico) Después de completar la planilla de admisión el muchacho tomó las llaves y se dirigió a su cuarto. Ese día fue normal para todo el mundo, menos para ella. A la mañana siguiente, al momento de dejar las llaves en la administración para el aseo de la habitación, cruzaron por primera vez sonrisas tímidas. Poco a poco algo fue creciendo entre ellos hasta que finalmente las charlas y salidas a caminar se hicieron habituales. El muchacho viajaba de la capital todas las semanas. Allá tenía a su familia, y aunque él era soltero, aún gustaba de vivir con sus padres y se quedaba con ellos los fines de semana.

La mujer gorda por aquel tiempo se sentía en el máximo esplendor de felicidad que había vivido en su vida. Nunca ningún hombre se había acercado tanto a su corazón, salvo su padre, pero ese era otro tipo de acercamiento y amor, algo muy distinto al que por aquel entonces experimentaba con el joven maestro. De esa amistad llegó el primer beso, la primera caricia, y la primera vez que tuvo sexo con un hombre. No fue algo premeditado, tan solo se dio paulatinamente y todo desencadenó en un momento de éxtasis y pleno gozo. Él la condujo muy despacio por el camino de la seducción y ella, sin oponer resistencia alguna, se arrojó de lleno a ese nuevo mundo que tanto deseaba conocer y jamás se lo había permitido.

- ¿Me amas? -preguntó ella.
- Sí -dijo él mientras la mantenía debajo de su cuerpo propiciándole caricias en su cuerpo y en sus cabellos.

Durante toda esa noche hicieron el amor de manera desinhibida. Ella se había olvidado por completo del pudor y de que era su primera vez. Se había sentido cómoda, querida, y a la vez consentida en todo aquello que ella requería o deseaba. Él era todo para ella. Después de aquel día el sexo se hizo carne en ellos. No pasaba día en el cual él estuviera en la ciudad y no fuera una buena oportunidad para el libre gozo y el sexo. Ella tan solo al verlo venir ya lo deseaba, con tanta desesperación que el corazón parecía saltarle por su boca y su cuerpo seguirlo de la mano. Llegado el día viernes todo concluía: él tomaba el colectivo y no se le veía más un pelo hasta el día lunes a las ocho de la mañana.

Aquella historia de amor in crescendo fue afianzándose más y más, al punto tal de que ella cierto día le propuso vivir juntos en la casa contigua al hotel. Aquella propuesta fue bien recibida por el muchacho (aunque él hacía ya tiempo que no pagaba su habitación) y solo había puesto una condición: que los fines de semana sí o sí necesitaba ver a sus padres. La propuesta a la mujer gorda no le pareció mal, pero lo que no imaginó era que él deseaba visitarlos a solas, sin su compañía. Tras digerirlo un par de veces ella terminó aceptándola y no opuso resistencia. La convivencia duró casi un año. Mientras duró ella logró esfumar muchos de deseos reprimidos, logró sentirse plenamente feliz y todo parecía pasar desapercibido bajo el manto del enamoramiento. Fue hasta que un sábado el partió hacia la capital y ella, con el hotel vacío y en temporada baja, deseó seguirlo y con ello ver lo que jamás habría querido ver. Él desde hacía años mantenía una relación de pareja con una mujer mayor que había conocido en uno de los colegios donde daba clases. Solo se veían los fines de semana, y era una relación que se mantenía en el tiempo gracias al buen sexo y a los principios sin compromiso que desde un comienzo habían pactado. Los padres del muchacho hacía ya años que habían fallecido. La mujer gorda cayó en la cuenta de tal situación cuando localizó la vieja casa familiar situada en un viejo barrio de la capital -que ahora era una casa de seguros- y ya no vivían allí ningún par de ancianos. Esa noticia le ocasionó un verdadero shock que le comenzó a despertar sospechas rápidamente. A continuación decidió seguir indagando y se le ocurrió comenzar con los mismos vecinos del barrio. En el acto la indagación había arrojado sus frutos: el hombre del cual ella estaba enamorada y convivía hacía ya casi un año se había mudado al departamento de una profesora universitaria de cuarenta y tantos años, en el barrio universitario, a unos treinta minutos de allí. Sin más, la mujer gorda se subió a su automóvil y se dirigió al barrio universitario con la dirección de aquella mujer anotada en un papel.

Bastaron dos golpes de nudillos para que se abriera la puerta y ante ella se presentase su actual pareja. Él la observó un tanto incrédulo. Acto seguido esbozó una diminuta mueca de sonrisa y abrió sus manos como indicando, “lo siento, me atrapaste”.

La mujer gorda manejó todo el camino al pueblo entre lloriqueos y gritos. Nada la calmaba. Había sido herida hondamente y ese dolor calcinaba y pulverizaba lentamente su corazón. La oscuridad de la ruta dejaba entrever en el horizonte un manto blanco de estrellas que comenzaban a fulgurar en la noche. Aquella imagen se plasmó en su memoria. Ahora, las estrellas ya no significaban lo mismo, ya no la invitaban a recordar a qué constelación pertenecían, sino que se fijaron en su memoria como una señal de mal augurio que indicaba que el amor de por sí es efímero, pero a veces lo es mucho más de lo que realmente parece.

Llegando a Posadas la mujer gorda estacionó el automóvil en una estación de servicio. Bajó, se aseó un poco, fue al baño y entró en el mini-shop con intenciones de comprar algo comestible que calmara su ansiedad. Pidió un café cortado con una lágrima de leche, dos medialunas, una barrita de chocolate, y se sentó a una mesa que daba a la ventana. Desde allí podía observar el automóvil y velar el sueño de Lourdes. Cada tanto observaba el cielo. El amanecer no tardaría mucho en llegar. Aquel cielo le pareció un tanto extraño, no era como el de todos los días. Tal vez es el cansancio, pensó, pero luego se dijo que no, que era un cielo distinto, en un lugar del mundo donde jamás había estado. Mientras sorbía el café las primeras pinceladas del amanecer caían sobre la tierra bañando todo lo que encontraban a su paso y pintándolo todo de un color amarillo y anaranjado. Un nuevo día, susurró por lo bajo. Sí, un nuevo día era el que hacía que uno anterior pasara a la memoria. Un nuevo día era el encargado de dejar atrás todo aquello vivido, tanto las alegrías como las tristezas. Un nuevo día era el ciclo correcto y eficaz para limpiar el espíritu de impurezas y hacer que la mente se despeje, dejando todo aquello que nos mantiene atados, a un lado.

Tras los primeros rayos de sol Lourdes se despertó. Atinó a hablar con la mujer gorda pero no la encontró a su lado. Se hizo visera con su mano en la frente para cubrirse de la luz solar. Enseguida comprendió dónde se encontraba. Aguzó la mirada y localizó a la mujer gorda desayunando en el mini-shop. Entonces sacó una mano por la ventanilla y esbozando la primera sonrisa del día la movió de lado a lado indicándole un hola, buen día, aquí estoy, soy yo, la chica que busca el destino de su vida.


(Continuará en un próximo capítulo...)


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Saint-Exupéry (veintiocho)



VEINTIOCHO

Estacioné el automóvil, giré la llave de encendido del motor y tras escuchar cómo se apagaba y volvía el silencio permanecí inmóvil por un rato. Miré mis manos aferradas al volante. Giré mi cabeza a la derecha y observé a Marina. Ella me miraba en silencio, como si escudriñase en mis facciones algún indicio que le diera pie a deducir qué pensamientos pasaban por mi cabeza. Sin embargo yo no pensaba en nada. Mi mente estaba en blanco, mis manos sudaban y cierto temblor de nerviosismo subía desde la planta de mis pies, pasaba por mis piernas y se perdía en la plenitud del torso. El miedo escénico a una posible verdad. Una verdad que podía llegar a ver la luz después de muchos años de encontrarse sumida en la oscuridad, replegada en el fondo de un tiempo ya pasado y que había pertenecido a otras personas, mis padres. Era el mismo miedo que sentía en los momentos que mi padre nos dejaba al irse de viaje y nos quedábamos solos con mi madre por las noches. Los sonidos del viento al atravesar la parra del patio, el sonido que producían las hojas al caer, las sombras danzantes que jugaban con las luces de mercurio de la calle, el ruido de las celosías golpear contra la pared. “No temas, hijo...” era la frase salvadora de mi madre, que se cernía sobre mí como una mano tierna y suave que lograba extraerme de aquel miedo de niño inocente y colocarme entre algodones. Mi madre, la persona que a fuerza de golpecitos exactos y esmerados talló gran parte de mi personalidad. La única persona en el mundo que escudriñó cada una de mis aristas y extrajo de ellas cierta esencia que hasta yo mismo desconocía.

Marina posó su mano sobre la mía y así, tras sentir su tibieza, logré desprenderme del volante. Nos dimos un beso y quedamos con nuestras frentes apoyadas por un instante. Dentro del automóvil era todo silencio. Afuera era todo silencio. Parecía que el tiempo hubiera detenido sus incanzable correr y nos permitiera por un momento compenetrarnos de lleno en lo que estábamos viviendo. No puedo mentir, no puedo negar que en ese momento mi estómago se hacía un nudo y se endurecía. Di un beso en la frente a Marina y abrí la puerta del automóvil.

