Saint-Exupéry (treinta y siete)




TREINTA y SIETE


—Tardan demasiado… —dijo la mujer gorda al anciano.
—Es que a veces hay cosas que el destino depara a los seres humanos que son imposibles de acotar en tiempos. Si es lo que yo pienso —dijo el viejo con la mirada perdida en la luz que ingresaba por la ventana que daba al jardín— ellos deben charlar bastante… sí… bastante… largo y tendido…
—¿Qué supone usted?
—Mi suposición no importa ahora. Si estoy en lo cierto habrá novedades, desenlaces, ese tipo de cosas que suceden cuando la vida gira imprevistamente y sorprende a todos, incluso a los dueños de esas vidas.
La mujer gorda se encogió de hombros, tomó la pava, la llenó de agua y la puso a calentar en la cocina.
—Tengo miedo por Lourdes —dijo ella en susurros. Es tan joven, se la ve tan frágil…
—Es fuerte  —sentenció el anciano. No se preocupe, es una niña fuerte por dentro. Basta verla un momento para poder palpar su fortaleza interior.

Continuaron tomando mates por un rato, casi sin cruzar palabras, cada uno ensimismado en sus pensamientos, alejados de sus presencias individuales.
Al llegar el mediodía la mujer gorda tomó su cartera y se despidió del anciano. Volvió caminando al hotel. Allí tomó una ducha y se dispuso a encontrar un bar o restorán para almorzar. Recorrió unas cuantas cuadras, y a pesar de ver algunos sitios abiertos no lograba decidirse. En ese aspecto ella era muy selectiva, tal vez demasiado. Le gustaba almorzar en el sitio justo, ideal, en donde pudiera sentirse cómoda, bien atendida, y si era posible sin ese bullicio ensordecedor que algunos comensales generan. Caminaba pensando en Lourdes, en qué menú pediría para el almuerzo, y sobre todo analizando hacia donde estaba llevándola todo el asunto de la búsqueda de la esencia de Lourdes. En su fuero íntimo sabía que algo estaba a punto de acontecer. Era una sensación que ella no podía describir, ni siquiera con pensamientos lograba esbozarla, pero que a nivel espiritual la desbordaba y le agitaba el corazón. Sentía emoción por todo lo que estaba sucediendo. Esteban era para ella una verdadera incógnita, pero a la vez representaba una especie de llave que seguramente abriría la puerta y dejaría entrar luz a la vida de su adolescente amiga. Finalmente entró en un bar pequeño, con fachada triste, en donde un mozo sexagenario atendía y servía en las mesas, y un cajero calvo y de diminuto bigote estaba apostado en una banqueta alta mirando televisión. Había pocas personas en el lugar, un par de parejas y un par de solitarios. La carta no tenía un número muy amplio de comidas por lo que optó por pedir algo clásico: milanesas, papas fritas y una gaseosa. Una vez el mozo tomó su pedido la mujer gorda sacó del bolso una agenda. La abrió de par en par y allí, como si estuviera dormida y olvidada, estaba la fotografía del padre de Lourdes, esa misma que habían encontrado en la vieja hostería abandonada del pueblo. Por un instante toda la atención de la mujer gorda fue atrapada por aquella fotografía. Miraba fijamente a aquel hombre desconocido para ella y muchos pensamientos se arremolinaron en su mente. No podía aceptar que un hombre fuera capaz de semejante daño a sus hijos. Tener una doble vida probablemente es uno de los actos más crueles a los que un hijo pueda someterse. La pequeña Lourdes sin saberlo era víctima de ello, sin casi dudarlo la mujer daba por sentado aquello. Cerró la agenda cuando el mozo llegó a la mesa con su pedido. Comió despacio, bebió toda la gaseosa, y de postre pidió helado. Una vez terminado el almuerzo pagó la cuenta, tomó su cartera, y al salir a la vereda el fuerte sol de la siesta impactó directamente en sus ojos. Haciéndose visera con la mano miró la calle en ambas direcciones. Dudaba de qué rumbo tomar. Si retornaba al hotel la incertidumbre y la espera carcomerían sus nervios. Si iba a casa del anciano seguramente pondría intranquilo al hombre, o tal vez éste no estuviera allí y sí en su carnicería. En definitiva sintióse perdida por un instante, hasta que finalmente decidió caminar sin rumbo. Las calles desoladas parecían no tener fin. Todo el mundo se había retirado a dormir la siesta, algo típico en las ciudades del interior del país. Solo algún que otro taxi o remisse pasaba por la calle a la caza de algún pasajero. De tantas vueltas que dio terminó encontrando el rumbo a la vieja iglesia. Camino a paso cansino. Una vez allí, decidió entrar y hablar con Dios.

Arrodillada, con la cabeza baja y de frente al Cristo crucificado, la mujer gorda rezó durante un buen rato. Las palabras salían susurradamente de su boca  tras un movimiento imperceptible de sus labios. Una vez finalizado el rezo se quedó de rodillas, en silencio, con los ojos cerrados tratando de poner la mente en blanco. Enseguida un recuerdo la abordó y la estremeció: era la hora de la siesta de un otoño casi invernal. Estaba ella recostada en una cama descansando mientras observaba, gracias a un generoso rayo de sol, las motas de polvo en suspensión que flotaban en la habitación. Se sentía enamorada de aquel muchacho que había sido primeramente su empleado y luego su gran amor. Era feliz. Su mente no tenía límites en cuanto a felicidad. Observaba con detenimiento el ir y venir de las motas de polvo imaginando que allí, justo dentro de aquella habitación, en ese instante de su vida, el tiempo parecía acotado. En realidad ella quería acotarlo. Si hubiese tenido la posibilidad de encerrar aquel momento de tiempo en un frasco lo hubiera hecho. Deseaba con todo su corazón no dejarlo escapar. La felicidad es algo que todos, tarde o temprano, queremos atraer y jamás dejar escapar. Sin embargo, mientras más intensa se hacía la luz del sol las motas se movilizaban más a prisa, como enrarecidas por la acción del sol, y enseguida comenzaron a desaparecer de su vista, ya no podía verlas, lentamente habían desaparecido. Entonces se encogió en la cama hasta lograr una posición fetal y rompió en llanto. Temió por su felicidad, por su amor, por aquello tan hermoso que estaba viviendo. No deseaba perderlo, sin embargo deducía que era imposible atrapar el tiempo, que por más que lo desease con todas sus fuerzas el tiempo haría de las suyas, y el destino, y tal vez el Dios al cual ella nunca le creyó, se encargarían de sellar su suerte. El llanto duró un buen rato hasta quedarse dormida. Al despertar, vio sentado en la punta de la cama a su amado, observándola en silencio. Al verlo sonrió. Sintió que el corazón le desbordaba de alegría, pero inmediatamente el recuerdo del llanto y las motas de polvo le sobrevinieron y su corazón dio un respingo y se aceleró, como se aceleran los corazones cuando el miedo se apodera de ellos. Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas y la sonrisa se esfumó de sus labios. Él, que la observaba con cariño, se acercó y la abrazó en silencio, sin saber siquiera el porqué del llanto. Tal vez supuso que así son las mujeres, que hay momentos en los cuales su sensibilidad las lleva a lagrimear y a sentirse indefensas y expuestas. Solo se quedó abrazándola y dándole diminutos besos en su cabeza. Ella sentía que la felicidad estaba allí, en los brazos de aquel hombre. Jamás había imaginado que aquello pudiera sucederle. Siempre pensó que el amor no estaba hecho para ella. Escuchaba a sus amigas hablar de amor, de sexo, de comprensión, de protección, pero para ella solo eran palabras que dibujaban un boceto bonito de algo desconocido y jamás probado. Pero en ese instante, en aquel abrazo, todo aquello parecía real y vívido, como jamás nunca lo imaginó. Su llanto cesó. Llegaron los besos, las caricias, y finalmente hicieron el amor.
Ahora, arrodillada en el banco de la iglesia, con sus ojos cerrados y su mente completamente en blanco, sabía perfectamente que la felicidad puede mantenerse por instantes, así, como las motas de polvo en suspensión; pero que así como el aire o el sol movilizan las motas y las hacen desaparecer de la vista, el amor y la felicidad también desaparecen. Tras persignarse se sentó en el banco de madera. Observó detenidamente el interior de la iglesia, palpó el silencio y lo sopesó. Respiró hondo y un suspiro se escapó de su pecho. El suspiro de quienes han sufrido al menos una vez en sus vidas por amor. Tras salir de la iglesia la hora de la siesta había pasado y ya se veía movimiento en las calles. La ciudad parecía despertar del letargo de aquella siesta. Decidió ir hasta la casa del anciano nuevamente.

