Saint-Exupéry (treinta y dos)



TREINTA y DOS

Recuerdo que al llegar esa noche a un hotel cercano a la plaza Marina cayó rendida sobre la cama. Vi cómo me sonreía y cómo esa misma sonrisa fue desvaneciéndose y dando paso al sueño. Primero sus párpados comenzaron a pesarle, luego las comisuras de sus labios se fueron arqueando hacia abajo. Finalmente su boca se entreabrió unos pocos milímetros provocándome una sensación de placer y erotismo a la vez. Sus ojos se cerraron y su cuerpo quedó tendido, atravesando en diagonal la cama. Me quité las zapatillas, luego la remera, el jeans, la ropa interior. Caminé desnudo por la habitación acomodando los bolsos, encendiendo el televisor y poniéndolo en volumen nulo. Luego apagué la luz. Corrí las cortinas de la ventana y observé las luces de la ciudad. Era un bello anochecer. Me sentía extraño en aquella habitación. Por momentos me volvían deseos de dejar todo así como estaba, despertar a Marina y volvernos a Córdoba, a la redacción, a nuestros respectivos trabajos y seguir nuestras vidas tal como eran. Me vino a la mente la imagen del gordo Pérez y su habitual sonrisa. Seguramente me estaría echando de menos, tal como yo lo hacía. «¿Qué harías tú en mi lugar, Federico Moccia?», susurré. El vago recuerdo del viejo amigo fallecido parecía cobijarme en la quietud de la habitación. Seguramente él me habría dado un par de palmadas en la espalda, luego mirado a los ojos y finalmente, con gran prestancia y parsimonia, habría abierto la boca para decirme unas cuantas verdades, unos cuantos pensamientos que tuvieran como fin el tranquilizarme y hacerme entender que los cabos sueltos no sirven para nada en la vida, que si podemos y está a nuestro alcance debemos siempre concluir y lograr finalizar lo que empezamos.

Abrí la pequeña heladera que estaba en la habitación y observé su contenido: cuatro latas de cervezas, dos latas de gaseosa Coca-Cola, dos latas de gaseosa Fanta Ligth, cuatro botellas de agua mineral y un par de barritas de chocolate. Tomé una lata de cerveza y la destapé con cuidado para no despertar con el ruido a Marina. Tomé un edredón que había dentro del placar y cubrí a Marina con él. Dormía como un ángel. Siempre he pensado que ella estaba cargada de una ternura sin igual, y que de su mano mi vida había cobrado verdadero sentido, logrando rescatarme de ciertos pozos y ausencias que quedaron después de las partidas de mi amigo Moccia y mi madre. Mi mundo durante tantos años había sido tan minúsculo, tan limitado. Se había convertido en un subconjunto de escasos elementos en el cual las relaciones entre ellos a veces hasta me excluían a mí mismo. Sin embargo a mi vida había llegado esa mujer, Marina. Ella había entrado con ese ímpetu que irrumpen algunas personas, y había trastocado varios puntos; le había dado un nuevo enfoque a mis días. Ahora era mi compañera de aventuras, sí, así lo pensaba. Se presentaba a mi lado como una fiel compañera. Firme, pensante, con carácter decidido y sin titubeos. Se había convertido en la muleta ergonómica perfecta para impedir mi caída, mi abatimiento.