- Espérame aquí. Ya vuelvo.

Salí del automóvil y me dirigí a paso firme hasta el mercado. Era una construcción que debía tener cerca de cien años. Aún en su fachada quedaban rastros intactos de arquitectura que facilitaban poder datar su fecha de construcción. Un cartel que rezaba: Mercado “Don Antonio”, se mostraba altivo y vigente, como si el paso de los años no lo hubieran alterado. Abrí la puerta y miré dentro. Detrás del mostrador de la carnicería había un señor longevo afilando un cuchillo. No había clientes, no había cajero. Pensé que sería por la hora; después de todo en los pueblos chicos la gente siempre va tarde por las compras. Me acerqué al hombre casi sin mirarlo a la cara. Las manos me sudaban. Al llegar al mostrador observé que el hombre parecía tener mucho más años de los que yo le había calculado.

- Buenas tardes -dije carraspeando- ¿Podría hacerle una pregunta, señor?
- Claro, hijo. Todas las que quiera. Por eso no se cobra... todavía -dijo bromeando el anciano y echando al aire una sonrisa.

Debo decir que la primera impresión que tuve de aquel hombre fue positiva. Hizo que mi cuerpo se aflojara y que poco a poco aquella tensión que se había apoderado de mí fuera esfumándose. Sonreí. Eso era señal que me empezaba a sentir mejor.

- ¿Qué será, entonces? -dijo el hombre.
- Quisiera preguntarle algo sobre el padre Ernesto, el cura que falleció hace ya muchos años. - - Mire, no soy de aquí, soy de Córdoba, y he venido buscando información sobre mis padres y el único que podría haber sabido algo sobre ello es el padre Ernesto. Pero bueno, la fatalidad ha hecho que tampoco pueda ayudarme.
- Sí, sí... -dijo el hombre mientras su rostro se compungía y posaba el cuchillo junto la chaira sobre el mostrador-, ¿y qué necesitas saber sobre el Padre Ernesto?
- Si usted sabe de alguien que sepa de él. Verá, yo necesito saber si él conoció a mis padres.
- Ahhh -exclamó el anciano abriendo los ojos como plato- ¡hubiéramos empezado por ahí! ¿Tus padres eran de por acá?
- Sí, ambos nacieron aquí, pero siendo jovencitos se fueron a vivir a Córdoba.

El hombre tomó nuevamente el cuchillo y la chaira y siguió con la tarea de afilar. Lo hacía de manera precisa, sin error. Se dejaba ver que sabía lo que hacía. Tal vez llevaba años en el mismo sitio haciendo exactamente lo mismo, chocando el filo del cuchillo contra el otro metal. A veces la gente gusta de hacer lo mismo por años, otras veces lo hace sin darse cuenta siquiera, y así la vida pasa y ellos simplemente siguen hechizados dentro de un paréntesis atemporal en donde la misma acción se continúa una y otra vez.

Después de un rato de pasar el cuchillo contra la chaira observó el filo, asintió con la cabeza y nuevamente posó los objetos sobre el mostrador.

Escudriñó mi ser por un momento sin decir palabra alguna. Noté que estaba un tanto pensativo, como si fuera un perro escarbando en un montículo de tierra en búsqueda de algo enterrado, tal vez un hueso, tal vez un pequeño tesoro. Tenía una cabeza pequeña, con muy poco pelo, y sus ojos, lo más llamativo de su rostro, se asemejaban a dos témpanos helados a la deriva en un mar ártico.

- Dices que tus padres vivieron en el pueblo de jovencitos.
- Sí, así es señor.
- ¿Y cuál eran sus nombres?
- Mi madre se llamaba Elena Villalobos, y mi padre...

El anciano no me dejó terminar. Levantó una mano, esbozó una sonrisa y sus ojos fríos se iluminaron de una manera especial. Su mirada se perdió por un instante en dirección a la plaza. Se podía observar claramente que miraba hacia allí pero en realidad no miraba nada.

- Elena... sí, la recuerdo. Yo soy un poco mayor que ella. ¿Cómo está ella ahora? -dijo el anciano finalmente.
- Mi madre falleció en 1992 -respondí secamente.

El anciano dejó caer sus grandes cejas y cerró por un momento los ojos. Un halo sombrío pasó por su rostro. Fue apenas perceptible. Conocía a mi madre, de eso no había dudas. La noticia lo había golpeado.

- Lo siento mucho, hijo -dijo con un hilo de voz muy fino, nada que ver con la voz normal que él tenía.
- Veo que la noticia de la muerte de mi madre lo ha sorprendido -dije.
- Sí. Es que uno siempre mantiene en mente que todas las personas queridas y recordadas aún viven. Tal vez suene a un vil autoengaño, pero es una manera egoísta de no pensar en que la muerte nos roba todo y poco a poco nos deshoja como pétalos de una flor.
- Sin embargo eso es inevitable -dije con seriedad.
- Lo sé, pero vuelvo a decirte -y tal vez lo entiendas a mi edad-, el pensar que nadie de tus personas allegadas o queridas han fallecido te permite levantarte día a día de un modo distinto, no sé si más feliz, pero sí con la cabeza y el corazón más oxigenados y puros.
- No lo sé -comenté por lo bajo-, no me gustaría autoengañarme de ese modo. Sería como negar que todo lo que inicia un buen día acaba. Es como una negación infantil al proceso de vida de un ciclo biológico. La muerte de mi madre causó en mí un gran vacío. Puedo reconocer eso. No obstante logré rellenarlo lentamente y enfoqué mi vida pensando que así debía de ser, que por más que yo amara con todo el corazón a mi madre ella tarde o temprano se alejaría para siempre de mí.
- Veo que has sufrido mucho -dijo el hombre mirándome de soslayo. Ven, vamos a sentarnos un rato en un banco de la plaza, creo que tenemos muchas cosas por charlar.

Salimos y el hombre cerró la puerta del comercio con llave. Antes, había colocado un diminuto cartel que rezaba: vuelvo enseguida, colgado de la puerta. Cruzamos la calle en dirección a la plaza. Ahora se veía un poco más de movimiento. Marina me observaba desde dentro del automóvil. Le hice señas que estaba todo bien. Ella sonrió.

La plaza era grande, vistosa, colmada de palmares. Tenía unos bancos de madera pintados de color blanco con algunas ornamentaciones en bronce adheridas a sus patas. Se podría decir que la plaza tenía un bonito toque. Un delicado toque, que hacía que uno se sintiese cómodo y relajado mientras transitaba por ella. Mientras caminábamos a la par el anciano paracía sumergido en recuerdos. Sus ojos miraban hacia el frente, pero no miraban nada. Podía percibirlo. Estaba ausente, tal vez en el mundo de los recuerdos, o un poco más allá. Tuve intenciones de hablar pero no salía palabra alguna de mi boca. Por un instante pensé que algo invisible había sellado mis labios y era adrede, para que el anciano siguiera en sus cavilaciones y nada alterase el flujo de sus recuerdos.

Al llegar a un banco en medio de la plaza nos sentamos. El sol ya comenzaba a calentar bastante, y el aire era cálido y agradable. Había palomas y gorriones revoloteando por doquier. Los palmares, en sus copas, se mecían por el accionar del viento. De vez en cuando algún que otro transeúnte pasaba por delante de nosotros. El hombre posó sus manos sobre sus piernas y se mantuvo erguido en en esa posición por un rato, mirando hacia el frente, nuevamente no mirando nada.

- ¿Se encuentra bien? -pregunté.
- Sí, hijo, estoy bien. Es que... -en ese instante volvió ha hacerse un silencio y sus ojos se llenaron de lágrimas-, es que... verás, yo he conocido bien a tú madre. Demasiado bien diría yo.
- ¿Sí? -pregunté un tanto sorprendido.

El anciano asintió con su cabeza y volvió a quedar en silencio. Luego de un momento refregó sus manos y se las miró como si observase a un objeto totalmente ajeno a su cuerpo.

- Tú madre y yo supimos ser novios en nuestra adolescencia. Íbamos al mismo colegio secundario, el único que había por aquel entonces, y ahí nos conocimos. No fue una relación que durase mucho, pero sí fue muy intensa. Creo que sabes cómo es el amor de adolescentes; no hace falta que te explique demasiado. En los tiempos de antes el amor era el mismo amor de ahora, pero se lo vivía de otro modo. Tal vez más respetuosamente, tal vez más silenciosamente, no sé. No digo que esté mal ni bien, solo digo que era diferente. Y así como era de diferente también la huella que dejaba en los corazones era diferente. Hoy es todo mucho más efímero, hijo. Antes el amor de una mujer era algo glorioso para un hombre. Cuando te sentías amado creías tocar el cielo con las manos y poder apretar las nubes entre tus dedos. El bonito recuerdo que tengo de aquella relación con tú madre siempre ha sido para mí algo de lo que me jacto. Las buenas personas no se eligen, pasan por tú vida, se compenetran con ella, la impregnan con su gracia, y luego siguen su camino.