No eran más de las cinco de la tarde cuando llegó a casa del anciano. Abriendo la puerta de reja muy despacio se adentró en el jardín de la casa. Tras tocar la puerta el anciano abrió inmediatamente y aquel, el cual hacía muy poco que la conocía, se puso muy feliz de que ella estuviera de regreso pronto.
—    ¿Ha sabido algo de ellos? —preguntó la mujer.
El anciano solo se limitó a mover con gesto negativo su cabeza y siguió organizando los accesorios de cocina.
—    Ya deberían haber regresado. Es tarde, ¿no le parece?
—    No, no me parece tarde. Además son personas adultas, no necesitamos preocuparnos por ellos. Tanto esa chica como el muchacho saben perfectamente cuidarse, y seguramente hay mucho hilo para desenrollar —dijo el anciano.
El tiempo se desenvolvía con la lentitud de esos días que pasan lánguidos y desapercibidos. La mujer gorda miraba televisión, el viejo seguía organizando los utensilios de cocina, las conservas de la despensa, el cajón de los cubiertos. Afuera el sol apaciguaba su intensidad. Un aire norteño cargado de humedad comenzaba a mover las hojas de las plantas del jardín. El ruido de los automóviles en la calle lentamente comenzaba a cesar. De algún modo la vida se había encargado de juntar en un mismo plano de tiempo y en un mismo lugar a un hombre y una mujer que no compartían nada en común, sino tan solo el fugaz paso de dos desconocidos por sus vidas, convirtiéndoles a ellos mismos en conocidos fugaces, personas que quiérase o no, por capricho del destino, debían de cruzar sus vidas con algún fin que ni siquiera ellos sabían.
Finalmente el viejo terminó con sus tareas y se sentó a la mesa. Sirvió un mate a la mujer gorda y se quedó contemplándola por un instante. En aquella mujer rozagante de vida había algo que a él lo retrotraía en el tiempo, en un túnel que hacia mucho ya no transitaba y que en su momento le había encantado pasearse. Ciertos rasgos de la mujer le traían a la mente los de su amada, los de esa mujer que un día despidió aun sabiendo que su corazón se iba con ella. El doloroso adiós del hombre enamorado es un alarido infernal que desgarra las carnes más apretadas, que calcina más rápidamente que el fuego de mil soles, y que acongoja más que la tristeza más añeja. La mujer gorda se sintió observada por el viejo y en sus pensamientos se preguntó por qué aquel hombre la miraba de esa manera. Pensó por un instante, de manera muy fugaz, que en aquella mirada había cierto aire a melancolía, a una tristeza cautivante de la cual él podía ser preso. Y sin estar equivocada extendió su mano, tomó la del anciano, y mirándolo a los ojos fijamente le sonrió. En la invisibilidad del gesto, en el poder que reside en el mismo, el anciano retornó como respuesta otra sonrisa, y un movimiento casi imperceptible en los dedos de su mano. La transmisión cálida entre los dedos de ambos hablaba más que mil palabras a la vez. En el silencio que ahora se presentaba en la cocina ambos permanecían expectantes, presos de sus pensamientos y recuerdos.

El sonido de unos timbrazos cortó el silencio como con un filoso bisturí. Apenas entreabrió sus ojos Marina notó la ausencia de Esteban. Volvieron a sonar los timbrazos, ahí se percató ella que era el teléfono de la mesa de luz. Tomó el aparato, lo acercó despacio a su oído.
—       ¿Diga?
—       Buenos días señorita, ya es mediodía y no tenemos registrado que haya desayunado el día de hoy, ¿desea algo?, ¿está usted bien?
—       Sí, perfectamente –respondió ella-, solo que he dormido demasiado. Inclusive mi pareja ha salido por lo que veo. Recién despierto.
—       ¿Desea que le acerquemos algo a la habitación?
—       No, gracias. Bajaré en un instante al bar a tomar un café cargado. Gracias.
Tras colgar el auricular acomodó un poco su cabellera, descorrió las sábanas y caminó en círculos por la habitación intentando recordar si Esteban antes de salir le había dicho algo. No pudo recordar nada. Enseguida estuvo cambiada y bajó al bar. Pidió un café fuerte, una medialuna, y lo bebió despacio, sin pensar en nada.
—       ¿Señorita? —interrumpió una voz de hombre, baja y suave. Era el conserje del hotel—. Disculpe usted, su compañero al salir del hotel me ha dado esta nota para usted.
Con cierta reverencia y suavidad el joven hombre dejó la nota en mano de Marina y tras dar media vuelta se perdió en los pasillos del hotel. Marina, que aun seguía despertándose de las tantas horas dormidas, abrió la nota y la leyó velozmente. Esteban había salido a caminar, tras no poder dormir, pensando seguramente en la maraña de caminos que su propia vida le iba entrecruzando delante de los ojos. Terminó de beber el café, arrugó la nota con su mano y la dejó en el cenicero cercano. “Debo encontrar a Esteban…”, se dijo, y tras subir a la habitación y buscar su cartera salió a la calle. La luz del mediodía parecía flechar sus ojos. El ruido de automóviles y motocicletas a la hora del cierre de comercios y bancos se hacía ensordecedor. Aquella calle que en casi todas las horas del día parecía adormilada ahora se asemejaba a un loquero, con un ruiderío ensordecedor, bajo los rayos de un sol que, a modo de ser despiadado, atentaba contra las retinas aun somnolientas de sus ojos. Caminó un par de pasos por la vereda del hotel y fue ahí que sintió el ruido, seco, agudo. Luego el griterío, los bocinazos, una frenada cercana, otras más lejanas. En su mente se tejieron instantáneamente varias hipótesis de manera visual, también con palabras. Pero todas decantaban en la palabra “accidente”. Giró la cabeza y observó ya un grupo de personas paradas en la calle, en forma circular, más allá, a los pocos metros, un automóvil, con su parte frontal abollada, y vestigios de sangre manchando la pintura. La gente murmuraba, otros llevaban una mano a su boca.  La escena era clara: un accidente, en pleno horario pico, alguien muy herido. Pensó en seguir su rumbo, encargarse de sus cosas, buscar a Esteban, pero tras hacer un paso sintió la irresistible tentación de acercarse al lugar del hecho y enterarse qué había pasado. Al llegar la policía bordeó todo el perímetro con cinta y comenzó a retirar a todos los curiosos, sin embargo eran pocos policías para tanta gente. Marina logró acercarse bastante y observó a una muchacha delgada, bonita, un poco más alta que ella, tirada de lado en el pavimento. Un hilo de sangre salía de su nariz y recorría lentamente su cara hasta caer en gotitas diminutas al suelo. Los ojos de la chica estaban abiertos. Parecían buscar a alguien, no eran precisamente los ojos de una persona al borde de la muerte. Ella, la joven accidentada, apenas divisó a Marina entre la multitud le clavó la mirada y ya no la quitó. Marina se sintió intimidada. Detrás de aquella mirada había palabras, podía sentirlo. No sabía que palabras, qué mensaje, pero sentía la presencia de esa conexión que la joven había activado en sus ojos. Se hizo paso entre los curiosos y tras forcejear con un policía y zafar airosamente se acercó a la chica, cayó de rodillas a su lado y acercó su rostro:
—      Dime, yo escucho.
La chica intentó hablar pero no pudo. Fue entonces que movió su mano un poco, con un gesto, un ademán que indicaba su cartera que estaba bajo su pierna. Marina tomó la cartera y volvió a mirar a la joven, la cual con un abrir y cerrar de ojos asentía la acción de la toma de la cartera. Marina abrió la cartera y la encontró totalmente vacía para su sorpresa, salvo por un único objeto, un viejo libro dentro. Tomó el libro, y al ver de qué se trataba sonrió.
—    Saint-Exupéry —dijo Marina.
La joven sonrió y finalmente cerró los ojos.
La muerte sorprende con gracia, arrebata con sigilo, juega, se divierte, mima a sus elegidos. La muerte se encuentra agazapada para aparecer en cualquier segundo de una vida. Tan solo ella sabe cuál es el segundo elegido, el instante que ha seleccionado para aparecer ante los ojos de su víctima, para emerger del fondo de lodo y mostrarse monstruosamente delante del desdichado. No hay quien escape de ella. Es pacto del Dios o de los dioses. Nunca nadie ha podido escapar de ella. Tampoco lo hizo la joven del accidente. Marina besó la frente de la joven y un río lento de lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. La expresión del dolor ajeno, del dolor por quien nos abandona, por quien ya no volveremos a ver en esta vida. Tomó el libro, lo metió en su cartera y tras pasar por debajo de la cinta policial se perdió entre el gentío que ahora se agolpaba por cientos al borde del accidente. Un policía tras subir el cuerpo de la joven a una camilla y taparla con la bolsa mortuoria grita a su colega, le indica que la joven no lleva documentación, que tan solo tiene como posibles rasgos identificadores muchos pírsines en su rostro.