Bebí la cerveza de a sorbos pequeños mientras seguía observando la ciudad desde la ventana. En los edificios vecinos solo había un par de luces encendidas y nada más. Supuse que todo el mundo estaría fuera, o bien volviendo de sus trabajos. Cuando uno pierde el ritmo laboral piensa que el resto del planeta va en contramano, como si ellos fueran los descontrolados y uno mismo el que lleva la dirección correcta. Abrí el vidrio de la ventana que daba al balcón. Di un par de pasos y me paré a observar la ciudad. No tuve vergüenza de estar desnudo. Nadie se percataría de mi presencia en la oscuridad, y si alguien lo hacía me tenía sin cuidado. Corría una brisa estival, agradable a la piel. Apoyado sobre la baranda del balcón observaba cómo la gente caminaba por la calle. Algunos iban tan ensimismados que no levantaban su mirada del piso, como si fueran verdaderos autómatas biológicos. Alcé la vista y miré al cielo. Ya no había rastros del sol ni de sus últimos rayos. La noche estaba cerrada. Sin nubes. Sin estrellas. Un cielo oscuro, de un negro llamativo, que se asemejaba más a una pizarra de escuela que a un cielo nocturno del litoral argentino. Terminé de beber la cerveza y pensé que debía ducharme. De repente me brotaron un par de vagos recuerdos, de momentos vividos durante el día: la silla mecedora, el lento movimiento de las cortinas de la casa del anciano, la plaza, la soledad de algunas calles, las facciones del viejo. Las imágenes se me sucedían en la mente como diapositivas presurosas, una tras otra, sin orden, desvaneciéndose apenas intentaba fijarlas. «Debo serenarme», me dije. Al regresar al interior de la habitación observé que Marina ahora yacía de lado, envuelta en el edredón, con los pies fuera de él. A simple viste la imagen de mi pareja durmiendo me causó una sensación de ternura, de una fragilidad extrema. Era la misma chica que mientras estaba despierta se llevaba el mundo por delante, la que empujaba a todos, la que lideraba una redacción de un multimedios; sin embargo al dormir parecía un animalito indefenso y frágil en medio de una oscuridad repentina que la había tomado por sorpresa.

Entré al baño, giré la perilla del agua caliente y esperé que el vapor del agua me indicara que ya estaba a punto. Luego mezclé con agua fría abriendo la otra perilla. Me metí debajo de la lluvia. Estaba tibia. Ahí me quedé un buen rato. Sin mover un solo músculo. Serené mis sentidos. Solo dejé alerta mis oídos. Al tener los ojos cerrados una oscuridad más densa que el cielo nocturno me envolvía por completo. No tenía pensamientos. No quería pensar en nada. El agua seguía cayendo. Se sentía maravillosa al tocar mi piel, al recorrer mi cuerpo. Poco a poco me fui entregando a ese placer que tanto libera. Fue entonces que tuve una visión. Veía a mi madre aparecer lentamente como si subiera por un camino de grava. Era joven. Yo no me veía, pero sí podía ver como ella caminaba hacia mí y me sonreía.

- Mamá -dije- ¡Mamá!, ¡aquí!, ¡acá estoy!, ¡soy yo, Esteban!

Entonces mi madre levantaba su mano derecha y la agitaba saludándome. Sin embargo no avanzaba. Si bien caminaba, siempre permanecía en el mismo lugar. Reaccioné al ver eso, sentí nervios e impotencia. Extendí mi mano y la vi muy distante. No sé bien a qué distancia estaríamos pero sabía que era lejos, lograba percibirlo.

- Te cansarás, Mamá... ¡detente ya!

Pero mi madre se esforzaba en llegar a mí, y lo hacía en vano. Comencé a sentir mucha impotencia y desesperación, una mezcla horrible de sensaciones. Entonces mi madre se detiene. Ha avanzado un poco. Me doy cuenta de eso de repente. Ahora tiene sus manos a los lados, inclina ligeramente su cabeza hacia la derecha y me observa con una sonrisa que presiento es forzada y detrás esconde tristeza. Yo hago lo mismo, y tras hacerlo me angustia. Esa angustia empieza a recorrerme todo el cuerpo, siento como el agua de la ducha me distribuye la angustia, pienso en porqué mi madre se expresa así, con esa mirada y esa sonrisa tan figurativa. La visión lentamente comienza a desvanecerse. Me angustio aún más. No quiero abrir los ojos. Deseo que la visión se mantenga y preguntarle a mi madre qué le pasa, por qué me parece que está triste. Pero de repente la oscuridad vuelve a imponerse y la visión desaparece. Ahora la negrura se convierte en un color anaranjado fuerte. Todo se ha vuelto anaranjado y mi madre ha desaparecido. Abro los ojos y la luz del baño me impacta de lleno. Con una mano refriego mis ojos y con la otra cierro las perillas de la ducha. Me quedo inmóvil con los brazos cruzados mirando fijamente los cerámicos del piso. No pienso, solo siento, presiento, trato de que la moraleja de la visión me indique a flor de piel qué intentaba decirme. Y así permanezco largo rato. No hay resultado. Me siento vacío.