Supongo que lo que más me impresionó de las palabras del anciano fue el respeto que emanaba de ellas. Un respeto en todo sentido, inclusive cuando lo fusionaba con la palabra amor y lo mimetizaba con mi madre. Jamás hubiera imaginado que el destino me llevaría a conocer a un hombre que había amado a mi madre... y al cual ella tal vez también habría amado ¿Acaso nunca me detuve un instante a pensar en que mi padre podría no haber sido el único amor de mi madre? No. Nunca lo había hecho. Difícilmente uno imagine a sus padres en relaciones amorosas con otras personas. Difícilemente uno mismo imagina a su pareja en una relación amorosa con otra persona. Es algo invisible y de negación automática que se produce en los seres humanos. Es parte del sentido de posesión que tanto florece en cada uno al momento de sentirse enamorado y amado.

Guardamos silencio durante unos minutos. Dejé que el anciano tomara fuerzas. Noté que la noticia de la muerte de mi madre aún lo mantenía alejado de la realidad. Yo respiré hondo, miré el cielo y observé la copa de los palmares. Un par de pájaros cruzaban el cielo por sobre nosotros. Me pregunté si alguna vez vería a aquellos pájaros otra vez volar en mi vida. Tal vez nunca, me respondí. Tras bajar la mirada la posé en los ojos del anciano y, en un acto casi reflejo, palmeé con mi mano derecha su espalda.

- Mire... -dije un tanto dubitativo- para mí es un honor haberlo conocido. Si mi madre compartío momentos especiales e importantes con usted en su juventud es porque en realidad lo quiso y tal vez lo amó. Eso a mí me llena de emoción. Reconozco que no es algo común encontrarse un viejo amor de una madre en la vida, pero tampoco es algo de lo que haya que renegar ni mucho menos sentirse infeliz. Si de algo sirve, si en algo vale, quiero decirle que mi madre aunque ya no viva, y esté donde esté, seguramente está feliz por éste encuentro entre usted y yo.

Un par de lágrimas comenzaron a brotar de los ojos del anciano. Cruzó los dedos de sus manos y los apretó fuerte, muy fuerte.

- Creo que puedo ayudarte con lo del padre Ernesto. Y tengo una leve idea de lo que has venido a buscar aquí. Creo que es hora que sepas algunas cosas que por más que el tiempo se haya encargado de ocultar siempre permanecen allí, bajo el manto invisible del destino.

Asentí con la cabeza. Respiré hondo y tras darme vuelta hice señas a Marina que podía acercarse. Al llegar Marina vio llorando al anciano y se asustó. Tras explicarle la situación ella se puso en cuclillas, tomó las manos del anciano y lo besó en la mejilla. Aquella acción de Marina me sorprendió llamativamente. El beso, diminuto y tan sentido en la mejilla de aquel hombre me había parecido una de las expresiones más tiernas que había visto en mi vida. Con esa imagen en mi mente terminé el día. Mientras estaba acostado en una cama de hotel y Marina durmiendo a mi lado no dejaba de pensar en cómo habrían sido aquellos años felices de mi madre. A la vez sentía que existía una brecha entre aquellos momentos tensos que ella tenía con mi padre y esos momentos de felicidad que había pasado con el anciano del mercado. Quise desenchufar mi cabeza, apagar mi mente, esfumar mis pensamientos, pero me era imposible. Había algo en el aire, tal vez el influjo de los palmares o el murmullo que bajaba desde la flora selvática, que me hacía presentir que tan solo había encontrado la punta de un ovillo que era demasiado grande y largo para desenvolver.-


(Continuará en un próximo capítulo...)

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Saint-Exupéry (veintisiete)



VEINTISIETE

Esa noche la luna parecía distinta. Un halo verdoso la rodeaba dando la impresión que la cuidaba alejándola de todo aquello que pudiera quitarle belleza u opacarla. “Seguramente es un anillo de humedad”, se dijo Lourdes para sus adentros. Ella estaba sentada en un sillón de metal, en el balcón de un hotel. Habían llegado junto a la mujer gorda al anochecer y habían alquilado una habitación para pasar la noche. El día anterior, cuando Lourdes había decidido ir en busca de la verdad sobre sus orígenes, la mujer gorda sintió súbitamente una necesidad imperiosa de acompañarla.

- No puedes ir sola -dijo la mujer gorda-, yo te acompañaré.

Lourdes asintió. De algún modo ella sentía que aquella mujer que tan desconocida le resultaba en un principio ahora poco a poco se acercaba a ella con sinceridad y cariño. Justo lo que ella estaba necesitando. Tras llegar al hotel y subir a la habitación, Lourdes decidió salir al balcón a tomar un poco de aire fresco y leer un rato. No tenía sueño y no deseaba aún estar acostada. La mujer gorda después de ducharse se entregó por completo a los influjos del sueño. Mientras Lourdes pasaba las hojas del libro escuchaba los ronquidos de la mujer. Después de un rato, ya concentrada en la lectura, dejó de oírlos y comenzó a percibir el aroma dulzón que largaban unas cuantas macetas de flores que estaban situadas justo debajo del balcón. Cerró el libro, y se asomó a mirar. Algo tan simple como aquellas flores la hicieron añorar a sus amigos del grupo ecologista. El perfume embriagó sus sentidos y afloró bonitos recuerdos. Es que su vida había cambiado tanto. Todo era tan vertiginoso por aquellos días. La vida, que antes se presentaba ante ella como una línea recta, se había tornado de repente en un camino sinuoso plagado de curvas y contracurvas. “¿Cuál será mi destino?”-se preguntó-, y no pudo obtener una respuesta que le satisfaciera y la tranquilizara.

Después de leer un buen rato comenzó a sentir sueño. Continuó leyendo hasta quedarse dormida con el libro abierto por la mitad y recostado sobre su pecho. La luna seguía en lo alto custodiada por ese halo verdoso. Entonces tuvo un sueño. En aquel sueño ella despertó en un bote, sola, en medio de un río turbulento. La corriente la llevaba río abajo. El río estaba bordeado por montañas. A ella le pareció que era un cañón, o un par de acantilados que custodiaban el recorrido del río. Era de día. El ruido del agua no la dejaba escuchar nada más. Había un sol espléndido y el cielo estaba celeste, puro, inmaculado. Mientras el bote se desplazaba llevado por la fuerte correntada ella se desesperaba. No tenía remos, ni protección en su cabeza. Estaba semidesnuda, y sentía frío. De repente en el horizonte el río se perdía de improviso. Mas allá solo se veía el cielo. Cayó en la cuenta que allí debía de haber una cascada o, peor aún, una catarata, un gran salto que la despediría al vacío. Sintió como la adrenalina comenzaba a recorrer su cuerpo. El frío que sentía se transformó en el acto en una lava ardiente que recorría sus venas y atravesaba su corazón. Sus sienes le dolían. Un nerviosismo extremo, cargado de miedo, comenzaba lentamente a entumecerle la musculatura.

El bote se aproximaba sin obstáculos al límite con el horizonte. Se podía escuchar el ruido ensordecedor del agua al caer al vacío. El miedo paralizó a Lourdes. Se aferró con ambas manos a los costados del bote y cerró los ojos. No podía pensar en nada. No había imagenes, no había sonidos, solo podía escucharse el fluir de la sangre atravesarle su corazón. El curso del río se enangostaba mucho antes de caer al vacío. Una roca grande bloqueaba casi todo el paso. Con suerte el bote la esquivaría si la corriente lo quería, de lo contrario impactaría contra ella y sería otro fin, también trágico y tal vez el más rápido. Lourdes se mantenía fuertemente asida a los lados del bote. Podía sentir cómo sus dedos le dolían de tan fuerte que asía la madera. Fue entonces que le pareció escuchar una voz. Una voz que era conocida por ella pero que en ese momento no podía identificar. Tampoco podía saber de dónde le llegaba aquella voz. “Debo estar enloqueciendo” pensó en un instante de lucidez.

“¡¡Lourdes, Lourdes!!” decía la voz que parecía provenir al principio desde dentro de su cabeza. Ella abrió los ojos tras escuchar su nombre. El horizonte estaba a su frente. Un cielo diáfano y puro se presentaba como el telón de fondo en un escenario teatral. Atinó a mirar a su izquierda y solo se veía el final del acantilado morir en la nada, en el abismo. Giró rápidamente la cabeza y observó la gran roca que a su derecha obstaculizaba el paso, y allí, justo encima de la roca, estaba aquel hombre que ella había conocido en la gran ciudad. “¡El hombre del hostel “Roma”!”, exclamó en ese instante. “¡Aquí, ayúdame por favor!”, gritó Lourdes con desesperación. El hombre se arrodilló sobre la gran roca y extendió su mano derecha hacia ella. Lourdes tomó la mano del hombre y se aferró con fuerza. Él pegó un tirón y levantó a la chica en el aire, mientras el bote caía al vacío perdiéndose en la bruma que formaba la gigantesca cascada.