(Continuará en un próximo capítulo...)


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Saint-Exupéry (treinta y seis)






TREINTA y SEIS



Recuerdo que decidimos salir de la casa del viejo a caminar. Necesitábamos hacerlo. Creo que tanto Lourdes como yo sabíamos en el fondo de nuestra consciencia que debíamos hablar, pues presentíamos que había algo más que simple casualidad en nuestro encuentro, tal vez un algo que no era común, y que estaba ligado pura y exclusivamente a nosotros dos, a nuestras vidas, a nuestros correspondientes pasados, y que debíamos encontrar de una vez por todas. Faltaba poco para ser mediodía, el sol se posicionaba perpendicular sobre nuestras cabezas. Hacía calor. Caminábamos despacio, tomados de la mano. Muchas veces he intentado razonar aquel momento: me veo caminando sin hablar al lado de ella, tomándola de la mano, sin importarme si Marina pudiera verme, sin siquiera saber por qué la tenía tomada de la mano. Y por más que rebusqué respuestas en mi cabeza jamás encontré una que explicara aquello. Tan solo caminábamos tomados de la mano, como si ese simbolismo de unión fuera el proceso final de una fusión, de un rompecabezas que por fin lograba estar unido. De vez en cuando nos mirábamos de reojo. Si alguno sorprendía al otro haciéndolo entonces le sonreía. Contándolo así parecería que fuera una imagen cursi, un tanto atolondrada para dos personas que no tenían ningún tipo de relación más que una amistad remota, pero puedo asegurar que no lo era, sino que se trataba de completa honestidad e ingenuidad, de una expresividad primitiva que se escapaba de nuestros ojos y era transportada por el destello que lograba refulgir de nuestras miradas o de la mueca de sonrisa de nuestras bocas. Era un simbolismo auténtico, puro, del lenguaje universal que los seres humanos portamos en nuestro interior y se activa cuando menos lo pensamos, y es capaz de emitir señales poderosas y profundas de una manera primitiva y simple, para ser captadas por otro ser humano que las entiende, y recepta. Nosotros lo captábamos. No lo entendíamos, pero sé que lo captábamos.

Al llegar a la plaza observé los bancos disponibles para sentarnos, pero ninguno me convencía. Lourdes hacía lo mismo y tampoco emitió señal de que alguno la conformara. Entonces seguimos caminando, sin dirección, tan solo caminando. Cruzamos la calle, dejamos la plaza detrás de nosotros, y subimos a la vereda de la iglesia. Lourdes se detuvo. Alzó la mirada y contempló la iglesia con cierta admiración.

—Es hermosa, ¿cierto?
—Sí, lo es. Es simple, vieja, con sus años a cuestas, pero tiene la belleza de todos esos años acumulada sobre sus paredes. Es como si en cada metro cuadrado hubiera años de historia. Me pregunto cuántos ojos como los nuestros se habrán posado en ésta misma fachada desde el primer día que fue construída. Los objetos tienen ese don, ellos permiten que los observes y permanecen inmutables, tan solo atrapando los momentos mágicos en que las miradas de un ser vivo se posa sobre ellos ¿Qué harán después con esa energía?, no lo sé Lourdes, pero siempre pienso que permanece ahí, en el interior del objeto, como si fuera una onda de radio viajando a través del espacio.
—Lo has dicho en un modo bonito, Esteban. No podría haberlo definido mejor.
—Solo se trata de palabras. Creo que por más que uno intente expresar muchas cosas con palabras es difícil lograr definirlas. Cada uno le pone a esas palabras, a esa definición, su toque personal, lo que su mente y sentir le expresan a la acción de ver con sus ojos, percibir con su olfato, o palpar con su tacto. Supongo que así también actuamos antes las personas en nuestra vida.
—Sí. Algo así —dijo Lourdes.

Se hizo una pausa de silencio en la calle, sin automóviles que circularan, sin personas caminando.

— ¿Crees que Dios nos ha cruzado en la vida por algo en especial?
—Tal vez... ¿por qué no? Después de todo él debería ser quien maneja los hilos de todas las vidas de esta Tierra, ¿no? Sí, podría decir que él algo tiene que ver con este encuentro entre tú y yo. Pero todavía no sé qué es lo que quiere mostrarnos.

Aún nos sujetábamos de la mano. Mirábamos la fachada de la iglesia como si fuéramos dos niños contemplando algo colosal, jamás visto. 

— ¿Quieres que entremos? —pregunté.

Ella tan solo asintió con un movimiento leve de su cabeza. Se lograba percibir en su rostro cuánto le llamaba la atención la iglesia. Subimos los escalones con paso cansino, sin prisa alguna. Abrimos despacio las pesadas hojas de la puerta de madera y nos adentramos hasta cerca del altar. Era una iglesia sencilla, con vitrales cargados de dibujos santos, bancos de madera antiquísimos, y un altar pequeño para la magnitud del salón. Lourdes me soltó la mano y tomó asiento en un banco. Dejó su mochila a su lado, se arrodilló y mirando fijamente la cruz comenzó a orar. Era un murmullo imperceptible. Por un instante pensé que en realidad le hablaba a Dios, le pedía cosas que no se animaba a pedir a viva voz, y que deseaba profundamente dentro de ella. La imité. Me arrodillé y miré la cruz. Mantuve mis ojos posados en el Cristo crucificado durante un instante y enseguida me sobrevino una sensación de alivio, de tranquilidad. Tuve pensamientos sobre Marina, sobre mi madre, sobre mi vida transcurrida en los últimos años. Así mismo pensé en Lourdes y en nuestro encuentro. Cada pensamiento se concatenaba con el anterior y así formaban una especie de película, hecha con trozos de vivencias que abordaban mi consciencia interior y la empujaban a ser expresiva. Miré de reojo a Lourdes, se mantenía en la misma posición, solo que ahora con los ojos cerrados, su frente apoyada sobre sus manos unidas, e inmóvil. No nos cansamos de pedirle a Dios por nuestra vida, pensé. Inmediatamente volví la mirada a la cruz, al Cristo, y también le pedí. Le hablé como si fuera mi amigo, alguien a quien conocía de toda la vida. Ni una palabra de hipocresía o falsedad se escribía en mi diálogo mental con él, tan solo le expresé lo que más deseaba, y le agradecí cuanto me había obsequiado en la vida.