Al volver a la habitación todo está igual que antes. Marina sigue compenetrada en su sueño, las luces del edificio de enfrente aún siguen prendidas, la ventana al balcón deja entrar aire fresco y ondean las cortinas. Me visto, me calzo las zapatillas y decido salir a caminar. «Me vendría bien una cerveza», me digo. Busco en la mochila de Marina un papel y una lapicera y le escribo un mensaje: «Bajé a tomar algo. Vuelvo en un rato. No te asustes. Te quiero»

Me encuentro caminando por las calles de Posadas. Es casi medianoche. No conozco la ciudad pero intuyo varias cosas. Siempre me he considerado un hombre observador. Trato siempre de estar atento y de recordar lugares, carteles, rostros. Memoria fotográfica creo que le llaman. Camino rumbo a la plaza San Martin, tal vez el aire fresco del espacio abierto me venga bien, eso pienso. Meto las manos en mis bolsillos y saco la billetera. Observo cuánto dinero tengo y analizo que el suficiente para tomar un par de copas distendidamente. Después de un rato de caminar desinteresadamente observo un grupo de bares frente a la plaza. Decido sentarme en una mesa, afuera. Elijo el bar: uno chiquito, con mesas y sillas individuales altas, que emulan perfectamente una barra de confitería. Un muchacho con aire norteño vestido con camisa blanca, pantalón negro y un delantal a rayas me acerca una carta. La tomo pero no la miro, no me apetece nada para comer, solo tomar una cerveza. Al rato la cerveza helada está en la mesa. Bebo despacio, siento como el líquido recorre mi garganta y me da la sensación de plenitud que solo el alcohol logra cuando uno está sediento. Miro la calle sin mirarla. Observo a la gente pasar sin verla. Escucho que gente habla a mí alrededor sin escucharla. Entonces un par de manos me cubren los ojos, me sobresalto, no entiendo nada. Instintivamente tomo las manos para quitármelas, « ¡quien carajo está haciéndome esta broma! », pienso. Las manos me presionan fuertemente los ojos, me cuesta sacarlas. Son manos de mujer. Un pensamiento fugaz dibuja en mi mente el rostro de Marina. Me doy vuelta y entonces la veo. No, no es Marina. Nada más alejado a ella. Lo primero que me viene a la mente es una playa junto al mar, yo tendido en ella observando un cielo negro brillante plagado de estrellas que titilan. A mi lado la misma mujer que ahora está frente mío. Me habla y me cuenta cosas sobre las estrellas. Sí, es ella, la-chica-de-los-piercings, y entonces pienso que otra vez el destino me tiene en sus fauces...


Sonríe. Es ella. Hace tanto tiempo que no sé de ella. Estoy sumamente alterado, confundido. Parece que el mundo se ha dispuesto a tratarme como un sonajero de bebé. La veo hacerme un gesto para sentarse. Mueve sus labios, me habla, pronuncia frases que por más que ingresen por mis oídos se quedan atascadas dentro de mi mente sin ser comprendidas. Es que la sorpresa es mayúscula. Jamás hubiera imaginado encontrarme con ella en aquel sitio tan alejado, sin embargo, las coincidencias en la vida son así, eso pienso. Vuelvo en mí. Ahora hablo, la saludo, la invito cortésmente a sentarse a la mesa. El mozo de la camisa blanca, pantalón negro y delantal a rayas se acerca nuevamente y ofrece una carta a la-chica-de-los-piercings. Observo con la delicadeza que ella toma la carta y la sonrisa delicada con la cual agradece al mozo. Aún no he cruzado palabra con ella. De repente me entra un escalofrío. Mi mente me ataca como si fuera un grupo de agujas punzantes que tienen la ambición de clavarse lo más profundo para producirme dolor, una pregunta aflora en mi interior y toma volumen, empieza a dejar paso al pánico y al miedo escénico de saber que puede tener una respuesta posible en la cual yo esté involucrado también, la formulo en mi pensamiento: Si la-chica-de-los-piercings está aquí, ¿Lourdes también estará cerca?, ¿acaso el destino es cíclico?, ¿hará que las vidas puedan confluir nuevamente en un punto después de cierto paso del tiempo? Caigo en la cuenta que son muchas las preguntas sin respuesta que en ese instante bloquean mi cabeza. Entonces decido cortar por lo sano, liberar la mente de pensamientos sin sentido, sin respuestas válidas posibles, y sonrío a la chica.