Lourdes exhausta logró abrir los ojos y mirar al cielo. Sentía frío de repente. La roca helada la hacía estremecerse. El hombre a su lado le acarició el rostro y esbozó una sonrisa. Esa sonrisa le daba paz, hacía que ella se sintiera protegida, entre algodones.

- Ya todo pasó -dijo el hombre.
- ¿Quién eres? -preguntó Lourdes con desesperación-, ¡dime por favor quien eres!

Pero el hombre no respondió. Solo continuaba con esa sonrisa a flor de labios que mantenía a Lourdes tranquila y con la sensación que nada en el mundo podía dañarla.

- ¿Quién eres? -volvió a preguntar ella.
- Tú sabes quien soy -respondió él a su pregunta.

En ese instante y aún con el eco de aquellas palabras en su mente Lourdes despertó asustada. Al abrir los ojos lo primero que vio fue la gran luna rodeada por el halo verdoso de humedad. Los ronquidos de la mujer gorda seguían llegando desde dentro de la habitación y todo parecía estar sumido en una extrema serenidad y normalidad. Rompió a sollozar poniendo su cara entre sus manos. Aquel sueño había movilizado sus emociones. Hizo que aquel hombre que ella buscaba apareciera en el sueño y la salvara de caer a un precipicio, la salvara de morir. Aparecía como un salvador, como alguien que le generaba una sensación de paz y tranquilidad, mientras que a la vez se sentía protegida. Era el mismo hombre del hostel, el mismo que había conocido años atrás en la ciudad.

Tras un rato de sollozos entró a la habitación y de la mochila sacó una petaca con coñac. Se sentó nuevamente en el balcón y dio unos tragos a la petaca mientras se secaba las lágrimas de sus ojos y mejillas con un pañuelo. El aire fresco de la noche ahora había potenciado el perfume dulzón de las flores. A lo lejos se escuchaba el murmullo de una radio y una música melódica de los años ochenta se dejaba oír. En ese instante pensó que la vida le tenía preparada más sorpresas. Que el sueño tal vez había sido un presagio de la vorágine en la que estaba plantada. El río y su corriente caudalosa parecía asociarse directamente con los días que últimamente había vivido. El hombre que al principio era desconocido en el sueño lentamente se acercaba al hombre que ella conocía en la vida real. Pero la gran pregunta que se formulaba mientras bebía era ¿porqué?, ¿quién era para ella ese hombre que tan enigmáticamente ahora aparecía en su vida?

Tras beber un poco se recostó al lado de la mujer gorda. Ya no escuchaba los ronquidos. Apoyó la cabeza en la almohada y contempló la luna. El halo de humedad lentamente había desaparecido y con él los efectos de aquel sueño.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: Fotografía pertenecienta a Ana Cabaleiro (http://cargocollective.com/anacabaleiro) - Montaje propio del blog)
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Saint-Exupéry (veintiseis)




VEINTISEIS


El camino, polvoriento, lleno de cantos rodados, se enanchaba llegando al pueblo. Desaceleré intentando que los diminutos golpes que ocasionaban las pequeñas piedras del camino al chocar contra el automóvil no lo dañaran. Tampoco quería que Marina despertara y se asustara. Al aminorar la marcha contemplé mejor el paisaje. La tierra era rojiza, el verde de la vegetación contrastaba de manera elegante inundando de color toda la visual. Solo una vez, hacía muchos años, tenía recuerdos de haber viajado a Misiones. Fue en un viaje de vacaciones, junto a mis padres. Lo que más me había llamado la atención de aquel viaje fue cómo papá conocía de bien todos los lugares. Él había nacido en un pequeño pueblo misionero, y había conocido a mí madre allí también. En aquellas vacaciones ambos parecían un poco distantes. Mientras mi padre tenía un rostro espléndido y desbordante de alegría mi madre se la notaba seria, apesadumbrada, lejana; como si aquel viaje no significara para ella lo mismo que para nosotros. Esas imágenes las recuerdo siempre. Yo pensaba ¿por qué mamá está como triste?, pero por más que se lo preguntase ella lo negaba. Automáticamente, tras mis preguntas, ella sonreía, me daba un beso en la frente y decía: “No, hijo, no estoy triste ni melancólica, solo un poquito pensativa”

Fue en ese viaje que mis padres discutieron por primera vez, o al menos fue la primera vez que yo los escuché discutir. Lo hicieron levantándose la voz bastante fuerte y con mucha gesticulación. Mi madre, que siempre había sido una mujer sensible y de sonrisa dulce, ese día lloró. No es lindo ver llorar a tú madre. Te causa un nudo en el estómago, una impotencia cuyos límites te son desconocidos hasta ese momento. Después de la fuerte discusión se sentó en la cama del hotel donde nos alojábamos y tras poner sus manos en el regazo rompió en llanto nuevamente. Esta vez el llanto era mucho más amargo y sentido. Mi padre salió de la habitación dando un portazo. Yo corrí a los brazos de mi madre y con mis pequeñas manos quitaba las lágrimas que caían por sus mejillas. Sentía que el corazón se me arrugaba. Mi madre me apretó contra su pecho y siguió sollozando sobre mi cabeza mientras me daba diminutos besos en la mollera: “ya pasará… ya pasará… todo está bien…”


Estacioné el automóvil en una estación de servicio, necesitaba cargar combustible. Marina aún dormía profundamente. Decidí estirar un poco las piernas mientras el chico de la estación manipulaba el surtidor y cargaba el combustible. Tras respirar un par de bocanadas de aire puro podía sentir la diferencia con la gran ciudad. La sensación de libertad siempre me había parecido una de las cosas más fantásticas sobre la Tierra, y allí podía percibirse como flotaba en el ambiente. Los pájaros, el sol, el sonido del viento a través de las hojas, la quietud, todo conformaba un ecosistema perfecto del cual era imposible no percatarse. De algún modo me sentía feliz de estar en aquel sitio. Ahora, el fin de aquel viaje tenía mucho más sentido que al principio. Fue como si una vez que caminé por aquella tierra de repente todo encajara a la perfección. Como si un gran rompecabezas gigante, con piezas que jamás habían encajado, ahora, y gracias a un golpe de acción de la vida, se comenzara a acomodar y yo podía percibirlo. Una fuerza interior me decía que estaba cerca, que el camino que había tomado en busca del libro me llevaría directamente a conocer más sobre mis padres y a desentrañar parte de su historia.

Volví tras unos minutos de caminar bajo el sol a pagarle el combustible al playero. Era un chico de no más de veinte años, menudo, y de brazos fornidos. Se lo notaba amigable y simpático.

- ¿De dónde es, señor? –preguntó el chico.
- De la provincia de Córdoba.
- Ahhh, Córdoba, ¡qué lindo! Me gustaría conocer algún día. Tengo amigos que han ido a pasear en vacaciones y han vuelto muy contentos de allá.
- Sí, es lindo –respondí sonriendo.

El chico me miraba sonriente mientras jugaba con la visera de su gorra.

- Quisiera hacerte una pregunta –dije- ¿Me podrías indicar la ruta a seguir hasta la iglesia catedral de Posadas?
- Claro -dijo el muchacho contornéandose un poco y sonriendo a la vez. Supuse que aquella petición mía le había resultado entretenida. Si bien todos los provincianos somos cordiales aquel muchacho lo fue mucho más.

Tras darme una serie de indicaciones me dio el vuelto de la paga del combustible.

- Espero tenga buen viaje, señor. Le faltan unos kilómetros todavía pero el tiempo está bueno y llegará rápido.
- Sí, eso espero -respondí con cierto suspiro esperanzador.
- Ahora, ¿puedo preguntarle algo yo? -dijo el muchacho.
- Claro
- ¿Porqué busca la iglesia Catedral en Posadas?

Después de la pregunta del muchacho se me formaron un par de respuestas posibles para darle pero ninguna salió más allá de mis labios. Fue como si una profunda emoción me bloqueara por completo. Difícil de explicar, mucho más increíble fue sentir aquella sensación, hice lo que pude al responderle.

- No sé... mejor dicho, sí, sé... pero es algo complicado. Tiene que ver con mi historia, con mi vida, y la de mi familia.
- Ahhh -dijo él con cara de asombro-. ¿Sabe una cosa?, mucha gente va a esa iglesia a agradecer por promesas que hacen. Dicen que se cumplen. Le preguntaba por eso. Pensé que iba a agradecer por una promesa cumplida.
- No, no es por ninguna promesa.
- Bien, entonces le deseo buen viaje y que el fin de ese viaje le sea positivo.

Le agradecí con una sonrisa y dándole la mano. Me subí al automóvil y tras encender el motor reinicié la marcha siguiendo la ruta que el playero me había indicado. Marina seguía durmiendo. Ahora tenía un mechón de pelo que le caía sobre el rostro y le proporcionaba un toque angelical. Me sonreí al mirarla. Me pareció que era una de las imagenes mas tiernas que había visto de ella ¿Porqué cuando dormimos parecemos ángeles?, tal vez sea porque dejamos nuestra armadura y casco de combate al lado y nos despojamos de todo lo que nos impregna de manera negativa, me dije. Conduje cincuenta kilómetros casi en línea recta. Solo había subidas y bajadas en la ruta. Ondulaciones propias de aquellos lugares. Finalmente mientras entraba a Posadas Marina despertó.