Mientras nos manteníamos en silencio, cada uno concentrado en su charla con Dios, escuché el sonido de la puerta de la iglesia. Alguien había entrado y se sentó justo detrás de nosotros, muy cerca. Después de unos minutos, mis rodillas me dolían. Decidí sentarme. Lourdes seguía concentrada en sus oraciones, en su charla silenciosa con Dios. Volteé para ver quién era la persona que se había sentado detrás de nosotros, y el impacto de mi asombro ante lo que mis ojos veían fue inmenso. Allí, justo detrás nuestro, estaba sentada la chica de los pírsines, sonriente, luminosa, tal como siempre la recordaba, tal como la había visto días pasados. Al percatarme de su presencia la saludé sonriendo y levantando mi mano, no quería interrumpir ni distraer a Lourdes. Recuerdo haber tenido la sensación de un silencio cargado de paz en aquel instante. Me levanté despacio y me senté al lado de la chica. Hablamos en susurros:

—Parece que está en el destino vivir cruzándonos —le dije con una sonrisa.
—Así es. Tal cual, Esteban. Debemos cruzarnos. 
—No puedo salir del asombro de esta casualidad ¿Ahora puedo pedir que los planetas se alineen y sucederá? —bromeé.
—Si lo pides con mucha fuerza tal vez...
—No creo tener tanta fuerza.
—No lo sabes. Hay que explorar la fuerza interior que uno tiene.
—En eso tienes razón —dije—, no obstante no gastaría mis fuerzas «concentradas» en alinear planetas.
— ¿Y en qué las usarías?
—Supongo que en resolver cosas de mi vida.
—Es un buen objetivo. Muchos deberían de concentrarse en gastar todas sus fuerzas en él.
—A la gente no le gusta gastar energías en las cosas que no ve. Lo hace en las cosas materiales. En lo que se ve a primera vista, en lo que llena la visual inmediatamente realizada la acción. Hago y obtengo, ese es el modo de ver la vida de muchos. Si no se «ve», entonces hay cierta frustración, cierto tedio a continuar accionando algo que tan solo retorna una conclusión vacía.
—Pero la riqueza está en eso, ¿no lo crees?, en perseverar y ser paciente. Los buenos frutos se obtienen con paciencia, Esteban.
—Lo sé... Dime, ¿cómo has llegado hasta ésta iglesia?
—Caminando —rió—, ¡no!, hablando en serio, salí a caminar esta mañana y deambulé tanto que cuando vi la iglesia quise venir y sentarme un rato.
—Aquí dentro hay paz —dije.
—Mucha. Pero no todos la perciben. Por más que muchas cosas te rodeen en este mundo y todos tengan la capacidad de percibirlas, solo un puñado de miles logra verlas y entenderlas.
—Es muy cierto eso. Es como escuchar una canción junto a un grupo de personas. Todas escuchan lo mismo pero a todas les parece sonar de un modo distinto. Lo llamativo es cuando a dos o tres sus oídos le indican que han escuchado algo similar, y sus conclusiones son parecidas. Es como que ahí, entre esas personas, hay más comunión que entre las otras.
—A pesar de nuestras diferencias y ser todos distintos hay algunos con los cuales «sincronizamos» mejor —dijo la chica de los pírsines.

Mientras hablábamos acomodaba su morral sobre sus piernas y miraba cada tanto a Lourdes. 

—Lourdes sigue concentrada en su charla con Dios —dijo la chica de los pírsins.
—Sí, así parece. Creo que es una manera de descargar sus tensiones interiores, de apaciguar la furia interna por lo inexplicable y calmar, al menos un poco, el dolor.
—¿Tanto así le sucede?
—Es una historia larga de contar. Muy larga...
—Las historias tienen un principio y un fin, Esteban. Todos escribimos una historia en esta vida. De un modo u otro conformamos páginas en la historia de éste planeta. Por más insignificantes que en algún momento de nuestras vidas podamos sentirnos, todos somos importantes y escribimos un pedacito de historia. Ya pasará lo de Lourdes...
—Lo dices como sabiendo qué sucederá...
—En cierto modo lo sé.

Sonreí e hice un gesto de saberme que era broma.

—No es broma —dijo ella—, en cierto modo lo sé.

Fue entonces que Lourdes se sentó. Había dejado de orar. Ahora contemplaba la cruz, pero con sus ojos abiertos. Al rato se volvió hacia mí sonriéndome.

— ¿Con quién hablabas?
—Con ella —dije mientras volteaba mi cabeza de lado para señalar a la chica de los pírsines.

Y fue entonces que noté en el rostro de Lourdes su incomprensión, una incomprensión justificada, directa, palpable, pues a mi lado no había nadie. Giré la cabeza desesperadamente buscando en todas las direcciones. Nadie. Me paré y caminé rápido entre los bancos, a través del pasillo, recorrí la parte posterior del altar, Nadie. Corrí hasta la puerta: estaba cerrada, si alguien la hubiera jalado se habría escuchado el chirrido de las bisagras al mover la pesada mole. Nadie. Entonces mi cabeza se abrumó. Lourdes corrió a mi lado, me tomó de las manos, y me miró a los ojos:

— ¿Qué pasa, Esteban?
—Nada —dije totalmente confundido y perplejo.
— ¿Con quién hablabas? —volvió a preguntarme Lourdes con cierto nerviosismo ahora palpable en el hilo fino de su voz.

—Pues... con la chica de los pírsines...



Lourdes echó a reír. 

—Esteban, cuando te miré hablabas solo. No me viste, pero en un momento dado dejé de rezar y hablabas solo ¿Estás bien?
—Supongo —dije muy confundido. Te juro que era ella, Lourdes. Te lo juro.

Lourdes frunció en entrecejo y me abrazó inmediatamente. Podía sentir cómo los latidos de su corazón demostraban que sentía miedo ante mi confusión. La abracé. Necesitaba hacerlo. Increíblemente me había sobrevenido un miedo repentino. Alcé la vista hacia los vitrales del techo. Una imagen de Jesús flotando entre ángeles me observaba desde lo alto. ¿Por qué no?, me dije en susurros... ¿Por qué no?...




(Continuará en un próximo capítulo...)


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Saint-Exupéry (treinta y cinco)





TREINTA y CINCO


Mientras el anciano avanzaba en dirección al comedor ambas mujeres lo seguían por detrás, guiadas por el andar del viejo pero sin pensamiento alguno en sus mentes. Avanzaron despacio. La mujer gorda cerró la puerta tras de sí, fue la última en ingresar a la casa. Al llegar al comedor Lourdes se detuvo en seco. El anciano hizo un gesto de que tomaran asiento, e inmediatamente cayó en la cuenta que también Esteban estaba en la habitación. La mirada de Lourdes y Esteban se cruzaron instantáneamente y así, tal como la hipnosis de ambas miradas los mantenía conectados, sus pensamientos individuales los pasearon a cada uno por aquellos días en los que se habían conocido. La mujer gorda y el anciano observaban la escena sin comprender. El anciano alzó la voz y habló, pero nadie pareció escuchar. La mujer gorda seguía observando la escena y se preguntaba qué estaría sucediendo. Enseguida reconoció a Esteban y cayó en la cuenta de que era ese mismo muchacho amable que había charlado con ella días atrás.

—¿Se conocen? —dijo el anciano alzando aún más su voz.

Entonces ambos jóvenes asintieron con la cabeza, e inmediatamente sonrieron. Lourdes acercó una de las sillas al lado de Esteban, se sentó, lo tomó de la mano y lo besó suavemente en la mejilla. Aquel beso tenía un dejo de dulzura y cariño que sorprendió a todos en la habitación.

—Pues ¿por qué no nos informan de cómo se conocen? —interrumpió la mujer gorda mientras también carraspeaba como intentando romper aquella conexión que los jóvenes mantenían entre sí.
—Parece que se conocen, y mucho -dijo el anciano a la mujer gorda mientras le sonreía.
—Pasa cada cosa rara últimamente.
—La verdad que sí, señora. A mí también me han pasado cosas muy raras estos días. Desde la llegada casual de Esteban hasta encontrarme con ustedes y el tema de la fotografía.

Entonces Esteban pareció salir del hechizo, y sin soltar la mano de Lourdes, preguntó:

—¿Qué fotografía?

Lourdes nerviosamente miró a todos en la habitación, y finalmente detuvo nuevamente la mirada en Esteban.

—Una fotografía que encontramos en un hotel en donde mi padre vacacionaba —respondió Lourdes. Estaba detrás de una vieja radio. La fotografía tenía la dirección de esta casa. Pero... ¿qué haces tú aquí?
—Lo mismo me estoy preguntando yo, Lourdes.
—Todo parece un gran enredo —dijo la mujer gorda.
—Pero tal vez no lo sea tanto —intervino el anciano. La fotografía que me acabas de mostrar, el hombre de la fotografía, lo conozco. En realidad lo conocí durante mi juventud. Pero a la mujer que está a su lado no. No sé quién es ella.
—O sea que usted conoció a mi padre —afirmó Lourdes. Eso indica que estoy avanzando en la búsqueda de mi pasado. 
—Así es —repuso la mujer gorda.
—¿Tú pasado?, ¿qué pasa con tú pasado? —preguntó Esteban mientras sonreía al observar el tatuaje de «El Principito» que Lourdes llevaba en su antebrazo.
—Es que me he encontrado con la gran sorpresa que mi padre ha llevado una doble vida. Ha tenido otra familia, al menos eso creo por la evidencia, y con ella —dijo señalando a la mujer gorda— que es mi compañera de viaje me he propuesto desentramar mi verdadero pasado. Todo lo que he investigado y he sabido sobre la doble vida de mi padre me ha traído a esta ciudad, como si todo hubiese empezado aquí, o en algún momento en este lugar hubieran pasado cosas importantes en su vida. La fotografía que encontré realmente me sorprendió. Jamás hubiera imaginado que mi padre tuviera otra mujer, y además un hijo.
—¿Un hijo? -preguntó Esteban.
—Sí, un supuesto hijo que sería mi supuesto hermano.