- No sé qué decir -es la primera frase que elabora mi cerebro y sale de mi boca.
- No te preocupes, está bien. Veo que te has sorprendido y de sobremanera al verme.
- Sí, así es. Jamás pensé encontrarte en aquí, y menos a esta hora. Además hace tanto tiempo que no te veía, que no supe nunca más de vos, que esto es una verdadera sorpresa -dije mientras carraspeaba para que mi voz no se notara demasiado nerviosa.
- ¿No crees que la vida es maravillosa?, me refiero a cosas como ésta, a los encuentros casuales, a tal vez designios invisibles de Dios que nos mueven como fichas de ajedrez en la vida. Yo sí lo creo. Creo que es maravilloso que pasen cosas como este encuentro que tenemos ahora.

Lo pensé por un momento. Tras serenarme analicé lo que ella decía. Mi mente me decía que sí, que era maravilloso, pero el resto de mi ser me hablaba en un lenguaje que no comprendía muy bien, como si la sola presencia de la chica frente a mí fuera algo que alterara todo. Recordé el refrán sobre el simple aleteo de una mariposa y las consecuencias inconmensurables que puede producir.

- Debo reconocer que más allá de la sorpresa me encanta verte -respondí sonriéndole-. Las buenas personas son difíciles de olvidar ¿Recuerdas Colombia?, ¿la playa?, ¿las estrellas?
- Claro... eso nunca lo olvidaría. En aquel entonces también debía de estar en ese lugar, junto a vos.
- ¡¿”Debías”?!, ¿cómo es eso?, no entiendo...
- Pues... -hizo una pausa y quedó estática con su sonrisa maravillosa a flor de labios-, hay cosas que no tienen una explicación lógica, ¿sabes?; hay cosas que mejor dejarlas así, sin explicaciones, para que resulten auténticas y duraderas en el tiempo.
- No logro entenderte ¿A qué te refieres?, ¿qué es lo que debo dejar sin explicación?
- Me acabas de hacer una pregunta, sobre Colombia y la noche en la playa, ¿cierto?, pues bien, mi respuesta a eso es que debió ser así, yo debía estar ahí y vos también. No más vueltas, no más explicaciones, es tan simple como eso.

El mozo volvió a la mesa. Esta vez venía sin el delantal a rayas. Preguntó a la-chica-de-los-piercings que bebería y si comería algo. Ella pidió un whisky con hielo y un vaso de agua. Nada para comer. Me sobresalté al ver su petición, pero era más de medianoche y un whisky viene bien a esa hora. El mozo volvió a dejarnos solos. Volvimos a retomar la conversación.

- Siempre has sido enigmática para mí -dije en tono sereno mientras jugaba con el vaso que contenía la cerveza-. Entras y sales de mi vida como un fantasma. Desde aquel día que nos conocimos en ese hostel cercano a mi casa natal nuestras vidas se han cruzado un par de veces y cada vez que sucedió me he maravillado por una cosa u otra. Tienes ángel -terminé diciendo.
- Eso... ángel -dijo ella largando una risita y mostrando toda su dentadura.

El mozo volvió y depositó un vaso de whisky envuelto en papel blanco sobre la mesa y un vaso de agua al lado. Ella tomó el vaso y bebió un par de diminutos sorbos. Pensé por un instante que solo lograba mojarse los labios con la bebida.

- ¿Qué haces por aquí? -preguntó mirándome directamente a los ojos-, ¿qué haces en Posadas?

Dudé. No sabía si decirle la verdad de mi visita a la ciudad o evadir elegantemente su respuesta con otro tema. No quería mentirle, ella no merecía eso. Pero algo me decía que si le explicaba el porqué de mi estancia en la ciudad debería dar explicaciones de temas que ni aún yo sabía cómo explicarlos. Entonces decidí que evadirme sería lo mejor.

- De paseo. Distrayéndome un poco...
- ¿No trabajas?
- Sí, pero he pedido unos días... tampoco es tan importante mi trabajo en la redacción.
- ¿Has vuelto a ver a la chica con el tatuaje del Principito? -tiró inesperadamente.

Hice un alto. Me quedé observándola sin responder. Lourdes... hacía tanto tiempo que no sabía de ella.

- No, nunca más volví a saber de ella.