- ¿Dónde estamos? -dijo toda somnolienta.
- Entrando a Posadas. Llegando a nuestro destino.


* * *


Estacioné el automóvil al costado de la plaza situada en frente de la iglesia Catedral. Eran las cinco de la tarde, poca gente caminaba por las veredas. De vez en cuando pasaban automóviles. El calor se hacía sentir bastante. Tuve la impresión que todos los pensamientos y elucubraciones que se habían comportado como lastre antes de realizar aquel viaje ahora habían desaparecido. Bajé del automóvil y abrí la puerta a Marina. Ella tras salir del vehículo se paró delante de mí y me miró fijamente.

- Bueno, ya estamos aquí. Ahora veamos si estamos en la pista correcta.
- Avancemos -susurré.

Al entrar a la iglesia nos dirigimos a la sala de recepción que se encontraba a mano derecha. Ahí una monja atendía detrás de un mostrador. El mueble tenía un vidrio que debajo de él se exhibían Biblias, rosarios, estampitas y demas objetos cristianos. Todos estaban a la venta. Me resultó llamativo cuantas cosas un cristiano puede comprar. Jamás pensé que se podía hacer un negocio mercantil con objetos de religión. Después de observar detenidamente los objetos religiosos y de esperar que la monja terminara de hacer unas anotaciones en una planilla nos presentamos. La monja nos miró con atención. Casi podría decir que nos escudriñó milímetro a milímetro con su mirada. Supuse que pensó que éramos un par de locos turistas que venían tras alguna loca historia. Si fue ese su pensamiento tampoco estaba errado. La cosa fue que tras presentarnos y comentarle a la monja nuestro fin en aquella iglesia se quedó pensativa, como si el tiempo se hubiera congelado y ella con él.

En realidad hacía memoria. Durante aquel momento en que pareció estar en otro sitio revolvía dentro de su memoria la información que había quedado adherida a las paredes de su mente. Finalmente habló.

- Sí, recuerdo al padre que estaba a cargo de la iglesia por aquellos años. El padre Ernesto. Fue él quien llevaba adelante todas las gestiones de la iglesia, quien impartía las misas, quien se encargaba de las clases de catecismo y confirmación y quien recibía a los turistas una vez a la semana. Si hay alguien que podría saber sobre su padre y su madre es él -dijo la monja mirándome fijamente.
- Entonces, ¿dónde podría localizar al padre Ernesto? -pregunté sin rodeos.
- Eso está difícil -dijo la monja- él murió hace ya dieciocho años.

A veces la vida nos tiende trampas. No siempre las trampas son mortales o para jodernos. No. Suelen ser fructíferas si sabemos sacarle el lado bueno y volverlo positivo. Sin embargo, después de escuchar a la monja decir que la única persona que podría ayudarnos había fallecido hacía dieciocho años atrás pensé que esta vez la vida además de tramposa había sido traicionera. Y también involucré al destino en ese pensamiento, pues sin él y sus artilugios la vida no sabría desenvolverse sola.

Después de escuchar a la monja, Marina me tomó del brazo y me susurró al oído que nos fuéramos. Asentí. La monja nos miraba como si contemplase a una de las tantas imagenes religiosas que la rodeaban. Le agradecimos la ayuda y nos dimos media vuelta y enfilamos hacia la puerta de hoja doble que estaba a la entrada de la iglesia. Caminamos a paso lento. Al llegar a la puerta miré hacia el interior de la iglesia. Observé los bancos de madera, las figuras de la Virgen María, del Corazón de Jesús, del Cristo crucificado. El altar estaba forrado en placas de mármol, y detrás de él había dos grandes ventiluces que dejaban pasar la luz solar. Dentro de la iglesia había un ambiente de quietud impresionable. Parecía una cúpula debajo de la cual el tiempo pasara a destiempo, sin prisa, y todo allí debajo desprendía cierta sensación de tibieza.

- Esperá un poco -le dije a Marina, y comencé a caminar hacia el altar.

Noté que la monja nos seguía orbservando. Marina se quedó parada en el mismo lugar y me observaba desde otro ángulo pero tal vez con la misma cara de ingenuidad que la monja. Al llegar a unos pocos metros del altar me senté en uno de los bancos de madera. Estaba debajo de la cúpula, esa cúpula imaginaria que yo sentía irradiar tibieza. Crucé los dedos de mis dos manos y miré al Cristo crucificado. No recé. No. Solo me limité a mirarlo y a charlar en pensamientos con él. Así hacía cada vez que pasaba por delante de una iglesia y tenía ganas de charlar con Dios. Entraba, elegía un banco cercano al altar, y me ponía a charlar con él. Si rezaba era de manera automática, mecánica, y seguramente era porque mi interior me lo hacía expulsar por mi gran acumulación de pecados. Conversé con Dios por unos instantes. A solas. Marina y la monja seguramente me seguían observando desde la entrada. De repente me hice la pregunta si en alguno de aquellos bancos mis padres se habrían sentado durante alguna misa, o bien durante alguna visita a la iglesia. No lo sabía. Tal vez el único que podía saberlo era el padre Ernesto, pero se había llevado la respuesta a la tumba hacía más de dieciocho años. Enseguida quité el pensamiento de mi cabeza y volví a enfocarme en pensar en positivo, en cómo saber si esa era la iglesia donde mi madre había dejado aquel libro. Mientras observaba al Cristo crucificado analizaba de qué modo podía yo llegar a una pista, a algo que me condujera a desovillar aquella maraña. Entonces recordé que entre todos los datos que Marina había recolectado y las fotografías que yo tenía de aquella época en el baúl de mi madre había un par de ellas que eran de una plaza que no conocía. Siempre me había preguntado qué plaza era esa, pero jamás se lo pregunté directamente a mi madre. Tal vez fuera la misma plaza que se encontraba frente a la iglesia Catedral. Y si lo era podía aún existir algún vecino que me pudiera dar indicios de mis padres y su juventud en esa ciudad. Tal vez...

Me levanté del banco y me persigné. Al darme vuelta observé que seguían ambas mujeres observándome, ahora con los ojos como platos, sin comprender en demasía mi actitud.

- Tengo una idea -dije a Marina- de cómo saber si estamos sobre la pista correcta o no.
- ¿Cuál idea? -respondió un tanto incrédula.
- ¿Te acordás de las fotografías que estaban en el baúl de mi madre?, había un par de ellas que eran de una plaza. Estaban en blanco y negro, o sepia, no lo recuerdo bien.
- Sí, en sepia. Ahora lo recuerdo. Y vos no sabías de dónde eran. Están en la mochila...
- ¡Exacto! -dije con exclamación- ¡esas mismas! Si las observamos con detenimiento tal vez podamos ver si se trataba de la plaza de enfrente o no.
- Bien. Puede ser -dijo Marina- ¿Y si no llegase a ser esa plaza?, ¿y si no fuera esta la iglesia, o ésta la ciudad donde ellos estuvieron por aquellos días?
- Entonces acá se termina todo -respondí a secas.
- ¿Todo?
- Sí, todo. No tiene sentido seguir buscando un libro por todo un país. Debemos volver al trabajo, los días de permiso que pedimos ya han sido muchos y la redacción debe de extrañar nuestra presencia... principalmente la tuya. Además, mi madre esté ahora donde esté sabe que hice el intento. Por más que no tenga aquel libro en mis manos he cumplido mi promesa.
- A medias -musitó Marina.
- Bueno, a medias o no, no importa. Al menos lo intenté.

Fuimos hasta el automóvil, saqué la mochila y el sobre con fotografías que llevábamos dentro. No había más de siete u ocho fotografías. Todas habían pertenecido a mi madre y estarían desde hace años guardadas en el baúl que ella tenía para guardar sus cosas. Yo las había encontrado después de su muerte, por aquellos días en que empecé a reconocer mi casa natal como mi nuevo hogar. Sobre el baúl del automóvil puse las fotografías una a la par de la otra. Todas estaban en color sepia. Casi todas, solo un par estaban a color, pero colores muy desteñidos. Junté las dos fotografías que mostraban una plaza o plazoleta y las observé con detenimiento mientras cada tanto alzaba la vista y las cotejaba con la arquitectura de la plaza situada frente a la Catedral. Había muchas similitudes, pero de a ratos me parecía que no. Titubeé, no sabía si era esa la plaza o no.

- No estás seguro -dijo Marina.
- No, no lo estoy. Hay cosas similares pero otras distintas. Tal vez con los años la han remodelado, o no es esta plaza y es otra. No estoy para nada seguro, Marina.
- Está bien. Si quieres vamos a comer algo y después volvemos y damos otra mirada.
- Me parece bien.