En ese instante todos callaron al mismo tiempo. Se hizo un silencio casi sepulcral en el recinto y las miradas iban y venían en todas direcciones cargadas de interrogación y sorpresa. Tanto Esteban como Lourdes parecían estar sumidos en una confusión que los mantenía en un plano distinto al del anciano y la mujer gorda. Sin embargo, en el anciano había ciertos destellos de entendimiento, un aura de claridad mental que hacía pensar que aquel hombre lentamente ataba cabos y empezaba a interpretar mejor aquella compleja situación que sucedía en su casa.

—¿Te gusta la casa? -preguntó el anciano a Lourdes, rompiendo así el silencio.
—Me encanta. Adoro ese jardín, sus plantas, la paz que hay en este sitio.
—Es lindo, ¿verdad?
—Sí, muy lindo. Quedé maravillada apenas la vi. No pude contenerme de la emoción y me aferré a la reja, y miraba tras de ella, como si fuera una posesa.
—Siempre he pensado que esta casa tiene algo especial. Me imagino que para sus antiguos dueños también era así... ¿qué opinas, Esteban? —dijo el viejo.

Esteban sobresaltado por la pregunta sonrió rápidamente y asintió con la cabeza:

—Sí, claro... me imagino que mis abuelos y mi madre fueron muy felices aquí.
—¿Tú madre?, ¿tus abuelos?, ¿no me digas que ellos vivieron aquí? —preguntó Lourdes.
—Sí, así es, y me enteré por estos días, al hablar con éste señor —dijo Esteban señalando con su dedo al anciano-. Él me ha contado parte de una historia de mi vida que también ha quedado un poco inconclusa, o mejor dicho, que jamás conocí.
—Somos dos entonces los que estamos a la deriva —dijo Lourdes sonriendo.
—Así parece —acotó Esteban.

A todo esto la mujer gorda preguntó al anciano si podían tomar mate, pues no habían desayunado. Entonces el viejo mientras asentía invitaba a la mujer gorda a pasar a la cocina.
Una vez solos, Lourdes y Esteban volvieron a cruzar la misma mirada que se sostuvieron al principio. Se volvieron a esfumar las palabras y se contemplaron sonrientes durante un rato. Lourdes no había soltado en ningún momento la mano de Esteban y aquello le pareció algo extraño pero a la vez cálido y tierno. No sentía la sensación de atracción hacia un hombre, sino hacia una persona que conocía mucho y extrañaba a horrores.

—¿Sabes que mi viaje se inició con tú búsqueda? —dijo Lourdes.
—¿Me buscabas?
—Sí. Todo empezó con ciertos sueños que tuve hace unos meses atrás. Sueños en donde te me aparecías y me hablabas. Sensaciones nocturnas de angustia y necesidad de encontrarte y saber de ti. Pero no sé por qué me sucedía eso. No puedo explicarlo. Y aunque me da un poco de pudor contártelo, es la pura verdad -dijo mientras sus mejillas se sonrojaban y apretaba fuertemente la mano que mantenía apresada a Esteban. Ahora que te he visto mi cabeza es una confusión total. En el camino, mientras comenzaba a buscarte, me he encontrado con esta novedad sobre mi padre y su doble vida, sobre una esposa que supuestamente amaba además de mi madre, y sobre un hermano que no conozco. Todo eso me ha hecho jirones el corazón. Hubo noches que he llorado amargamente contra la almohada. Pero no he claudicado. Gracias a esta buena mujer que se hizo compañera incansable y fiel a mi lado, me he abocado a descubrir toda la verdad. Necesito saber la verdad. Necesito encontrar las piezas del rompecabezas que mi padre fue desperdigando a lo largo de su vida por distintos lugares.

Entonces Esteban la abrazó y Lourdes rompió en llanto, sereno, sentido y profundo, sobre su hombro.



(Continuará en un próximo capítulo...)



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Saint-Exupéry (treinta y cuatro)





TREINTA y CUATRO


Apenas abrí un ojo percibí la claridad del amanecer entrando por la ventana, como si trajera con ella parte necesaria de la energía que necesitaría el nuevo día. Sentía mi cuerpo inmóvil, mis músculos aún dormidos, como si solo mi mente se hubiera despertado y el resto prefiriera seguir dormido. La luz era ténue, débil, pero irradiaba vida. Recorrí con la mirada la habitación muy despacio, como si jamás hubiese estado allí. Finalmente me detuve ante mi visión del rostro de Marina que dormía plácidamente, en posición fetal, hacia mi lado. Entonces los músculos y nervios de mi rostro se movilizaron, y rápidamente gesticularon lo que mis pensamientos y sentimientos les indicaron: una sonrisa. A pesar de sentirme cansado y de haberme acostado tarde y sentir que la cabeza me dolía, ver a Marina dormir serenamente fue un despertar feliz, tan intenso y puro como la luz solar que entraba a través de la ventana.

Me incorporé despacio, tratando de no hacer ruido, ni mover demasiado la cama. No deseaba que Marina despertara. Una vez en pie me vestí. Me calcé los pantalones, me puse la camisa, y descalzo caminé hasta la ventana. El ruido de un portazo de automóvil me sobresaltó. Al asomarme a la ventana vi un automóvil viejo estacionado frente al hotel, sin nadie en su interior y nadie caminando en la calle. Podía verse por sobre los techos de zinc y tejas cómo el sol lentamente comenzaba a reptar sobre la ciudad. Suave y lento, sin demasiada prisa, todo a su debido tiempo. Me senté de lado en el alféizar de la ventana y respiré hondo por unos momentos. El aire se sentía puro, sin smog, cargado de una vitalidad inexpresable. Las cortinas se mecían lentas, como si disfrutaran tanto del aire como yo lo hacía. Terminé de abrocharme la camisa, de calzarme las zapatillas y sentí el impulso de salir de la habitación y aprovechar el silencio y el fresco de la nueva mañana. Observé que Marina seguía en la misma posición, súmamente dormida, alejada de todo el mundo real. Por un instante sentí sana envidia de aquella escena. Qué más quería yo en aquel momento que descansar así, plenamente, y olvidarme de todo cuanto había complicado mi existencia. Pero, una vez más, me dije que estaba en el camino correcto y que debía continuar. Las medias tintas son para los flojos, y a decir verdad, no era ese mi estado en aquel momento.

Salí del hotel y me encontré parado en la vereda sin saber cual sería el rumbo de la caminata. El automóvil viejo permanecía estacionado solitariamente y sin rastro de su conductor. Seguramente algún trasnochado, como yo, que paraba en el hotel. Pensé que no había dejado una nota a Marina por si despertaba, así que volví a la recepción, escribí una nota rápida y se la di al conserje para que la echara por debajo de la puerta. Volví a salir y tomé rumbo al este. Caminé un par de cuadras sin cruzarme con un alma. Después de un rato me topé con un viejo perro que buscaba comida en los cestos de basura. Mientras caminaba repetía mecánicamente en mi cabeza cada momento vivido la noche anterior con la chica de los pírsines: el encuentro fortuito, el modo de mirarnos, su personalidad tan cambiada, el modo de hablarme, sus frases, y su ida tan repentina. Algo no encajaba en mi cabeza, no se trataba de una sola cosa, sino de varias que había observado y anotado en el subconsciente mientras estuve reunido con ella. Parecía una fusión de cosas distintas en su personalidad y en su accionar; inclusive en su físico había cierta aura que la mostraba mucho más dulce y atractiva. Sin encontrarle respuesta a tales cambios caminé un par de cuadras más hasta llegar a la plaza central. Una vez allí me sobrevino una sensación de inquietud y nerviosismo. Enseguida pensé en la casa del anciano, en todo aquello que me había contado el día anterior, en su pasado con mi madre, en la propia vida de ella, y entonces me dieron muchas ganas de regresar a la casa y volver a charlar con él. Observé la hora en el reloj pulsera: las siete y cuarto de la mañana. Rápidamente concluí en un cálculo mental que Marina dormiría como hasta las nueve, así que puse rumbo hacia la vieja casa.