La chica volvió a beber otros diminutos sorbos de whisky. Apoyó el vaso en la mesa y jugó con su dedo índice sobre el borde del mismo. Repitió aquel movimiento durante un par de minutos, tan solo concentrándose en el vaso y en nada más, como si yo no estuviese frente a ella, como si el universo hubiera decidido que la única persona que lo habitara en aquel momento fuera ella y solo ella.

- Debo irme -dijo inesperadamente.
- ¿Ya?, ¡aún no hemos hablado casi nada! -aclamé ansioso-. ¡Quédate un rato más!
- No, no puedo... en serio, debo irme.

Asentí con cara de derrota. Bebí de un trago lo que quedaba de cerveza en mi vaso.

- ¿Puedo acompañarte?, hasta tú hotel, o hasta dónde vives. Es de madrugada, no vendrá mal compañía para caminar.
- Preferiría que no –respondió de manera tajante y ya sin sonreír.

Recuerdo que aquella respuesta me desilusionó de sobremanera. En realidad deseaba acompañarla, hablar con ella, recordar viejos tiempos, charlar de cosas que habíamos vivido en todo ese tiempo que no nos habíamos visto. Pero ella se había negado. Después de todo tal vez yo no fuera gran compañía para ella. Bajó de la silla, acomodó su cartera sobre el hombro derecho y me besó en la mejilla.

- Estoy feliz de haberte visto. En realidad necesitaba verte. Sí, necesitaba verte.
- ¿A mí?, ¿verme a mí?, ¿por qué? –pregunté confundido.
- Muchas preguntas Esteban… haces muchas preguntas. Te diré algo: el tiempo suele ser cruel, o mejor dicho, la gente lo interpreta así. Sin embargo el tiempo es sabio y se susurra cosas con el destino. Pero ambos no escapan a las directivas que Dios les imparte. Él desde algún lugar observa lo que el tiempo y el destino traman y acepta o no dicha trama. Si te apuras, si aceleras el tiempo y te impacientas por conocer tú destino entras en una niebla densa, en la cual pareces perturbado y empiezas a buscar dirección a tientas, con las manos hacia delante, sin reconocer nada, pues simplemente ¡no ves! Si aceptas que el tiempo y el destino indiquen un camino entonces podrás verlo, caminarás sin tropiezos y lo que parece inexplicable o ininteligible comienza a tener sentido y a ser entendido.
- ¿De dónde sacas todo eso?

Solo sonrió. Entonces levantó su mano y se despidió.

La vi irse y perderse en la oscuridad de la esquina. El poco movimiento de la ciudad en madrugada comenzaba a ahogarse. El mundo parecía tener sueño. Yo también estaba cansado y somnoliento; no obstante aquel encuentro logró una gran perturbación en mí. Pagué la cerveza y dejé propina al mozo. Me marché rumbo al hotel. Al llegar me desnudé y me recosté al lado de Marina. Seguramente se había despertado pues estaba en ropa interior y acostada de su lado. Me acomodé en la cama en posición fetal con mi rostro mirando al suyo. Podía oler ese olor dulzón que desprenden las mujeres enamoradas. Todo en ella era perfecto. Envidiaba la paz con la cual dormía. Me sentí solo, muy solo. «Marina, despierta Marina, necesito que con tus alas me cobijes y me tapes. Marina, hazme olvidar el día de hoy…»


(Continuará en un próximo capítulo...)

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4 comentarios:

G dijo...

Ha pasado tiempo Miguel ! me he perdido treinta y tantos capítulos... así que necesitaré tiempo para ponerme al corriente... mientras tanto te invito a visitar mi nuevo blog (http://magiacircular.blogspot.com/) y te dejo saludos !

SILVIA dijo...

Después de una larga ausencia, regreso...un placer leerte de nuevo. Besos!!

Miguel Aguilera dijo...

@G:

No importa el tiempo, los textos siempre circularán libremente en la red. Eso es algo fantástico, ¿no te parece?

Pasaré por el blog.

Saludos.

Miguel Aguilera dijo...

@SILVIA:

Es parte de la vida ausentarse. Yo en mi vida personal me he ausentado cientos de veces de lugares y vidas que he encontrado al vivir.

Es un gusto verte de nuevo por aquí.

Beso.