Subimos al automóvil y comenzamos a desplazarnos lentamente. Mientras atravesaba la plaza la contemplé y nada me indicaba que fuera esa la plaza de la fotografía. Sí había similitudes, pero no estaba el ciento por ciento seguro. Tampoco vivía el cura que había estado a cargo de la iglesia por aquellos años, y entonces todo se complicaba. No podía dejar de sentir un nudo en mi pecho. No hay nada más frustrante que no encontrar cabos y sentirte a la deriva, como si fueras un náufrago que despierta en medio del océano y de repente siente su condición de abandono en ese instante.

Cruzamos la esquina de la plaza y enfilamos hacia el centro de la ciudad. Fue en ese momento cuando algo fugazmente me pasó por la mente. No sabía qué era pero algo sentí.

- ¿Pasa algo? -preguntó Marina.
- No, solo que no sé porqué algo me llama la atención y no sé definir que es.

Conduje unas diez cuadras aproximadamente y aquella sensación cada vez se hizo más profunda en mí. Era como si una alarma interna se hubiera activado y su sirena no dejara de ulular desde adentro mío. Pero no sabía porqué ¿A qué se debía aquel sentimiento? Me ordené y dejé de pensar en ello. Llegamos a un bar, bonito, clásico, chiquito, y nos sentamos en una mesa ubicada en la vereda. Ya atardecía. Esa ciudad se veía magnífica al atardecer. Pedí una cerveza y Marina una gaseosa. Mientras esperábamos por unos sandwichs sorbíamos las bebidas en silencio. Ella hojeaba la carta y yo miraba la nada. La mirada se me volvía roma cada tanto y luego volvía a enfocarme en cualquier objeto estático o en movimiento. Me sentía vacuo, carente de todo. De repente, y como si fuera Newton en el momento que la manzana cayó sobre su cabeza, algo iluminó mi mente.

- El mercado -dije- ¡El mercado!
- ¿Qué?, ¿qué dices? -dijo Marina un poco sorprendida por mi vozarrón y mi expresividad.
- El mercado, Marina. El mercado que está en la esquina de la plaza es el mismo de la fotografía. Es la misma construcción y tiene el mismo nombre ¡Es esa la plaza!, ¡es esa la iglesia!

No esperamos los sandwichs. Dejé dinero suficiente para pagar lo consumido y una docena de sandwichs sobre la mesa, y salimos rápidamente en el automóvil con rumbo a la iglesia. Debo decir que el corazón me galopaba. Me sentía como un niño que había descubierto un tesoro en medio de la arena de una playa extensa y solitaria. Mientras conducía veía como el sol lentamente se iba ocultando y el atardecer se apagaba. La imagen de Federico Moccia se me hizo presente. “Tranquilo hijo, tranquilo...” parecía decirme. Intenté tranquilizarme, pero no pude. Mis manos sudaban agarradas al volante. Marina me observaba de soslayo. Creo que ella estaba tan nerviosa como yo.

(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: Fotografía pertenecienta a Ana Cabaleiro (http://cargocollective.com/anacabaleiro) - Montaje propio del blog)
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"Tuya" de Claudia Piñeiro



El fin de semana pasado me leí como un relámpago el libro "Tuya" de Claudia Piñeiro. Lo devoré. De lectura ágil y sin problemas me fui adentrando cada vez más en la historia de una ama de casa a la cual le pasan distintas cosas en su vida matrimonial: infelicidad, engaño, desamor, etc. Es un policial con toques de novela negra el cual atrapa desde el primer capítulo. Cada uno de los personajes femeninos que aparecen en la novela tiene su "embrujo" a la hora de atraparte y hacerte entrar un poquito más sin dejarte dejar de leer. El personaje masculino, Ernesto, también tiene lo suyo.

Todos los personajes recorren ciertas facetas de personalidades muy contemporáneas, pasando por la ama de casa sumisa y sin expectativas, el hombre casado e infiel, la adolescente que atropella el mundo sin saber a dónde ir, los recuerdos de infancia que no pueden faltar para maltratar y hacer pesada una psiquis, y la infidelidad sumada al asesinato.

Recomendable. Te gustará.



Claudia Piñeiro, escritora argentina.
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Saint-Exupéry (veinticinco)

VEINTICINCO


Caía la noche sobre el vecindario y unas pinceladas rojizas aún persistían colgadas del cielo. El sol, ya casi fugado, daba paso a una noche que asomaba como larga y cargada de una atmósfera melancólica. Ambas mujeres preparaban la cena en la cocina del hotel. La mujer gorda cortaba delicadamente unas cebollas y Lourdes, con suma prestancia y cuidado, metía en una olla todos los ingredientes mientras revolvía el contenido a conciencia. No hablaban. Tan solo se limitaban a realizar cada una su trabajo en la cocina y a escuchar un programa radial que transmitía música de los años 70.

El día había sido largo para Lourdes. Se sentía aturdida y fuera de su eje. Seguía sin poder encajar las ideas y eso la ponía nerviosa. Desde niña había sido una persona metódica, bastante introvertida, de la clase de personas que guardan mucho para sí y les cuesta horrores contar y expresar sus pensamientos y sentires. Sus padres la habían aconsejado y guiado en los primeros años de su infancia y la adolescencia, y aquello había resultado en una mujer recta, de buenos y firmes principios y por sobre todo de simple mirada ante los actos de la vida. Pero esta vez los acontecimientos la superaban. Se sentía al volante de un automóvil deportivo en plena ruta a más de 300 km por hora. Ante el menor movimiento en falso sería imprevisible saber qué pasaría, que sería de su frágil vida.

Una vez la cena estuvo lista la mujer gorda destapó un Cabernet Sauvignon y sirvió un poco en las copas. Comieron en el mismo silencio que cocinaron. La mujer también se veía cansada por el trajín. A su modo, procesaba toda la información y recuerdos de la situación de Lourdes y eso le compungía el corazón. Pensaba que la vida estaba siendo injusta con una joven como aquella, pero que al fin y al cabo la vida misma era así: nadie podía predecir su curso, nadie podía torcerle el brazo.

Después de cenar se despidieron y se dirigieron a sus habitaciones. La mujer gorda se durmió instantáneamente. Era de sueño fácil y pesado. En cambio Lourdes no la sacó tan barata. El insomnio se apoderó de ella y pasó gran parte de la noche contemplando el techo y las manchas de humedad de una de las paredes de la habitación. Afuera hacía una noche clara, sin viento, de una luz lunar amarillenta, desteñida, que no invitaba a nada. Entre tantos pensamientos rescató uno que brilló por sobre los otros. Recordó el hostel “Roma” y a aquel hombre que había conocido por ese tiempo. Reconoció nuevamente que todo aquello que ahora le estaba sucediendo se había originado con la búsqueda sin sentido de aquel hombre. Sin saberlo el destino la había conducido ante un nuevo portal en su vida. “Las cosas suceden de maneras ininteligibles”, se dijo. Y en efecto, tenía razón. Gracias a aquella situación entre el hombre, el hostel “Roma” y aquellos buenos días, ella ahora se encontraba ante un descubrimiento especial: la doble vida de su padre. Sin lugar a dudas el destino había echado mano a sus misterios e intrigas y había activado un puñado de sorpresas que la joven mujer debería de soportar.


A la mañana siguiente ambas se dirigieron al municipio. Un empleado municipal las recibió de buena forma, ofreciendo sus servicios. Era un hombre delgado, un tanto parco, pero sin embargo al estar unos minutos delante de su presencia uno podía cambiar de idea con respecto a la primera impresión. La mujer gorda explicó la situación. El empleado frunció el entrecejo y sus pestañas se juntaron casi un centímetro. Parecía que aquel acto activaba su memoria. Tal vez sería un método para que los recuerdos flotasen en su mente y luego poder captarlos y traerlos al presente. Después de un instante el hombre hizo un chasquido con sus dedos, algo así como un ¡eureka!, pero sonoro.

- Síganme –dijo haciendo un gesto por sobre su hombro-, creo que en el sótano quedan archivos sobre aquella época en unas cajas de cartón.

Los tres bajaron las escaleras que conducían al sótano. Tras encender una bombita de luz de bajo consumo el empleado reconoció las cajas arrumbadas en un estante, de entre otras.

- Son esas –exclamó victorioso.

Tras quitarle el polvo las depositó sobre una amplia mesa de madera que había en medio del sótano. Con la ayuda de un accesorio cortó los precintos que mantenían las cajas selladas y las abrió.

- Aquí están. Son estos todos los documentos que datan de aquella época y pertenecen a la hostería. Pueden mirarlos y también, aunque va en contra de mi cargo y responsabilidad, pueden fotocopiar algunos en la fotocopiadora del primer piso. Tómense el tiempo que necesiten. Cerramos a las 13 hs.

Tras decir esto el empleado dio media vuelta y subió las escaleras perdiéndose en ellas. Lourdes de manera nerviosa abrió de par en par las tapas de cartón y empezó a sacar parte del contenido y lo ubicó sobre la mesa. Había planillas, carpetas, fotografías, rollos y revelados fotográficos, juegos de llaves, y hasta una vieja radio a transistores de marca “Spica”, enfundada en un estuche de cuero negro. Se preguntó a quién habría pertenecido aquella radio, tal vez al señor Cruiff fue la primer respuesta que su mente disparó.