Después de un par de golpecitos a la puerta ésta se abrió, y el rostro del anciano apareció instantáneamente. Parecía tener más arrugas que el día anterior, como si en tan solo unas pocas horas el tiempo se hubiera enceguecido y ensañado con él.

—Buen día -dije al verlo-, disculpe la hora, ¿podría hablar con usted?
—Claro -respondió él, y con un gesto me invitó a entrar.
—Verá usted joven que me sorprende su visita. Aún no caigo de la sorpresa de ayer y ahora de nuevo, verlo aquí, en esta casa, me parece algo muy peculiar. 
—No quiero incomodar -dije mientras instintivamente buscaba la silla mecedora con la mirada.

El viejo esbozó una sonrisa y me indicó el lugar donde ahora había acomodado la silla.

—Parece que te ha gustado la silla. Ya te he dicho que es tuya. Podés llevártela cuando quieras. Creo que después de todo tú madre se pondría muy contenta si la tuvieras, o tal vez tú abuelo, o porqué no tú abuela.

En ese instante sentí que sería una buena idea lo que me proponía. No puedo explicar ni aún hoy con palabras lo que la silla significó y significa para mí. Solo el sentimiento que me moviliza cada vez que me siento en ella y comienzo a mecerme es indescriptible. Busqué la silla y tomé asiento. 

—¿Y ha que has venido? -preguntó el anciano.
—No lo sé -respondí rápidamente. Anoche no he dormido muy bien, y esta mañana al despertarme he salido a caminar y de repente me encuentro aquí, sentado en la silla, frente a usted, como si fuese una especie de imán, o algo por el estilo...
—Mala noche -dijo el anciano.
—Sí, mala noche.
—Te diré una cosa -dijo el viejo acercando una silla y sentándose delante de mí- cuando tenía tú edad las malas noches eran frecuentes. Había días que vivía amargado y desencantado con la vida y eso me molestaba un poco pues era joven y no eran sentimientos ni sensaciones para una persona joven. Pero no era infeliz, me refiero a interiormente, ¿me explico?
—Sí
—Pero uno sabe cuando hay cosas que lo desencantan, y yo siempre he sido perspicaz con ello. 
—Pero entonces, ¿qué era lo que le sucedía? -pregunté un tanto extrañado y perplejo.
—Me entristecía mi libertad interior. Esa es una de las pocas cosas que uno puede conservar o perder, es lo que más allá del libre albedrío puede manipular a su antojo y decidir cómo lo querrá: libre o vedado. Si bien no era infeliz tampoco disfrutaba mi vida a pleno. Embarullaba mi cabeza con ideas y pensamientos que solo me atascaban, y nunca llegaba a buen puerto. Mi esposa lo percibía.
—¡¿Esposa?! -pregunté sorprendido, pues recordaba vagamente que aquel hombre había mencionado que era soltero.
—Sí, así le llamo, y le llamé, a la única mujer que se arriesgó a convivir conmigo por unos cuantos años. 

Después de decir aquello su mirada se volvió sombría y lejana. Tuve la sensación que remover viejos recuerdos de aquel tema herían de un modo singular su interior. Sentí compasión. Por un instante pude verme reflejado en él a su edad, y una angustia súbita me nació desde las entrañas. Podía percibir en la expresión del viejo el fuego abrasador de los recuerdos volviendo a quemar su corazón. Intuí que debía de cambiar drásticamente de tema, pero el anciano no me dejó...

—Primum Vivere...
—¿Qué? 
—Dije, Primum Vivere -repitió el anciano-, o sea «Lo primero es vivir»...

Sí, lo primero es vivir, eso mismo pensé al escuchar aquellas palabras. Solo me nació darle una palmada en el hombro y sonreírle. Y aquel gesto fue un puntapié inicial para que el semblante del viejo cambiara, se volviera más natural, y en sus ojos se encendiera cierta chispa que antes no estaba en su mirada.

Había algo de común entre ambos. No podía especificar qué era en aquel momento, pero lo intuía.

—Aprender a vivir es algo muy difícil -dijo el viejo-, tal vez la lección más complicada que tenemos como seres humanos. Consta de un delicado equilibrio que se logra con el tiempo y con el correcto pasaje por determinadas vivencias. Algunos lo aprenden y llegan a umbrales casi de sabiduría, en los cuales pueden disfrutar de la vida plenamente, y otros ni siquiera logran entender durante toda su vida lo más mínimo del vivir. La felicidad, está inmersa en el vivir. Entra y sale, se escabulle cuando lo desea y vuelve a introducirse cuando le canta la gana. No es algo que podamos manipular a nuestro antojo, no obstante, si podemos reconocerla entonces debemos hacer buen usufructo de ella, y no dejarla pasar, desaprovechándola.

El anciano vaciló un instante, volvió la cabeza hacia el jardín y ambos observamos cómo las plantas comenzaban a moverse por acción del viento.

—Creo que lloverá -dijo el viejo-, por estas épocas las lluvias llegan sin previo aviso, tal como las malas noticias. 
—¿Y qué fue de su «esposa»? -pregunté retornando al tema que veníamos hablando.
—Cierto día tomó la decisión de dejarme. Así de simple. Al volver de la carnicería me encontré con unas cuantas valijas listas y ella sentada en el borde la cama contemplando un pequeño album de fotografías que teníamos. Al principio no entendía nada, ni siquiera el hecho de ver las valijas armadas me indicó lo que pasaba. Después pensé que iría de viaje con alguna amiga, o tal vez a la casa de su padre, en la Patagonia. Pero nada de eso pasó. Cuando dejó de mirar el album de fotografías y levantó la vista pude ver en sus ojos el dolor y la tristeza como nunca antes las había presenciado. Si bien el hecho de que en mi juventud la separación con tú madre me había causado profundo dolor, no se comparó jamás con lo que sentí aquel momento con mi «esposa». No dijo palabra alguna, solo dejó el album en la cama, tomó las valijas y pasó por mi lado sin siquiera un «adiós». Si en este momento te preguntas si volví a saber de ella debo decirte que nunca más volví a verla, y solo muchos años después, por esas casualidades del destino tuve accidentalmente una vaga noticia sobre su paradero. 
—¿Y dónde estaba?
—Lo leí en un diario de Buenos Aires que justo había dejado sobre el mostrador de la carnicería un cliente de paso. Mientras mataba el tiempo hojeando el diario vi la noticia, en un recuadro pequeño, en una página insignificante. Era su obituario. Había fallecido y algunas amigas le habían dedicado una oración en la parte de las necrológicas. Sentí una terrible punzada en el pecho, tal como si justo en aquel momento algo se hubiera desprendido súbitamente de mí. Sin embargo no lloré. Quedé absorto contemplando la plaza a través de la ventana, viendo a la gente pasear y disfrutar la vida, a los chicos correr, a los perros ir y venir en sus interminables corridas, a las palomas comer del suelo y elevarse nuevamente en vuelo. Todo eso me pareció tan fantástico en aquel momento como si jamás le hubiera prestado atención alguna. Volví a mirar la página del diario, enfoqué el diminuto recuadro y recorrí con la mirada el nombre de mi «esposa». No había dudas, era ella, y había muerto. Por eso, hijo, a la vida hay que vivirla y no ser preso de ella. Yo jamás supe porqué me abandonó pero aún así siempre me sentí terriblemente culpable y me martiricé durante años con la idea de que había sido un mal compañero para ella. No había día que no retrotrajera pensamientos y me auto flagelara, destrozándome, haciéndome sentir yo mismo el peor hombre sobre la faz de la tierra. 
—¿Y por qué no la buscó, o intentó detenerla?
—No lo sé. Me lo pregunté centenares de veces y jamás obtuve una respuesta convincente, una señal, una débil señal, que me indicara el porqué no había movido un dedo, un brazo, o cruzado mi cuerpo en su camino para evitar que se fuera. A veces cuando lo pienso me hago la idea de haber sentido una sensación de encierro en mí mismo, tal como si algo invisible y poderoso me mantuviera atrapado y me inmovilizara por completo, impidiéndome reaccionar, aletargando mis sentidos y dejando que la vida fluyera sin que yo pudiera intervenir. Tal vez haya sido cosa del destino, pues a veces, para quienes creemos en él, nos juega pasadas inimaginadas.


