
TREINTA y DOS
Recuerdo que al llegar esa noche a un hotel cercano a la plaza Marina cayó rendida sobre la cama. Vi cómo me sonreía y cómo esa misma sonrisa fue desvaneciéndose y dando paso al sueño. Primero sus párpados comenzaron a pesarle, luego las comisuras de sus labios se fueron arqueando hacia abajo. Finalmente su boca se entreabrió unos pocos milímetros provocándome una sensación de placer y erotismo...