Durante un par de horas miraron papeles sin sentido. Datos y más datos abarrotados en renglones y celdas de planillas. Información inconexa, fechas, importes de estadías, apellidos sin sentido y nombres de desconocidos. Nada. No había nada interesante. Tampoco quedaba más que revolver dentro de las cajas. Lo habían revuelto todo de adelante hacia atrás y viceversa. La mujer gorda echó un suspiró al aire. Su rostro denotaba cansancio y un toque de fastidio. Lourdes continuaba mirando la papelería como si en ella pudiera existir algo más, tal vez algo nimio que se había pasado por alto. Pero por más que buscase e intentara encontrarlo nada salía a la luz. No había indicios de su padre dentro de aquellas cajas. El rastro había concluido ahí, o mejor dicho en la fotografía encontrada en la vieja hostería.

Cerca del mediodía ambas mujeres subieron las escaleras y dijeron al empleado municipal que la búsqueda no había sido fructífera. Éste, poniendo cara de afligido, estiró sus brazos y dio un par de palmaditas en los hombros de cada mujer.

- Tengan paciencia, si hay una verdad saldrá a la luz. La vida oculta pero también muestra.

Sin embargo ellas se miraron y parecieron decirse que en aquel momento la vida no quería mostrarles nada, al contrario, parecía que quería esconderlo todo. Salieron del municipio y Lourdes decidió caminar un poco. Necesitaba tomar aire y acomodar sus ideas, aunque más que eso necesitaba rehacerse, acomodar un poco los estantes desordenados de su interior. La mujer gorda entendió al vuelo lo deseado por la joven, y sin oponerse se subió al automóvil y se dirigió al hotel.


Dos días después, sin saber qué hacer y qué camino tomar, Lourdes decidió irse del pueblo y seguir rumbo a su ciudad. En lo más hondo de su ser presentía que todo aquello que había sucedido en ese lugar tenía un significado, que no había sido mera casualidad; no obstante no encontraba una respuesta, ni siquiera un pequeño indicio que le indicase el camino que debía tomar. Desilusionada totalmente comenzó a empacar sus pocas pertenencias. Era cerca del mediodía de un día Jueves. La mujer gorda repasaba números en una planilla dentro de la recepción y una mucama arreglaba camas y preparaba las habitaciones vacías.

Si me voy ahora dejaré en paz a esta mujer. Lo mejor será volver y reordenar mis pensamientos y mi vida en la ciudad. Tal vez volver al asentamiento en el norte sea una salida favorable, o por qué no buscar un nuevo rumbo junto a otros grupos ecologistas, pensó. Una vez que la mochila estuvo repleta de sus pertenencias encajó el libro de “El Principito” que su padre le había regalado en uno de los elásticos de la misma y salió de la habitación. Tras bajar las escaleras se encontró con la sorpresa que afuera, justo delante de la recepción del hotel, la mujer gorda hablaba con el empleado del municipio. El hombre parecía explicarle algo y la mujer, por la expresividad de su rostro, parecía un tanto perpleja. Cuando Lourdes llegó a la puerta el hombre dio media vuelta y se alejó caminando en dirección a la salida del hotel. La mujer gorda se quedó parada contemplándolo mientras en sus manos sostenía un paquete. Lourdes apuró el paso y llegó hasta la recepción.

- ¡Querida! –exclamó la mujer gorda al ver a Lourdes acercarse- ¡tengo noticias para ti! Mira –dijo la mujer mientras desenvolvía el paquete- ¡mira esto!

El papel que envolvía el paquete cayó al piso junto al hilo que lo sujetaba. Dentro de una caja de cartón estaba la radio “Spica” con estuche de cuero negro que habían visto en las cajas del sótano del municipio.

- Es la radio que vimos en el sótano –dijo Lourdes un tanto confusa y asombrada por el objeto en sí.
- Sí, esa misma. Pero hay un detalle –comentó la mujer gorda mientras le quitaba la funda de cuero a la radio. Mira.

Tras quitarle la funda, la mujer posó la radio sobre el alféizar de la ventana de la recepción, tomó la funda de cuero y sacó de su interior una pequeña fotografía.

- ¡Es mi padre! –exclamó Lourdes.
- Sí, es tú padre, querida Lourdes. Pero hay más, mira al dorso de la fotografía.

La chica dio vuelta la fotografía y allí, como si fuese una señal divina, estaba escrito el nombre de su padre y una dirección perteneciente a una ciudad que enseguida sonó en su cabeza.

- ¿Te suena esa dirección? –preguntó la mujer gorda mientras acomodaba su rodete.
- No, pero sí la localidad. En ese pueblo sé que nació mi padre. Es en la provincia de Misiones. Él supo hablarme varias veces de su niñez y de lo bonito que era todo allí. Sus amigos, sus anécdotas de la infancia, el trabajo de mi abuelo, los quehaceres diarios de mi abuela paterna, la vida en sí que él tuvo allí. No olvidaría nunca algo tan importante. Pero esa dirección no la conozco.
- ¿Qué harás? –preguntó la mujer gorda.
- Iré –dijo decididamente Lourdes- necesito ir y ver si allí, en esa dirección de esa ciudad, existe algo que me una a mi padre y me aclare un poco más este lío.
- Es lejos, ¿te hará bien ir tan lejos?
- Lo sé, y sí, me hará bien, lo necesito, necesito saber toda la verdad.
- Supongamos que vas y allí no hay nada. Supongamos que es solo una dirección que tú padre tomó, o recordó, y la anotó ahí por solo vicio o como ayuda memoria. Si la dirección no fuera cierta o es errónea, ¿no crees que es mucho riesgo y una empresa demasiado grande para llevar a cabo?
- No. Usted no entiende –dijo Lourdes mirando fijamente a la mujer gorda- Yo necesito saber si tengo un medio hermano. Necesito saber si mi padre tuvo una doble vida y necesito saber si ese medio hermano hipotético vive o no.

Entonces la mujer gorda asintió con su cabeza y abrazó a Lourdes.

- Sí querida, te entiendo perfectamente –terminó susurrándole a los oídos.

(Continuará en un próximo capítulo...)

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Saint-Exupéry (veinticuatro)



VEINTICUATRO

La mujer gorda acomodó su rodete mirándose en el espejo retrovisor del automóvil. Podría decirse que era una de esas mujeres que no descuidaban un segundo su apariencia. Enseguida tomó un lápiz labial y recorrió sus gruesos labios con él, confiriéndoles un tono carmín. Miraba de vez en cuando a Lourdes, que estaba sentada a su lado, con la mirada perdida y sus pensamientos vaya a saber en qué sitio. Finalmente guardó el lápiz labial en su bolso y bajó del automóvil. Lourdes la siguió. Ahora ambas estaban paradas frente a la vieja hostería, con sus miradas enfocadas en la omnipotencia que aún seguía desprendiendo la construcción. La fachada de la construcción se alzaba altiva aún tras el paso de los años. Había un silencio absoluto, casi nada parecía tener vida en los alrededores, y si no fuera por el murmullo del correr del agua del río todo se asemejaba a un sueño.

- ¿Estás lista? –preguntó la mujer gorda.

Lourdes asintió con la cabeza y entonces comenzaron a caminar hacia la hostería. Al cruzar la puerta de entrada Lourdes sintió un escalofrío, como si aquel paso hiciera convulsionar de algún modo a su ser interior. Le pareció que el interior tenía algo distinto a cómo lo recordaba de su anterior visita. “Tal vez sea la luz del día”, pensó, pero no quedó muy conforme con aquella auto-respuesta. A cada paso que avanzaban los recuerdos de su padre comenzaban a aflorar. Mientras más los traía al presente y analizaba menos podía entender lo que estaba sucediéndole. No encontraba ninguna fisura que delatara aquella posible doble vida de él. Aun así se sintió traicionada y dolida. Aquella imagen impoluta y venerada que ella mantenía sobre él ahora se veía claramente al borde de un abismo. La mujer gorda caminaba dando pasos cortos y seguros, como las personas que saben perfectamente hacia dónde se dirigen. Subieron las escaleras y caminaron sin decirse ni una palabra. Lourdes jugaba nerviosamente con un anillo que tenía en el dedo anular de la mano izquierda. Finalmente estuvieron delante de la habitación donde se encontraban los retratos. La luz del sol ingresaba por los dos ventanales que tenía la habitación. Las cortinas estaban rasgadas y sus puntas rotas, deshilachadas, tal vez comidas por roedores que seguramente eran ahora los únicos huéspedes del lugar. Todo estaba recubierto por una película muy fina de polvo, que daba una apariencia de manto blanco perpetuo sobre la superficie de las cosas. La mujer gorda avanzó hasta los portarretratos y deteniéndose frente a ellos los miró uno a uno como si aquellas imágenes la transportaran en el tiempo.

- ¿Reconoce a estas personas? –preguntó Lourdes.