Después de aquella charla el anciano se disculpó y salió al jardín. Allí estuvo unos minutos parado observando a los geranios, el césped, las copas de los árboles. Entendí que necesitaba un momento de soledad. Aquel relato sobre su vida fue muy impactante. Podía sentir cuanta pérdida había rodeado a aquel hombre durante tanto tiempo y cómo la soledad se lo había engullido lentamente. Miré el reloj y ya eran casi las nueve. Pensé en Marina, seguramente ya estaría despierta o en eso. Salí al jardín y le dije al anciano que debía irme.

—Aún no te vayas, espera un minuto, tengo algo que darte.

Entramos una vez más a la casa, y observé al viejo rebuscar en la biblioteca. Tomó un par de libros, los envolvió en papel de diario y me los dio.

—Son un regalo; para que los leas en momentos de reflexión. Son míos, los tengo desde mi adolescencia y ya es hora que pasen a otras manos.

Agradecí el gesto y el obsequio. Al momento de estrecharle la mano, ya despidiéndome, tocaron a la puerta.

El anciano se disculpó conmigo y atendió:

—¡Ahhh! Son ustedes... -dijo. Pasen, pasen...




(Continuará en un próximo capítulo...)


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Saint-Exupéry (treinte y tres)




TREINTA y TRES
-    ¿Adónde has estado? –preguntó Lourdes a la mujer gorda-. Te he estado esperando un rato largo y no aparecías, así que me dediqué a buscar hoteles para que pasemos la noche y terminé eligiendo uno que no está lejos de aquí.
-    Perdona, Lourdes. No ha sido mi intención hacerte esperar. Verás, me ha sucedido algo curioso, pero eso te lo cuento más tarde. Ahora vamos a ese hotel que has encontrado, y busquemos un lugar donde comer… ¡desfallezco de hambre!
Ya era de noche cuando ambas mujeres llegaron al hotel. Era una edificación modesta, de fachada un tanto triste y alejada del centro. Estaba sobre una calle poco transitada, en donde hasta las luces de mercurio parecían ausentarse de a ratos. Al momento de bajar del automóvil nadie caminaba por la calle. A Lourdes eso le pareció maravilloso.
-    No puedo creer que haya tanta paz aquí –dijo Lourdes.
-    Es verdad. Parece como si todo el mundo se hubiera marchado… espero que el conserje del hotel esté y no se haya ido también –comentó la mujer gorda con su ya risita tan característica.
El hall del hotel era un tanto sombrío pero daba una impresión a simple vista de limpio, correcto y de buen gusto. A ambas les pareció satisfactorio eso. Detrás de un mostrador había un muchacho de gafas de carey leyendo un libro. No pareció percatarse de la presencia de las mujeres. La mujer gorda carraspeó para hacerse notar, pero el muchacho seguía concentrado en el libro sin dar señales de poder dejar la historia que leía ni siquiera por un minuto. A Lourdes la escena le pareció simpática, entonces se echó a reír. De repente, y sin pensarlo demasiado, la mujer gorda presionó la campanilla de aviso que estaba sobre el mostrador. El muchacho al escuchar el timbre soltó el libro del susto y éste cayó al suelo. Ambas mujeres se miraron y se rieron al unísono, mientras que el muchacho lector, ahora sonrojado por el acontecimiento, solo se limitó a ubicar sus grandes gafas con la punta de su dedo índice en medio de su frente.
-    Discúlpenme –dijo el muchacho aún sonrojado-, no las había escuchado entrar… estaba concentrado en mi lectura.
-    No te preocupes –se anticipó a decir Lourdes antes que la mujer gorda hablara- Es algo normal que uno se concentre al leer un libro. A mí me pasa, al leer suelo concentrarme tanto, pero tanto, que de repente ni sé dónde estoy. A mí me parece gracioso, y hasta sorprendente el ver cómo me abstraigo, pero a otras personas, por ejemplo mis amigos, no les cae en gracia que me hablen y yo no responda.
-    Sí… me suele pasar lo mismo –acotó el muchacho ya casi con color natural en su rostro.
-    Bueno, bueno… las disculpas están aceptadas, la lectura seguramente es muy bonita, pero vayamos al grano –interrumpió la mujer gorda-, y el hecho es que necesitamos una habitación.
-    ¿Por esta noche o se quedarán unos días? –preguntó el muchacho.
Ambas mujeres se miraron y respondieron al unísono:
-    Por unos días.

El hotel no tenía ascensor, solo escaleras. El muchacho tomó el equipaje de las mujeres y emprendió la subida. Ellas lo siguieron. Apenas llegaron a la habitación la mujer gorda quiso ducharse para luego acostarse: “estoy exhausta, quiero dormir”, dijo. Lourdes solo le sonrió y asintió.
Mientras la mujer gorda se duchaba Lourdes sacó de su mochila el libro de “El Principito”. Lo abrió en cualquier página y leyó un par de párrafos. Tuvo la sensación de volver por un instante a su infancia, al preciso momento en que su padre (su enigmático padre) le leía pasajes del libro:
       "He aquí mi secreto, es muy simple: sólo se puede ver bien con el corazón;
       lo esencial es invisible para los ojos.
            Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse."

Lo esencial es invisible a los ojos, dijo Lourdes con voz queda.
Inmediatamente cerró el libro y lo posó sobre la mesita de luz. Descorrió las cortinas de la ventana y observó la ciudad que ahora parecía lentamente aletargarse. La noche se había recargado de humedad y a lo lejos podían divisarse unas diminutas nubes cruzando delante de la luna. Tras permanecer un momento en silencio observando aquellas nubes volvió a tomar el libro y lo abrió nuevamente en cualquier página. Ahora leyó de corrido por un buen rato, sin despegar los ojos del libro y sin pensar en nada más que la historia que estaba reviviendo una vez más en su mente. Atrás habían quedado aquellos días de infancia en donde su padre al llegar del trabajo la llamaba y sentándola en su falda le leía pasajes del libro de Saint-Exupéry. Aquellos días habían significado un verdadero tesoro que jamás imaginó tendrían tanto valor en su juventud. Recordaba la suavidad de las manos de él, el bello que recubría sus dedos, el modo en que daba vuelta las páginas, la entonación dulce y armónica que le ponía a la lectura. Como si todo aquello se hubiera impregnado en las paredes de su memoria sentía que el tiempo de pronto no había pasado tan de prisa, al contrario, tal vez, si tenía paciencia y cerraba los ojos lo suficientemente fuerte, su padre apareciera delante de ella, la tomaría de la mano y la invitaría a sentarse al borde de la cama a proseguir aquella lectura que tanto le encantaba.
Pero la vida no sabe de ese tipo de sorpresas, y su padre nunca apareció. Las cortinas de la ventana comenzaron a moverse lentamente señal de que el viento del sur empezaba a soplar. La humedad fue disipándose y solo quedó un anillo de humedad rodeando la luna. Y la angustia, y la maraña de recuerdos, y el sinsabor de saberse a la deriva en la vida, todo de algún modo la desilusionaba. Iba al frente en busca de su verdad sin pensar un segundo de su convencimiento ante tal empresa. Pero iba, no se negaba, no se aferraba a ningún pasamano por miedo a caerse, a golpearse, o mucho peor, a tener un accidente grave y quedar malherida del corazón con un dolor que tal vez fuese irreparable.
Secó las pocas lágrimas que le caían sobre las mejillas y se recostó sobre la cama. No escuchó cuando la mujer gorda salió del baño, tampoco tenía intenciones ya de hablar, sí de cerrar los ojos e intentar soñar, tal vez con su padre, tal vez con aquel muchacho desconocido que había conocido cierta vez en el hostel “Roma” y ahora era parte importante de su búsqueda sin brújula. Finalmente se durmió.