La mujer gorda hizo una diminuta mueca y sus ojos quisieron cargarse de lágrimas que enseguida reprimió.

- Sí, los reconozco a casi todos. Dime niña, ¿cuál es tú padre?
- Ese, el que está junto a la mujer y el niño.

El portarretrato estaba tal cual lo habían dejado días atrás Lourdes y Enrique, inclusive tenía marcados los dedos sobre el polvo que recubría el vidrio. La mujer lo tomó entre sus manos y lo acercó lo suficiente para observar a las personas fotografiadas. Inmediatamente esbozó un gesto que a Lourdes le pareció de admiración, sorpresa tal vez; luego una leve sonrisa se dibujó en sus labios color carmín.

- Sí, sí, recuerdo a este hombre. Yo era niña y solía venir en bicicleta a jugar de este lado del río. Los Cruiff querían mucho a los niños del pueblo, tal vez porque ellos no habían podido tener hijos, y a mí siempre me tuvieron como entre algodones. Me solía sentar con ellos bajo la galería y desde ahí observábamos cómo los huéspedes iban y venían, o bien como pasaban la tarde junto al río. Algunos usaban la hostería como lugar de pernocte, otros como un sitio de descanso, y podían pasarse hasta una o dos semanas aquí disfrutando de la tranquilidad y el paisaje. Este hombre, el que tú señalas como tú padre en la fotografía, supo venir varias veces. Lo recuerdo bien. Siempre vestía correctamente y usaba saco y corbata. Era amable y cordial. Una o dos veces se dirigió a mi persona dándome un dulce. Le gustaba sentarse con la mujer de la fotografía a orilla del río mientras el hijo jugaba con los pies metidos en el agua.
- ¿El hijo de ambos? –preguntó Lourdes un tanto aturdida.
- Sí. Supongo que era el hijo, pues lo llamaba así cada vez que se refería a él.

El rostro de Lourdes se transfiguró. Prontamente sus pómulos se cargaron de un color rosado intenso y sus ojos de lágrimas. Le fue imposible contenerse y desencajar un llanto, que aunque fue breve, fue muy sentido. La mujer gorda, en un acto reflejo, tomó a la chica entre sus brazos y ahogó su sollozo en su pecho. Aquella imagen causaría ternura a cualquiera y a su vez dolor. Un dolor enarbolado por la traición y por el engaño. Su héroe, el hombre que le había dado la vida, ahora solo era una mera imagen de su mente y su memoria. El nuevo retrato de él se asemejaba al de alguien desconocido, a una persona de la cual tan solo reconocía sus facciones pero a la cual no la vinculaba nada sentimental. Tras un rato de sollozar la mujer gorda apartó a Lourdes y la miró a los ojos.

- Debes ser fuerte. No estás sola. Estás conmigo. Te ayudaré, no te dejaré sola –volvió a repetir.

Lourdes con los ojos rojizos y las lágrimas deslizándose por sus mejillas asintió con un movimiento de cabeza, aún siendo consciente que aquellas palabras provenían de una persona que era completamente desconocida para ella, tan solo alguien que el destino ahora había puesto en su camino y solo eso.

- Es increíble que aún estos portarretratos sigan aquí. Este lugar ha sido morada de vagabundos, de parejas que vienen a tener sexo, inclusive se rumoreó que servía de aguantadero a ladrones rurales, y sin embargo nadie tocó jamás estas fotografías. Todo está intacto tal cual como lo dejaron aquella mañana los Cruiff tras su partida.

Mientras la mujer gorda sostenía algunos portarretratos en sus manos se hizo un silencio en la habitación. Lourdes mantenía entre sus manos el portarretrato de su padre y recorría el rostro de él con la punta de su dedo índice, como si con aquella acción acariciara el recuerdo del hombre que ella tanto amaba.

- ¿Sabes algo más de mi padre?
- A decir verdad no –respondió la mujer gorda-, aunque sí recuerdo el nombre del niño porque ambos teníamos más o menos la misma edad y una vez jugamos juntos. Se llamaba Esteban. Sí, Esteban. Y la mujer, la que siempre consideré su madre, le decía “Tebi” cariñosamente.
- “Esteban”… -dijo Lourdes pronunciando la palabra con un todo delicado y lejano.
- Sí, Esteban –repitió la mujer. Si vive debe tener más o menos mi edad. Pero otro dato no puedo darte. Fue hace muchos años y solo recuerdo eso que te he contado. Mi memoria no es de las mejores, ya tiene sus años…
- Sí, gracias. Me sirve –acotó Lourdes. ¿Acaso se acuerda del nombre de la mujer?
- No, de ella no, nada. El hombre, bueno, tú padre, la llamaba por palabras tales como “amor” o “querida”, pero jamás se dirigía a ella por un nombre de pila.

Amor”, “querida”, palabras que Lourdes al escucharlas no solo herían sus tímpanos sino que rasgaban directamente su corazón. Finalmente ambas dejaron los portarretratos que tenían en sus manos sobre el borde de la chimenea y salieron de la construcción. Una vez afuera, la mujer gorda se apoyó en el automóvil, sacó un atado de cigarrillos rubios de su cartera y puso uno entre sus labios. Hizo un convite a Lourdes, pero ésta lo negó con su cabeza. Raspó un fósforo y encendió el cigarrillo. Tras unas pitadas exhaló el humo de sus pulmones, tocó por un acto mecánico su rodete, y se quedó mirando perdidamente la costa del río. Ya era casi mediodía. Unas pocas nubes intentaban ahogar la luz del sol entre ellas pero no lo lograban. El humo del cigarrillo de la mujer se elevaba lentamente y se perdía a favor del viento.

- ¿Vivirá? –dijo Lourdes.
- ¿A quién te refieres? –respondió la mujer gorda tras darse media vuelta y enfocar su mirada en la chica.
- Al niño.
- Tal vez. Yo estoy viva, y él tiene mi edad más o menos, como te dije. Seguramente vive ¿Qué estás pensando, niña?
- Quisiera saber de él y si es hijo de mi padre en realidad. Pero mientras más lo pienso menos se me ocurre cómo podría hacer para encontrarlo. No tengo datos. Solo sé que ese hombre era mi padre, de ahí en más no hay nada más que me lleve al niño.
- Mmmmm… -dijo la mujer gorda mientras daba otra pitada al cigarrillo. Tal vez haya una posibilidad de conectarte con él.
- ¿Sí?, ¡¿cómo?!
- Cuando la hostería se habilitó llevaba por reglamento un registro de sus huéspedes. Una copia de ese registro debía ser presentado mensualmente a la municipalidad del pueblo y al departamento de policía. Seguramente en alguno de los archivos de ellos esté registrado el nombre de tú padre y algún otro dato que te ayude a vincularte con el niño de la fotografía. Eso sí, antes, todo se hacía sobre papeles, no existían las computadoras, así que probablemente, si encontramos algo, deberemos nadar entre una maraña de papeles en algún sótano o archivero lleno de cajas.
- Eso me tiene sin cuidado –dijo Lourdes-, pues si existe tal posibilidad me encantaría poder aprovecharla y saber finalmente si ese niño es mi medio hermano o no.
- Entonces no lo pensemos más –dijo la mujer gorda. Pongámonos a trabajar.
Ambas subieron al automóvil y mientras la mujer daba arranque al motor y se acomodaba el rodete frente al espejo retrovisor Lourdes repasaba con un pañuelo su rostro quitándose algún dejo de lágrimas.
- ¿Te encuentras mejor, niña?
- Un poco. Esto era algo inimaginable para mí.
- Lo entiendo. Pero la vida tiene estas sorpresas, niña. A veces uno se levanta por las mañanas, abre las ventanas, ve un hermoso sol, un cielo radiante, y de repente, en un segundo, todo aquello se opaca por algún incidente o mala noticia. Eso es el destino. También podemos morir en un segundo, y cuando eso pasa ya está, ya todo ha pasado y pasamos a ser parte de un acto reflejo más del mismísimo destino. Sé que mis palabras no sirven de mucho, pero al menos intenta no polucionar tú cabeza con pensamientos negativos. Tener clara la mente te animará a tener el corazón tranquilo. Así como el destino fue capaz de ponerte esta sorpresa en tú camino de vida, también ya se está encargando de que tú le encuentres alguna respuesta. Después de todo no podemos zafarnos de su influjo. Quiérase o no siempre estamos atrapados dentro de su espiral.

Lourdes asintió y dio un diminuto beso espontáneo en la mejilla regordeta de la mujer. Esta se sobresaltó y sonrió inmediatamente. Acto seguido ambas se abrazaron y se mantuvieron así, sin moverse, en aquella posición.

Ya en la ruta el automóvil se dirigía al pueblo. Ambas mujeres iban en silencio, con la mirada perdida en la línea blanca del carril, y sus pensamientos iban enfocados en encontrar el inicio de aquella trama que el destino, sin tapujos, había puesto en sus vidas.


(Continuará en un próximo capítulo...)

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(Imagen: http://goo.gl/DhDGO )
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