A media mañana el sonido de una bocina de automóvil que sonaba alocadamente despertó a ambas mujeres. Un conductor taciturno apoyado sobre la ventanilla de un viejo Ford Falcon presionaba la bocina sin contemplación. La mujer gorda de un salto con bastante impulso descorrió las sábanas y pegó un grito mientras se apoyaba en el alfeizar de la ventana: “¡eh!, ¡tú!, ¡¿acaso no sabes qué hora es para andar dando bocinazos?!”; y la respuesta del conductor fue instantánea: bajó la cabeza y se metió dentro del automóvil. Al volver a acostarse observó a Lourdes que miraba el techo.
-    ¿Estás bien, Lourdes? –preguntó la mujer gorda.
-    Supongo que sí –respondió con voz baja la jovencita.
-    ¿Otra vez los recuerdos?
-    Sí, otra vez los recuerdos. Difícilmente pueda deshacerme de ellos, ¿sabes? Es algo inevitable. Es como estar parada sobre arenas movedizas todo el tiempo. Miro hacia atrás, tomo un recuerdo de mi memoria, y me parece que automáticamente se disuelve, que ya no está, que fue algo vivido pero que carecía de esencia, un padre que no fue un verdadero padre, una vida familiar que no fue una verdadera vida familiar. Una perfecta obra de teatro en la cual yo era una actriz que siempre quería desempeñar su mejor rol, pero los demás actores solo lo hacían para darle vida a la obra, careciendo completamente de vocación para ello. Eso siento. Así me siento cada vez que miro hacia atrás.
-    Serénate… trata de no pensar. Por más que rebusques en tú memoria y quieras encontrar respuestas lo que vas a lograr será embrollarte aún más. A veces la memoria brinda información a la mente y entre ambas tejen y destejen una telaraña que termina siendo una trampa mortal.
-    Sí, supongo que es así… -dijo Lourdes.
La mujer gorda había comenzado a vestirse. Acomodaba perfectamente su ropa antes de colocársela. Había cierto aire de meticulosidad en sus movimientos y en sus gestos. Tal vez el hecho de vivir sola y pasar tanto tiempo con ella misma había hecho pulir ciertas manías. Una vez vestida y arreglada volvió a observar a Lourdes que seguía con su vista clavada al techo.
-    Me he estado preguntando qué hablaste ayer con aquella chica que te encontraste en la calle, la que llevaba ese pirsin, con la que te fuiste a tomar algo.
-    Pues nada –respondió Lourdes. Aunque en realidad fue algo extraño, sí, de lo más extraño. La conozco poco y nada. Solo nos vimos un par de veces cuando ella trabajaba en la recepción del aquel hostel donde paré un par de días. Sin embargo al verla ayer la recordé como si la viera todos los días, como si la hubiera visto antes de ayer. Es más, su simple presencia delante de mí me causó una profunda paz. Ella hablaba, reía y yo tan solo la miraba. A decir verdad no me daban ganas de hablar.
Lourdes descorrió la sábana y mientras hablaba comenzó a vestirse.
-    Sí, me sentía muy especial en su presencia. Es difícil de explicarte.
-    ¿Pero de qué hablaron?, si se puede saber…, claro…
-    Ella me hablaba de la vida, del amor, y del paso del tiempo. Sí. Toda su charla se concentró en eso. Cada vez que emitía una frase parecía ser más que certera, con las palabras adecuadas, con el mensaje claro y hasta con cierto aire a moraleja. Creo que nunca pensé que esa chica podría ser tan lúcida y clara para hablar de cosas de la vida. Subestimar, sí, esa sería la palabra correcta para lo que hice con ella.
-    A veces subestimamos demasiado a la gente, ¿no crees?
-    Totalmente. No suelo hacerlo, pero por momentos lo hago sin querer y cuando me doy cuenta ya es tarde, ya caí en la trampa de creerme superior a esa persona, o al menos sentir cierto regocijo por pensar que mi mente fue un paso más adelante que el de ella.
-    Nos pasa a todos –dijo la mujer gorda
Bajaron a desayunar y mientras lo hacían seguían hablando del encuentro entre Lourdes y la chica de los pirsin.
-    He tenido la sensación que ella era distinta, otra.
-    ¿A qué te refieres? –preguntó la mujer gorda.
-    No lo sé. Es una percepción tal vez muy visual y sensible a la vez. Mientras tomábamos café ella no parecía ser la misma chica que conocí en el hostel. Si bien físicamente era ella, de eso no me cabe la menor duda, algo en ella era distinto, como más puro, más suave, más ¿irreal?
-    Pues me parece que el desayuno te está cayendo mal –acotó la mujer gorda con su clásica risita.
-    Tal vez… pero no creo equivocarme, esta chica está distinta, hay algo en ella que no puedo especificar que es distinto.
Terminaron el desayuno y subieron a la habitación. Tomaron sus anteojos de sol, sus carteras y salieron del hotel. Una vez paradas frente a la puerta del hotel se preguntaron ¿qué harían?, ¿cómo empezarían su búsqueda?, ¿volverían a la vieja casa?, y de repente de entre tantas preguntas no había una sola respuesta clara y espontánea. Lourdes se quitó los anteojos para sol y miró a la mujer gorda:
-    Volvamos a la casa, quiero hablar con el dueño.

Eran las diez y media de la mañana cuando llegaron a la vieja casa de barrio, en donde la mujer gorda había visto adentrarse a un anciano, sin tener idea de quién era. Sentían que estaban siendo guiadas solo por sus instintos y la buena suerte del viajero, una especie de brújula incrustada en el subconsciente, que parece siempre indicar el norte correcto, y guiar los pasos hacia allí, muchas veces en total contraposición con lo que dicta la mente.
La casa estaba en medio del barrio, y parecía aun así sobresalir por todas las otras, hasta la de las más lujosas y llamativas, como si su simpleza hiciera de ella una gran muestra de atracción para quienes se paseaban por su vereda.
Fue entonces que Lourdes, hipnotizada por el hechizo ininteligible que la casa le irradiaba desde el primer día, se quedó contemplando en silencio por unos instantes el jardín. El aroma a geranios era empalagador. La mujer gorda se adelantó, abrió la puerta de reja y golpeó con los nudillos de  su mano la puerta de madera del frente. Esperaron, parecía no haber nadie. La mujer gorda volvió a golpear, pero esta vez con más convicción, con más fuerza, como si con aquellos golpes quisiese despertar a quienes dormían o a quienes estuvieran muertos.  Volvía a soplar un viento cargado de humedad que acentuaba más el olor a geranios y a hierba. Por la vereda pasaban mujeres con sus carros y bolsos de compras. Cerca, tal vez en la esquina próxima, un perro ladraba en solitario, sin sentido alguno, tan solo por el placer de ladrar. Finalmente la puerta de calle se abrió y el anciano, con su pelo cano un tanto desprolijo, ahora estaba frente a ellas.
-    Buenos días –se apuró a saludar la mujer gorda.
-    Buenos días señoritas, ¿qué desean? –preguntó el anciano.
-    Hablar unos instantes con usted…
-    ¿Sobre qué será?
-    Sobre la casa…
-    ¿La casa? –preguntó atónito y sorprendido el anciano.
-    Sí, la casa.
-    ¿Qué tiene la casa?
-    Encontramos la dirección de esta casa detrás de una vieja fotografía de mi padre –intervino Lourdes-. Buenos días, disculpe mi mala educación, pasa que al ver la casa me quedo boquiabierta.
-    ¿Y quién era tú padre, jovencita? –preguntó el anciano.
Fue entonces que Lourdes clavó la vista en aquel hombre y cuando quiso emitir una respuesta a la pregunta formulada sintió un terrible bloqueo en su lengua, una fuerza superior e invisible que dejó de repente a su mente en blanco y a su lengua trabada ¿Quién era su padre? Ahora no era tan simple saberlo. Una pregunta que durante muchos años de su vida había tenido una simple y bonita respuesta, ahora se presentaba como un extraño espejismo que ocultaba una mancha con arenas movedizas.
-    Realmente no lo sé –dijo ella con voz muy baja.
El anciano, ante aquella respuesta, pareció confuso. No entendía la razón de aquella visita, pero sí le había intrigado lo que Lourdes le había dicho: “la dirección de esta casa estaba detrás de una vieja fotografía de mi padre”.
-    Está bien –dijo el anciano- ¿quieren pasar?
Ambas mujeres asintieron al unísono. La puerta de calle se cerró detrás de ellas y como si fuese la mano del destino se sintieron avanzar guiadas por algo invisible, algo que aunque no podían ver, sabían que estaba ahí, delante de ellas.


(Continuará en un próximo capítulo...)



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